viernes, 26 de noviembre de 2021

LLEGAR A SER LIBRE DE SÍ MISMO

En una de las cartas que el padre Kentenich escribió en el año 1956 al padre Alex Menningen reflexiona sobre el amor a Dios y al prójimo, y destaca entre otros aspectos el hecho de que cualquier amor exige para su fecundidad la muerte del propio yo, lo que supone una disposición personal al sacrificio y llegar así a ser libre de sí mismo. Es un tema que nosotros como padres bien conocemos porque lo experimentamos cada día en la relación amorosa con nuestros hijos. Nuestro amor a ellos trae consigo a menudo grandes renuncias. Leemos en la carta:   

“Déjame que destaque especialmente en las líneas citadas la disposición al sacrificio. En el contexto del amor, la expresión nos recuerda su inmutable ley de ser y de vida. Solemos decir, en lugar de ello, que amor y sufrimiento, o bien, amor y desprendimiento, o bien, amor y sacrificio, sobre todo en el estado afectado por el pecado original, van inseparablemente unidos en todas las etapas de la vida. Por eso no nos resulta extraño el axioma que dice: el amor vive del sacrificio y el sacrificio nutre el amor.

La razón interior de tal unión se comprende con facilidad. Todo aquello que tiene virtud creativa vive del sacrificio, se alimenta de la valentía, requiere perseverancia y esfuerzo. Lo mismo vale, y en primer lugar, acerca del amor. Este no se caracteriza solamente por tener una mayor o menor dinámica creadora, sino que es, sin más, el mayor poder creador del cielo y de la tierra. Por eso, el amor no puede vivir sin sacrificio. Viéndolo de forma aún más precisa y profunda: el amor es una fuerza unitiva y asemejadora. Tiende a una bi-unidad espiritual lo más perfecta posible, a una profunda fusión de corazones y a una permanente unión de ser y de vida. Tal unidad, empero, no puede darse ni mantenerse sin la muerte del yo. Sólo sobre las ruinas del yo puede esperarse la resurrección del nosotros humano y divino, y sólo así la posesión plena de uno mismo según es querida por Dios. Este es el sentido de las palabras del Señor que dicen: “Quien pierda su vida por mí, ése la salvará” (cf. Lc 9,24). Lo mismo subraya Ortega y Gasset, cuando constata:

«[…] es alguna cualidad egregia lo que dispara el erótico proceso. Apenas comienza éste, experimenta el amante una extraña urgencia de disolver su individualidad en la del otro, y, viceversa, absorber en la suya la del ser amado. ¡Misterioso afán! Mientras en todos los otros casos de la vida nada repugnamos tanto como ver invadidas por otro ser las fronteras de nuestra existencia individual, la delicia del amor consiste en sentirse metafísicamente poroso para otra individualidad, de suerte que sólo en la fusión de ambas, sólo en la 'individualidad de dos' halla satisfacción».

Así, todo amor produce una transmisión mutua de vida. La misma presupone, sin embargo, una visión más profunda del modo propio de ser de la otra persona. Scheler advierte sobre la enseñanza de san Agustín de que el amor es el que nos hace capaces de captar de la manera más plena la esencia del otro. Agustín dice: “nullumque bonum perƒecte nascitur quod non perfecte amatur” (No hay bien que surja de forma perfecta si no se le ama perfectamente).

Oscar Wilde debió pasar largos años en la soledad de una prisión. Durante ese tiempo, meditó mucho sobre el amor. Más tarde, escribió lo que había hallado en su meditación, expresando la misma idea:

«El amor se nutre de la imaginación por la cual nos tornamos más sabios de lo que sabemos, mejores de lo que nos sentimos, más nobles de lo que somos; se nutre de la imaginación, por la cual podemos ver la vida como un todo y que constituye la única razón por la que podemos entender a los otros tanto en sus relaciones reales como ideales».

Nietzsche dice, en cambio, con mayor claridad: “El amor saca a relucir las cualidades elevadas y ocultas de quien ama”. Esto vale para ambas partes: para el que ama y para el que es amado.

