viernes, 31 de enero de 2020

LA CRUZ Y EL SUFRIMIENTO


En una de sus prédicas en la parroquia de Milwaukee/USA el Padre Kentenich añade al conocido “ora et labora” de los benedictinos una tercera palabra, la de sufrir. La frase queda así: “reza, trabaja y sufre”. Es la experiencia que todos hacemos: el hombre tiene que cargar de una forma o de otra con algo (o mucho) de dolor y sufrimiento en la vida. Precisamente el que sufre experimenta la parte de oscuridad y el riesgo que supone la fe práctica en la Divina Providencia. El que sufre se encuentra ante lo incomprensible de la actuación de Dios en el mundo. El Padre Kentenich lo sabía bien, había estado prisionero en el campo de concentración de Dachau. Allí tuvo la oportunidad de experimentarlo en su propia carne y de observarlo en los prisioneros que sufrían y morían a su alrededor.

Dos son las reacciones o actitudes posibles ante tal desafío: o crezco en el convencimiento de que soy un hijo de Dios, y hago de ello mi actitud fundamental o, por el contrario, me revelo con el peligro de que mi amargura me lleve a la desesperación. Es cierto que hay una fase previa a la aceptación del dolor y el sufrimiento, la reacción natural de evitar el dolor. Nosotros no nos deseamos a nosotros mismos el dolor, sino que es natural que lo rechacemos: Jesús en el huerto de Getsemaní gritó desde su humanidad aquello de: “Padre, aparta de mí este cáliz”. Su sentido filial – la seguridad existencial del hijo que se sabe en las manos del padre – le hizo decir finalmente: “¡En cualquier caso, hágase tu voluntad y no la mía!”

Para ayudar a sus oyentes de ‘los lunes por la tarde’ en su reflexión sobre la cruz y el sufrimiento, el fundador de Schoenstatt les invita en este último lunes de enero del año 1957 a hacerse esta pregunta: “Qué quiere Dios con la cruz y el sufrimiento que nos envía?” A lo cual contesta él mismo con estas palabras:

“A través de la cruz y el sufrimiento quiere liberarme de mí mismo. Quiere ayudarme a que me conozca a mí mismo. Quiere ayudarme a que llegue a ser más humilde, a que llegue a ser más bondadoso, a que confíe más en él y me desprenda más y más de todo lo terreno y lo vea a él en el centro de la vida.”

Justamente esta quiere ser nuestra tarea: convencernos de que Dios me ama, y que lo hace con un inmenso amor por mí, y que, si permite este o aquel sufrimiento, lo hace como un acto de misericordia con nosotros. El hombre profundamente religioso ve detrás de la cruz y el sufrimiento la mano paternal de Dios.

“No sé, ahora, si habré llegado a tanto como para decir que toda cruz y sufrimiento en mi vida son realmente ‘misericordia Domini’, expresión del amor misericordioso de Dios para conmigo. Verán, tenemos que trabajar hasta que lo logremos. ….

Resumiendo, pues, si queremos hacer la comprobación tenemos que preguntarnos: ¿consideramos las decepciones, la cruz y el sufrimiento de nuestra vida como un regalo especial del Padre del cielo, que nos lo ha destinado para que realicemos el plan que él ha diseñado para nosotros desde la eternidad?

Tenga yo mucho o poco que comer, tenga mucha o poca cruz: soy siempre un niño simple: Dios es Padre, Dios es bueno; bueno es todo lo que él hace.”

En el acontecer mundial actual, les dice a sus oyentes, quien no posea ni conozca una correcta imagen de Dios como imagen del Padre se derrumbará tarde o temprano; simplemente, no podrá dominar la vida, perderá la confianza en la vida, la confianza en Dios. Me aventuro a decir que este pensamiento sigue teniendo validez en el mundo de hoy.
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viernes, 24 de enero de 2020

¿Casualidades o muestras concretas de su amor?


En los últimos encuentros con los matrimonios del grupo de Milwaukee constatamos cómo el Padre Kentenich destaca la misericordia del Padre de los cielos con nosotros las creaturas, subrayando la necesidad de una respuesta de amor por nuestra parte. Dios se pone a nuestra disposición y nosotros nos ponemos a disposición de Él y de sus designios. Un ejemplo es y seguirá siendo la santísima Virgen, nuestra aliada. Su actitud: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Como escuchamos ya en pláticas anteriores, en María aprendemos la dinámica de esta disponibilidad ante Dios, que pasa por dos momentos o actitudes: tenemos que escuchar la voz del Padre, tenemos que aprender a escuchar, y, segundo, debemos aprender a obedecer.

