El exilio del Padre Kentenich en Milwaukee/EEUU concluyó
con la conocida audiencia que el Papa Pablo VI le concediera y que tuvo lugar
en Roma el 22 de diciembre de 1965, justo quince días después de la solemne
clausura del Concilio Vaticano II. No es de extrañar que en las homilías del
Padre para la comunidad alemana de la parroquia de San Miguel en la ciudad
antes citada aparezcan referencias a los documentos y Constituciones que el
Concilio fue publicando durante las diversas asambleas y reuniones.
Así también en la homilía del domingo de Pascua, 18 de abril del año 1965. En
esta ocasión se refiere a la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium.
En la homilía destaca que ya desde la primera página de la
Constitución citada se nos recuerda que Cristo, el Señor, ha cumplido a través
del misterio de la pascua la obra redentora del género humano, aclarando
a continuación que este misterio pascual abarca la bienaventurada pasión, la
resurrección de entre los muertos y la gloriosa ascensión.
“Se trata, pues, de dos hechos de la redención; de dos,
no de uno… No las consideremos como dos realidades simplemente yuxtapuestas y
sin conexión entre sí, sino integrando una unidad indisoluble, una
"bi-unidad". El proceso de la redención descansa sobre esta santa e
indisoluble bi-unidad.”
Lo que sin duda tiene, o debe tener,
sus consecuencias en nuestras vidas. En su homilía exhorta a sus oyentes a
vivir y a enseñar ambas realidades: la teología, la ascética y la pedagogía de
la cruz simultáneamente con la teología, la ascética y la pedagogía de la
bienaventurada resurrección del Señor. Y anima también a que no enseñemos ni
vivamos una resurrección que se reduzca sólo a aquella que se producirá al
final de nuestra vida, porque, resalta que ya, aquí ahora, en la tierra, participamos
de la vida del Señor glorificado.
Si hacemos memoria de lo que
aprendimos de nuestros mayores, constatamos una cierta unilateralidad con la
teología de la cruz: “se nos presentaba una cruz tan despojada y austera
como la que suele colgar en nuestras casas, en nuestras habitaciones”. De
esa cruz no parece desprenderse ningún destello de gloria. La Constitución sobre
la liturgia Sacrosantum Concilium lo muestra de forma diferente.
“Modelo para
nuestra vida no es únicamente la cruz, la pasión de Jesús, sino también su
gloriosa resurrección. Al considerar el misterio de la resurrección, no
pensemos sólo en que algún día resucitaremos gloriosos, sino que ambas
realidades, tanto la resurrección como la cruz del Señor, son causa de nuestra
redención, de nuestra participación, aquí y ahora, en la vida de dolor, de cruz
y de gloria de Jesucristo.”
Lo entendemos mejor si recordamos
que por el bautismo se nos injerta en el misterio pascual en su totalidad:
morimos con Cristo, somos sepultados con Cristo y resucitamos con Cristo, tal
como podemos leer en el capítulo I, 6 de la citada Constitución. Al pensar en
la resurrección y la gloria acostumbramos a referirnos al final de nuestras
vidas, y sabemos que entonces nuestros cuerpos participarán de la
glorificación.
“Sin embargo,
ya aquí en la tierra, podemos participar espiritualmente de la vida de Cristo
glorificado; más aún, debemos hacerlo. Tenemos el programa y la tarea de ir
desplegando ya aquí, y de manera perfecta, todo lo que entraña esa
participación en la vida de Cristo glorificado.”
En este tiempo de Pascua podemos
reflexionar sobre el programa y las cualidades del cuerpo glorioso de Cristo
que por el bautismo queremos encarnar en nuestra vida diaria.
Ver: Cristo es mi vida, P. José
Kentenich, Editorial Patris, Santiago/Chile, Págs. 92-95
muchas gracias Paco! Impresionante pensar que ya desde el bautismo, abrazamos la cruz y anhelamos la resurrección!
ResponderEliminarEs muy consoladora esa biunidad!!!
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