viernes, 27 de mayo de 2022

La santísima Virgen es camino para que Cristo vuelva a nacer hoy

El mes de Mayo, mes de María, concluye con el domingo en el que celebramos la Ascensión del Señor al cielo. Oiremos en la celebración de la liturgia de ese día las palabras que Jesús dijo a sus discípulos: Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.” Son palabras que no han perdido actualidad. El Padre Kentenich animó siempre a sus hijos espirituales a que confiaran en el poder de la alianza de amor con la santísima Virgen para hacer presente a Cristo en el mundo de hoy. Ella será la que alumbre de nuevo a Cristo en nuestro tiempo. En una conferencia a los Padres de Schoenstatt del año 1963 dijo lo siguiente:

“Varios son los puntos de partida que podría tomar para el tratamiento del tema. Por ejemplo, la idea de un "tiempo novísimo" al que hace referencia Romano Guardini. En la historia de la humanidad se podría así distinguir la Antigüedad, la Edad Media, la Modernidad y los "novísimos tiempos". Vivimos en tiempos marcados por un corte tajante de época por lo que uno, sencillamente, se cree con todo el derecho de hablar de un "tiempo novísimo".

Sí; vivimos en una época en la cual esperamos una nueva iniciativa divina luego de que el demonio ha tomado ya su diabólica iniciativa. Doy por sabido a qué nos referimos con ello. En efecto, Dios tiene que tomar una nueva iniciativa. Este es uno de mis pensamientos favoritos. La historia, la historia de salvación, se repite. La historia de salvación comenzó con el nacimiento y el "sí" de María. Para que el mundo actual vuelva a reencontrarse con Cristo, la santísima Virgen debe volver a dar a luz a Cristo. Y nuevamente supongo que ésta es también la convicción de ustedes.

Pero si ustedes meditan o intercambian sobre el tema, es necesario fundamentar y estudiar todo esto una vez más; de otro modo, nunca comprenderán enteramente la profundidad de Schoenstatt y de su alianza de amor con María. María santísima quiere que surja, desde aquí, un mundo nuevo; quiere que Cristo nazca de nuevo. Hoy me decía alguien que cuanto más ahondaba en el "Hacia el Padre" (libro de oraciones de la Familia de Schoenstatt) tanto más eran las respuestas que hallaba en esas páginas. A veces basta alguna palabra o verso para abrirnos un nuevo horizonte. Pero hay que tomarse el tiempo necesario para decantar y asimilar. Pues bien, frente a esos textos a mí me ocurre algo semejante y pienso que a ustedes también.

Gracias por todos tus regalos,

por la abundancia que hemos recibido;

gracias porque elegiste a Schoenstatt

y porque allí Cristo nace de nuevo. (H.P. est. 6-7).

¿Qué nos están diciendo estos versos? El acento no recae en el simple hecho de que Cristo nace de nuevo. No; hay que interpretarlos en toda su tremenda fuerza, rescatando esa gran actitud que nos propone: Cristo tiene que nacer de nuevo. Por eso hay que permanecer fieles a lo que quisimos desde la primera hora: cultivar el amor a María santísima. Precisamente porque ella no sólo es camino hacia una vida de intimidad con el Padre del cielo sino también camino para que Cristo vuelva a nacer de nuevo hoy, en estos novísimos tiempos.

Mantengamos la fidelidad a nuestra alianza de amor. Ella es la fuente de vida no sólo de nuestras ideas sino también de todos nuestros propósitos y objetivos. Si no guardamos esta fidelidad a la alianza de amor ¿de dónde sacaremos fuerzas? Porque, veamos ¿qué talentos tenemos? Seamos sinceros y admitamos que somos como pigmeos y liliputienses. Pretender alcanzar nuestro ideal confiando sólo en nuestras capacidades y logros nos expondrá a que se nos tilde de locos, a que se nos diga que "tenemos algo en la cabeza que no funciona". Por otra parte, si algo "no funciona" es precisamente porque se ha desconectado el pensar meramente natural. Por eso, si no creemos en nuestra alianza de amor con una fe "de carboneros", entonces todo será un espejismo, todo lo que hagamos será delirio. Que una fe profunda nos mueva a no desear otra cosa que llevar a María santísima al campo de batalla y darle la oportunidad de alumbrar allí nuevamente a Cristo.”