“¿Qué quiere decir que tenemos que escuchar lo que nos dice el Padre del cielo? Sabemos de cuán múltiples maneras nos habla el Padre: a través de inspiraciones interiores, de los superiores, de la Sagrada Escritura. Todo eso lo sabemos. Pero a lo que apuntamos especialmente es que él nos habla también a través de las circunstancias.”

Me parece que esto último no es muy habitual en el hombre de hoy, pues en la práctica vivimos como si todo lo que sucede durante el día fuese casual. El Padre Kentenich cita al respecto un pasaje de una carta que el rey de Prusia Federico II le escribió al perseguidor de la Iglesia, el francés Voltaire: «Cuanto más viejo se vuelve uno, tanto más se convence de que su santa majestad, la casualidad, se ocupa de las tres cuartas partes de todos los asuntos de este miserable universo». (Federico II, carta a Voltaire del 26-12-1773).

¿Qué significa que tres cuartas partes de todo lo que pasa en mi vida es mera casualidad? Detrás de ello no hay Providencia alguna, no hay un Dios personal que sostenga todo eso, lo guíe y dirija. Sucede simplemente así. ¿Y el cuarto restante? Ese depende de mí, de mi voluntad, de mi cálculo, de mi perspicacia.”

Pero sabemos a la luz de la fe que no es así. Si quiero ponerme a disposición del Padre de los cielos y deseo oír su voz, debo saber que en esta voz no hay casualidad alguna. Todo se encuentra en la mano del buen Padre, incluso lo más pequeño de mi quehacer cotidiano.

“Dios dirige; Dios guía y Dios conduce el mundo y lo ha dispuesto todo, también los acontecimientos más pequeños de mi vida cotidiana. Por tanto, detrás de todo veo al Dios personal, al Padre Dios, nada es casual. Podrá parecer, alguna vez, que todo ocurre por casualidad, pero para mí no hay casualidad alguna. Por eso veo también a Dios detrás de todo y estoy a la escucha: ¿qué me quiere decir a través de éste o aquel acontecimiento?”

Si estamos convencidos de que es así, y queremos ponernos a disposición suya lo hacemos desde la convicción creyente de que Dios, disponga lo que disponga, lo hace siempre por amor, un amor personal a mí, un amor misericordioso conmigo, porque Dios, el que gobierna el mundo, lo hace todo por amor. Ese amor es un amor personal con cada uno de nosotros. En nuestro día a día, las casualidades no existen, sabemos que todo lo dispone Dios por amor a su criatura, por amor misericordioso y personal a cada uno de nosotros. Estoy convencido de que, si viviéramos con este convencimiento, nuestra vida sería más placentera, menos estresante que la de ahora.

Para finalizar quiero traer una pequeña historia que el Padre Kentenich les cuenta a los matrimonios:

“Se cuenta de un santo, Félix de Nola, que fue acosado por los perseguidores de los cristianos. Le estaban pisando los talones y no podía sino esperar que, en cualquier momento, lo atraparan. En su huida se desvió en una ocasión hacia un lado y se ocultó rápidamente en una cueva. Por supuesto, tenía que contar con que los perseguidores llegaran enseguida. Pasaron un par de minutos, de pronto estaban delante de la cueva. Entonces vieron cómo una araña comenzaba a tejer su tela. Y se dijeron: no, ahí no puede ser, pues, de lo contrario, la araña no trabajaría. ¿Cuál fue el resultado? Pasaron de largo.
Como ven, fácilmente se está inclinado a decir: fue casualidad. ¡No hay casualidad alguna en nuestra vida! Dios ha previsto todo desde la eternidad y calculó desde la eternidad la actividad de la araña. Si estoy constantemente a la escucha de Dios, tengo que creer en él y creer que él tiene en su mano las riendas de mi vida.”
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Nuestra fe en el amor misericordioso de Dios - 21 de enero de 1957


viernes, 17 de enero de 2020

La alianza de amor y el regalo de tu misericordia, ¡Señor!


Los textos litúrgicos de estos días nos invitan y ayudan a meditar en la misericordia del Señor, recordándonos lo necesitados que estamos de ella. Vemos cómo Marcos narra los diferentes milagros de Jesús, curando a los leprosos y a los enfermos en el espíritu, los endemoniados, y a tantos otros que le pedían su ayuda y curación. El salmo de la liturgia de hoy jueves nos ha invitado a recitar aquello de “¡Redímenos Señor, por tu misericordia!” (Sal 43,10-11.14-15.24-25).