Ortega afirma, por tanto: «La... revisión y purificación espontánea de nuestro interior es el primer acto de perfeccionamiento que le debemos [al amor]».

Y, a la inversa, Nietzsche advierte que «cuando amamos, creamos seres humanos a imagen y semejanza de nuestro Dios».”

 

De: Carta al padre Alex Menningen (1956), 8-10

 

viernes, 19 de noviembre de 2021

LA FUERZA DEL AMOR

LA FUERZA DEL AMOR Y SU PODER PARA DESPRENDERSE DE SÍ MISMO

“La entrega de amor tiene una cuádruple función. Posee:

una fuerza liberadora,

una fuerza unitiva,

una fuerza asemejadora y

una fuerza dinamizadora.

Ella desprende y separa del propio yo. Une corazón y corazón, hasta que ambos palpiten en un solo latido. Asemeja de forma maravillosa a los que se aman y les otorga un deseo y poder de petición ilimitado por el que se estimulan mutuamente con eficacia creadora. (…)

Al contemplar la vida práctica se comprende el significado de estas expresiones abstractas. No es necesario buscar demasiado para encontrar material ilustrativo. Todo amor noble implica estos cuatros elementos, trátese del amor filial o del parental, del amor de amistad o del amor esponsal o conyugal.

Tomemos lo más cercano: el amor filial y parental. El poder de desprendimiento y separación del amor mutuo se muestra aquí en que, no raras veces, por amor mutuo, ambas partes deben distanciarse de los deseos de la propia naturaleza a fin de encontrarse de forma más intensa en el alma y pasar así a formar una bi-unidad. A largo plazo, es inevitable que hijos y padres se asemejen en su pensamiento y en sus deseos, en lo que aman y odian, y hasta en sus modales. Se puede considerar como algo evidente que ambas partes tendrán cuidadosamente en cuenta los deseos de la otra. El amor sobrenatural posee las mismas funciones de desprendimiento, unión, asemejamiento y movilización. Es muy importante saberlo. Aquí nos limitamos a poner de relieve el carácter sacrificial de los diferentes elementos constitutivos.

Si se trata de la función de desprendimiento y asemejamiento del amor, o del desprendimiento y traspaso de amor, el nexo interno con el carácter sacrificial se percibe de inmediato. Ya la sola expresión “función de desprendimiento o separación”, o bien “desprendimiento de amor” pone suficientemente en claro el carácter sacrificial al que se está haciendo referencia. Y el amor sobrenatural implica más que cualquier otro amor noble una suerte de éxtasis, o una muerte del amor desordenado a sí mismo. Por éxtasis se entiende un ‘estar-fuera-de-sí’.

Este ‘estar-fuera-de-sí’, en todo el sentido de la palabra, asume formas inusuales en las así denominadas almas extáticas, cuando se encuentran en estados de éxtasis. El cuerpo se pone rígido y queda suspendido en el aire. Así, por ejemplo, Pablo relata que fue arrebatado al tercer cielo. Sin embargo, no sabe si esto tuvo lugar con su cuerpo o sin él (2Co 12,1-5). No obstante, también en nuestro caso se habla de éxtasis en un sentido plenamente justificado.

Si mi amor a Dios o a María es verdaderamente amor personal a un tú, y no mero amor al ello que opera, tal vez, de forma encubierta, entonces deberé desasirme de mí mismo, abandonar un buen trozo de amor al yo, especialmente en su forma extrema de apegarse al yo y esclavizamiento o idolatría del yo. De otro modo, no podré perderme en Dios y en la santísima Virgen, no será posible que ellos entren en mí ni yo en ellos, no podrá darse una bi-unidad interior con ellos. Mi corazón deberá dejar su obstinación egoísta pues, de lo contrario, no podrá fundirse con el corazón del otro contrayente de alianza. Deberé abandonar la testarudez pues, de otro modo, no podré estar de acuerdo con el otro, no podré estar entregado a las mociones del Espíritu Santo, no podré liberarme poco a poco de las seducciones del mundo, de las tentaciones del demonio y del juego engañoso de la propia vida instintiva, descuidada y embrutecida.