Tomado de: "Conferencia para los Padres de Schoenstatt", 31 de Mayo de 1963

Ver: Cristo es mi vida, págs. 172-174

  

viernes, 20 de mayo de 2022

DOLORES DE PARTO

Dolores de parto hasta que Cristo tome forma en nosotros

Al repasar las cartas de san Pablo, hallamos entre ellas una dirigida a los gálatas. La comunidad allí fundada era su favorita; san Pablo le tenía un cariño especial. Podemos apreciarlo en las palabras que utiliza para dirigirse a ellos: "Filioli…" ¡hijitos míos! (Gal 4,19). No es fácil traducir esa expresión. Y luego aquellas hermosas palabras que expresan la verdadera sabiduría de un padre: «¡Hijos míos! por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Gal 4,19). Estas palabras quieren decir en la práctica que san Pablo no es sólo padre sino también madre de su comunidad. Tanto la ama que frente a ella se siente como una madre.

Fíjense muy bien en lo que les dice a los gálatas: "Hasta ver a Cristo formado en vosotros". No les confía que sufre dolores de parto para que lleven una vida en consonancia con altos valores morales o para que respeten las normas morales también en su actividad comercial. No; la idea central es "que Cristo vuelva a nacer en vosotros". Es exactamente el mismo pensamiento del cual ya hablamos anteriormente: lo esencial es participar en la vida de Cristo, en la vida de Dios. Naturalmente los gálatas estaban bautizados, y por lo tanto ya eran partícipes de la vida de Cristo, de la vida de Dios. Entonces ¿a qué apuntaba san Pablo? A que Cristo cobrase una figura plena en sus vidas. De ahí que en aquel pasaje, donde se describe a sí mismo, diga: «Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

El apóstol está tan profundamente compenetrado del hecho que Cristo vive en él que, más tarde, proseguirá ampliando ese pensamiento. Cristo no sólo vive en mí, sino que actúa en mí; Cristo sufre en mí; Cristo ora en mí. Fíjense que Cristo ha pasado a ocupar enteramente el lugar del propio yo; tan fuerte es el dominio que ejerce el Señor sobre toda su persona. Todo su ser, todas las manifestaciones de vida de su naturaleza están siempre orientados a Cristo y unidas a él; crecen a partir de Cristo.

¿No es éste acaso el ideal al cual deberíamos aspirar como padres y madres frente a nuestros hijos? Pienso ahora en las madres. ¡Cuántos dolores han soportado hasta ver nacido a su hijo! Eso pasó una vez. Ahora también tenemos que sobrellevar dolores de parto, a fin de que surja y viva Cristo en mis hijos. Y esto no sólo es labor de una vez, sino misión permanente. No basta por lo tanto procurar que mis hijos estén sanos. Naturalmente hay que cuidar también de ello. No es suficiente velar para que mis hijos aprendan algo a fin de que en el futuro puedan ganarse la vida. No; Cristo debe cobrar figura en ellos. No es fácil educar así a mis hijos. Cuesta muchos dolores de parto. Incluso puede exigir dolores de muerte, ya que no raras veces los dolores de parto son dolores de muerte.

De lo expuesto pueden deducir dos observaciones. En primer lugar, que san Pablo amaba entrañablemente a la comunidad de los gálatas. Es como si quisiera decir: yo no soy sólo vuestro padre espiritual sino que también he llegado a ser vuestra madre. Y no se avergüenza en absoluto de decirlo. Simplemente se trata de una relación evidente de mutuo afecto. En segundo lugar, advertimos la profunda vinculación de san Pablo con su ideal; todo es visto desde Cristo y a partir de la vida de Cristo.

Apliquemos ahora estas dos observaciones a nosotros mismos, como matrimonios. ¿Qué conclusiones podríamos sacar? En mi condición de esposo ¿a quién rindo honor en mi esposa? A Cristo. Y yo, como esposa ¿a quién rindo honor en mi esposo? Nuevamente, a Cristo. Si ambos nos consideramos imágenes de Cristo, daremos lugar a una entrega mutua muy profunda, respetuosa y llena de amor.

Quizás algunos me dirán que ésta es la primera vez que escuchan tales palabras, que nunca antes las escucharon en las homilías. ¿No les parece extraño que haya sido así? San Pablo tuvo el coraje de decirles estas cosas a los cristianos que recién se habían convertido del paganismo. ¿Y nosotros? ¡Cuánto tiempo hace que somos cristianos! Las verdades específicamente cristianas nos resultan, en su esencia, casi desconocidas.

