viernes, 25 de marzo de 2022

Actitudes del alma de Jesús: una gran serenidad

La semana pasada nos detuvimos a considerar una de las actitudes principales del alma de Jesús: su libertad soberana. Hoy continuamos con el texto de esta charla del Padre Kentenich a las Hermanas de María del año 1950.

“Una segunda característica de la vida interior del Señor es que a esa libertad interior va unida una gran serenidad ante todo tipo de encuentros humanos, tanto los agradables como los desagradables.

¿Qué ocurre en nuestro caso? La alternancia de éxitos y fracasos, la tensión entre radiante entusiasmo y negra depresión nos hace vacilar, nos sume a menudo en la inseguridad. Pensemos un momento en cómo se conducía Jesús frente a las experiencias de éxito y de fracaso. La multitud que lo seguía mantuvo por un tiempo el entusiasmo, pero no duró mucho hasta que al ¡hosanna! le siguiera el ¡crucifícalo! No obstante, Jesús conservó siempre una gran serenidad y mesura ante sus éxitos; precisamente porque estaba hondamente arraigado en Dios. El valor supremo era Dios. Todo en la vida de Jesús recibía su valor y medida de Dios, incluso los éxitos y fracasos. El Señor conocía exactamente lo que había en el corazón de los hombres; sufrió infidelidades de parte de ellos, pero no los despreció. Hoy vivimos, en cambio, otra realidad: muchos son los que al encontrar tan poca fidelidad en los demás, menosprecian el trato humano y prefieren entregar su cariño a los animales. En el Evangelio se dice que Jesús conocía lo que había en el hombre (cf. Jn 2,25). Pero ello no fue obstáculo para que le manifestase su bondad. El Señor sabía que a pesar de que hoy lo aclamaban con ¡hosanna! pronto esos mismos hombres gritarían ¡crucifícalo! Sin embargo, mantuvo una continua actitud de benevolencia hacia ellos. Fue cercano a la gente; pero supo conservar siempre una cierta distancia frente a todo lo creado, justamente porque estaba arraigado en Dios.

Mediten sobre todos los fracasos que sufrió el Señor. Fíjense en la situación en que se vio envuelto hacia el final de su peregrinación por este mundo. La obra de toda su vida yacía deshecha a sus pies. Quizás no exista otra persona que haya cosechado tantos fracasos como el Señor. No era comprendido por sus propios discípulos, y ni siquiera el círculo de sus más íntimos era realmente confiable. Todo vacilaba y amenazaba derrumbarse. Sin embargo, Jesús conservó siempre una tranquilidad soberana. Su alma estaba unida por entero a Dios Padre. De esa fuerte vinculación brotaba, por una parte, la perfecta libertad ante las creaturas y, por otra, la serenidad en todas las situaciones que le tocaba vivir.

Reflexionen sobre la conducta del Señor en relación con los amigos y los enemigos. Quien actúe en la vida pública tendrá naturalmente amigos y enemigos. Y lo mismo le ocurría a Jesús. ¡Cuántas cosas se murmuraban contra él! Vino Juan, que no comía ni bebía… ¿y qué hicieron con él? Y ahora vengo yo, que como y bebo… ¿qué habrán de hacer conmigo? (cf. Mt 11,18). Querían abatirlo, en especial los dirigentes del pueblo. ¿Era justo?

Que la vida de Jesús sea modelo de nuestra vida. Serenidad absoluta. ¿De dónde manaba esa serenidad? Del profundo arraigo en el corazón de Dios Padre. Su vinculación al Padre del cielo es el gran misterio de su vida; de ahí la gran calidez con que nos habla de él. Recuerden aquella oportunidad cuando Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre» (Jn 14,8). Bien podemos imaginarnos la sencillez y hondura con que Jesús vivía su vinculación al Padre.

Y esa misma tranquilidad soberana se revela también cuando Jesús debe apurar el cáliz del dolor más grande que puede sufrir el hombre: la soledad interior. Su vida toda fue una vida de gran soledad. Quienes lo rodeaban no lo entendieron. No lo comprendían sus apóstoles ni tampoco su madre. No percibían el alcance real de las palabras que le escuchaban pronunciar. Pero la soledad más tremenda la sufrió en el Monte de los Olivos y luego clavado en la cruz, sobre el Gólgota. Incluso llegó a sentirse separado de Dios, y esa situación le arrancó aquel grito desgarrador: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). Tomemos muy en serio este clamor, no lo consideremos como un simple gesto. Pero, a pesar de todo, vuelve a manifestar su serenidad soberana: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46). Por un lado, esta tranquilidad confiada y, por el otro, una profunda libertad interior. Ambas actitudes están cimentadas en una honda entrega a Dios Padre.

