viernes, 24 de abril de 2020

SALUDOS PASCUALES


Hemos celebrado la Pascua …… ¡solos en casa! …… Con los bancos vacíos de mi parroquia; el párroco solo, celebrando los misterios pascuales en un silencio atronador. Me lo imagino en el amanecer de la Pascua llevando solo el cirio pascual …. Mi esposa y yo, desde el sofá de nuestro saloncito (¡qué anacronismo!) viendo y oyendo al Santo Padre en la Basílica de San Pedro, vacía, sin pueblo de Dios. La escolanía cantaba el ¡Aleluya! Nosotros intentábamos cantar con ellos, aunque la voz no daba para ello. ¡Increíble, pero verdad!

En estos días me viene a la mente el anhelo del Padre Kentenich, de que sus hijos espirituales encarnaran plenamente el tipo de hombre que él definía como “el hombre del más allá”, “el hombre ingenuo”. Nunca mejor ocasión que en estas circunstancias que nos ha tocado vivir. Las autoridades españolas han prolongado el estado de confinamiento hasta el 9 de mayo. Dos semanas más.

Transcribo dos textos del fundador de Schoenstatt. El primero, su primer saludo de pascua a los suyos después de que los nazis lo llevaran al campo de concentración de Dachau. El segundo un extracto de una de sus conferencias, después de la salida de Dachau, explicando el significado del “hombre del más allá” y del “hombre ingenuo”
Supongo que la mayoría de mis lectores tiene tiempo para leer tanto texto. Disculpen.

CARTA DESDE DACHAU

El padre Kentenich fue trasladado el 13 de marzo de 1942 desde la prisión de Coblenza al campo de concentración de Dachau. Estuvo más de cinco meses en la “barraca de tránsito” y dos en la de “los polacos”; y el 13 de octubre de 1942 pasó a la de los sacerdotes alemanes. Fue liberado el 6 de abril de 1945.
Las cartas debieron ser escritas la mayoría de las veces en clave. Por eso no es fácil descubrir la verdadera información. Hacemos abundantes aclaraciones en forma de notas para facilitar su lectura y comprensión.

“Josef Kentenich  - Nacido el: 16. XI. 1885

Prisionero N.º 29392 - Barraca - Dachau 3 K, 05.04.42

Muchísimas gracias por las buenas y gratas noticias y por los saludos de Pascua. Hoy me ha estado dando vueltas en la cabeza ese verso del Cántico[1], que normalmente a diario me une a los míos: "¿Buscas también con estos requerimientos de amor a herederos de tu santa transfiguración? Mira la grey de los que son tuyos… A través suyo [puedes] prepararte de nuevo las alegrías de la resurrección…"[2] Ese es también el mensaje de mis saludos de Pascua para usted y toda la Familia. ¿Qué implica este deseo? El profundo gustar y degustar de la transfiguración como nos la garantiza la fe para el más allá y el más acá. 

La transfiguración del más allá significa lo mismo que la "visio beata", la gozosa y beatificante contemplación de Dios, que también incluye al cuerpo y en forma perfecta nos hace participar en las magníficas cualidades del cuerpo transfigurado de Cristo. Que Jesús, que nos ha hecho merecedores de esta gracia, nos la renueve hoy para todos nosotros, y nos haga comprender más profundamente su trascendencia y su fuerza formadora para la vida. Entonces no nos es difícil decir con Pablo: "Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que nos espera".[3] Esto arroja asimismo clara luz sobre la transfiguración en este mundo. Reflexionen juntos qué aspecto y efecto tiene…[4]

Tal como antes estoy muy bien.

