viernes, 29 de enero de 2021

Principio maternal (1)

Uno de los lectores del Blog se hacía, hace dos semanas, la siguiente pregunta: “¿Por qué el P. Kentenich no vio la necesidad de que las comunidades masculinas tuvieran también un "transparente" de la maternidad en una persona de carne y hueso, como sí vio la necesidad de un padre de carne y hueso para las mujeres?”

Agradezco la oportunidad que me da esto lector para hablar sobre el tema. Lo haré en ésta y en la próxima semana para no alargar mucho la reflexión semanal.

A su regreso del exilio, el P. Kentenich llegó a Roma el 17 de septiembre de 1965 hospedándose en la Casa Generalicia de los Palotinos en la ciudad santa. Días después trasladó su residencia a la Casa de las Hermanas de la Providencia de Maguncia en la misma ciudad. Sabiendo que su estancia en Roma se prolongaría durante un tiempo, invitó a las direcciones de los Institutos a reunirse con él en esta casa. Junto a estos dirigentes coincidían en la casa a veces personas que deseaban saludar al Padre Fundador. A todos ellos el P. Kentenich les dirigía diariamente a las 9 de la mañana una charla. Esto aconteció desde el 17 de noviembre al 21 de diciembre de 1965. Son las conocidas “Conferencias de Roma”.

La temática de las conferencias fue principalmente una reflexión sobre el sentido de los catorce años pasados en el exilio. No fue una respuesta sistemática, sino que se fue adaptando en cada caso a los presentes en la sala ese día, abordando como él decía lo que se encontraba “a la derecha y a la izquierda del camino”. En la conferencia del 4 de diciembre se detuvo a reflexionar sobre el ideal de la nueva comunidad de los Padres de Schoenstatt, la nueva pars motrix et centralis de la Obra, fijándose en aspectos de la comunidad paternal de los padres y en los propios de la comunidad maternal de las madres y mujeres de Schoenstatt. Tratando paralelismos, diferencias y coincidencias. Justamente en la conferencia del 4 de diciembre el Padre se hace la misma pregunta que nuestro lector se hizo el otro día. Lo que es válido para las comunidades femeninas con el ‘principio paternal’, ¿vale también para las comunidades célibes masculinas con un ‘principio maternal’?

Antes de entrar en la lectura de la conferencia del 4 de diciembre en donde el Padre habla del principio paternal y del principio maternal, invito a mis lectores a reflexionar sobre la forma de pensar de nuestro fundador respecto a la interacción espiritual entre los sexos. Conocer la forma cautelosa que el Padre tenía al hablar de la diferencia entre los sexos, puede ayudarnos en la comprensión de los textos que reproduciré y comentaré la próxima semana.

Es un texto que he rescatado de unos apuntes del P. Herbert King sobre “Hombre – sacerdote – mujer – Iglesia”. Dice asÍ:  

“Frente al énfasis que se puede poner al hablar de las diferencias entre los sexos, especialmente frente a delimitaciones y "definiciones" demasiado esquemáticas de lo que es masculino y lo que es femenino, se nota la manera cautelosa de hablar de Kentenich. Usa, por ejemplo, expresiones como estas: "normalmente" es así con mujeres y hombres (223), "en general es así" (223). La mujer actúa "más fácil que", es "más fuerte que" (219). O el hombre o la mujer tiene "un algo más en". O "tenemos tendencias en ambas direcciones" (220) "Así que puede muy bien ser que, por ejemplo, se ponga frente a mí un hombre que tenga una forma de pensar más pronunciada que todas las mujeres que conozco" (222), es decir uno tiene una forma de pensar que "normalmente" se encuentra "más" en las mujeres.

Cuando el P. Kenntenich enumera las características de la mujer, aquellas que le son “más” propias, añade a menudo lo siguiente: “No significa que no se encuentre también en el hombre” (219). O en otra ocasión, dirigiéndose a hombres jóvenes: “En la medida en que ustedes mismos tengan la predisposición femenina” (223). Y en repetidas ocasiones: “El buen Dios no ha reunido la plenitud de la existencia humana en un solo tipo. Él ha sembrado en cada tipo germinalmente la plenitud” (220). Y él aconseja que uno se pregunte (como hombre): “¿Tengo una forma de pensar decididamente masculina o una forma decididamente femenina? …. ¿O se da en mí una adecuada mezcla de ambas?” (225).  "Las cosas se entremezclan. Incluso lo propio de la mujer, sus propiedades estructurales, no las vemos nunca por completo en su nitidez, siempre se mezclan de alguna manera. Y no siempre es fácil determinar la proporción de la mezcla. Pero también a la inversa: lo mismo se puede decir del hombre. Entonces, si alineamos las propiedades aquí y allá, yuxtaponiéndolas, todavía nos quedará siempre la cuestión de la proporción de esa mezcla” (221).”