Jesús es el gran modelo de aquel ideal que solemos citar a menudo, valiéndonos de una imagen muy nuestra: "Queremos ser hijos de un amor único y grande". ¿A qué clase de amor nos referimos? "¡Sí, Padre, hágase tu voluntad, tanto cuando ella me depare alegría, como cuando me acarree dolor y sufrimiento!". Repasemos la vida de Jesús. No sólo sufrió fracasos aislados, sino que todas sus obras parecían haberse malogrado… Sin embargo, supo exclamar: «He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). ¿Qué obra era esta? La obra de su entrega al Padre, la obra de sus sufrimientos. El Señor sabía que en su derrota estaba precisamente su triunfo. Tenía que padecer; era necesario que hacia el final de su vida contemplase las ruinas de su obra. Ese era el medio para redimir al mundo. Así pues se nos aparece Jesús, con una gran libertad interior y una tranquilidad soberana, porque estaba hondamente anclado en el Padre.”

viernes, 18 de marzo de 2022

Actitudes del alma de Jesús - libertad soberana

El viernes de la semana pasada nos detuvimos a reflexionar, de la mano de nuestro Padre fundador, sobre la imagen exterior de Jesús. Hoy pasamos a meditar las actitudes internas de su alma. Tres son las características que señala el P. Kentenich en el retiro que da a las Hermanas de María en el mes de agosto de 1950: en primer lugar, se detiene en el hecho de que el Señor en su trato con los hombres actúa con una grande y soberana libertad; en segundo lugar, nos muestra que esa libertad interior va unida a una gran serenidad, y por fin destaca su gran fidelidad, Jesús es fiel.

Hoy nos detenemos en la lectura de las palabras del Padre sobre la primera característica. Dice así:

“En su trato con todos los hombres, Jesús actúa con una grande y soberana libertad. Observando con mayor detención, notamos que él también manifiesta esa libertad en relación con las necesidades más primarias y naturales del ser humano. Y entre ellas incluimos el hogar y las personas, en suma, toda la creación visible. Comprueben cómo en este campo existía una sana tensión en el corazón del Señor.

Pensemos, por ejemplo, en la realidad del hogar. En cierta oportunidad, Jesús nos hace esta conmovedora revelación sobre sí mismo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). ¿Qué vislumbramos en estas palabras? La sincera confesión de una necesidad natural. Esta escena se ubica en el lapso de los tres años de su vida pública, cuando peregrinaba por caminos y ciudades. Palabras que testimonian el ardiente anhelo de tener un lugar donde morar establemente.

Jesús se nos presenta así como una persona dotada de un firme y sano sentido para la vinculación local, vale decir, con una fuerte y sana sensibilidad humana. Él es el ideal de una sana naturaleza humana con sanas necesidades humanas. Sin embargo, calando más hondo en la meditación de estos textos, advertimos cuán libre es el Señor frente a esas necesidades, cuán grande es su libertad en relación con ese anhelo de tener un terruño propio, al cual vincularse y en el cual echar raíces. Luego de haber permanecido treinta años en su hogar, el Padre dio la señal. Jesús abandonó entonces todo, y no quiso saber nada más de su tierra. Y, en cierto sentido, tampoco quiso saber ya nada más de sus padres, de su misma madre. Ustedes conocen los pasajes del Evangelio en los cuales el Señor pone de manifiesto esa libertad interior. Recordemos aquella oportunidad cuando, rodeado de gente sentada a su alrededor, le dicen que su madre está ahí, afuera, y lo llama. Quizás se había enterado de que se cernían grandes peligros sobre su Hijo y quería ponerlo sobre aviso (cf. Mc 3,31-35). ¡Qué humana nos resulta la escena de la madre que viene a ver a su hijo! Hoy casi nos hace sonreír esta sencillez e ingenuidad propias de una madre. ¿Y cómo reaccionó Jesús? ¿Quién es mi padre y mi madre? Yo debo estar en las cosas de mi Padre (cf. Lc 2,49), y no se hable más de ello. Es bueno cultivar un hogar, pero yo debo estar allí donde el Padre me quiere: peregrinando de pueblo en pueblo, fuera del ambiente de la casa paterna. "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado" (Jn 4,34). En sus palabras y sus obras Jesús no sabe de otra consigna sino de aquella de girar siempre en torno al Padre. Brújula de sus pasos es la voluntad de Dios. Y si él, el Padre, así lo quiere, incluso hasta las necesidades más urgentes habrán de pasar decididamente a un segundo plano.

¿Advierten la gran amplitud de la libertad del Señor? Él se nos presenta como aquel que tiene verdadera libertad interior y verdadera grandeza interior. ¿Queremos irradiar como el sol? ¡Que reine entonces Jesús en nuestro corazón; que sea él quien nos eduque en esa gran libertad! ¡Libres de toda atadura, libres de todo, a fin de ser libres para él! Jesús está unido a Dios Padre, por eso es libre frente a cualquier otra creatura.

