viernes, 28 de enero de 2022

EL HOMBRE ES UN DON DE AMOR DE DIOS (2)

En el texto de la semana pasada, “El hombre es un don de amor de Dios” pudimos leer y reflexionar sobre las palabras del padre Kentenich respecto a este tema. Nos detuvimos en el primer aspecto del mismo: ‘yo soy un monumento del amor de la benevolencia divina’. En su esfuerzo pedagógico el fundador de Schoenstatt procura interpretar en todos sus pensamientos “el mudo lenguaje del ser” que Dios ha puesto en las criaturas. En esta dirección van las palabras de esta charla que seguimos leyendo.  

 

“Soy objeto del amor de la complacencia divina - Importancia de esta conciencia

 

El hecho de que exista un ser que me mira con complacencia debe suscitar en mí una gran alegría. También al dirigir su mirada hacia mí, Dios pronuncia en cierto modo la frase: “Este es mi hijo amado”. Un gran asceta dijo en una ocasión que los santos sólo llegaron a ser tales a partir del momento en que estuvieron convencidos de que Dios los quería. Esta visión es acertada. También nuestra vida experimenta un giro cuando reconocemos esa realidad. ¡Cuánta conciencia del propio valor se encierra en ella! ¡Cómo sale, entonces, nuestra alma de su aislamiento! ¡Y cuánto empuje reside en la conciencia de que Dios me mira con complacencia! ……

Soy partícipe del amor divino - Amar a Dios a causa de él y a causa de mí mismo

Me está dado participar del amor divino, del objeto del amor divino. Él se ama a sí mismo y ama todo lo creado. Hagan ustedes mismos la reflexión sobre todo el tema. Me está dado participar del tipo y de la modalidad de su amor: por esa razón me ha dado la capacidad sobrenatural de amar. El tipo de su amor consiste en que nos ama por causa de sí y por causa de nosotros. Me está dado participar de ese tipo de amor, por lo que puedo amar a Dios tanto a causa de él cuanto a causa de mí mismo. Queremos crear claridad conceptual en este punto y reunir así leña para nuestra propia llama de amor.

Amar a Dios a causa de mí mismo

Me está dado amar a Dios a causa de mí mismo. Para expresar esto mismo, Ignacio utiliza el giro: “Y mediante esto salvar su ánima”.

Destaco tan fuertemente esta afirmación porque actualmente hay una gran controversia al respecto. Se dice que en esa afirmación nos encontramos ante una actitud totalmente egocéntrica. Por mi parte, les he delineado el contexto: me está dado amar a Dios a causa de mí mismo. Puedo hacerlo y, en determinadas circunstancias, hasta debo hacerlo. Lo ideal es que asocie el amor concupiscentiae con el amor benevolentiae.

Me está dado amar a Dios a causa de mí mismo. El ideal es que ame a Dios a causa de él, que gire en torno de él y que no piense tanto en mí mismo. Pero me está permitido amarlo a causa de mí mismo.

Y lo está porque así nos lo enseña el mudo lenguaje del ser. Aquí tenemos la razón metafísica más profunda. El mudo lenguaje del ser me enseña que soy un ens ab alio (ser de otro). Pero vayamos más a lo profundo: en la medida en que, por mi estructura de ser, soy en todo un ens ab alio, nunca podré encontrar plenamente la felicidad en mí mismo. Algo me impulsa siempre hacia Dios. La abalietas impulsa hacia la adalietas a fin de que yo alcance cada vez más la plenitud del ser, de la fuerza, de la actividad y de la bienaventuranza. Por eso, para mi propia plenitud dependo totalmente de Dios. De ese modo, me está dado amar a Dios también a causa de mí mismo porque él significa para mí enriquecimiento y plenificación. ¿Por qué no habría de asentir también in ordine agendi a lo que es válido in ordine essendi?

Me está dado amar a Dios a causa de mí mismo porque Dios ha elevado el impulso primordial de actuar y ser feliz a la esfera sobrenatural a través de la virtud infusa de la esperanza. En esa virtud amo a Dios a causa de mí mismo porque espero algo para mí: la bienaventuranza eterna.

Me está dado también porque el mismo Jesús aplica y enseña este motivo: él vino a sufrir y a conquistarse su gloria. De ese modo, señala el premio en el cielo, la corona, la bienaventuranza que está relacionada con la lucha por cumplir la voluntad del Padre. No es una búsqueda miserable de retribución sino la aplicación del principio ordo essendi est ordo agendi.