Tomado de: "Conferencia para matrimonios", Milwaukee, 20 de Marzo de 1961. Ver “Cristo es mi vida”, Pág. 178

 

viernes, 13 de mayo de 2022

Poseídos por Cristo a través de la santísima Virgen

"Al contemplar todo el panorama de lo meditado, comprobamos que hay un pensamiento que se destaca nítidamente: la esencia más profunda de todo el ser de María santísima es su vinculación a Cristo. Si nos hemos entregado a la Madre del Señor, si aceptamos el orden de ser objetivo, entonces nuestro amor a la santísima Virgen y el fervor mariano tienen que estar profundamente vinculados a Cristo. De entre todas las creaturas, es en María santísima en quien la corriente de Cristo fluye con su caudal más puro y original, con su fuerza más arrolladora. Que nuestro fervor mariano esté hondamente vinculado a Cristo significa, por lo tanto, sumergirnos y ser llevados por esta corriente que fluye en ella. Sí; que nuestro amor a la bendita entre las mujeres esté por entero ligado a Cristo. De lo contrario, no estará en armonía con el orden objetivo del ser. Por eso, todo depende de que, en nuestra devoción a la Madre del Señor, ingresemos en la corriente que va hacia Cristo; de que lo hagamos de manera especialísima. Y, naturalmente, por Cristo nos encaminaremos hacia el Padre y el Espíritu Santo. ……..

Permítanme decirles que una de las cosas contra las que, personalmente, siempre lucho es contra el idealismo, también en el campo de la religión. Muchos intentan hoy amar a Jesús separándolo de la santísima Virgen. Y lo hacen porque hoy son millones los que no han aprendido a amar de corazón a otras personas. No conocen ningún organismo de vinculaciones, no aman a los hombres. Dicen que aman a Dios; pero no es cierto. ¿A quién aman entonces? A una idea. He aquí la gran tragedia. Si queremos aprender a amar a María santísima, aprendamos primero a amar a los demás. Así sabremos, algún día, lo que es amar a la santísima Virgen. En realidad no amamos solamente a la persona en sí misma sino que, en ella, amamos a Dios. Y esto hay que haberlo experimentado alguna vez. Que la meta sea vincularse a Cristo que está presente en el prójimo. Este proceso se da con mayor facilidad en el caso de la santísima Virgen. En estos tiempos que corren, la mayoría de la gente, incluso aquellos que son capaces de hablar de Dios con mucho entusiasmo, no aman a Dios como persona, sino que aman una idea. Y esto no es devoción. Como filósofo puedo comprender que alguien se entusiasme por una idea y hable de ella con fervor, pero existe una enorme diferencia entre ese entusiasmo y el amor hacia una persona. Por ejemplo, un teólogo descubre un nuevo aspecto fundamental del misterio de la Trinidad… ¡qué grande será su entusiasmo! Pero eso no significa directamente que ame Dios.

No nos engañemos; no hay nada mejor que un profundo amor a María santísima para infundirle calidez a nuestro amor a Cristo. Y ello ocurre así por dos motivos: por una parte, porque nuestro amor a la bendita entre las mujeres y la vinculación vital de ella con su divino Hijo están fundamentados en el orden de ser objetivo: el lugar que ella ocupa en relación con Cristo y con todos nosotros es necesario para nuestra salvación y se cimenta en el orden de ser objetivo.

En segundo lugar, por ser mujer, ella como persona está especialmente orientada al trato con personas. Pero hay un motivo mucho más profundo. La santísima Virgen tiene indudablemente el carisma de establecer vínculos de amor personal y de entregar amor personal. Quien quiera prepararse para afrontar tiempos difíciles tiene la posibilidad de ahondar en la figura de Jesús y, así, puede ser que Dios le conceda el don de una vinculación personal al Señor. Pero si profundiza en la figura de María santísima, accederá a una "vitalis Christi cognitio". La Madre del Señor es la persona que salva a Dios de la despersonalización. Ella nos preserva de la despersonalización en nuestro trato con Dios. ¡No se imaginan cuán despersonalizado es hoy el amor con que se ama a Dios! Medítenlo a fondo.

Quizás desde este punto de vista comprendan mejor aquella otra consigna clásica de la devoción mariana: "El camino que pasa por la santísima Virgen es el más fácil, el más seguro y el más corto para alcanzar una profunda intimidad con Cristo y un profundo estar poseído por Cristo".

Tomado de: "Jornada de Delegados de la Familia de Schoenstatt", 16 al 20 de Octubre de 1950.