San Francisco de Sales nos ofrece un pensamiento muy hermoso. Nos dice que hay que despojarse de todas las afecciones, incluso de las más nobles, y elevarlas a Dios como ofrenda. Y cuando se haya hecho tal oblación, Dios volverá a revestir al alma de estas mismas afecciones, pero ahora unidas a él y arraigadas en él. Fluirán desde Dios a la creatura y así, por ejemplo, amaremos a nuestro padre y a nuestra madre, a nuestro trabajo, etc., pero con una cierta garantía interior, ya que todo estará vinculado a Dios. La libertad frente a lo creado se sustenta en una fuerte vinculación a lo divino.”

Nota: la semana que viene seguiremos con la segunda característica. 

viernes, 11 de marzo de 2022

Imagen exterior de Jesús

Estando cercano el cambio de siglo, el Consejo General de la Obra de Schoenstatt encargó a varios miembros de algunos Institutos seculares de Schoenstatt elaboraran y editaran textos escogidos de nuestro Fundador sobre la figura de Cristo. Bajo el título CRISTO ES MI VIDA, la Editorial Patris publicó en el año 1997 la selección preparada por el Padre Günther M. Boll, la Hermana M. Pía Buesge y Monseñor Peter Wolf.

Siguiendo la sugerencia de una de las lectoras del Blog traeremos a esta ‘ventana’ en las próximas semanas algunos aspectos de la visión de Cristo del Padre Kentenich, tomados de la publicación antes citada. Comenzamos hoy con uno de los “accesos a la imagen de Cristo Jesús”, en concreto sobre la imagen exterior de Jesús y actitudes de su alma.

“¿Qué detalles conocemos de la apariencia exterior de Jesús y de su interioridad? Meditemos sobre la imagen del Señor y contemplemos sus rasgos nobilísimos para saber con mayor certeza cómo tendría que ser nuestro propio rostro. Y así, luego, al reflexionar sobre esos rasgos en lo secreto del corazón, advertiremos cuánto necesitamos una y otra virtud o cualidad que resplandecen en la persona de Cristo.

Este es un tema en el cual podríamos detenernos largamente. Llevamos a Cristo en nosotros, somos sus portadores y servidores; somos aquellos que lo dan a luz para el mundo de hoy y lo ofrecen a los demás hombres. Esta vocación de identificación tan honda con el Señor nos lleva a confrontarnos con la totalidad de su imagen.

I. ¿Cómo era la apariencia exterior de Jesús? Pregunta difícil de responder. Disponemos de muy escasos documentos sobre este asunto. Quizás los apóstoles hayan hablado sobre la fisonomía del Señor, pero no dejaron ninguna constancia escrita. Imaginemos que nosotros fuimos testigos oculares de la vida de Jesús y luego escribimos nuestras impresiones de lo que vimos y oímos. Creo que en nuestro relato necesariamente habríamos hecho referencia a la apariencia exterior de Jesús.

¿Cómo eran sus ojos? ¿Era su mirada melancólica o alegre? Nada nos dicen los Evangelios al respecto. ¿Acaso a los apóstoles no les había impresionado la fuerza que se irradiaba del Señor? Sí, por supuesto, pero el Espíritu Santo los guió de tal manera que fueron capaces de pasar de lo exterior a lo interior, y dar así testimonio de lo primordial, de lo más grande, de la interioridad. Los discípulos no pusieron por escrito todo lo que se hablaba entre ellos. Posiblemente dialogaron sobre la fisonomía de Jesús, pero, repito, el Espíritu Santo dispuso las cosas de tal manera que hoy no sabemos mucho sobre la apariencia exterior del Hijo de Dios.

Creo que lo expuesto se podría resumir en tres puntos:

1. La persona de Jesús irradiaba una gran fuerza. Recuerden, a modo de ejemplo, aquel pasaje del Evangelio cuando el Señor encuentra a un joven, a quien lisa y llanamente le dice: "¡Sígueme…!" (Jn 1,43). Y el muchacho dejó todo y fue tras él. Por supuesto, la impresión recibida por el nuevo discípulo había sido preparada de alguna manera por el contacto anterior con los apóstoles y lo que éstos le habían relatado sobre Jesús. Pero, sea como fuere, el Señor ejercía un dominio y una atracción especial sobre los corazones de los hombres.

2. Miremos un poco más en lo profundo, tratemos de vislumbrar la esencia de su personalidad. Si bien Jesús demostraba continuamente una gran cercanía a la gente, ello no quitaba que estuviera revestido de una gran majestad. Contemplemos la majestad de su persona. «Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: ’Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador’» (Lc 5,8). ¿De qué nos está hablando esta escena? De una extraordinaria tensión entre cercanía y lejanía, entre la línea que va al otro y la que vuelve.