Los números entre paréntesis se refieren a las fuentes originales de estas citas (creo poder evitarlas en este caso). 

viernes, 22 de enero de 2021

Sacerdocio y paternidad

Mi mujer y yo pertenecemos a una generación de schoenstattianos que no conoció personalmente al Padre fundador. Fueron otros, ellos mismos hijos del Padre, los que nos familiarizaron con su persona, con sus enseñanzas y su misión, fueron transparentes del Padre para nosotros. Recuerdo con cariño al Padre Rudolf Mosbach (ya fallecido), que fue nuestro maestro en los primeros años de formación en el Instituto de familias de Schoenstatt. Sacerdote y padre espiritual que nos ayudó a valorar el mundo sobrenatural en este tiempo de sexualidad, materialismo y secularismo exagerados. Me he acordado de él al leer un testimonio que el Padre Kentenich trae y reproduce en un ‘Estudio’ sobre el principio paternal que él mismo escribiera en el año 1964. Se aprecia en el texto de este testimonio que lo ha escrito una ‘hija’ del Padre.  

“El encuentro personal con el Padre y fundador de nuestra familia de Schoenstatt ha sido significativo y decisivo para mí no solo en el sentido de que pude experimentar la paternidad genuina en el Padre por primera vez, sino también en lo que respecta a su sacerdocio y al sacerdocio católico en general. El hecho de ser padre, la paternidad y el sacerdocio parecen estar tan estrechamente conectados y relacionados entre sí en la persona de nuestro Padre, que uno nunca puede ver al Padre como un padre sin experimentarlo al mismo tiempo como sacerdote, y que uno no puede estar ante el Padre como ante un sacerdote, sin al mismo tiempo sentirse atraído por el resplandor de su paternidad.

Hay algo grande y misterioso en nuestro Padre; son dos aspectos: por una parte, se nota que está firmemente anclado como sacerdote en lo divino y en el mundo del más allá, y por otra parte se experimenta cómo él, con su amor acogedor de padre, desciende a las pequeñas cosas de la vida diaria de sus hijos y con ello los hace tan felices. Cuando aún no conocía al Padre, tampoco sabía de la naturaleza del sacerdocio católico, o al menos no de forma correcta. Creo que me pasaba lo que a la mayoría de los católicos de nuestro tiempo, que no tenía la noción correcta sobre la dignidad y la tarea del sacerdote, y que solo comprendía brevemente el mundo de la fe, al igual que las personas de este tiempo que se contentan con una mirada superficial sobre la Iglesia y la vida religiosa, sin querer llegar al núcleo mismo de esas realidades.

Cuando conocí al Padre por primera vez, fue inmediatamente otra cosa: el Padre, con su amor y a través de la atmósfera sobrenatural que le rodeaba, despertó en mí toda una vida religiosa, lo máximo que yo podía dar, encaminando con ello todo mi interés al buen Dios y al mundo sobrenatural de nuestra fe.

Si hasta entonces, para mí, las creencias religiosas eran sólo un conocimiento abstracto extraído de los libros, en el encuentro con el Padre se convirtieron en mi patrimonio, en realidades adquiridas y experimentadas de forma personal. Cuando el Padre proclama la palabra de Dios, lo hace siempre como padre y sacerdote al mismo tiempo; como sacerdote que es el sembrador de Dios y esparce la semilla de su palabra, y como un padre que parte el pan de cada día para sus hijos, por así decirlo, el pan de la palabra de Dios; como padre también porque el Padre conoce la receptividad y capacidad de asimilación de cada uno de sus hijos, y puede anunciar el mensaje del Dios Padre de forma tal que el corazón de cada uno de sus hijos lo pueda comprender y asimilar. ……A continuación, me gustaría intentar presentar mi imagen del sacerdote católico tal como se formó en mí a través de la experiencia de nuestro Padre. ….