Por tanto, también aquí se da algo así como un “perder la cabeza”, es decir, una suerte de liberación de la propia testarudez. El éxtasis extraordinario tampoco es más que un estado transitorio para los que han sido elegidos para esa experiencia. Como fruto permanente habrán de cosechar el éxtasis habitual del amor en la vida cotidiana, a semejanza de Pablo quien, también fuera de su estado extraordinario de éxtasis, podía decir de sí: “no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2,20).

Se comprende así cómo puede afirmarse que el amor verdadero y auténtico despierta y alimenta la seria voluntad de que muera el propio yo, de que se extinga, a fin de que el contrayente de amor pueda vivir, posea la vida en desbordante plenitud. Y esto, una vez más, tiene vigencia respecto de todo amor noble.

No obstante, como cristianos vivimos y amamos de manera eminente a partir de la muerte y sepultura de Cristo. El Dios viviente se digna vivir en nuestra alma a partir de nuestro constante morir misteriosamente en Cristo y con Cristo. Y cuanto más muera a sí mismo el amor a fin de pertenecer totalmente al tú divino, cuanto más espacio le haga en el propio corazón, tanto más y de forma tanto más perfecta recibirá de vuelta, junto al tú divino, su propio yo purificado. Esto mismo quiere decir el Señor cuando afirma: “El que pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 10,39). Es un ascenso largo, arduo, doloroso y lleno de momentos críticos el que el alma amante debe arriesgar antes de alcanzar el goce del perfecto intercambio de corazones.”

De: Maria, Mutter und Erzieherin (María, Madre y Educadora) (1954), 263-266

  

viernes, 12 de noviembre de 2021

EL AMOR Y EL PECADO

Hoy queremos detenernos y reflexionar sobre algo que el Padre Kentenich apunta en sus jornadas y charlas recogidas en el libro de “La santificación de la vida diaria”, en concreto sobre la fuerza que tiene el amor para borrar los pecados y preservarnos de los mismos, especialmente de los arrebatos de aversión, de la envidia y de los celos.

La fuerza del amor para borrar los pecados

“Amor y pecado. Colocamos aquí una junto a otras dos magnitudes que están enfrentadas en eterna enemistad. El pecado quiere herir y matar el amor, pero el amor huye del pecado y lo borra. Por eso afirma Jesucristo: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama” (Jn 14,21). San Juan retoma la misma idea y dice: “En esto consiste el amor a Dios: en que guardemos sus mandamientos” (1Jn 5,3).

Sabemos por el catecismo que el amor es una fuerza capaz de borrar los pecados. La perfecta contrición de amor borra incluso el pecado grave, aunque implica el deber y la intención de someter los pecados cometidos a la “potestad de llaves” de la Iglesia. Cuanto más entrañable sea el amor, tantas más penas temporales serán perdonadas con los pecados. Así interpretan los teólogos lo que dijo el Señor acerca de María Magdalena: “quedan perdonados sus muchos pecados porque ha mostrado mucho amor” (Lc 7,50), como también la frase de san Pedro: “El amor cubre multitud de pecados” (1P 4,8). […]

El amor preserva del pecado

Pero el amor es tan fuerte y poderoso en el santo de la vida diaria que lo preserva de numerosas faltas y pecados, sobre todo de los ocultos arrebatos de aversión, de envidia y de celos. Hay pocos hombres, incluso entre los piadosos, que puedan superar estos tres tipos de falta de amor. La mayoría sucumbe a ellos sin saberlo propiamente. […]

Aversión

La aversión es causa de muchas calamidades en todas partes. Se trata ante todo de un rechazo que se da en el plano de los sentimientos contra lo que se siente como carente de belleza, como feo, contra lo que produce rechazo o parece digno de repudio. Esto puede consistir en un defecto físico, un modo de darse, una falta moral o una limitación y unilateralidad en la forma de actuar o de vivir, una injusticia presunta o real.