3. En la mirada se expresa toda la persona; y esto lo sabe todo aquel que tenga experiencia en el trato humano. Los ojos del Señor irradiaban una fuerza especial; su mirada expresaba la esencia de su personalidad, era su símbolo. Recordemos el pasaje evangélico de la negación de Pedro (Lc 22,54-62). Aquello era el pecado más grande que uno se pueda imaginar, mucho más que los pecados contra la santa pureza. Simón Pedro tenía que caer para que se convirtiese de una vez, para que abandonase su orgullo solapado. Y fíjense que digo a propósito solapado. Bajo capa de un pretendido amor a Jesús ¡en el fondo Pedro se buscaba a sí mismo! Así, pues, el Señor permitió que Pedro cometiese el pecado más grave. Sí; Pedro pecó. Pero he aquí que luego Jesús pasa a su lado y lo mira a los ojos. Y esa mirada logró lo que toda una educación no había podido conseguir: Pedro llora amargamente y reconoce su miseria y debilidad. Ahora sí que está en condiciones de ser la roca de la Iglesia, de ser declarado sucesor de Cristo.

Estos son sólo algunos rasgos exteriores de la persona de Jesús. Nosotros queremos dar a luz a Cristo, ser portadores de Cristo y llevar a Cristo a todos los hombres. ¿No debería entonces nuestra apariencia exterior parecerse un poco a él? ¿No debería irradiarse de nosotros una gran fuerza que alcanzase a los demás? No una fuerza que sea simulada, sino que brote de la desbordante riqueza de nuestra vida interior.”

Tomado de: "Retiro para las Hermanas de María", 25-27 de Agosto de 1950.

    

viernes, 4 de marzo de 2022

SENTIDO DEL ACONTECER MUNDIAL


Repatriación victoriosa del mundo en Cristo

Impresionados y preocupados por los acontecimientos actuales en Europa nos preguntamos por el sentido de todo ello a la vez que sentimos la necesidad de mostrar nuestra solidaridad con las familias que sufren por los horrores de la guerra. En un rato de meditación me encontré con este texto denuestro Padre. Está tomado de la Jornada de 1946 y lo propongo a los lectores del Blog en esta semana.

“El sentido del acontecer del mundo es el retorno del mundo a Dios. El sentido de un acontecer mundial de características apocalípticas es acelerar el retorno a Dios. Detengámonos un poco sobre el término "retorno a Dios". Quizás esta meditación nos dé algunas claves para solucionar cuestiones urgentes.

Al escuchar las palabras "retorno a Dios", advertimos la lucha entre la fe y la incredulidad. La fe en Dios nos impulsa a regresar a Dios. En cambio, la incredulidad nos empuja a acelerar un proceso de rechazo y alejamiento de Dios. Entonces, por un lado observamos un acelerado regreso a Dios y, por otro, una acelerada apostasía.

Pensemos en el acontecer mundial y preguntémonos sobre el significado que Cristo tiene en él. ¿Qué nos dice el Apocalipsis de Cristo? En primer lugar, nos presenta al Padre sentado en su trono (cf. Ap 4,2). De él fluye y hacia él refluye toda vida. Aquel que está sentado en el trono constituye el eje de tranquilidad y reposo en el más allá. Todavía existe un trono que no vacila jamás: el de Dios Padre, quien ha puesto en manos de su Hijo las riendas del acontecer mundial (cf. Ap 5).

El Apocalipsis nos pinta bellamente esta realidad. El apóstol Juan, a quien se le concede estas visiones, desea saber cuál será el destino de la Iglesia. Ve entonces un libro sellado con siete sellos y un ángel le advierte que nadie puede abrirlo. Comprendemos que el apóstol llorara, pues anhelaba que se le revelase el secreto de la historia universal y vio que sus esperanzas se desvanecían. Pero uno de los Ancianos le dice que el Cordero que había sido degollado es Cristo, el Glorioso, pero también el Crucificado. Que él es quien puede abrir el libro de los siete sellos; él es quien conoce y contempla los planes del Padre y ha recibido la misión de llevarlos a cabo. Cristo ocupa, entonces, el centro de la historia.

Hoy se tolera al cristianismo, pero despojándolo de un Cristo vivo. ¿También nosotros hemos dejado a Cristo de lado?

¿Cuál es la actividad de Cristo en el acontecer del mundo, según el Apocalipsis? Él es quien abre los sellos. Vale decir que, sin la permisión divina, obrada a través de Cristo, no hay guerras, epidemias ni revoluciones, etc.