Hace años, Ivo Zeiger dijo que a nuestro mundo y a nuestros tiempos modernos no les faltan oportunidades para conocer y capacitarse en le doctrina moral y religiosa, lo que les falta es que el conocimiento religioso se les ofrezca de manera correcta y atractiva, para que todos los creyentes lo puedan hacer suyo y conquistarlo en paz y profundidad como propiedad personal. Esta es de forma evidente la tarea del sacerdote. Si hoy en día más personas pudieran experimentar a los sacerdotes como personas ancladas firmemente en el mundo del más allá y en el corazón del Padre Dios, si éstos se comprendieran a sí mismos como estandartes del Padre Dios, entonces estaríamos ante una buena semilla. Entonces no caería tanta semilla entre piedras, espinos y abrojos, porque la palabra de Dios iría acompañada del encuentro con el sacerdote como un padre; y allí adonde existe entre las personas un profundo vínculo de amor, allí cada palabra cae en lo más íntimo del alma, siendo así imposible el no escucharla o atenderla. ……”.

  

viernes, 15 de enero de 2021

Principio paternal

Como vimos la semana pasada, nuestro querido Santo Padre Juan Pablo II nos recordaba a los miembros de la Familia de Schoenstatt que “la íntima adhesión espiritual a la persona del fundador y la fidelidad a su misión” son una fuente de vida para el propio Movimiento y para toda la Iglesia. Es evidente que tal adhesión espiritual a una persona pasa por tener un conocimiento de la misma. Conocer es amar y amar es conocer.

El Padre Kentenich tuvo “a lo largo de toda su vida un único gran ideal: Dios y las almas.” El P. Juan Pablo Catoggio en la reflexión sobre el ‘misterio interior’ del Fundador nos dice al respecto: “El P. Kentenich vivió su tarea sacerdotal como servicio paternal a los suyos. Condujo a muchos hombres y mujeres al Padre Dios haciéndoles transparente algo de su sabiduría y amor. Ser padre, como reflejo de la paternidad divina, es el camino necesario para que los hombres recuperen su ser filial y superen la angustiante horfandad de nuestra época.” Y esto se reflejó en su programa pedagógico: la aplicación del principio paternal.

Hoy invito a mis lectores a profundizar en el conocimiento del Fundador a través de la lectura de un artículo que el Prof. Dr. Rudolf K. Weiland, de la Universidad Católica de Eichstätt/Alemania escribiera para el “Schoenstatt Lexikon” (Patris Verlag) sobre el principio paternal. Tengamos en cuenta que, como dice el Dr. Weiland, el principio paternal fue un asunto no muy entendido en su tiempo y que jugó además un papel importante en las visitaciones de la Jerarquía eclesiástica a Schoenstatt en los años cuarenta y cincuenta el siglo pasado. Aquí el texto:

“Partiendo de la paternidad natural, el P. Kentenich observa que las realidades de paternidad y maternidad y las consecuencias que se deducen de ello en la familia natural tienen un significado que va más allá de la propia familia. Por eso funda sus comunidades en analogía con la familia natural y promueve en ellas el espíritu familiar.

Y elabora esto de manera particularmente clara en la posición del padre, que es y debería ser un transparente del Padre Dios. Psicológicamente, esto se constata en el hecho de que la imagen de Dios de cada creyente está formada normalmente por sus propias experiencias paternales, por lo que las experiencias paternales negativas suelen ser un obstáculo para una imagen positiva y sana de Dios.

El P. Kentenich habla del principio paternal en un sentido amplio y en un sentido más estricto y especial.

1. En la Jornada pedagógica de 1951 (Ver: “Que surja el hombre nuevo” – Una psicopedagogía religiosa) se ocupa de la experiencia de una auténtica filialidad (experiencia a posteriori, experiencia antagónica, experiencia de complementación). Entre otras cosas habla de la “vivencia a posteriori de una auténtica filialidad, en un gustar a posteriori la vivencia del padre y de la madre”, que “se concretiza prácticamente” en la “vivencia paternal”. “Esto supone, que Dios me regala un padre, una madre, en quienes pueda vivir a posteriori todo lo que, como niño, no pude vivir o no lo viví en forma satisfactoria.” (Jornada 1951)

Esto requiere mucha paciencia por parte del educador paternal. De manera análoga se aplica al sacerdote, que se ve a sí mismo como un buen pastor y padre, y que debe tener un conocimiento suficiente de las leyes que son válidas en estos procesos. La responsabilidad en todo esto es particularmente grande para el sacerdote, para que sea y pueda ser realmente un transparente del Padre Dios para los que le han sido confiados. Esta mentoría o paternidad espiritual será cada vez más importante y decisiva como actitud responsable del sacerdote en la pastoral del futuro.