Me está dado igualmente porque los santos lo han hecho de ese modo: Pallotti, como también otros, han sabido todos entender el mudo lenguaje del ser, el lenguaje del impulso primordial del amor propio ordenado.”

  

viernes, 21 de enero de 2022

EL HOMBRE ES UN DON DE AMOR DE DIOS

El siguiente texto se sitúa en el marco de los esfuerzos del padre Kentenich para hacer que el saber se transforme en amor. Del mismo modo, el texto se enmarca en su manera de proceder fenomenológicamente, con la cual procura interpretar “el mudo lenguaje del ser”.

“Un excelente don de amor. No somos primariamente un don de justicia. Ciertamente no lo somos en cuanto al ser, puesto que Dios nos ha creado por puro amor. A lo sumo, lo seríamos en cierto sentido en cuanto al modo de ser, si pensamos, por ejemplo, en la ley de la herencia. Pero también en este punto soy primariamente un don de amor. Tampoco soy primariamente un don de omnipotencia. Yo no existiría sin la omnipotencia de Dios, pero es el amor el que le ha señalado el camino a la omnipotencia. Nos encontramos aquí ante el amor, la gran ley fundamental del mundo: todo por amor, mediante el amor y para el amor. Aplicando esta ley a mi persona, puedo decir, en general: la historia de mi vida llena una página entera del gran libro de las misericordias de Dios. Mi ser y mi vida son una aplicación excelente y concreta de la gran ley fundamental del mundo. Un inconmensurable torrente de amor atraviesa la creación, la sostiene y constituye su última meta. El amor es la luz en toda oscuridad. Sólo él es capaz de resolverme todos los enigmas. Es más fuerte que la vida porque es tan fuerte como la muerte. Por eso, si quitamos el amor de la creación, esta se desploma, puesto que el amor es su ley fundamental. Y así podemos decir que nuestra vida es una ilustración de esta ley fundamental del mundo. Ser un don del amor de Dios significa, entonces, en detalle,

que soy un monumento del amor de la benevolencia divina,

que soy objeto del amor de la complacencia divina

que soy partícipe del amor divino

que soy una llamada del amor divino.

Posiblemente, estos pensamientos nos resulten desacostumbrados en este contexto pero, no obstante, se encuentran comprendidos en la frase que dice: homo creatus esta Deo.

Soy un monumento de la benevolencia divina

Los teólogos nos dicen que el finis primarius creationis es la gloria Dei manifestanda, o bien, con una expresión más conocida que posiblemente nos agrade más: bonitas Dei manifestanda. Todo lo que existe es expresión del amor divino de benevolencia. Dios ha querido con benevolencia las cosas y las ha llamado a la existencia. Por eso, también yo soy una expresión de la benevolencia divina, un monumento al amor de la complacencia divina. Bonum es diffusivum sui. Dios es el amor y, por ello, todo lo que existe debe participar de su amor. Yo participo de ese amor de manera singular: tan grande es el amor de Dios que está encarnado en mí, tantos los dones del amor que poseo. Este amor de la benevolencia divina tiene por cualidades ser eterno, efectivo y universal.

Eternidad del amor de Dios

Ese amor es eterno. “Con amor eterno te he amado y, lleno de compasión, te he atraído hacia mí” (cf. Is 54,8). Es eterno en su longitud: desde toda la eternidad para toda la eternidad. Desde toda la eternidad: podrá ser que los hombres no me tengan en cuenta, que me traten como un número entre otros, que no se preocupen de mí; pero Alguien se ha preocupado por mí desde toda la eternidad y se preocupa siempre por mí. Jamás ha habido un tiempo en el que Dios no haya pensado en mí, ni habrá tampoco tiempo alguno en que no vaya a pensar en mí. Debemos aprovechar estos sencillos pensamientos que nos son tan familiares para que capten siempre nuestro corazón. El impulso primordial es el impulso de amor, y ese impulso se despierta con la mayor intensidad cuando me sé amado, cuando me creo amado y cuando, en lo posible, me siento también amado. Además de contemplarme a mí, Dios ha contemplado asimismo desde la eternidad todas las cosas. Pero ¿¡qué es eso frente a su amor eterno por mí!? Ese amor es eterno también en su amplitud: “Aunque una madre se olvidara de su hijo, yo no te olvidaré”. Y es eterno en su profundidad: “Tanto me amó, que entregó a su Hijo unigénito por mí”, entregándolo a esos sufrimientos, a ese tormento.”