Detrás de todo el acontecer mundial está Cristo que da cumplimiento a todos los planes del Padre. ¿Cuándo derraman los ángeles sobre el mundo la copa de la ira divina? ¿Quién les da la señal para ello? ¡Cristo! (cf. Ap 16).

¿Cuál es el sentido del acontecer mundial, considerado desde el punto de vista de Cristo? ¿Qué papel desempeña Cristo en él? Debo ver en todos los acontecimientos y sucesos una oportunidad más para decidirme nuevamente por Cristo; que, incluso, los acontecimientos más difíciles sean motivo para volver a decidirme por Cristo, con toda mi alma, por libre elección, con libre voluntad.

En este punto distinguimos dos dimensiones de la libertad: por una parte, la capacidad y disposición para decidirse y, por otra, la capacidad de poner en práctica lo decidido. Dios tiene en cuenta mi capacidad de decisión. Cuando llega la hora en que grandes dolores nos quiebran interiormente ¿hacia dónde se dirigen los anhelos del corazón? ¿Acaso habremos de abandonar la bandera y huir del campo de batalla?

El sentido del acontecer mundial, el sentido de mi propia vida y de mis aspiraciones, es que todas las circunstancias y sucesos de mi existencia me lleven a renovar la entrega al Señor, a abandonarme en él.

En medio del acontecer mundial, el Dios vivo ha constituido a Cristo como el gran luchador y vencedor del demonio. En el final de los tiempos, Cristo obtendrá una victoria plena. Y nosotros podemos participar de su valor para luchar, de sus sufrimientos y de su victoria. ¡Qué bienaventuranza saber que, finalmente, alcanzaremos el triunfo! Quizás yo sucumba, pero la causa a la que sirvo saldrá victoriosa.

Cristo vencerá. En el acontecer mundial, Dios aparentemente se deja vencer y doblegar. Se pueden ganar todas las batallas y, sin embargo, perder la guerra. Cristo es desterrado de muchos ambientes y lugares. Pero luego de toda la confusión que genere el demonio, Cristo aparecerá sobre el caballo blanco como Rey y Héroe, triunfante y vencedor de Satanás. Entonces habrá llegado el fin del mundo (cf. Ap 19,11-21). "Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!" ¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera! Nosotros nos entregamos, nos abandonamos a Cristo. Que todo acontecimiento sea para nosotros una oportunidad de decidirse por o contra Cristo. ¡Sí, Señor Jesús! ¡Queremos jurar nuevamente tu bandera!”

Tomado de: "Jornada de 1946."

  

viernes, 25 de febrero de 2022

Todo por, mediante y para el amor

 

EL AMOR COMO LEY FUNDAMENTAL DEL MUNDO, DE LA VIDA Y DE LA EDUCACIÓN

Siguiendo a San Francisco de Sales nuestro Padre Fundador habla del amor como la “ley fundamental del mundo”, no afirmando otra cosa que lo que, desde siempre (ya desde el Antiguo Testamento), ha sido objeto de énfasis en el mandamiento principal del amor. El mismo Jesús volvió a refrescar nuestra memoria al respecto. Es ese mismo mandamiento el que, en la misma escuela de Jesucristo, reapareció, fue profundizado y realizado concretamente en la figura de José Kentenich. Hoy traemos al respecto un texto tomado del conocido libro “Mi filosofía de la Educación” del año 1961.

“Para entrar en la consideración de algunos detalles, reitero: primero, toda acción de Dios resulta en él ante todo y de forma singularísima a partir del motivo del amor. Con ello no se está diciendo que en Dios no puedan actuar también otros motivos. Pero nunca ocupan el primer lugar. Todos sin excepción se encuentran en segunda línea. Esto vale también, y especialmente, de la justicia y la omnipotencia de Dios. Ambas se encuentran al servicio del amor y permanecen siempre y esencialmente en dependencia del amor. El amor las mantiene siempre y en todas partes en movimiento, y es su norma. Así debe interpretarse la primera parte de la ley fundamental del mundo: todo por amor.

Segundo, todo mediante el amor… Ésta es la segunda parte de la ley fundamental del mundo. La misma significa que Dios actúa siempre en el mundo natural y sobrenatural a través de actos de amor ostensibles y palpables. Los actos de justicia y de omnipotencia entran siempre en consideración en segundo lugar. Y, en la medida en que se hacen valer, nunca están solos, nunca separados del amor divino. El amor los sostiene, el amor los inspira, el amor los conduce, el amor interviene de manera eminente en la determinación de su medida y su forma.