2. En sentido estricto y propio, el P. Kentenich habla del principio paternal en relación con los institutos seculares que fundó para mujeres (Hermanas de María, Señoras de Schoenstatt). Durante los largos años de fundación y desarrollo de las estructuras internas y oficiales de los mismos, se dio cuenta de que estas comunidades y su fecundidad solo pueden sobrevivir si el principio materno común a las comunidades de mujeres se complementa con el principio paterno. Sólo así, de acuerdo con la convicción y el deseo del Fundador, se puede materializar plenamente el carácter familiar y asegurar la existencia de estas comunidades sin votos, cuyos miembros sólo están vinculados por un contrato-consagración. La posición de padre que tiene el "director general" o "director espiritual" tiene un efecto vital y legal en diferentes niveles.

El principio paternal, en su novedad y significado, no se entendió fácilmente. También jugó un papel importante en las visitaciones de la jerarquía eclesiástica a Schoenstatt en los años 1949 y 1951-1953.”

  

viernes, 8 de enero de 2021

Construyó su casa junto al Vesubio

¡Feliz y santo año 2021! En estos días pasados, de intimidad familiar en el ambiente navideño del misterio de Belén y de recogimiento obligado por las circunstancias sanitarias conocidas, he tenido la ocasión de reflexionar sobre el año que pasó. Los hijos del Padre Kentenich, su Familia de Schoenstatt en todo el mundo, han tenido que hacer frente no sólo a la pandemia del Covid sino a las noticias que sobre el Fundador han aparecido en la prensa y su repercusión en el proceso de canonización del mismo.

Justo en este contexto he recordado las palabras que el amado Papa Juan Pablo II nos dijo a los miembros de la Familia de Schoenstatt reunidos con él en el Aula Pablo VI el veinte de septiembre de 1985. Mi esposa y yo estábamos allí, era un viernes. Recuerdo perfectamente sus palabras:

“La experiencia secular de la Iglesia nos enseña que la íntima adhesión espiritual a la persona del fundador y la fidelidad a su misión – una fidelidad que está siempre de nuevo atenta a los signos de los tiempos – son fuente de vida abundante para la propia fundación y para todo el pueblo de Dios … Vosotros habéis sido llamados a ser partícipes de la gracia que recibió vuestro fundador y a ponerla a disposición de toda la Iglesia.”

En una reflexión del P. Juan Pablo Catoggio sobre el misterio interior del Fundador podemos leer que “la medida de la misión determina la medida de la cruz. …. Su camino es un largo via crucis, lleno de renuncia, dolor y sacrificio. Una constante que se repite en los grandes santos y fundadores, a lo largo de toda la historia de la Iglesia”. Como ejemplo y muestra de esta actitud de fe y entrega, el P. Catoggio cita parte de una carta que el Padre Kentenich escribiera desde el exilio a uno de sus compañeros de Dachau, el P. Fischer:

“Usted cree que sufrí muchas y enormes desilusiones en mi vida. Es un gran error. Cuando uno se dispone a no esperar nada y a regalar todo, la vida se llena de sorpresas. Si observa cuánto amor me rodea - a pesar de los terribles golpes de parte de la autoridad - y cuánta fidelidad se me brindó en todas las situaciones, entonces deberá admitir que quizás no haya ningún hombre en el mundo - al menos no muchos - que hayan sido y sean tan mimados como yo. Cruz y dolor pertenecen a toda vida. Y tratándose de una obra de tal envergadura como la nuestra, me parece que el precio del rescate pagado es sumamente bajo, por lo menos en lo que a mí concierne.

Nunca me confundí o me sentí inseguro frente al camino a seguir, nunca estuve agriado o amargado. Incluso una y otra vez, tuve oportunidad de tener algo de consideración con mi cuerpo, a pesar de las continuas ocupaciones que me tomaban hasta parte de la noche. Cuanto menos necesidades se tiene, con más gratitud se recibe cada amabilidad, y cuanto más libre se es ante los hombres, tanto más se los atrae hacia sí, aunque uno no se lo proponga.