Un cordial saludo de Pascua y bendición para todos. J. Kentenich”


NOTAS

1) ‘Cántico de Gratitud’ compuesto en la Cárcel de Coblenza (N. del T.).
2)  Aquí el padre Kentenich cita, de manera incompleta, las estrofas 620, 621 y 622 de dicho Cántico. Actualmente lo encontramos en el libro de oraciones “Hacia el Padre” que, a su vez, es parte del “Espejo del Pastor” donde se resume toda la espiritualidad de Schoenstatt (N. del T.).
3)  cf. Rom 8,18 (N. del T.).
4)  En este párrafo el padre Kentenich se refiere a su concepto del hombre sobrenatural-ingenuo en contraposición al hombre primitivo y esto, sobre todo, en las condiciones primitivas de Dachau (N. del T.).



CONFERENCIA A LAS FAMILIAS EN DACHAU

(Palabras tomadas de la conferencia que el Padre Kentenich diera en fecha memorable (16.07.1967) a las familias reunidas con él en el Campo de Concentración para celebrar los 25 años de la fundación de la Obra Familiar de Schoenstatt.”)


“Si alguna vez tienen la oportunidad, lean el número 2 de le revista Regnum, del año 1967, página 73. Cito especialmente le revista para llamar la atención sobre ella y estos artículos de Dachau. Están escritos con un buen criterio y deberían llegar a ser nuestra propiedad espiritual. Leemos en esta página:

«Mientras remendaban los colchones, el padre Kentenich iba desarrollando ante sus dos compañeros una línea espiritual marcada por dos conceptos: el hombre del más allá y el hombre ingenuo».

Dos conceptos centrales, característicos para la Familia de Schoenstatt en todas las situaciones.

Me permito añadir un tercer pensamiento que no debe olvidarse; aquí no hace mención de ello, sin embargo, no debe pasar por alto: el hombre ingenuo y anclado en el más allá como portador y creador de un nuevo orden social cristiano. Tres expresiones centrales que debemos recordar. Esto arroja luz sobre toda la historia de la Familia y también sobre las dos instituciones que fueron fundadas en este lugar.

El hombre del más allá

Si se fijan de nuevo en el texto, percibirán cómo el autor enumera las expresiones más diversas para documentar históricamente la expresión del hombre del más allá. Todos los textos datan del año 1942, es decir, del período que incidió profundamente en la historia de la Familia.

«Al igual que durante sus seis meses de prisión en Coblenza, en todas sus consideraciones y decisiones, partió del hecho incontestable y definitivo para él, de que con su estancia en la cárcel y en el campo de concentración, Dios quería cultivar e incluso acelerar el crecimiento del hombre del más allá en ellos, los mismos prisioneros, y en toda la Familia de Schoenstatt. El hombre del más allá es para el padre Kentenich el hombre que (vive) de y en la fe en la realidad de lo sobrenatural, según carta al padre Menningen del 20 de Enero de 1942, "que ’está arraigado con todas las fibras de su ser en el mundo del más allá’, que entiende su vida a partir del bautismo como una participación en la vida de Jesús transfigurado…, que ’cumple alegremente los deseos de la Eterna Sabiduría’…, que toma en serio la exhortación de san Pablo: ’Vuestro caminar sea en el cielo’ y que la interpreta de tal modo que su hogar debe ser y permanecer en el cielo…»

El hombre ingenuo

Después explica él la otra expresión: el hombre ingenuo. Escuchen, por favor, lo que dice en la misma página:

«A partir de entonces, frente a la catástrofe de hambre con su continua amenaza de muerte, la expresión ’hombre del más allá’ adquirió una especial actualidad: el hombre del más allá es aquél que puede superar la horrible situación de la ciudad ’de paganos, de locos y de la muerte’ del campo de concentración de Dachau, en la forma querida por Dios. Pero al mismo tiempo, si quiere superar completamente la prueba, debe ser un hombre totalmente ingenuo, ingenuo comprendido en el sentido teológico cristiano, como filiación divina vivida y tomada en serio, como confianza incondicional en Dios, una confianza que, aún detrás de las manos asesinas de la SS sabe descubrir las manos del Padre celestial».