Tercero, todo para el amor… Esta es la tercera parte de la ley fundamental del mundo. La misma nos recuerda que el fin último que el Padre Dios persigue con todas sus medidas educativas, con todas sus disposiciones o permisiones, con todas las situaciones del gran acontecer mundial y de la pequeña historia de vida del ser humano, así como también con todos los hechos de la historia de salvación, es sólo uno: la unión de amor más perfecta posible con el hombre ya aquí en la tierra y, en última instancia, en la eternidad, por toda una eternidad. En esta misteriosa unión de amor entre Padre e hijo, entre Creador y criatura, el Dios eterno e infinito halla su mayor y más perfecta honra y glorificación.

La ley fundamental del mundo tiene validez de forma semejante para el hombre, la imagen de Dios. Lógicamente, ese carácter de imagen exige que la ley se convierta primeramente en ley fundamental de vida y, después, en ley fundamental de educación. No debería ser difícil extraer las diferentes consecuencias que de lo dicho surgen para la vida personal y la actividad educativa. En el primer caso, cuando se trata de la propia conducta, sigue vigente como principio inmutable: todo lo que hago y omito, lo que digo y arriesgo, sucede siempre primariamente a partir de la motivación del amor.

El temor sólo vale como motivo concomitante. Siempre y en todo momento debe ser incorporado en el marco del amor. Lo mismo vale acerca de la humildad. Si se la separa del amor, degenera de la noche a la mañana, se convierte en complejo de inferioridad y se manifiesta en opresivas tendencias de desvalorización. Ante todo respondo al amor de Dios con actos de amor. No quedan excluidos por ello otros actos: ni los actos de temor, ni los actos de humildad, ni tampoco otras virtudes. Pero todos ellos han de ser sumergidos en el amor de Dios y bautizados por el amor de Dios. Mi vida podrá perseguir múltiples objetivos. Pero la meta última es siempre la unión de amor con Dios. Ignacio dice, para expresar lo mismo: “Buscar, encontrar y amar a Dios en todas las cosas y en todos los hombres”. Eso no vale solamente para los religiosos sino para todos los hombres.

El educador que está interiormente compenetrado de la ley fundamental del mundo o que ha hecho de ella su actitud fundamental se encuentra en muy buen camino. En todas las situaciones, también en las más difíciles de su actividad, tiene siempre ante su mirada una meta clara. Nunca se convertirá en una caña agitada por el viento. Su actividad educadora podrá inspirarse en múltiples motivos. Podrá buscar en ella una seguridad económica, podrá tener una alegría nata en el trato con la juventud, podrá responder a una tendencia a la transmisión del saber… Podrán actuar en él todos estos motivos y otros semejantes. Pero todos, sin excepción, deben estar unidos con un doble amor: con el amor a Dios y a la imagen de Dios, presente en los suyos. Este amor quiere y debe iluminarlo todo, debe traspasar y animar de pies a cabeza al educador. Debe ser un amor muy personal y cálido, un amor vigoroso y dispuesto al sacrificio. El amor no es simplemente la mayor potencia del cielo y de la tierra, sino que ha de considerarse y valorarse asimismo como el gran poder creador de la educación. No en vano circula en el seno del Movimiento de Schoenstatt la frase: los educadores son hombres que aman y que nunca dejan de amar. Los verdaderos, auténticos educadores son genios del amor…

Pero debe ser un amor que impulse a los hechos. En efecto, así lo exige la segunda parte de la ley fundamental de educación: “todo mediante el amor” quiere decir mediante actos de amor. Don Bosco, que denomina a su pedagogía “hija del amor”, expresa en su testamento esto mismo de la siguiente manera:

«Si quieres que te obedezcan, haz que te amen. (Y lo mismo vale con respecto a todas las otras virtudes morales.) ¿Queréis que os amen? Pues, entonces, tenéis que amar. Y eso solo no basta: debéis ir un paso más allá. No sólo debéis amar a vuestros alumnos, sino que ellos deben también darse cuenta de ello. ¿Cómo se dará eso? Preguntad a vuestro corazón, que él lo sabe».

 

De: Mi filosofía de la Educación (1961), 60-88

 

viernes, 18 de febrero de 2022

SIGNIFICADO DEL AMOR A MARÍA

 

SIGNIFICADO DEL AMOR A MARÍA PARA EL PLENO DESPLIEGUE DEL AMOR

Del mismo modo en que para el padre Kentenich todo está conectado con lo religioso, así también lo está con María. Él ve a la santísima Virgen tanto en su valor propio como en su valor simbólico. Muchas de sus experiencias y observaciones las fija de alguna manera en la figura de María. Y, justamente en el tema del “amor integral”, experimentó que María despierta en abundancia esa integridad de amor. Con ello quiero advertir acerca de que, en el pensamiento de J. Kentenich, María aparece en todas partes, y que no se puede hacer algo así como un “paquete” propio de temas marianos presentando todo lo demás químicamente depurado de todo aspecto mariano.