Usted se asombra además de que yo esté todavía en pie, y que - en tanto los decretos así lo permitan - sostenga firmemente las riendas en mis manos y dé indicaciones estratégicas en todas direcciones, como si viviésemos en perfecta paz. No debe olvidar que Schoenstatt es un hijo de la guerra, nacido en la guerra, nutrido y criado en la guerra, y destinado a encender en todas partes la antorcha de la guerra y a guerrear. Las expresiones de este tipo no deben ser consideradas como frases huecas. Reflejan realidades. Quien conoce su vida según la ley ordo essendi est ordo agendi (el orden de ser determina el orden de actuar) es feliz cuando las balas silban en sus oídos o, expresado de manera moderna, cuando estalla la bomba atómica. Usted conoce la frase de Nietzsche, que uno debería poder construir su casa junto al Vesubio. Yo tuve que hacerlo desde mi infancia, por eso no me molesta la lava que el cráter expulsa abruptamente. Si el alma reposa en total santa indiferencia, se siente tan bien como cuando reina buen tiempo.”

Sabemos que el Vesubio sigue en actividad – lo hemos experimentado en el año que pasó -, y que la lava intenta destruir nuestro hogar. Una gracia pido al Señor para el año que acaba de comenzar: “que, como hijos del Padre, nuestra alma repose en total y santa indiferencia”. Así nos sentiremos tan bien como cuando reina el buen tiempo. 

viernes, 18 de diciembre de 2020

Cristo, sentido de la historia

Nos encontramos en la víspera de Navidad, y con ello finalizando el año actual. Como última reflexión del año 2020 quiero fijarme con el Padre Kentenich en la figura de Cristo, señor de la historia y presente en todo lo creado. El texto escogido es un extracto de una carta que el fundador escribiera desde Buenos Aires a su Familia de Schoenstatt, con ocasión del 18 de octubre de 1949 (Ver: Cristo es mi vida, J.K.).

Son palabras que nos recuerdan la visión cristológica de todo lo creado. Se trata de descubrir y representar a Cristo en todas las situaciones. Esto ocurre entre los cristianos de forma consciente y expresa. Podríamos decir, por ejemplo, que el nacimiento de un niño es una indicación al nacimiento de Jesús de su madre María. La foto de una familia, y principalmente la familia misma, es una imagen de la Sagrada Familia. Cristo está presente en la vida de los cristianos, presente en la vida “natural”, en la vida “terrenal”, aunque muy a menudo en una “envoltura misteriosa”. Y no es sólo de forma sobrenatural.

Pero también en los no cristianos, en los paganos, se hace Cristo presente como “logos spermatikós” (como semilla de la Palabra). Es ésta una expresión de los antiguos Padres de la Iglesia que nos está diciendo, que el Logos, Cristo, se ha esparcido, está presente, como semillas por todas partes, incluso fuera de la Iglesia.

También debemos interpretar los “signos de los tiempos” como señales de Cristo. Hay acontecimientos y corrientes de vida que son especialmente unos “transparentes” de Cristo, son una señal que nos marcan el camino hacia Él. Veamos cómo lo expresa el Padre Kentenich:  

“El sentido de la historia es la preparación, continuación, perfeccionamiento y consumación de la historia de vida de Jesús, orientada a alcanzar una perfecta unión de amor con Dios Padre. El tiempo que precedió a Cristo es el tiempo de preparación a su venida, anunciada ya con claridad en el protoevangelio (Gen 3,15). El tiempo que lo siguió es el de la misteriosa repetición de cada una de las etapas de su vida, tanto en determinadas personas como en generaciones enteras.

Unas veces es la imagen de Jesús Niño la que predomina en el plano del individuo y de la sociedad, imprimiéndoles sus rasgos; otras veces se trata del Señor que enfrenta a sus adversarios y lucha. Ora se repite de manera palpable el espanto del Gólgota, ora el júbilo de la mañana de Pascua.