Las palabras que acabamos de escuchar nos recuerdan otra expresión que a menudo escuchamos en la Familia: estamos arraigados en el otro mundo, queremos estar arraigados en él y estarlo cada vez más; en todas las situaciones de la vida ansiamos descubrir y ver al buen Dios. ¿Qué queremos? Gustar lo divino, donde quiera y como quiera que se nos presente; de igual manera, cuando el buen Dios nos toque con guantes de hierros. Las manos paternales de Dios son siempre manos cálidas; pero estas manos cálidas no pocas veces tienen guantes de hierro.

¿Cómo son estos guantes de hierro? Con esto nos podemos referir a la SS con todas sus espantosas crueldades. Fíjense, el hombre del más allá, sabe de la ley de la transparencia de toda criatura y género. El hombre del más allá conoce el arte de mirar a través de estos guantes de hierro, a través de toda injusticia que le suceda y besar la mano paternal del eterno y bondadoso Padre Dios. ¡De nuevo, el hombre ingenuo! Comprenderán por qué me ocupo tanto tiempo con este tema. Me parece que éste debería ser el gran fruto de nuestro encuentro: abrirse al mundo sobrenatural, hacerse hombres del más allá.

El padre Monnerjahn[1] continúa relatando (en "Regnum"):

«En el curso de las meditaciones que manteníamos en común (las que prediqué entonces, aquí, en Dachau), esta línea espiritual-intelectual se expresó con palabras firmes, que el padre Kentenich formuló así: "Como sacerdotes en el campo de concentración de Dachau, no queremos reaccionar primitivamente en esta situación primitiva, sino de forma ingenua; y si Dios así lo quiere, o morir heroicamente en el campo como fuertes personalidades sacerdotales o madurar de tal modo que más adelante podamos trabajar celosamente y con fecundidad como sacerdotes maduros por el Reino de Dios."»

El hombre ingenuo es el hombre filial que en todas las situaciones se inclina filialmente ante los deseos del Padre Dios eterno e infinito.

«Conocemos las palabras ―escuchadas a menudo― de un pedagogo Suizo que dicen lo siguiente: "La mayor desgracia de la época actual es la pérdida del sentido filial, porque impide la actuación paterna de Dios."[2]»


NOTAS

1)  Colaborador de nuestro Padre y miembro del Instituto de los Padres de Schoenstatt.
2)  cf. Heinrich Pestalozzi, Die Abendstunde eines Einsiedlers, en: Ders., Werke 1, 321. “Olvidar a Dios, ignorar las relaciones filiales de la humanidad frente a la divinidad es la fuente que apaga toda la fuerza de bendición de las costumbres, del esclarecimiento y de la sabiduría en toda humanidad. De ahí, que este sentido filial que la humanidad ha perdido frente a Dios sea la mayor desgracia del mundo, imposibilitando toda educación paterna de Dios, y la restauración de esta pérdida del sentido filial es la redención de los hijos de Dios perdidos.


viernes, 17 de abril de 2020

Participación en la vida gloriosa de Cristo


El exilio del Padre Kentenich en Milwaukee/EEUU concluyó con la conocida audiencia que el Papa Pablo VI le concediera y que tuvo lugar en Roma el 22 de diciembre de 1965, justo quince días después de la solemne clausura del Concilio Vaticano II. No es de extrañar que en las homilías del Padre para la comunidad alemana de la parroquia de San Miguel en la ciudad antes citada aparezcan referencias a los documentos y Constituciones que el Concilio fue publicando durante las diversas asambleas y reuniones. Así también en la homilía del domingo de Pascua, 18 de abril del año 1965. En esta ocasión se refiere a la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium.

En la homilía destaca que ya desde la primera página de la Constitución citada se nos recuerda que Cristo, el Señor, ha cumplido a través del misterio de la pascua la obra redentora del género humano, aclarando a continuación que este misterio pascual abarca la bienaventurada pasión, la resurrección de entre los muertos y la gloriosa ascensión.