De: El hombre heroico (1936), 91-102

 

viernes, 14 de enero de 2022

ACEPTAR EL AMOR QUE SE RECIBE


El Padre H. King al presentar estos textos cortos sobre el tema en el libro ‘El poder del amor’ hace el siguiente comentario: Ser desinteresado no significa rechazar todo lo que puedo recibir en el amor. No sólo se trata de que yo mismo ame. Aprenderé a amar en la medida en que sea amado, y no solamente por Dios. Debo tomar conciencia de que hay también personas humanas que me aman. Y he de poder aceptar ese amor, cuando se me brinda, y aceptarlo adecuadamente. En este punto, el padre Kentenich constata una gran frialdad, torpeza, aspereza e inhibición. Una y otra vez vuelve sobre el tema, a menudo y en particular frente a sacerdotes. Pero es también aquí donde reside el problema de muchos matrimonios, padres e hijos. Y de los seres humanos en general.

De: Carta del 08.09.1954, 4

Pero dese usted cuenta de que, por lo común, al teólogo católico de hoy le resulta significativamente más difícil aceptar adecuadamente el amor que se le ofrece y que él mismo ha despertado, como también traspasarlo en forma intacta, que dar amor. Y esto sin considerar que nos estamos moviendo en un terreno que resulta bastante sospechoso de acuerdo a la concepción corriente que rige en ciertos círculos. Sin embargo, como a la larga es imposible negar la naturaleza, pero, por otra parte, no se quiere caer en descrédito, se produce una peculiar escisión en la vida interior y exterior. Se ocultan cuidadosamente ante ojos ajenos los afectos más nobles y las fuerzas creadoras, preparando así trastornos obsesivo-compulsivos en la propia vida y disponiendo el alma, aun sin quererlo ni saberlo propiamente, para fuertes descarríos. Es obvio que la regula tactus desempeña aquí un papel especial […]. Consideramos que la misma se cuenta […] entre los medios que garantizan la función de traspaso.

De: Conferencias 1963, 10, 192

Ahora bien, este es el misterio del amor. El mismo Señor nos lo dice: el que quiera ganar su alma, o sea, ganarse a sí mismo, la perderá (cf. Mc 8,35 par). Si me quiero regalar a un tú en el amor, entonces me obtengo nuevamente. ¿Qué significa esta afirmación? Este es el gran misterio: regalarme en el amor significa reencontrarme, es decir, encontrarme de manera más plena en el tú. Y cuando yo mismo recibo amor, y no debemos perder de vista que aceptar amor es a menudo más difícil que darlo, cuando se me regala amor, debo cuidar atentamente de aceptar ese amor de forma correspondiente. Si fulano, mengano o zutano, a través de su entrega a mí, no se realizan en su modo original de ser, es que no he recibido su amor de la forma que corresponde.

De: Conferencias 1963, 9, 20

Esta es asimismo la gran tragedia para muchas mujeres en la actualidad: no pueden dar a nadie su corazón, nadie acepta el corazón. O bien, si se lo acepta, la aceptación se sexualiza enseguida por completo. […] No queremos repetir ahora estas cosas, ya que las hemos comentado anteriormente de forma más extensa: recibir adecuadamente el amor es a menudo mucho más difícil que dar amor. Pero hay que aprenderlo.

 

Sobre la expresión “regula tactus” escribí en mi Blog de la “Ternura” ( https://escueladeternura.blogspot.com ) el 22 de junio de 2018, bajo el título “¡Noli me tangere! El célibe y la ternura”, lo siguiente:

‘No soy célibe, pero sí puedo referirme a mis experiencias con muchas de estas personas: tanto en mi familia como fuera de ella he tenido la gran suerte de relacionarme con muchos sacerdotes y personas de vida consagrada que han sido para mí un ejemplo de vida, también un ejemplo de vida plena de amor por los demás, por las personas que Dios les había encomendado. Uno de los agraciados soy yo mismo (valga citar a mis párrocos y confesores, así como a los padres asistentes espirituales de mi comunidad en Schoenstatt).

Ya en mis educadores, los padres escolapios, pude experimentar lo que caracteriza esencialmente a la ternura, es decir el amor y el deseo de comunión, de preocupación, de entrega al otro. Estoy convencido que ellos fueron también para mí los portavoces de la ternura de Dios con los hombres.