El primer hombre debió abandonar el paraíso y encaminarse hacia el destierro, llevando consigo, en el corazón, el anhelo del paraíso perdido. Ya en ese momento se le unió Cristo, con el protoevangelio en su mano, y no habría de abandonarlo nunca más, ni a ese primer hombre ni a toda la posteridad que surgiría de su simiente. Como "logos spermatikós" (semillas de la Palabra) sigue a los paganos, y acompaña a los cristianos envuelto en un misterioso velo. Aquí prepara el Adviento o la Navidad, aunque sean pocos los que vengan a adorarlo, aunque sean pocos los que estén dispuestos a ofrecerle oro, incienso y mirra. Allá vuelve a vivir sus años de Nazaret. Lo hace en todo lugar donde haya familias cristianas que lo reciban en su seno. En los sacerdotes y en los laicos, Jesús recorre el mundo predicando y curando. En todas partes su palabra y obra exigen en forma inexorable una decidida opción.

El Señor revive misteriosamente su pasión en todos los que, como san Pablo, completan en su carne lo que le falta a las tribulaciones de Cristo (cf. Col 1,24); en aquellos que guardan silencio cuando la turba les grita con salvaje insistencia a los Pilatos de turno: "¡Crucifícalo!"; en los que no desmayan cuando otros Judas los traicionan y los venden por treinta monedas de plata. Día tras día, el Señor celebra la Pascua aunque sólo haya un puñado de testigos fieles de su resurrección y de su glorioso triunfo. Y les envía el Espíritu Santo a todos los que oran y parten el pan con perseverancia.

Todas las tribulaciones de la vida y del acontecer del tiempo se resuelven en Cristo. Hablamos de tribulación cuando las débiles fuerzas humanas entran en conflicto con poderes más fuertes y superiores y se derrumban en la lucha, pero de tal manera que de la derrota fluye bendición abundante. En este sentido, los teólogos dicen que en Cristo el "mysterium iniquitatis", el misterio de iniquidad, se transforma en "mysterium gratiae", en misterio de gracia.”

Aprovecho la oportunidad para saludar y agradecer a todos mis lectores, deseándoles una feliz y santa Navidad y un nuevo año 2021 muy bendecido. En estos tiempos de incertidumbre que nos ha tocado vivir, rezo con el Padre Kentenich una oración que él escribió en el campo de concentración de Dachau al saber de la destrucción de la ciudad de Koblenza por los bombardeos de la guerra en el año 1944 (Ver: Libro de oraciones ‘Hacia el Padre’, pág. 176):

En grandes pesares y amargos dolores,

no obstante mis faltas y culpas,

benigna escuchaste mi oración,

mi súplica filial.

…..

Aunque se desplome el mundo,

lleno de confianza,

mi único norte

será cumplir con fidelidad

el querer del Padre.

 

A través de tinieblas

y tiempos de caos,

de tu mano, Madre,

Él me guiará

hacia el hogar,

la patria del cielo.

 

viernes, 11 de diciembre de 2020

Seguro contra el espíritu mundano

Invito a mis lectores a reflexionar sobre las palabras que hoy traigo al Blog; son una continuación a las de la semana pasada (Niños ante Dios, Págs. 365 y ss). Pienso que, aunque dichas por el Padre Kentenich a miembros de una comunidad de sacerdotes, son válidas también para todos los que viven en un instituto o comunidad de vida consagrada.

“Al estudiar la historia de la Iglesia, la historia de las órdenes y de la Iglesia primitiva, notamos el afán de huir del mundo, de escapar del lazo del espíritu mundano. Se quería huir del mundo. ¿Por qué razón? Porque se era consciente de lo difícil que es evitar el espíritu mundano. No se deseaba abandonar el mundo por el mero hecho de estar fuera de él, sino para abrazar la sapientia coelestis. ….. Así se explica también el serio empeño de arraigar en las comunidades religiosas la sapientia coelestis. Sabemos que a menudo se fracasa en este intento y que en el convento se vuelve a encontrar, y con mayor intensidad, el mundo que se creía haber abandonado definitivamente. Pregúntense si su Instituto no es también un medio para huir del espíritu mundano. ….

Nuestra tarea: eliminar la raíz de la sabiduría no santa

¿Qué hacer para detectar y excavar el manantial de la sabiduría santa? Permítanme plantearles una serie de imperativos. En primer lugar, tenemos que esforzarnos seriamente por eliminar de nuestra alma la raíz de la sabiduría no santa; y, en segundo lugar, esforzarnos de manera lúcida y efectiva por conquistar la raíz de la sabiduría santa.

Les propongo dos pensamientos, uno a manera de fundamentación de este imperativo y el otro como explicitación de sus efectos.

