viernes, 20 de diciembre de 2019

Dios envuelto en pañales


Ha llegado la Navidad del dos mil diecinueve. Queriendo desear a mis lectores unas felices fiestas y un nuevo año pleno de bendiciones, se me ha ocurrido hacerlo con algunos pensamientos del Padre Kentenich, extraídos del texto de una homilía pronunciada el 25 de diciembre de 1963 para la comunidad alemana de la parroquia de San Miguel de Milwaukee, la misma en la que se reunía los lunes por la tarde con el grupo de matrimonios que ya conocemos.

El pensamiento es simple, pero encierra en sí un misterio insondable e inconcebible para nosotros: ¡Dios envuelto en pañales! Es el mensaje que el ángel transmite a los pastores de Belén: que se pusieran en camino y hallarían a un niño acostado en un pesebre, y que ese niño era Dios. (Lc 2,15) El Dios eterno e infinito; el Dios de quien san Juan Evangelista dice que es Dios desde toda la eternidad, Dios de Dios, Luz de Luz (cf. Jn 1,9), de quien sabemos que es el eje de la historia de salvación y de la historia universal.” El Dios infinito …… ¿envuelto en pañales?

La inquietud que el hecho produjo en algunos protagonistas del momento – Herodes y los sacerdotes del templo – sigue repitiéndose en nuestros tiempos: es algo tan inconcebible que hay que eliminarlo, quitarlo de nuestro horizonte. Dios no existe, ni allá arriba, ni acá abajo, ni rodeado de gloria, ni mucho menos envuelto en pañales y recostado en un pesebre. ‘Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles’, escribirá Pablo a los Corintios en una de sus cartas. El Padre Kentenich cita a uno de los primeros herejes de la cristiandad, Marción, que meneando su cabeza declaraba, de modo tajante, que no quería ningún Dios envuelto en pañales, sino uno revestido de majestad; un Dios que desplegase en todo momento todo su poder.

¿Qué significa para nosotros ese Dios en pañales recostado sobre un pesebre? ¿Cómo es esa imagen divina que se nos aparece sobre las pajas del pesebre?

Dios se nos desvela como el Dios de un amor divino inconmensurable y divinamente misericordioso; como el Dios de un amor que, de modo inconmensurable, se abaja y se aproxima a nosotros; como el Dios de un amor inconmensurable que en su divina sabiduría excede todo límite.
El amor que el Dios humanado nos manifiesta en Belén es un amor inconcebiblemente condescendiente. El Hijo de Dios asume la naturaleza humana y, por lo tanto, abandona la gloria del cielo. «Et Verbum caro factum est» (Jn 1,14)… "Y la Palabra se hizo carne". Pero ello no le bastó, sino que tomó además una naturaleza humana sujeta al sufrimiento. Él quería ser capaz de sufrir y por eso asume una naturaleza humana totalmente desvalida como lo es la de un niño recién nacido.”

Ese Dios envuelto en pañales, y más tarde clavado en la cruz, es el que quiere nacer ahora de nuevo en nosotros. San Pablo sufría dolores de parto porque quería ver a Cristo formado en los suyos (Gal 4,19). Anhelemos y luchemos para que Cristo nazca en nosotros, para que podamos decir también que ya no vivimos nosotros, sino que es Cristo quien reina plenamente en cada uno de nuestros corazones.

El Padre Kentenich dirá en otra charla que en esto consiste la santidad, en alcanzar la madurez de la plenitud de Cristo.

“Vivamos pues con esa actitud: "Y no vivo yo…" Sí; esta naturaleza ya no vive más, sino que es Cristo quien vive plenamente en mí. Las palabras de san Pablo no significan que Cristo reina sólo "un poco" en nosotros, sino que Cristo reina plenamente en nosotros. San Pablo siempre apunta a una sola cosa: Cristo en nosotros y nosotros en Cristo; nosotros en Cristo de manera perfecta y Cristo en nosotros de manera perfecta.”

Mi felicitación cordial a mis lectores en estas fiestas navideñas, y el deseo de que todos lleguemos a ser, en plenitud, imágenes de Cristo, tal como lo fue María.
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Para leer o escuchar alguno de los dos textos mencionados del libro “CRISTO ES MI VIDA” de la Editorial Patris, haz 'clic' en el "Enlace" correspondiente:





viernes, 13 de diciembre de 2019

PASANDO PÁGINA


Con el comentario de la semana pasada (viernes, 6 de diciembre: “Humildes y confiados en las manos de Dios”) puse fin a mis reflexiones basadas en las charlas del Padre Kentenich a los matrimonios de Milwaukee durante los dos primeros trimestres del año 1956. Procedería ahora seguir con las charlas del tercero y cuarto trimestre del mismo año, pero existe el inconveniente de que la Editorial Schoenstatt no ha publicado aún los tomos correspondientes en español, por lo que me veo en la necesidad de seguir con los textos editados en el Tomo 5 de la serie “Lunes por la tarde …. Reuniones con familias” que recogen lo dicho por el fundador de Schoenstatt en los tres primeros meses del año 1957.