Se trata, pues, de dos hechos de la redención; de dos, no de uno… No las consideremos como dos realidades simplemente yuxtapuestas y sin conexión entre sí, sino integrando una unidad indisoluble, una "bi-unidad". El proceso de la redención descansa sobre esta santa e indisoluble bi-unidad.”

Lo que sin duda tiene, o debe tener, sus consecuencias en nuestras vidas. En su homilía exhorta a sus oyentes a vivir y a enseñar ambas realidades: la teología, la ascética y la pedagogía de la cruz simultáneamente con la teología, la ascética y la pedagogía de la bienaventurada resurrección del Señor. Y anima también a que no enseñemos ni vivamos una resurrección que se reduzca sólo a aquella que se producirá al final de nuestra vida, porque, resalta que ya, aquí ahora, en la tierra, participamos de la vida del Señor glorificado.

Si hacemos memoria de lo que aprendimos de nuestros mayores, constatamos una cierta unilateralidad con la teología de la cruz: “se nos presentaba una cruz tan despojada y austera como la que suele colgar en nuestras casas, en nuestras habitaciones”. De esa cruz no parece desprenderse ningún destello de gloria. La Constitución sobre la liturgia Sacrosantum Concilium lo muestra de forma diferente.

“Modelo para nuestra vida no es únicamente la cruz, la pasión de Jesús, sino también su gloriosa resurrección. Al considerar el misterio de la resurrección, no pensemos sólo en que algún día resucitaremos gloriosos, sino que ambas realidades, tanto la resurrección como la cruz del Señor, son causa de nuestra redención, de nuestra participación, aquí y ahora, en la vida de dolor, de cruz y de gloria de Jesucristo.”

Lo entendemos mejor si recordamos que por el bautismo se nos injerta en el misterio pascual en su totalidad: morimos con Cristo, somos sepultados con Cristo y resucitamos con Cristo, tal como podemos leer en el capítulo I, 6 de la citada Constitución. Al pensar en la resurrección y la gloria acostumbramos a referirnos al final de nuestras vidas, y sabemos que entonces nuestros cuerpos participarán de la glorificación.

“Sin embargo, ya aquí en la tierra, podemos participar espiritualmente de la vida de Cristo glorificado; más aún, debemos hacerlo. Tenemos el programa y la tarea de ir desplegando ya aquí, y de manera perfecta, todo lo que entraña esa participación en la vida de Cristo glorificado.”

En este tiempo de Pascua podemos reflexionar sobre el programa y las cualidades del cuerpo glorioso de Cristo que por el bautismo queremos encarnar en nuestra vida diaria.

Ver: Cristo es mi vida, P. José Kentenich, Editorial Patris, Santiago/Chile, Págs. 92-95   

miércoles, 8 de abril de 2020

Participación en la pasión del Señor


(Siguiendo la sugerencia de un matrimonio amigo, hermano de comunidad, adelanto la publicación de esta semana para respetar el "silencio del Viernes Santo. Lo hago con texto del Padre Kentenich que nos invita a participar en la pasión de Cristo. Una adecuada meditación para estos días santos - tan especiales - que estamos viviendo.)


"Los teólogos nos dicen que por el bautismo hemos pasado a participar, a nivel del ser, de la vida del Señor. Y no sólo en su vida de sufrimiento, sino también en su vida gloriosa. "¿Buscas también con estos requerimientos de amor a herederos de tu santa transfiguración?"[1]

Participamos entonces en los padecimientos del Señor; él quiere seguir padeciendo a lo largo de la historia. Sí; en nosotros, sus miembros, Jesús quiere volver a vivir su vida de dolor. Pensemos en nuestro propio sufrimiento, en los dolores que tuve que soportar hasta ahora, en el padecimiento de nuestros hijos, de nuestros padres, de nuestros seres queridos. Pues bien, en ellos es el mismo Jesús quien sigue sufriendo.

