viernes, 29 de enero de 2021

Principio maternal (1)

Uno de los lectores del Blog se hacía, hace dos semanas, la siguiente pregunta: “¿Por qué el P. Kentenich no vio la necesidad de que las comunidades masculinas tuvieran también un "transparente" de la maternidad en una persona de carne y hueso, como sí vio la necesidad de un padre de carne y hueso para las mujeres?

Agradezco la oportunidad que me da esto lector para hablar sobre el tema. Lo haré en ésta y en la próxima semana para no alargar mucho la reflexión semanal.

A su regreso del exilio, el P. Kentenich llegó a Roma el 17 de septiembre de 1965 hospedándose en la Casa Generalicia de los Palotinos en la ciudad santa. Días después trasladó su residencia a la Casa de las Hermanas de la Providencia de Maguncia en la misma ciudad. Sabiendo que su estancia en Roma se prolongaría durante un tiempo, invitó a las direcciones de los Institutos a reunirse con él en esta casa. Junto a estos dirigentes coincidían en la casa a veces personas que deseaban saludar al Padre Fundador. A todos ellos el P. Kentenich les dirigía diariamente a las 9 de la mañana una charla. Esto aconteció desde el 17 de noviembre al 21 de diciembre de 1965. Son las conocidas “Conferencias de Roma”.

La temática de las conferencias fue principalmente una reflexión sobre el sentido de los catorce años pasados en el exilio. No fue una respuesta sistemática, sino que se fue adaptando en cada caso a los presentes en la sala ese día, abordando como él decía lo que se encontraba “a la derecha y a la izquierda del camino”. En la conferencia del 4 de diciembre se detuvo a reflexionar sobre el ideal de la nueva comunidad de los Padres de Schoenstatt, la nueva pars motrix et centralis de la Obra, fijándose en aspectos de la comunidad paternal de los padres y en los propios de la comunidad maternal de las madres y mujeres de Schoenstatt. Tratando paralelismos, diferencias y coincidencias. Justamente en la conferencia del 4 de diciembre el Padre se hace la misma pregunta que nuestro lector se hizo el otro día. Lo que es válido para las comunidades femeninas con el ‘principio paternal’, ¿vale también para las comunidades célibes masculinas con un ‘principio maternal’?

Antes de entrar en la lectura de la conferencia del 4 de diciembre en donde el Padre habla del principio paternal y del principio maternal, invito a mis lectores a reflexionar sobre la forma de pensar de nuestro fundador respecto a la interacción espiritual entre los sexos. Conocer la forma cautelosa que el Padre tenía al hablar de la diferencia entre los sexos, puede ayudarnos en la comprensión de los textos que reproduciré y comentaré la próxima semana.

Es un texto que he rescatado de unos apuntes del P. Herbert King sobre “Hombre – sacerdote – mujer – Iglesia”. Dice asÍ:  

“Frente al énfasis que se puede poner al hablar de las diferencias entre los sexos, especialmente frente a delimitaciones y "definiciones" demasiado esquemáticas de lo que es masculino y lo que es femenino, se nota la manera cautelosa de hablar de Kentenich. Usa, por ejemplo, expresiones como estas: "normalmente" es así con mujeres y hombres (223), "en general es así" (223). La mujer actúa "más fácil que", es "más fuerte que" (219). O el hombre o la mujer tiene "un algo más en". O "tenemos tendencias en ambas direcciones" (220) "Así que puede muy bien ser que, por ejemplo, se ponga frente a mí un hombre que tenga una forma de pensar más pronunciada que todas las mujeres que conozco" (222), es decir uno tiene una forma de pensar que "normalmente" se encuentra "más" en las mujeres.

Cuando el P. Kenntenich enumera las características de la mujer, aquellas que le son “más” propias, añade a menudo lo siguiente: “No significa que no se encuentre también en el hombre” (219). O en otra ocasión, dirigiéndose a hombres jóvenes: “En la medida en que ustedes mismos tengan la predisposición femenina” (223). Y en repetidas ocasiones: “El buen Dios no ha reunido la plenitud de la existencia humana en un solo tipo. Él ha sembrado en cada tipo germinalmente la plenitud” (220). Y él aconseja que uno se pregunte (como hombre): “¿Tengo una forma de pensar decididamente masculina o una forma decididamente femenina? …. ¿O se da en mí una adecuada mezcla de ambas?” (225).  "Las cosas se entremezclan. Incluso lo propio de la mujer, sus propiedades estructurales, no las vemos nunca por completo en su nitidez, siempre se mezclan de alguna manera. Y no siempre es fácil determinar la proporción de la mezcla. Pero también a la inversa: lo mismo se puede decir del hombre. Entonces, si alineamos las propiedades aquí y allá, yuxtaponiéndolas, todavía nos quedará siempre la cuestión de la proporción de esa mezcla” (221).”