Fundamentación

¿Por qué hay que eliminar en nosotros la sabiduría no santa? Les doy dos razones para ello. Son plenamente comprensibles, de allí que sólo bastará mencionarlas.

En primer lugar les pregunto si acaso no tendríamos derecho de interpretar las palabras de Jesús: "Si no os convertís…" como: "Si no elimináis la raíz de la sabiduría no santa…". Comprueben desde el punto de vista de la exégesis bíblica por qué nuestra interpretación sería válida.

En segundo lugar les recuerdo la ley de oposición: no puedo considerar a Dios como el sumo bien y al mismo tiempo adorar a la criatura como tal. Si al hacernos niños exigimos de nosotros una entrega total de nuestro ser a Dios, de ese modo queda excluido todo lo que llamamos sabiduría no santa. ….

Creo que en otra oportunidad les decía que la tragedia de la Iglesia de hoy no reside tanto en que los malos sean malos sino en que los buenos no se esfuerzan por ser plenamente buenos. Aplicado ahora a la vida de las comunidades religiosas y de los sacerdotes en general: la tragedia consiste en que nosotros deberíamos ser hombres de élite en virtud de nuestra vocación y sin embargo no tenemos el coraje de ser totalmente buenos, sino que hacemos demasiadas concesiones a la mediocridad o, dicho más concretamente, hacemos demasiadas concesiones al mundo. Así pues, queremos estar sentados en dos sillas, lo que jamás nos resultará cómodo. Sería mucho más simple sentarse en una sola silla, aun cuando ésta fuese "el mundo".

Comprueben cuán peligroso es vivir hoy. ¿Por qué? Porque el mundo intenta atraparnos con miles y millones de tentáculos. Nuestro mundo ha creado un mercado de consumo; pensemos por ejemplo en la radio, el automóvil, etc., cosas que naturalmente pueden ser "bautizadas" y servir a Dios y al espíritu de oración. Pero fíjense cómo en nuestros días en todas partes se nos procura seducir con propaganda en favor del consumo y del consumir. En la actualidad es muy difícil permanecer en el mundo y no ser víctima del espíritu mundano. …… Los santos solían comparar el mundo y el espíritu mundano con una telaraña: quien cae en ella queda atrapado y no sale más, tal como le sucede a la mosca. La hazaña consiste en estar rodeado continuamente por esa telaraña y sin embargo no enredarse en ella. Asuman esa difícil tarea; recuerden que no es posible servir a Dios y a las riquezas (Mt 6,24), ni considerar al Espíritu de Dios y a la vez al espíritu mundano como valor supremo. Debemos ser íntegros: al pan, pan y al vino, vino. Esto no vale sólo para nosotros como comunidad, sino para todo aquel que quiera llegar a la santidad.

¿Quieren además una tercera y cuarta razón por la cual arrancar las raíces de la sabiduría no santa? Somos hijos del Padre y por eso tenemos que hacer nuestros los valores del Padre. ¿Qué dice san Pablo sobre el Padre del cielo? La sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios (1Cor 3,19). Si soy pues hijo del Padre, deberé hacer míos los valores del Padre.

Pero hay una razón más: si soy hermano y miembro de Jesús, sus valores tendrán que ser también los míos. ¿Cómo actuó el Señor frente a ese espíritu mundano? Su vida fue una rotunda, una enorme protesta contra todo lo que significa el término "mundo" en su acepción negativa.”

  

viernes, 4 de diciembre de 2020

Sabiduría celeste y sabiduría mundana

 El Padre Kentenich es lo suficientemente realista cuando nos habla de la vinculación a lo creado. Su postura es crítica pero no ingenua. Después de leer los textos de las últimas semanas, el texto de hoy nos parecerá extraño, pero son palabras que surgen también de lo más íntimo de su alma. Existe una gran tensión en el pensar del fundador. También en lo que dice. Y aunque el texto escogido es parte de unos ejercicios espirituales para sacerdotes (Niños ante Dios, Págs. 365 - 367), lo expresado es válido también para todos aquellos que aspiran a la perfección cristiana, para todos nosotros.

“¿Cuál es la fuente de la filialidad? La sabiduría santa. …. Lean por favor la epístola de Santiago. ¿Cómo caracteriza Santiago la sabiduría? Nos habla de una sapientia coelestis y de una mundana (Ver Sant 3,15; 1Cor 1,24; 2,7; 2Cor 1,12). Pasemos ahora a interpretar lo que nos dice Tagore sobre la sabiduría santa.