Ver: “Cristo es mi vida”, pág. 143 

viernes, 6 de mayo de 2022

Cristo en sus relaciones, y nuestra relación con Cristo

Hoy queremos detenernos en la imagen de Cristo de nuestra Familia de Schoenstatt: Cristo en sus relaciones. También meditamos sobre nuestras relaciones con el Cuerpo místico de Cristo, con nuestros hermanos. El P. Kentenich nos anima a que nos convirtamos en ‘héroes y heroínas del verdadero amor al prójimo’ como expresión concreta de nuestra entrega a Cristo. Los textos los encontramos en las páginas 85 y 112 del libro “Cristo es mi vida”.

"Comunión espiritual" con el cuerpo místico: el amor al prójimo

Tomado de: "Retiro sobre el Espíritu Santo y el Reino de la Paz", 1930, p. 100.

Naturalmente es hermoso sentir anhelos de Jesús eucarístico. Pero, en nuestros días, también es hermoso, y quizás más bello aún, experimentar ansias de comunión con el Cristo místico. ¿A qué nos referimos? Al hecho de conformar una familia y estar en comunión espiritual con los demás: ser acogidos por ellos y, al mismo tiempo, brindarles acogida en nosotros. Dicho en otras palabras, la consigna es manifestar un mayor amor a todos los que nos rodean.

Estemos en comunión espiritual no sólo con el Cristo eucarístico sino también con el Cristo místico. ¿De qué nos sirve recibir la eucaristía si, después, salimos a la calle e ignoramos al Cristo místico? Cuanto más íntima sea nuestra amistad con el Señor, tanto mayor debería ser la benevolencia con que tratemos a los miembros de Cristo. Que la carta de triunfo sea hoy la entrega al Cristo místico, vale decir, el servicio al prójimo. Con su estilo tan erudito, san Buenaventura nos hace dos aportes sobre el tema. Por una parte, nos habla de una "vis unitiva", vale decir, de la fuerza que en la comunión se nos infunde para unirnos a Cristo. Pero este santo franciscano nos recuerda también que existe una "vis coiunctiva", aquella que nos permite establecer un hondo vínculo con nuestro prójimo.

Nos hallamos así frente a la realidad del amor al prójimo en su totalidad orgánica. Un amor que nuestro tiempo busca revalorizar. La Iglesia, en su faz humana, no ha logrado todavía un pleno cultivo de este amor. Brindémosle nuestra ayuda para lograr este objetivo. ¿Cómo hacerlo? Convirtiéndonos en héroes y heroínas del verdadero amor al prójimo en todos los ambientes donde vivamos y trabajemos.

La imagen schoenstatiana de Cristo: Cristo en sus relaciones

Tomado de: "Notas para una crónica", 1955.

Nuestra imagen de Cristo enfoca tres dimensiones especiales; brilla ante nosotros irradiando tres haces de luz: la relación fundamental de Jesús con su Padre, con su Madre y con los hombres. He aquí pues las dimensiones que tanto amamos en nuestra imagen de Cristo y en las cuales nos sumergirnos gozosos. También podemos expresar estos mismos contenidos diciendo que nuestra imagen de Cristo tiene un tono mariano y apostólico y una orientación patrocéntrica. O bien que aquello que nos ha enamorado en ella es la vinculación de Jesús al Padre del Cielo, a María santísima y a los hombres.

Estos rasgos de nuestra imagen de Cristo nos marcan con mayor exactitud el rumbo de nuestra vida y nuestros esfuerzos en el campo de la ascética. No descansaremos hasta que no estemos incorporados, hasta que no estemos en plena sintonía con estas tres actitudes fundamentales del Señor:

a. En su relación con el Padre, Jesús es, por excelencia, el Hijo unigénito de Dios y encarnado.

b. Él considera y trata a su Madre santísima como su permanente Compañera y Colaboradora ministerial en toda la obra redentora.

c. Para los hombres, Cristo es, en todas las etapas de su vida terrenal y gloriosa, el Redentor y Santificador.

Por eso, al releer las palabras de san Pablo: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20), comprenderemos mejor el mensaje particular que entrañan para nuestra vida.

En razón de la íntima biunidad existente entre Cristo y su Madre santísima, nuestra imagen del Señor determinará a su vez la imagen que tengamos de María. La santísima Virgen se nos presenta así como la gran mujer formada por Cristo y formadora de Cristo. Y, en ambos aspectos, orientada siempre, en Cristo y con él, hacia el Padre del cielo.