Mientras un impulso instintivo semejante no influya para nada en la inteligencia, en la voluntad y en el modo de actuar, o tal influencia no supere lo que puede resultar permitido o deseable de acuerdo a la voluntad de Dios, no puede hablarse de que exista falta moral. No obstante, muy a menudo, cuando no siempre, la aversión instintiva se convierte en una peligrosa guía y consejera. Tiñe el juicio, de modo que la inteligencia exagera en parte motivos existentes, inventa en parte nuevos, y separa ambos grupos de motivos del valor sobrenatural que hace al hombre digno de amor a pesar de sus debilidades. Tales valoraciones erróneas llevan a actos erróneos del corazón y de la voluntad, a disgustarse, desear el mal, hablar mal y hacer el mal al otro, acciones todas injustificadas y contrarias a Dios.

Y hasta existen personas de profunda religiosidad y con un corazón sumamente bondadoso que abrazan a la humanidad entera y que, sin embargo, no logran brindar a las personas concretas que las rodean un trato benévolo y bondadoso. […]

Aunque no formemos parte de esta clase tan marcada de seres desdichados, nuestra dependencia de la aversión es probablemente mayor de lo que pensamos.

Para actuar en contra de esto debemos preguntarnos antes que nada por sus causas. Es posible que esté operando una limitación mental que no es capaz de ver objetivamente, o una falta de fe que deja fuera de consideración la relación de las personas con Dios. Sin embargo, casi siempre desempeña un papel importante una envidia sutilmente oculta o un enamoramiento enfermizo de sí mismo. […]

Envidia y celos

La envidia es la tristeza por un bien que posee el prójimo en cuanto implica un menoscabo o un perjuicio para uno mismo. Dos son, por consiguiente, las características que deben darse: en primer lugar, el envidioso está triste, enojado, contrariado a raíz de un bien que posee el prójimo, por ejemplo, por su patrimonio, por sus talentos, por sus éxitos, por su belleza o por el amor que recibe y el prestigio del que goza por parte de superiores y subordinados… Además, esta tristeza se nutre también del miedo a que se le haga sombra, se lo perjudique o se lo postergue. De celos, en cambio, se habla cuando se teme el perjuicio a raíz de tener que compartir con otros el bien que se posee, por ejemplo, el amor de una persona, o bien, conocimientos, poder, prestigio.

La envidia y los celos no deben confundirse con la tristeza por no poseer bienes semejantes sin por ello envidiar al prójimo, ni con el ánimo de competir que despierta el bien del prójimo, ni con el justificado desagrado de que alguien que no lo merece sea puesto en posesión de un bien determinado.

El santo de la vida diaria tiene ideas y concepciones claras acerca de todas estas cosas, pero cuenta al mismo tiempo con suficiente autoconocimiento como para saber cuán expuesta está al engaño la pobre naturaleza precisamente en estos puntos, ya que todos ellos brotan directamente de un sutil egoísmo y afán de honra. […]”

De: La santificación de la vida diaria (1937), 257-264

  

viernes, 5 de noviembre de 2021

LA MOTIVACIÓN DEL AMOR

Seguimos meditando sobre diversos aspectos de nuestro amor a Dios y al prójimo. Hoy nos invita el Padre Kentenich a recordar el manantial del que brota todo amor, la motivación que nos quiere ayudar en nuestra tarea cotidiana de amar a nuestro prójimo. Las páginas que citamos del libro “La santificación de la vida diaria” nos conducen en nuestra meditación.  

“El mismo Jesucristo, en su respuesta al escriba que le preguntaba por el primero y más importante de los mandamientos, nos aclara ampliamente la motivación que debe tener nuestro amor al prójimo. Nos señala la fuente de la que brota y nos indica sus efectos. De forma breve y concisa afirma el Señor: “El otro (mandamiento) es semejante al primero: amarás a tu prójimo…”. Ya sabemos cómo debe interpretarse la frase. El amor a Dios y al prójimo son, en el fondo, un único amor, son hermanos gemelos. Como dicen los teólogos, tienen un único objeto formal: Dios, aunque su objeto material sea distinto. Por tanto, el amor al prójimo brota del amor a Dios. Queremos procurar colocar esta verdad en un contexto más amplio.