Cada celebración de la eucaristía apunta a renovar y profundizar en nosotros esta participación en la vida del Señor doliente y glorificado. Por eso la misa es, por excelencia, centro y eje; punto culminante y punto de partida de toda nuestra rutina diaria. Así lo hemos enseñado siempre en la Familia y así nos hemos esforzado en todo momento por cumplirlo.

"…¿Quieres, Señor, morir nuevamente?
¿Buscas, también, con estos requerimientos de amor
a herederos de tu santa transfiguración?
Si es así, mira la grey de los que son tuyos,
a esta porción signada con la pequeñez y la pureza,
y por misericordia únelos a ti
para en ellos aparecerte nuevamente al mundo" (H. P. est. 620-621).

¿Cómo habrá de manifestarse el Señor al mundo a través de los suyos? Él quiere volver a padecer en ellos, regalar y revivir en ellos "la herencia de su santa transfiguración".
He aquí las bases de lo que quisiera decirles hoy. Con este tema estamos tocando una parte esencial de la teología paulina, y, a la vez, nos aventuramos de lleno en el gran horizonte que nos abre la constitución Sacrosanctum Concilium.

¿De qué se trata en este punto en especial? Nosotros, los mayores, hemos aprendido de nuestros padres y abuelos que en la santa misa es Jesús mismo quien, desde el cielo, desciende al altar para renovar su pasión. Por eso san Pablo emplea la expresión "cada vez": cada vez que comulguemos, cada vez que participemos de la misa, cada vez que estemos presentes cuando se actualiza el sacrificio de la cruz sobre el altar, todas esas veces estaremos anunciando la muerte del Señor (cf. 1Cor 11,26).

Ahora bien ¿qué significa "anunciar la muerte del Señor"? Dos cosas. Por una parte, nos advierte que en la misa rememoramos la pasión y muerte de Jesús. Anunciar su muerte incluye también unirse al Crucificado; precisamente porque el Señor quiere unirse a nosotros. En la misa y por la misa se nos motiva a subir con Jesús al madero de la cruz, a dejarnos clavar con él en la cruz. Él quiere revivir en nosotros todos los sufrimientos de su pasión y muerte. Cada vez que participemos de la misa esforcémonos por subir con él a la cruz.

Asimismo, san Pablo acuñó otra palabra clave, qué tiene una resonancia especial dentro de su vocabulario: "Quotidie morior", cada día estoy a la muerte (1Cor 15,31). Nosotros, los que queremos empeñarnos especialmente en el camino de la santidad, los que queremos recibir al Señor para gloria del Padre, tenemos que aplicar estas palabras paulinas a nuestra propia situación y circunstancias y así morir cada día. Que Jesús viva en nosotros; que Jesús reviva su pasión en nosotros. Pero ¡atención! no ascendemos en la misa a la cruz para después, al concluir la eucaristía, descender rápidamente de ella. No; "quotidie morior". Día a día dejo que el Señor reviva en mí su crucifixión a lo largo de las veinticuatro horas.

Estos son pensamientos que quizás no nos resulten tan novedosos. Pero hay que refrescarlos. Hagámoslo como un acto de gratitud. Que en el futuro la Familia renueve este ofrecimiento con especial fervor.

El "Cántico de gratitud"[2] fue compuesto ya en 1942. ¿Cuántos años debieron transcurrir hasta el concilio? Por lo menos veinte. Y luego el concilio Vaticano II, con la constitución Sacrosanctum Concilium, nos volvió a sugerir lo mismo: que la misa sea una ofrenda de gratitud, de agradecimiento por todo. Y en nuestro caso particular, gratitud por la maravillosa protección recibida. En la eucaristía queremos dejarnos clavar junto al Señor en la cruz; brindarle la oportunidad de continuar su pasión en nosotros, desde la salida del sol hasta su ocaso. Asumamos con seriedad a lo largo de todo el día ese estar clavado en la cruz junto al Señor.