Los números entre paréntesis se refieren a las fuentes originales de estas citas (creo poder evitarlas en este caso). 

viernes, 22 de enero de 2021

Sacerdocio y paternidad

Mi mujer y yo pertenecemos a una generación de schoenstattianos que no conoció personalmente al Padre fundador. Fueron otros, ellos mismos hijos del Padre, los que nos familiarizaron con su persona, con sus enseñanzas y su misión, fueron transparentes del Padre para nosotros. Recuerdo con cariño al Padre Rudolf Mosbach (ya fallecido), que fue nuestro maestro en los primeros años de formación en el Instituto de familias de Schoenstatt. Sacerdote y padre espiritual que nos ayudó a valorar el mundo sobrenatural en este tiempo de sexualidad, materialismo y secularismo exagerados. Me he acordado de él al leer un testimonio que el Padre Kentenich trae y reproduce en un ‘Estudio’ sobre el principio paternal que él mismo escribiera en el año 1964. Se aprecia en el texto de este testimonio que lo ha escrito una ‘hija’ del Padre.  

“El encuentro personal con el Padre y fundador de nuestra familia de Schoenstatt ha sido significativo y decisivo para mí no solo en el sentido de que pude experimentar la paternidad genuina en el Padre por primera vez, sino también en lo que respecta a su sacerdocio y al sacerdocio católico en general. El hecho de ser padre, la paternidad y el sacerdocio parecen estar tan estrechamente conectados y relacionados entre sí en la persona de nuestro Padre, que uno nunca puede ver al Padre como un padre sin experimentarlo al mismo tiempo como sacerdote, y que uno no puede estar ante el Padre como ante un sacerdote, sin al mismo tiempo sentirse atraído por el resplandor de su paternidad.

Hay algo grande y misterioso en nuestro Padre; son dos aspectos: por una parte, se nota que está firmemente anclado como sacerdote en lo divino y en el mundo del más allá, y por otra parte se experimenta cómo él, con su amor acogedor de padre, desciende a las pequeñas cosas de la vida diaria de sus hijos y con ello los hace tan felices. Cuando aún no conocía al Padre, tampoco sabía de la naturaleza del sacerdocio católico, o al menos no de forma correcta. Creo que me pasaba lo que a la mayoría de los católicos de nuestro tiempo, que no tenía la noción correcta sobre la dignidad y la tarea del sacerdote, y que solo comprendía brevemente el mundo de la fe, al igual que las personas de este tiempo que se contentan con una mirada superficial sobre la Iglesia y la vida religiosa, sin querer llegar al núcleo mismo de esas realidades.

Cuando conocí al Padre por primera vez, fue inmediatamente otra cosa: el Padre, con su amor y a través de la atmósfera sobrenatural que le rodeaba, despertó en mí toda una vida religiosa, lo máximo que yo podía dar, encaminando con ello todo mi interés al buen Dios y al mundo sobrenatural de nuestra fe.

Si hasta entonces, para mí, las creencias religiosas eran sólo un conocimiento abstracto extraído de los libros, en el encuentro con el Padre se convirtieron en mi patrimonio, en realidades adquiridas y experimentadas de forma personal. Cuando el Padre proclama la palabra de Dios, lo hace siempre como padre y sacerdote al mismo tiempo; como sacerdote que es el sembrador de Dios y esparce la semilla de su palabra, y como un padre que parte el pan de cada día para sus hijos, por así decirlo, el pan de la palabra de Dios; como padre también porque el Padre conoce la receptividad y capacidad de asimilación de cada uno de sus hijos, y puede anunciar el mensaje del Dios Padre de forma tal que el corazón de cada uno de sus hijos lo pueda comprender y asimilar. ……A continuación, me gustaría intentar presentar mi imagen del sacerdote católico tal como se formó en mí a través de la experiencia de nuestro Padre. ….

Hace años, Ivo Zeiger dijo que a nuestro mundo y a nuestros tiempos modernos no les faltan oportunidades para conocer y capacitarse en le doctrina moral y religiosa, lo que les falta es que el conocimiento religioso se les ofrezca de manera correcta y atractiva, para que todos los creyentes lo puedan hacer suyo y conquistarlo en paz y profundidad como propiedad personal. Esta es de forma evidente la tarea del sacerdote. Si hoy en día más personas pudieran experimentar a los sacerdotes como personas ancladas firmemente en el mundo del más allá y en el corazón del Padre Dios, si éstos se comprendieran a sí mismos como estandartes del Padre Dios, entonces estaríamos ante una buena semilla. Entonces no caería tanta semilla entre piedras, espinos y abrojos, porque la palabra de Dios iría acompañada del encuentro con el sacerdote como un padre; y allí adonde existe entre las personas un profundo vínculo de amor, allí cada palabra cae en lo más íntimo del alma, siendo así imposible el no escucharla o atenderla. ……”.