Mientras que en los meses de julio a septiembre del cincuenta y seis el Padre Kentenich trataba de mostrar a Cristo y María como imágenes o reflejos del Padre Dios, invitando a sus oyentes a vivir la espiritualidad cristiana como hijos del Padre, pasaría en los meses sucesivos a tratar cuestiones y acontecimientos de la sociedad de entonces a la luz de la fe, indicando a los matrimonios los caminos adecuados para dar testimonio de su ser cristiano.
A comienzos del año 1957 profundizará estas reflexiones. Lo podemos leer en la ‘Introducción’ al Tomo 5 de esta serie.

“La difícil situación política mundial del año 1956 y el temor de la población estadounidense ante la amenaza de una guerra impulsaron al padre Kentenich en noviembre de 1956 a hablar sobre el ideal del hombre apocalíptico en un tiempo apocalíptico. 

Según expone, vivimos en un tiempo en el que nadie tiene derecho a vivir de forma mediocre. El Apocalipsis exige espíritu de mártires y, como los primeros cristianos, también nosotros tenemos que estar dispuestos a sufrir el martirio. ¿Cómo podemos prepararnos para ello? Tomando más en serio nuestra alianza con Dios y poniéndonos completamente a su disposición. La preparación interior al martirio comienza en el martirio de la vida cotidiana, en el sí a la voluntad de Dios en las pequeñas cosas de cada día. Esta orientación hacia Dios y su voluntad, la vida en alianza con Dios, confiere a nuestra vida un punto firme de reposo, y nos prepara para situaciones en las que nos veamos desafiados por las dificultades y el sufrimiento.

Pero no solo nosotros nos ponemos a su disposición. En las consideraciones subsiguientes el padre Kentenich enfatiza una y otra vez que se trata de una disponibilidad mutua: Dios también se pone a nuestra disposición. Él mismo se nos regala: nos regala su poder, su sabiduría y, sobre todo, su amor misericordioso. La gran inquietud que atraviesan las pláticas que van hasta marzo de 1957 es la transmisión de la correcta imagen de Dios. El padre Kentenich constata que muchas personas tienen una imagen distorsionada, errónea de Dios, y que solo unas pocas están profundamente convencidas de que el afecto primordial en Dios hacia sus criaturas es el amor misericordioso. Ese es el amor que, en primer lugar, se encuentra en Dios, y no la justicia. El padre Kentenich acentúa que la imagen de Dios es la imagen del Padre, y, en concreto, la imagen del Padre misericordioso.”

La autora de esta introducción, la Hermana Mariengund Auerbach del Instituto de las Hermanas de María de Schoenstatt, nos invita a preguntarnos si estamos convencidos de que el amor misericordioso de Dios está constantemente a nuestra disposición, y si consideramos todas las situaciones de nuestra vida, sobre todo los golpes del destino, como expresión del amor misericordioso del Padre, viendo en ello también un regalo de Dios para nosotros.

“Creer en el amor misericordioso del Padre Dios” es el subtítulo del Tomo 5 de la serie los “Lunes por la tarde …”, cuyas charlas leeremos y comentaremos en las próximas semanas. Estoy convencido que también serán motivadoras para nosotros dada la actualidad de los planteamientos que en las mismas se hacen.
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Para leer o escuchar el ‘Prefacio’ y la ‘Introducción’ al ya citado Tomo 5 haz 'clic' en el siguiente "Enlace":




viernes, 6 de diciembre de 2019

Humildes y confiados en las manos de Dios


Seguimos con el anhelo de plasmar nuestra vida de un modo agradable a Dios. En este camino chocamos a menudo con nuestra propia debilidad, con el peso de nuestros pecados y faltas, con las tentaciones y la realidad de nuestras limitaciones. Tenemos que luchar con el sentimiento de culpa que nos invade. Es aquí adonde el Padre Kentenich recuerda a sus oyentes lo que Pablo escribió en la carta a los Romanos (8,28): "Para los que aman a Dios, todas las cosas redundan en lo mejor", añadiendo además lo que san Agustín agregó: “también el pecado”. O sea, que según la intención del Buen Dios también nuestras faltas y pecados deben redundar en lo mejor para nosotros.