No sé si en las semanas del mes de enero de 1957, en la parroquia de Milwaukee/USA, donde celebraba la santa Misa el Padre Kentenich, se recitaban los mismos textos litúrgicos y salmos de hoy. Cierto es que, en las reuniones con los matrimonios de esa parroquia, la misericordia del Señor era el tema central de los encuentros. También en las celebraciones de los días de alianza, los 18 de cada mes. Por ejemplo, en la plática del 18 de enero de ese año.

Al invitar a los presentes a renovar la alianza de amor que han sellado con la santísima Virgen, les recuerda que el sentido de esta renovación es ponerse de nuevo y con renovadas fuerzas a disposición del Padre Dios a ejemplo de su Hijo Jesucristo, porque ‘el Padre así lo desea’, según rezaba el lema del grupo en aquellas semanas. Cita al respecto episodios concretos de la vida de Cristo: su encarnación, la estancia en el templo a los doce años, su obediencia en Nazaret, su vida pública y su muerte en cruz. “¡Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo!”, “Vengo a hacer la voluntad de mi Padre”.

Si en la alianza y en nuestras vidas nos ponemos a disposición de Dios y de la santísima Virgen, sabemos que ellos responden con creces ofreciéndonos su amor misericordioso, porque “sobre todas las cualidades de Dios se encuentra su amor misericordioso”.

Por encima de todas las cualidades se encuentra el amor misericordioso: ese amor supera todo, todo lo demás. Por tanto: el amor misericordioso no solo el amor. Dios sabe cuán débil soy. Dios sabe que soy limitado. Dios sabe que tengo el pecado original. Dios sabe que innumerables veces he pecado personalmente. ¿Y ahora? Su amor misericordioso me dice «sí».”

Para profundizar en este aspecto del amor de Dios a su criatura cita a San Pablo en su Carta a los Romanos, en aquel pensamiento del apóstol: "Así Dios hizo pasar a todos por la desobediencia, a fin de mostrar a todos su misericordia." (Rm, 11,32).

“El apóstol Pablo reflexiona en una ocasión en la Carta a los Romanos : ¿Por qué ha dejado Dios que todos los hombres se enredaran en el pecado original? Si tenemos el pecado original, todos somos criaturas pecaminosas. Por eso la pregunta: ¿por qué gobierna Dios a una humanidad tan pecadora? La respuesta, maravillosamente profunda, reza: Para poder apiadarse tanto más de ella. ¿Qué significa esto, a su vez? Por ser la humanidad tan pobre y pecadora, el Dios vivo puede derramar su misericordia en esa humanidad. Esta es la gran imagen de la historia que tiene el apóstol Pablo. El Padre Dios gobierna una humanidad pecadora por misericordia divina, no en primer lugar por justicia. La justicia también está presente, pero sobre toda justicia actúa en la historia de la humanidad su misericordia.”

En su charla, el Padre Kentenich recuerda también en este día de alianza a la santísima Virgen y su canto del Magníficat:

“Lo mismo encontramos si examinamos la imagen de la historia que tiene la santísima Virgen. Solo es preciso que nos detengamos a considerar el Magníficat. En él escuchamos la frase: «Su misericordia llega a los que le temen de generación en generación». ¿Qué significa «su misericordia»? Una misericordiosa mano paternal gobierna el acontecer universal. Pero ¿qué se exige como condición? «Los que le temen», es decir, los que reconocen y confiesan con humildad y confianza su miseria.”

Admirándonos del amor de Dios, sabiendo que se apiada de los miserables y que es fiel a su alianza, queremos vivir en la seguridad de que él se pone a nuestra disposición, regalándonos su amor infinitamente misericordioso. Y el Padre Kentenich añade: “Ese amor es el que él pone a mi disposición, por supuesto, bajo una condición: tengo que confesar y reconocer con sencillez mis debilidades y miserias.”

Para terminar su plática en este día 18, día de alianza, les/nos dice:

“Ahora entendemos qué significa la alianza de amor en el sentido de la perfecta disponibilidad mutua. ¿Qué ponen el Padre y la Madre a nuestra disposición? Su amor misericordioso. Pero esto exige de nosotros entrega humilde, plenamente confiada en todas las situaciones de la vida. Y aunque hubiese pecado sabe Dios cuánto, aunque mi vida fuese una única cadena de pecados graves, el Padre del cielo no me abandona, la santísima Virgen me sostiene en su mano. Tengo que permanecer humilde y tener confianza. Este es el sentido de nuestra alianza de amor.”
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viernes, 10 de enero de 2020

Vivir el "poder en blanco"


Alguno de mis lectores me ha comentado que en nuestros días vivimos también en un ambiente de inseguridad y miedo. No ya por el temor a una guerra, sino por las circunstancias que nos rodean en nuestras sociedades, por las políticas que se implantan y las seguridades vivenciales que se pierden; nuevos tiempos se hacen paso, y nosotros andamos anclados en el ayer, temiéndonos lo peor.