  

viernes, 15 de enero de 2021

Principio paternal

Como vimos la semana pasada, nuestro querido Santo Padre Juan Pablo II nos recordaba a los miembros de la Familia de Schoenstatt que “la íntima adhesión espiritual a la persona del fundador y la fidelidad a su misión” son una fuente de vida para el propio Movimiento y para toda la Iglesia. Es evidente que tal adhesión espiritual a una persona pasa por tener un conocimiento de la misma. Conocer es amar y amar es conocer.

El Padre Kentenich tuvo “a lo largo de toda su vida un único gran ideal: Dios y las almas.” El P. Juan Pablo Catoggio en la reflexión sobre el ‘misterio interior’ del Fundador nos dice al respecto: “El P. Kentenich vivió su tarea sacerdotal como servicio paternal a los suyos. Condujo a muchos hombres y mujeres al Padre Dios haciéndoles transparente algo de su sabiduría y amor. Ser padre, como reflejo de la paternidad divina, es el camino necesario para que los hombres recuperen su ser filial y superen la angustiante horfandad de nuestra época.” Y esto se reflejó en su programa pedagógico: la aplicación del principio paternal.

Hoy invito a mis lectores a profundizar en el conocimiento del Fundador a través de la lectura de un artículo que el Prof. Dr. Rudolf K. Weiland, de la Universidad Católica de Eichstätt/Alemania escribiera para el “Schoenstatt Lexikon” (Patris Verlag) sobre el principio paternal. Tengamos en cuenta que, como dice el Dr. Weiland, el principio paternal fue un asunto no muy entendido en su tiempo y que jugó además un papel importante en las visitaciones de la Jerarquía eclesiástica a Schoenstatt en los años cuarenta y cincuenta el siglo pasado. Aquí el texto:

“Partiendo de la paternidad natural, el P. Kentenich observa que las realidades de paternidad y maternidad y las consecuencias que se deducen de ello en la familia natural tienen un significado que va más allá de la propia familia. Por eso funda sus comunidades en analogía con la familia natural y promueve en ellas el espíritu familiar.

Y elabora esto de manera particularmente clara en la posición del padre, que es y debería ser un transparente del Padre Dios. Psicológicamente, esto se constata en el hecho de que la imagen de Dios de cada creyente está formada normalmente por sus propias experiencias paternales, por lo que las experiencias paternales negativas suelen ser un obstáculo para una imagen positiva y sana de Dios.

El P. Kentenich habla del principio paternal en un sentido amplio y en un sentido más estricto y especial.

1. En la Jornada pedagógica de 1951 (Ver: “Que surja el hombre nuevo” – Una psicopedagogía religiosa) se ocupa de la experiencia de una auténtica filialidad (experiencia a posteriori, experiencia antagónica, experiencia de complementación). Entre otras cosas habla de la “vivencia a posteriori de una auténtica filialidad, en un gustar a posteriori la vivencia del padre y de la madre”, que “se concretiza prácticamente” en la “vivencia paternal”. “Esto supone, que Dios me regala un padre, una madre, en quienes pueda vivir a posteriori todo lo que, como niño, no pude vivir o no lo viví en forma satisfactoria.” (Jornada 1951)

Esto requiere mucha paciencia por parte del educador paternal. De manera análoga se aplica al sacerdote, que se ve a sí mismo como un buen pastor y padre, y que debe tener un conocimiento suficiente de las leyes que son válidas en estos procesos. La responsabilidad en todo esto es particularmente grande para el sacerdote, para que sea y pueda ser realmente un transparente del Padre Dios para los que le han sido confiados. Esta mentoría o paternidad espiritual será cada vez más importante y decisiva como actitud responsable del sacerdote en la pastoral del futuro.

2. En sentido estricto y propio, el P. Kentenich habla del principio paternal en relación con los institutos seculares que fundó para mujeres (Hermanas de María, Señoras de Schoenstatt). Durante los largos años de fundación y desarrollo de las estructuras internas y oficiales de los mismos, se dio cuenta de que estas comunidades y su fecundidad solo pueden sobrevivir si el principio materno común a las comunidades de mujeres se complementa con el principio paterno. Sólo así, de acuerdo con la convicción y el deseo del Fundador, se puede materializar plenamente el carácter familiar y asegurar la existencia de estas comunidades sin votos, cuyos miembros sólo están vinculados por un contrato-consagración. La posición de padre que tiene el "director general" o "director espiritual" tiene un efecto vital y legal en diferentes niveles.