Es evidente que la vivencia de la sexualidad en las personas célibes tiene sus propias reglas. De ello soy también testigo y me permito dar un testimonio personal de lo visto. Los sacerdotes y mujeres consagradas que he conocido han vivido su celibato de forma ejemplar. Recuerdo haber oído de alguno de ellos (fue un escolapio) algo sobre la 'regula tactus’; esta expresión la encontré después en las charlas del Padre Kentenich. La tal norma se refería al contacto físico, es decir: yo como célibe limito mi contacto físico con otras personas a las convenciones de la cultura (como, por ejemplo, dar la mano al saludar) y lo que me exija mi estado de vida (en el caso de los sacerdotes, administrar los sacramentos).’

  

viernes, 7 de enero de 2022

AMAR A DIOS EN EL HOMBRE Y AL HOMBRE EN DIOS

Pasadas las fiestas de Navidad seguimos con el tema abordado en las últimas semanas del año pasado. Se trata de diversas reflexiones sobre el AMOR que nos regala el Padre Kentenich en sus charlas, escritos y conferencias.

Hoy quiero presentar dos textos referidos al amor humano y al amor a Dios y a la relación mutua que une a ambos amores. El primer texto está tomado de una plática del 31 de mayo de 1945 en el acto de toma de hábito de un grupo de Hermanas de María de Schoenstatt. En el libro que venimos leyendo (El poder del amor) el Padre King lo titula: QUERERSE HUMANAMENTE Y QUERER A DIOS. Dice así:   

“Hay que despertar en nosotros el órgano del amor. Por esa razón impera en nuestra familia la gran idea, la gran visión de que podemos y debemos querernos unos a otros también humanamente. Si sólo fuese un amor absoluto a Dios el que debiese sostenernos, sabemos que no sería sólido para afrontar la vida. El corazón debe encenderse también para querer humanamente. Entonces tendremos un órgano preparado para abrazar al Amor eterno. Y la prueba de la intimidad, la fuerza, la profundidad y la durabilidad del amor a Dios reside en un amor profundo, auténtico y sano entre hermanas y al prójimo.”

De: Plática para la Vestición de Hermanas de María del 31.05.1945

 

Traigo también al Blog de hoy un pasaje muy interesante, y que ya hemos comentado en otras ocasiones, en el que el Padre Kentenich afirma que el ideal de la relación entre amor a Dios y amor a los hombres es el de ser prácticamente una única gran bi-unidad. Leemos:

“Se trata de un conocido filósofo francés. En sus años mozos, había tenido una relación de amor con una joven danesa, de confesión protestante. Ambos se querían. El francés amaba apasionadamente a la muchacha. Destaco especialmente el ejemplo porque hemos elegido ya previamente esta base: vivencias de amor natural.

La muchacha le respondió, con un poco de temor pues el amor era demasiado íntimo y fuerte: “También yo te amo, pero amo a Dios mucho más que a ti”. ¿Entendemos lo que quiere decir? Temor de que el amor humano pudiese no desembocar como corresponde en el amor a Dios.

¿Qué responde con gran simpleza el destinatario, llamado Bloy? “No puedo entenderlo. No puedo entender en absoluto lo que escribes. Para mí, el amor nunca está desmembrado. Para mí, el amor, amor a ti, amor a Dios, es siempre una unidad absolutamente consistente. Te amo, sí, te amo en Dios”, y quiero decirlo a propósito lentamente, “te amo en Dios, te amo a través de Dios, o amo a Dios a través tuyo y te amo por Dios. Más aún: te amo plenamente y amo a Dios plenamente. En ti amo plenamente a Dios y amo plenamente a Dios en ti. Esta disociación entre amor a Dios y a los hombres me resulta absolutamente inconcebible. Hagámoslo sencillo nuevamente: ¡amemos, sin más! ¡Verdaderamente, Dios no nos ha llamado de la nada para que nos atormentemos y torturemos mutuamente, para que tengamos miedo del amor! ¡Él nos ha creado para que lo glorifiquemos por el amor, por un auténtico amor mutuo!” […]

El amor a los hombres es presupuesto y hasta coronación de un auténtico y profundo amor a Dios; bi-unidad entre amor a Dios y amor a los hombres. Donde falta el amor a los hombres, ¡qué difícil será percibir en sí un verdadero amor a Dios, un amor profundo, entrañable y sincero a Dios! Es posible, pero difícil, extraordinariamente difícil.”

De: Vivir de la fe, tomo 9, 163-165