Es aquí adonde nos unimos a los oyentes de estas charlas para escuchar la sabia palabra del Padre Kentenich – hoy la del lunes 14 de enero de 1957. En la práctica, les dice, esto nos debe impulsar a trabajar en el camino de nuestra santidad, significa que debemos ser perfectamente libres en nuestro interior, y estar en todo momento a disposición de Dios. Esto es vivir el padrenuestro, poder decir de verdad “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Es dar a Dios, a través de nuestra Madre en la alianza de amor, un poder en blanco que pueda “usar” a su voluntad en toda nuestra vida.  

¿Cómo es este heroísmo para mí como laico, para mí como hombre casado, como mujer casada? Ya he hablado a menudo sobre esto: tomar en serio el poder en blanco. ¿Qué entendemos por poder en blanco? En nuestro lenguaje schoenstatiano es siempre un alto grado de alianza de amor recíproca entre nosotros y la santísima Virgen.
Extender un poder en blanco, hacer la alianza de amor a la altura del poder en blanco, es decir: perfecta disponibilidad mutua. La alianza de amor con la santísima Virgen es un medio para que estemos completamente a disposición del Padre de los cielos.

Se trata de una alianza de amor mutua: ellos, la santísima Virgen y el Padre, cuidan de nosotros, se comprometen con nosotros. “Ellos dirigen su mirada con especial amor hacia mí y tejen perfectamente los hilos de mi vida hacia arriba, hasta lo último.”

En este ‘Lunes por la tarde’ el Padre Kentenich da a los matrimonios algunos consejos para llevar a la práctica el anhelo de vivir según el poder en blanco. Les invita primero a saber escuchar: queremos estar a la escucha de lo que Dios quiere de nosotros en todas las circunstancias de la vida, no estar nerviosos, renunciar conscientemente a querer procesar todo lo que llega hasta nosotros, renunciar a ciertas impresiones, para así conseguir una seguridad en el Señor y no en las cosas que nos rodean. Dejar que Él sea nuestro punto de seguridad, adquirir la “seguridad del péndulo”, siempre enganchado arriba, siempre sujeto en Dios.

A este escuchar sigue después el obedecer. Es decir, que cuando hemos reconocido de este modo la voluntad del Padre, le digo siempre: “Sí, Padre, sí; que se haga siempre tu voluntad, ya sea que me traiga alegría, sufrimiento o dolor”. Esta será nuestra actitud de disponibilidad. Con ello le estamos diciendo también que nos puede mandar cruces y dificultades.

“¿Qué significa: incluso te pido las cruces y sufrimientos? ¿Qué cruces y sufrimientos? Aquellos que tú, Padre del cielo, me tengas preparados. Es así: desde que tenemos el pecado original, podemos decir: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo», pero cuando las cosas se ponen más duras, decimos, a pesar de todo: hágase mi voluntad en la tierra como en el cielo. Por eso tenemos que cuidar de que se supere lo que se llama miedo a la cruz y sufrimiento, una predisposición negativa. El miedo a la cruz y al sufrimiento es el gran impedimento para el sí que hemos de decir. Y hasta pido superar este miedo: si tú has previsto para mí una cruz —pero, suponiendo que la hayas previsto— te pido esa cruz para que llegue a ser interiormente libre para tu voluntad.”

Si nos empeñamos en este camino de santidad, será conveniente también llevar un cierto control de nuestras prácticas de piedad diarias, el así llamado “horario espiritual” por escrito, y cuidar que nuestras visitas al confesor tengan la periodicidad adecuada. Es la propuesta del fundador de Schoenstatt a los matrimonios que asisten a sus charlas semanales.
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viernes, 3 de enero de 2020

Decir sí a la voluntad de Dios


Hace más de cincuenta años, en concreto cincuenta y tres, justo en estos primeros días del año, el Padre Kentenich se reunía un 7 de enero de 1957 con su grupo de matrimonios de Milwaukee/USA para seguir hablando de un tema que había iniciado semanas atrás: el Apocalipsis. Tengo que aclarar que los tomos 3 y 4 de la serie “Los lunes por la tarde ….” no están traducidos al español, por lo que me veo en la necesidad de comentar los textos del tomo 5.