Y si esto es así: ¿cuál debe ser nuestra tarea en el día a día? En el comentario de la semana pasada apuntábamos que no debemos de extrañarnos, no debemos turbarnos ni desanimarnos y, sobre todo, no debemos habituarnos al pecado. En el texto de la charla encontramos este pasaje aclaratorio:

“En general solemos decir que existe un misterio del pecado original. Lo decimos de forma teórica, pero, en la práctica, muchas veces pensamos que tendríamos que vivir como si todos hubiésemos sido concebidos sin pecado como la santísima Virgen. Justamente, a través del pecado original ha entrado una escisión en la naturaleza: está el "animal", que tira siempre hacia abajo; y el "ángel", que tira hacia arriba. La eterna escisión.”

Por ello lejos de nosotros el desánimo y la turbación, a la vez que ponemos todas nuestras fuerzas en no pecar más. Y si pecamos, ¿qué podemos hacer para que ese pecado redunde en mi salvación? O a la inversa, ¿qué quiere Dios de mí, una vez que he pecado?, ¿qué quiere regalarme con las tentaciones? La respuesta es múltiple; para empezar mi pecado quiere conseguir que yo llegue a ser un milagro de humildad. ¿Y qué significa eso?

“Los maestros del espíritu suelen decir que la humildad no se aprende meditando sobre la humildad sino a través de humillaciones. ¿Qué significa a través de humillaciones? Fíjense: no aprendo a comer porque diga con erudición: se hace así, sino que comienzo a comer. Así es también con el amar. ¿Cómo se aprende a amar? Amando. ¿Cómo se aprende a caminar? Caminando. Del mismo modo se aprende a ser humilde a través de humillaciones. ¿Y cuál es la mayor humillación para el hombre moral? La consciencia de haber pecado tantas y tantas veces en la propia vida, es decir, de haber actuado en contra de la propia conciencia.”

Es verdad que el pecado es una ofensa a Dios, por lo que evidentemente no puedo complacerme en ello. Pero en el pecado encontramos también la vivencia de la debilidad. Los maestros de la vida espiritual dicen que la humildad consiste en alegrarnos por haber sido tan débiles, complacerse en la propia debilidad.

“Ustedes me preguntarán ahora cómo es posible que deba complacerme en mis miserias y hasta tener alegría por ellas. Naturalmente, sólo es posible si, al milagro de humildad, se agrega el segundo milagro, el milagro de confianza.”

San Pablo sigue ayudándonos en nuestra reflexión. En su segunda carta a los Corintios (12,9) dice que se gloría de sus debilidades, porque, de ese modo, se manifiesta en él la fuerza de Cristo. Ante mi debilidad me agarro a la mano de Dios y estoy convencido de que todo lo puedo en Aquél que me conforta (Flp 4,13). Mi pequeñez es pues un título para acercarme a Dios.

Santa Teresita tenía algunas expresiones predilectas, por ejemplo, la del "ascensor" de la santidad. ¿Qué entendía ella por el ascensor de la santidad? Se imaginaba lo siguiente: allá abajo estoy yo, un ser muy pequeño. Y quiere subir hasta el último piso. Se trata, por ejemplo, de un rascacielos. Y ella quiere subir rápido.
¿Cómo he de subir la escalera y esforzarme quién sabe cuánto? ¡No, no! Soy demasiado pequeña para ello. ¿Qué hago, entonces? Tomo el ascensor de la santidad. Me imagino que, allá arriba, en el piso más alto, está el Padre celestial. Y él mira hacia el pequeño gusanito allá abajo. ¿Qué hará el gusanito? Pues tiene que decir, con sencillez: Padre, solo no puedo, tienes que hacerlo tú.
¿Qué hace entonces allá arriba el Padre de larga barba y de largos brazos? Se inclina profundamente, hace un pequeño puente con sus manos, y el gusanito se sube rápidamente a ellas. Y he ahí el ascensor de la santidad.
¿Entienden lo que esto significa? Es el milagro de humildad y el milagro de confianza. Esto es lo que nos falta totalmente a nosotros, hombres de hoy. A la mayoría nos falta la confianza. ¿Qué significa que nos falta la confianza? Siempre pensamos que tenemos que salvarnos nosotros mismos. ¡No!”

Para terminar, el Padre Kentenich sugiere a los matrimonios reunidos con él que pidan a la santísima Virgen que ella les conceda la gracia de llegar a ser un milagro de humildad y un milagro de confianza. Siendo pacientes con nosotros mismos avanzaremos también en la tarea de ser de esa forma un milagro de amor para superar así nuestros sentimientos de culpa.
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Para leer o escuchar la charla del 25 de junio de 1956 haz 'clic' en el siguiente "Enlace":