Repasemos lo que la "Misa del Instrumento"[3] nos dice al respecto y notaremos con qué lenguaje, rico en imágenes, nos habla de estos misterios. Allí le pedimos a Jesús que nos corone de espinas, que nos ciña su propia corona.[4] En nosotros, él quiere volver a dejar que hieran sus sienes con espinas, precisamente porque nosotros somos sus miembros. Cristo quiere seguir viviendo en nosotros; seguir viviendo en el mundo de hoy, en la situación y circunstancias actuales.

Que él nos haga don de su herida del costado. Sí; él ofreció su corazón al filo de la lanza y nosotros también nos declaramos dispuestos a dejar que nos traspasen el corazón, a llevar y soportar esa lanza en lo más íntimo de nuestro ser. Quotidie morior. Día tras día, en todas las circunstancias que nos toque afrontar, nos esforzaremos por revivir y consumar en nosotros la gloria del sufrimiento de Cristo doliente. Aceptaremos igualmente los clavos que perforaron sus manos y sus pies. He aquí, pues, la bienaventurada figura del Cristo de la pasión, que quiere hacerse realidad en nuestra vida, en mi vida, a lo largo de las veinticuatro horas del día.

"En agradecimiento, nuestras almas escojan al Cordero de Dios".[5] Sí, volvamos a elegir al Cordero, al Cordero de Dios; procuremos desposarnos con él, unirnos a él, asociarnos a él. Que nuestra convicción sea aquella de san Pablo: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20). Cristo padece en nosotros y muere en nosotros, día a día.

Tomado de: "Conferencia para la Familia de Schoenstatt de la diócesis de Münster", Alemania, 13 de Febrero de 1966 -Ver Libro CRISTO ES MI VIDA - Con Cristo hacia el tercer milenio, Edit. Patris, 1997
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Notas
1) Padre José Kentenich, Libro de oraciones “Hacia el Padre”, estrofa 620.
2) Padre José Kentenich, “Hacia el Padre”, estrofas 612-625.
3) “Hacia el Padre”, est. 18-170.
4) Ibíd. 152.
5) Ibíd. 619.

viernes, 3 de abril de 2020

Hacer del Gólgota nuestro lugar preferido


Me permito adelantar algunos pensamientos entresacados de esta carta que el Padre Kentenich escribiera a las Hermanas de María desde su confinamiento en la cárcel de Coblenza, y que pueden ayudarnos a transitar por los caminos de la vía dolorosa que nos está tocando vivir a muchos de nosotros.

En estos tiempos no dependemos de la cercanía física, nos está vetada; no podemos hablar a los hombres de Dios, pero sí podemos hablar a Dios de los hombres. En nuestro silencio y confinamiento aspiramos a alcanzar la “plena madurez de Cristo”, alcanzar la mayoría de edad, la independencia y audacia de Cristo. El camino para ello es la interiorización y realización de la “inscriptio”.

Sabemos lo que significa esta palabra: lo expresamos al rezar aquella oración de San Ignacio que comienza con la frase “Toma, Señor, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad y todo mi corazón. …..” Y para nosotros que hemos sellado la alianza de amor con María significa algo más: no queremos separar a Cristo de María, ni a María de Cristo, queremos con María, hacer del Gólgota, del altar y del tabernáculo nuestro lugar preferido. Si Dios nos lleva a la escuela del sacrificio, sabemos que en calidad de miembros de Cristo somos asociados a su pasión, y es así cómo se dará una abundante fecundidad en nuestra vida, también para bien de los demás.


(De la colección “Cartas del Carmelo”)

Carta a la Hna. Anna [12].    Para la comunidad de las hermanas
28 de octubre de 1941

¡Grüß Gott! [13]

Ya desde hace mucho tiempo me veo impedido de partirles el pan de la Palabra de Dios y no sé aun cuando volveré a poder hacerlo.
Qué bueno que el alma sea un espíritu y que no dependa de la cercanía física; afortunadamente Dios mantiene despejado el camino de acceso directo al corazón del hombre y Él mismo determina el clima en el cual ese corazón pueda cumplir su vocación principal de la manera más rápida y segura; afortunadamente, por último, nosotros no sólo podemos hablar a los hombres de Dios sino también a Dios de los hombres. Aprovecho intensamente esta posibilidad, de modo similar a como lo hiciera Pablo (Gal 4,19).