La situación política mundial de aquellos años llevó a que la población estadounidense tuviera miedo ante la amenaza de una inminente guerra global. Esta circunstancia aconsejó al fundador de Schoenstatt a tratar el tema del ideal del hombre apocalíptico en un tiempo apocalíptico. No sé si hoy la situación en nuestro entorno, en nuestros países, es propicia o adecuada para reflexionar sobre este tema, pero me adhiero a los pensamientos que podemos leer en la ‘Introducción’ del libro citado:

“Según expone el autor, vivimos en un tiempo en el que nadie tiene derecho a vivir de forma mediocre. El Apocalipsis exige espíritu de mártires y, como los primeros cristianos, también nosotros tenemos que estar dispuestos a sufrir el martirio. ¿Cómo podemos prepararnos para ello? Tomando más en serio nuestra alianza con Dios y poniéndonos completamente a su disposición. La preparación interior al martirio comienza en el martirio de la vida cotidiana, en el sí a la voluntad de Dios en las pequeñas cosas de cada día. Esta orientación hacia Dios y su voluntad, la vida en alianza con Dios, confiere a nuestra vida un punto firme de reposo, y nos prepara para situaciones en las que nos veamos desafiados por las dificultades y el sufrimiento.”

Si la primera cristiandad, la que acompañaba al autor del Apocalipsis, vivía a partir del pensamiento de que la Iglesia estaba en peligro, y que pronto vendría el Salvador a juzgar a vivos y muertos, nuestra realidad nos lleva también a preguntarnos lo que ellos se preguntaban: ¿qué será ahora realmente de la cristiandad? Pensemos en nuestras iglesias, en los bancos vacíos, en la situación de algunos miembros del clero y sus pastores, en nuestra mediocridad, el relativismo, en la falta de ejemplaridad y otros aspectos más de nuestro día a día …….  

El Apocalipsis nos narra acontecimientos aterradores, pero, en segundo lugar, sabe plantear también exigencias terriblemente elevadas. ¡Exigencias terribles! La vez anterior dijimos también con un par de palabras que el Apocalipsis exige de nosotros simplemente espíritu de mártires. De modo que el Apocalipsis no dice: no debéis cometer ningún pecado grave más. Tampoco dice, solamente: cumplid vuestra obligación así en general, para que lleguéis todavía allá arriba, al cielo —allí queda todavía un lugarcito para vosotros—. No dice, tampoco: Dios es un buen hombre, no se toma las cosas tan a mal, todo irá bien. No: el Apocalipsis dice, simplemente: ¿qué quiere Dios de vosotros en un tiempo apocalíptico? Respuesta: espíritu de mártires.”

Deduzco de estas palabras que no tenemos derecho a vivir de forma mediocre, y que nuestra actitud debe ser en cualquier caso vivir con el sí incondicional a la voluntad de Dios en todas las circunstancias de nuestra vida diaria. Esto puede ser lo que significa hoy “espíritu de mártir”.

Después de explicar algunos aspectos del libro bíblico citado, el Padre Kentenich trae algunas referencias que pueden ser útiles también para nosotros, que vivimos en las postrimerías de la segunda década del siglo veintiuno. Cita a Pío XI cuando dice: “En nuestro tiempo nadie tiene derecho a vivir de forma mediocre”, y a Jacques Maritain cuando advierte de que la ‘forma normal de vivir del cristiano hoy es la forma heroica’.

Finalmente invita a sus oyentes a preguntarse sobre qué deben de hacer para prepararse a vivir – y morir – como mártires. La tarea de nuestra vida, les dice, será la de vivir consecuentemente en cada segundo el espíritu del poder en blanco, o sea, decir en cada segundo “sí Padre”, o lo que es lo mismo, vivir en serio el padrenuestro.

Esto podemos hacerlo cada segundo, en toda situación. ¿Qué significa poder en blanco? No necesito explicárselo de nuevo. Ustedes son todos genios de la economía; saben, por tanto, cómo se extiende un cheque en blanco. Como pertenezco al Padre del cielo y a la santísima Virgen, he colocado de antemano mi nombre (en el cheque en blanco): puedes disponer sobre mí como quieras. Es decir, vivo en serio el padrenuestro. Cuán a menudo rezamos el padrenuestro —hágase tu voluntad, no mi voluntad—. ¡Qué sencillo y qué grande es! Como ven, entre nosotros los católicos es siempre así: decimos tantas cosas, y no sabemos lo que decimos.”

Con el anhelo de que estos pensamientos nos ayuden a conformar nuestro tiempo según la voluntad de Dios, aprovecho la ocasión para desear a mis lectores un año 2020 muy bendecido.
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