El principio paternal, en su novedad y significado, no se entendió fácilmente. También jugó un papel importante en las visitaciones de la jerarquía eclesiástica a Schoenstatt en los años 1949 y 1951-1953.”

  

viernes, 8 de enero de 2021

Construyó su casa junto al Vesubio

¡Feliz y santo año 2021! En estos días pasados, de intimidad familiar en el ambiente navideño del misterio de Belén y de recogimiento obligado por las circunstancias sanitarias conocidas, he tenido la ocasión de reflexionar sobre el año que pasó. Los hijos del Padre Kentenich, su Familia de Schoenstatt en todo el mundo, han tenido que hacer frente no sólo a la pandemia del Covid sino a las noticias que sobre el Fundador han aparecido en la prensa y su repercusión en el proceso de canonización del mismo.

Justo en este contexto he recordado las palabras que el amado Papa Juan Pablo II nos dijo a los miembros de la Familia de Schoenstatt reunidos con él en el Aula Pablo VI el veinte de septiembre de 1985. Mi esposa y yo estábamos allí, era un viernes. Recuerdo perfectamente sus palabras:

“La experiencia secular de la Iglesia nos enseña que la íntima adhesión espiritual a la persona del fundador y la fidelidad a su misión – una fidelidad que está siempre de nuevo atenta a los signos de los tiempos – son fuente de vida abundante para la propia fundación y para todo el pueblo de Dios … Vosotros habéis sido llamados a ser partícipes de la gracia que recibió vuestro fundador y a ponerla a disposición de toda la Iglesia.”

En una reflexión del P. Juan Pablo Catoggio sobre el misterio interior del Fundador podemos leer que “la medida de la misión determina la medida de la cruz. …. Su camino es un largo via crucis, lleno de renuncia, dolor y sacrificio. Una constante que se repite en los grandes santos y fundadores, a lo largo de toda la historia de la Iglesia”. Como ejemplo y muestra de esta actitud de fe y entrega, el P. Catoggio cita parte de una carta que el Padre Kentenich escribiera desde el exilio a uno de sus compañeros de Dachau, el P. Fischer:

“Usted cree que sufrí muchas y enormes desilusiones en mi vida. Es un gran error. Cuando uno se dispone a no esperar nada y a regalar todo, la vida se llena de sorpresas. Si observa cuánto amor me rodea - a pesar de los terribles golpes de parte de la autoridad - y cuánta fidelidad se me brindó en todas las situaciones, entonces deberá admitir que quizás no haya ningún hombre en el mundo - al menos no muchos - que hayan sido y sean tan mimados como yo. Cruz y dolor pertenecen a toda vida. Y tratándose de una obra de tal envergadura como la nuestra, me parece que el precio del rescate pagado es sumamente bajo, por lo menos en lo que a mí concierne.

Nunca me confundí o me sentí inseguro frente al camino a seguir, nunca estuve agriado o amargado. Incluso una y otra vez, tuve oportunidad de tener algo de consideración con mi cuerpo, a pesar de las continuas ocupaciones que me tomaban hasta parte de la noche. Cuanto menos necesidades se tiene, con más gratitud se recibe cada amabilidad, y cuanto más libre se es ante los hombres, tanto más se los atrae hacia sí, aunque uno no se lo proponga.

Usted se asombra además de que yo esté todavía en pie, y que - en tanto los decretos así lo permitan - sostenga firmemente las riendas en mis manos y dé indicaciones estratégicas en todas direcciones, como si viviésemos en perfecta paz. No debe olvidar que Schoenstatt es un hijo de la guerra, nacido en la guerra, nutrido y criado en la guerra, y destinado a encender en todas partes la antorcha de la guerra y a guerrear. Las expresiones de este tipo no deben ser consideradas como frases huecas. Reflejan realidades. Quien conoce su vida según la ley ordo essendi est ordo agendi (el orden de ser determina el orden de actuar) es feliz cuando las balas silban en sus oídos o, expresado de manera moderna, cuando estalla la bomba atómica. Usted conoce la frase de Nietzsche, que uno debería poder construir su casa junto al Vesubio. Yo tuve que hacerlo desde mi infancia, por eso no me molesta la lava que el cráter expulsa abruptamente. Si el alma reposa en total santa indiferencia, se siente tan bien como cuando reina buen tiempo.”

Sabemos que el Vesubio sigue en actividad – lo hemos experimentado en el año que pasó -, y que la lava intenta destruir nuestro hogar. Una gracia pido al Señor para el año que acaba de comenzar: “que, como hijos del Padre, nuestra alma repose en total y santa indiferencia”. Así nos sentiremos tan bien como cuando reina el buen tiempo.