“Hablamos en esta ocasión de la consagración al corazón virginal de María. Como la consagración implica una unidad de metas con el contrayente de alianza, contiene el deber de empeñarse en la difusión de este cosmos de orden y en la aniquilación de los valores contrapuestos.

La unidad de vida y de actuación con la aliada permite ver más allá de las debilidades personales, arriesgar con valor la lucha por el ordenamiento de la sociedad querido por Dios, idéntico con el cosmos de orden mariano y con el organismo de vinculaciones marianas, y llevar esa lucha victoriosamente hasta el fin, aun cuando exija los mayores sacrificios. Así, el corazón de María puede considerarse con razón como modelo de ese santo orden.

Desde esta perspectiva procúrese otorgar al significado de la consagración al corazón virginal de María el lugar que le corresponde en el propio pensamiento y en el propio discurso. No creemos necesario entrar a considerar aquí la dificultad que, posiblemente, se presente a raíz de la relación entre la consagración al corazón de María y la consagración al corazón de Jesús. Es verdad que algunas veces no se tiene el valor para hacer la consagración al corazón virginal de María por el temor de adquirir la fama de atribuir a la santísima Virgen un poder que el Señor no tuviese. Este es el problema eternamente viejo y eternamente nuevo de que la santísima Virgen ocupase el lugar del Señor, actuando en lugar de él. No es así en absoluto. Como ya se ha expuesto a menudo, se trata siempre solamente de decir un sí de corazón al orden querido por Dios y a la posición de María en ese orden. Según ese mismo orden, Dios quiere obrar a través de su Colaboradora permanente. Por tanto, él obra a través de ella, y no ella en lugar del Señor. Ella protege, ilustra y fortalece el influjo de Dios. Cabe reiterar en este lugar lo expuesto acerca de las leyes de vida y de la relación entre los diferentes órdenes.

Hemos dicho que el corazón es el símbolo del núcleo de la personalidad. Por lo tanto, correctamente entendida, la consagración encierra en sí una suerte de fusión recíproca de las personalidades. Vence la despersonalización propia de la masificación; entrelaza, mediante el amor, del modo más íntimo y personal, una persona con la otra, con la consecuente ventaja para ambas. Ciertamente, se trata aquí de impenetrables misterios del amor que, para la mayoría de nuestros contemporáneos, son un libro de siete sellos.

El hombre masificado, en todas sus formas, es demasiado cómodo para amar verdaderamente. Le falta también la calidez, la profundidad y la fidelidad necesarias para ello. No se da el trabajo de conquistar y quiere recibir; no le gusta sentirse religado a un tú ni cultivar pacientemente un amor. Eso no lo soporta su activismo. Sólo quiere gozar, gozar y gozar. Le falta así el punto de comparación para percibir lo que significa perder el núcleo de su propia personalidad al ser arrastrado por el colectivismo masificante, y lo que significa, por otra parte, la redención de la personalidad a través de un auténtico y verdadero amor personal. Este amor tiene su expresión cumbre en una misteriosa unidad de vida y fusión de corazones. Regala una maravillosa transmisión de vida, enriquece al tú. Si es recibido correctamente, fortalece el núcleo de la propia personalidad en tal forma que, normalmente, resultaría imposible lograrlo de otro modo. Este desconocido poder formador de la personalidad propio del auténtico amor, es al que se refiere el Señor con sus clásicas palabras: El que pierde su vida, por mí, la ganará; el que la quiera ganar, la perderá (Mt 10,39 par).”

De: El secreto de la vitalidad de Schoenstatt, II 1952), 214-216, 220-223

 

viernes, 11 de febrero de 2022

MÍSTICA DEL AMOR

(Pido disculpas a mis lectores por la extensión del texto que hoy ofrezco)

El padre Kentenich tenía ciertas reservas en utilizar sin más la palabra ‘mística’ en sus charlas y conferencias. La razón de estas reservas estriba en la estrechez que afectaba a este concepto en el pasado. En la actualidad podría utilizarla con más tranquilidad porque, en la mayoría de los casos, sólo se la utiliza en un sentido muy amplio. En su utilización actual, mística significa sumergirse de tal manera en la creación que, en el fondo de la inmanencia del mundo creado, pueda experimentarse la trascendencia, pueda experimentarse también el ser trascendente como realidad personal. En las páginas del libro “La santificación de la vida diaria” encontramos estas palabras sobre el tema:


El diálogo entre Dios y el hombre, lleno de alternativas y tensiones

Por esa razón, en la figura de la esposa en el Cantar de los Cantares los maestros de la vida espiritual interpretan al alma en gracia. También ella es abrazada por el amor de Dios porque ha recibido la gracia, es decir, porque ha sido introducida en la vida divina y en el torrente del amor divino con una intimidad, un ardor y una fuerza insuperables. Por eso, también ella es destinataria de la venturosa confesión de amor del Esposo que dice: “Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una mirada tuya” (Ct 4,9). Por eso, si la esposa está atenta y abierta a esos requerimientos de amor, exclamará con júbilo: “¡La voz de mi amado!” (Ct 2,8). En efecto: es él quien llama a la puerta y desea entrar. Ella le ha respondido innumerables veces. Una y otra vez ha salido al encuentro del amado con la petición: “¡Que me bese con los besos de su boca!” (Ct 1,2). Así se fue desarrollando un juego de amor entre esposa y Esposo, entre Dios y el alma en gracia, un juego de múltiple interacción.

Sin embargo, tarde o temprano llega el momento en que el Esposo pide a la esposa que lo deje entrar asumiendo una figura totalmente diferente: le ofrece su cruz. En efecto, ella debe asemejarse por completo a él y demostrar una y otra vez la autenticidad de su amor. Por eso, él requiere con anhelo su sí esponsal: “¡Ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, mi perfecta! Que mi cabeza está cubierta de rocío y mis bucles del relente de la noche” (Ct 5,2). El rocío de la noche simboliza la corona de espinas que él lleva puesta y ofrece a la esposa. Esta se asusta. La naturaleza se resiste. Está todavía demasiado apegada a sí misma. Rehúsa responder al amado pero oculta su cobardía con excusas superficiales y sin consistencia: “Me he quitado mi túnica, ¿cómo ponérmela de nuevo? He lavado mis pies, ¿cómo volver a mancharlos?” (Ct 5,3), tales las superficiales disculpas de la esposa, que está todavía muy referida al propio yo. ¿Y qué hace el Esposo divino? “Mi amado metió la mano por la hendidura; y por él se estremecieron mis entrañas” (Ct 5,4). A pesar de la mediocridad de su entrega, él la atrae por un momento de nuevo hacia sí con sus manifestaciones de amor pero, después, desaparece.

El Esposo se retira, la deja sola y, de ese modo, despierta e incrementa enormemente el anhelo de amor de la esposa: “Abrí a mi amado, pero mi amado se había ido de largo. El alma se me salió a su huida. Le busqué y no le hallé, le llamé, y no me respondió” (Ct 5,6). Así, la esposa sale en busca del amado. Se lamenta y suspira, pregunta a quienes pasan por el lugar: “Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi amado, ¿qué le habéis de anunciar? Que enferma estoy de amor” (Ct 5,8). Sólo entonces, él se deja encontrar nuevamente. Ahora, ella está madura para pertenecerle de forma completa e indivisa en atención a él, sin tenerse en cuenta a sí misma. Sólo ahora puede decir: “Yo soy para mi amado y mi amado es para mí” (Ct 6,3).

Esta relación y este juego de amor entre Dios y el alma en gracia sólo se dan realmente con las alternativas y tensiones aquí descritas mientras el alma no se cierre, mientras corresponda amor con amor, amor invencible con amor invencible. Como es obvio, es el Esposo divino quien determina el tiempo y el modo en que quiera acercarse a la amada de su corazón.

Con frecuencia, el trato entre ambos asume formas sumamente tiernas e íntimas, insospechadas para el superficial hombre mundano. Este no puede comprenderlas porque la realidad del otro mundo, la realidad sobrenatural, le es extraña aun a pesar de que la lleva en su interior. El Dios trino habita y vive en él como compañero de amor que actúa y requiere de forma constante su respuesta amorosa. Pero, para él, esa realidad es un mundo sellado con siete sellos. Eso no significa que sea un hecho cotidiano el que el amor asuma formas que hagan pensar propiamente en una ebriedad de amor. Aun cuando una gracia semejante no se nos regale de hoy para mañana, y aunque jamás se nos honrara con ese don, no deja de ser atractivo que aprovechemos alguna vez la ocasión para contemplar respetuosamente un juego de amor de esta naturaleza, por lo menos desde la distancia. A menudo son personas con gracias místicas las que son introducidas de ese modo en el torrente de amor divino.

El diálogo personal entre Dios y el alma es a menudo tan tierno e íntimo a la vez que tan recatado, tan ingenuo y natural y hasta de una jovialidad casi jocosa, que fácilmente oculta, como con leve ademán, las recias exigencias de amor que plantea detrás de esas apariencias. Tan grande es la fuerza contenida y la embelesadora intimidad que se unen misteriosamente en el fondo de almas como esas. Y como se trata de hondísimos secretos de amor, muchas veces permanecen ocultos tras un velo impenetrable. Sólo en raras ocasiones se los puede escuchar a hurtadillas sin ser notado.

De: La santificación de la vida diaria (1937), 387-395