Sapientia coelestis

En sentido bíblico, la sabiduría santa es la sapientia coelestis. ¿Cómo tenemos que representárnosla? Es la sabiduría que Dios nos muestra como el sumo bien y que nos da fuerza para aspirar a ese sumo bien con todos los medios y alejar de nosotros todo lo que ofenda o procure una menor alegría a ese sumo bien. …. Jesús nos enseña la sapientia coelestis cuando nos exhorta a buscarla como si fuese un gran tesoro escondido en el campo (Mt 13, 44). San Pablo a su vez nos instruye en esa sapientia coelestis cuando describe su propio pensar y querer: "Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo… y lo tengo como basura para ganar a Cristo" (Flp 3,7ss.). He aquí el sentido amplio y profundo de la simplicidad de la cual mana la fuente de la sabiduría. La entrega total de sí a Dios y a Cristo es una donación total de la persona. Entrego todo. Observen el planteo de san Pablo, cómo él considera a todo lo terrenal como basura; y todo lo que es basura es evidentemente un no valor destinado a ser arrojado. ¿Para qué? Para ganar a Cristo… sapientia coelestis.

Meditemos el caso de san Francisco: despreció las riquezas terrenales para ganar al Padre del cielo y a Cristo. ….

Sapientia mundana

Santiago llama sapientia mundana a la sabiduría no santa. Repasemos lo que nos dice la exégesis sobre el concepto "mundo". … Creo que desde el punto de vista bíblico podemos considerar e interpretar el concepto "mundo" en dos sentidos.

Por "mundo" entendemos en primer lugar los hombres malos y sus principios malos. De ahí que esté escrito: "Nolite conformare huic mundo" (Ver: Rom 12,2: “No os acomodéis al mundo”). No debemos acomodarnos al mundo, ni a los principios malos y ofensivos de Dios que sostienen ese mundo y los hombres de mentalidad mundana.

En segundo lugar, mundo puede significar todo lo creado, lo terrenal, lo creatural, pero sólo en la medida en que ejerzan una influencia negativa sobre nosotros, o bien pretendan esclavizarnos. Por eso mundo significa también todo lo que me quiere y puede ligar a sí de manera desordenada. Y con este sentido lo emplea san Juan: "No améis al mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Puesto que todo lo que hay en el mundo —la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas— no viene del Padre, sino del mundo."(1Jn 2,15). En este pasaje mundo se refiere entonces a las cosas terrenas, creadas, en tanto que pueden suscitar y fomentar en nosotros tres apetitos: avaricia, lujuria y ambición de poder.

Ese afán de las cosas mundanas se puede proyectar de tres maneras. Santiago (Ver: Sant 3,15) nos ofrece los siguientes términos: sapientia terrena, sapientia animalis y sapientia diabólica, o bien sabiduría terrena, sensual y diabólica.

Sapientia terrena

¿Qué significa sapientia terrena? Es la dependencia desordenada de bienes materiales económicos. Apegarse a las cosas terrenas, dejarse seducir y atraer por el mundo; es dejarse guiar y conducir por una sabiduría que no es la sapientia coelestis, fundada en la filialidad, sino la sapientia terrena, expresión de puerilidad.

Sapientia animalis

En la Sagrada Escritura aparecen a menudo estas palabras, también en los escritos de san Pablo: el hombre terrenal, carnal, el homo animalis, el que no entiende lo que es el Espíritu de Dios. El homo spiritualis es quien comprende todo (Ver: 1Cor 2,14). La sapientia animalis es una sabiduría que busca ansiosamente los placeres de los sentidos. Vale decir que es un apego desordenado a los placeres sensibles y mundanos y no tanto a las posesiones.

Sapientia diabólica

Es el anhelo desordenado de valer, de dar rienda suelta a la ambición de poder. Repasen personalmente estas ideas y sopesen palabra por palabra; así comprenderán rápidamente los contextos psicológicos. ¿Cuál es el punto de intersección, la encrucijada donde confluyen las distintas ramificaciones de la sapientia mundana? Todas coinciden en considerar como sumo bien no a Dios sino a algo no divino o anti divino, a algo creado; y esto supone una completa inversión de la verdad.”