Como regalo de octubre, suplico para ustedes un fuerte crecimiento hacia "la plena madurez de Cristo" (Ef 4,13), hacia la mayoría de edad, la independencia y la audacia en Cristo. Junto con Pablo rezo: "Por eso doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra, para que os conceda, por la riqueza de su gloria, fortaleceros interiormente mediante la acción de su Espíritu; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor, podáis comprender con todos los santos la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, y os llenéis de toda la plenitud de Dios" (Ef 3,14-19).

El camino para alcanzar esa reorientación pasa por la interiorización y realización del espíritu de la inscriptio.

Lo que se ha llamado inscriptio -inspirándose en Agustín- Ignacio lo describe en aquella recomendable oración: "Toma, Señor, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad y todo mi corazón. Todo me lo has dado, todo te lo ofrendo sin reservas; haz con ello lo que Tú quieras. Sólo una cosa te pido: tu gracia, tu amor y fecundidad. Tu gracia para que me incline con alegría ante tu voluntad y deseos; tu amor para creerme, saberme-y a veces sentirme amado siempre como las niñas de tus ojos; tu fecundidad para que yo sea muy fecundo para Ti y para la santísima Virgen, para nuestra obra común. Así entonces seré rico en plenitud y no querré nada más".

Para nosotros la interiorización [del espíritu de la inscriptio] consiste en que en el camino hacia el Padre no separemos jamás a la santísima Virgen de Cristo ni a Cristo de su Madre. Sobre todo cuando renovamos el acto y el espíritu de inscriptio. En la práctica esto significa lo siguiente: junto con María, hacer del Gólgota, del altar y del tabernáculo nuestro lugar preferido. O bien: en su corazón, descubrir vivencialmente el Gólgota, el altar y el tabernáculo y de ese modo ir hacia el Padre corazón en corazón, conformando una santa triunidad.

La realización de la inscriptio ocurre en la vida diaria. No queremos pertenecer a aquellos que al rezar saben decir mucho sobre la entrega total, pero que luego reúnen todos los caballos del mundo para que tiren del carro [de la propia, pequeña vida] [14]  y lo hagan volver atrás cuando Dios comienza a tomar en serio nuestra oración y hace con nosotros lo que Él quiere.

Esto vale especialmente cuando Dios nos lleva a la escuela del sufrimiento. Para Pablo es natural que nosotros, en nuestra calidad de miembros de Cristo, seamos asociados a su pasión, y que el padecimiento no sólo signifique colapso de fuerzas humanas sino también, y sobre todo, surgimiento de fuerzas divinas y, de esa manera, abundante fecundidad de nuestra vida y de nuestro obrar (Col l,24; 1Co 4,9).

Que en los próximos meses la gracia de la inscriptio fructifique en el sentido de la fiesta de Cristo Rey: "¡Omnia opera mea Regi crucifixo et glorioso!" [15]

Un cordial saludo y bendición para todos. J. K.


Notas

(12)  La hermana Anna fue Superiora General de la comunidad de las Hermanas de María desde su fundación en 1926 hasta 1950.
(13)  Saludo típico alemán. Traducido literalmente significa: ¡Qué Dios le salude! También se lo puede traducir como ¡Dios te salve! Se lo usa en lugar de ¡Buenos días!, ¡Buenas tardes!, ¡Buenas noches!, ¡Hola!, etc.
(14)  Las palabras entre corchetes se tomaron de otra versión de esta carta, por considerar que aquí se las ha omitido y completan el sentido de la frase.
(15) ¡Todas mis obras para el Rey crucificado y glorioso!