Apropiarse de la perspectiva de Dios

Sabemos por experiencia cuánto depende el juicio que emitimos en la vida cotidiana sobre circunstancias, cosas o personas, del punto de vista desde el que juzgamos. …. En este punto sólo podrá producirse un cambio si asumimos una posición neutral que expanda nuestro estrecho horizonte, trazado por el egoísmo, y nos haga ver las cosas en su verdadera magnitud. La posición debe ser neutral. Por tanto, no la hallaremos ni en nosotros mismos ni en nuestros semejantes. Debemos ir más allá de ambos y colocarnos de forma inmediata sobre el terreno de Dios. De él es de quien reciben las cosas su medida y su peso. En efecto, él es la medida de todas las cosas, también para la estima y valoración de nuestros semejantes. Él los ha recibido como hijos, los ha hecho miembros de Cristo y templos de la Trinidad. De ese modo, estamos ante ellos como ante una maravillosa nueva creación del amor divino. Y cuanto más nos acerquemos a Dios con el entendimiento, la voluntad y el corazón, tanto más se modificará todo ante nuestros ojos. Es que los elementos en los que vive Dios son la luz y el amor. Nos apropiaremos así cada vez más de esos dos elementos, que se convertirán al mismo tiempo en norma para el juicio y la valoración de las obras de sus manos. Dios ama a los hombres, a pesar de sus debilidades, como la niña de sus ojos. Por eso los ha rescatado a un alto precio: la sangre de su Hijo Unigénito. Él los nutre constantemente con su vida divina, a fin de poder recibirlos un día en su comunidad eterna de vida y de amor.

¡Él es el amor! Clemente de Alejandría nos advierte que Dios ha utilizado su omnipotencia y ha creado el mundo a fin de derramar sobre el mundo su bondad y su amor. Según Clemente, somos nosotros, los hijos de Dios, los que tenemos en la creación la posición mejor y más segura. “Más que a todo lo demás ama él al hombre… su obra más hermosa… Como el padre y la madre miran con íntima alegría a su hijo… así mira el Padre del cielo a sus hijos. Él los ama, los apoya, los protege y los llama tiernamente: hijitos míos… Hemos de saber que le pertenecemos, que somos su propiedad más hermosa. Por eso, el hombre debe confiarse a Dios, debe amar a Dios, el Señor, y considerar eso mismo como la tarea de su vida”. Dios nos ama. Nos ha “tatuado en la palma de su mano” (cf. Is 49,16). De su amor está llena la tierra (cf. Sal 119 [118],64). Es una blasfemia pagana afirmar que Dios ya no se ocupa más de los hombres, de su bienestar y sufrimiento. Ni un cabello cae de nuestra cabeza sin su bondadosa Providencia. Y él está siempre dispuesto a perdonarnos. Nos dice, por eso: “Así fueren vuestros pecados como la púrpura, cual la nieve blanquearán. Y así fueren rojos como escarlata, cual la lana quedarán” (Is 1,18). […]

El santo de la vida diaria ama a su prójimo porque y como lo ama Dios. Por eso, su amor se caracteriza también por una grandeza, profundidad y amplitud divinas. Es como el amor de Dios mismo: permanente, solícito, comprensivo, cuidadoso, conciliador y dispuesto a perdonar. Los pequeños problemas y necesidades desaparecen al contemplar las preocupaciones de la gran familia de Dios en la tierra. Despunta así para él un mundo de perspectivas insospechadas y de grandes leyes y constantes. A la luz y en el amor del Dios infinito, las debilidades y torpezas naturales, las imperfecciones morales, los delitos y las ofensas e incluso la misma enemistad aparecen ahora pequeños e insignificantes. El Dios que es todo misericordia no retira su amor a los hombres por todas esas cosas. Su amor no es pequeño y mezquino sino que abarca el cielo y la tierra. Sólo ahora comprende también el santo de la vida diaria toda la profundidad de la frase de san Juan que dice: “Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos” (1Jn 3,14).”

De: La santificación de la vida diaria (1937), 250-252