viernes, 28 de febrero de 2020

Poder en blanco e Inscriptio en la espiritualidad de Schoenstatt


Como habrán podido comprobar mis lectores, el Padre Kentenich viene hablando en las últimas semanas de este trimestre de 1957 de la cruz, del dolor y del sufrimiento. En el texto que hoy comentamos, constatamos cómo los matrimonios que sellaron su alianza de amor en el Santuario y que avanzan de su mano en el camino ascético y de santidad que el Padre les muestra y sugiere, se preguntan cuál debe ser su actitud ante la cruz y el sufrimiento. Se están preparando para renovar su alianza.

En una de sus pláticas pasadas les había indicado que el buen Padre Dios nos envía las cruces y el sufrimiento para liberarnos de nosotros mismos, para ayudarnos a conocernos mejor, y también para que lleguemos a ser más bondadosos y humildes, desprendiéndonos de lo terreno y poniéndolo a Él en el centro de nuestra vida, confiándonos más de Él que de nosotros mismos. Y consecuentemente para plasmar su imagen en nosotros.

Para avanzar en el camino emprendido (nuestra actitud ante la cruz) les presenta esta tarde una oración incluida en el libro de oraciones “Hacia el Padre” (compuestas en el Campo de concentración de Dachau) que el Padre Kentenich publicó el 20 de septiembre de 1945, y que reza así:

“Te pido todas las cruces y sufrimientos
que tú, Padre, me tengas preparados.
Libérame de todo egoísmo,
para que pueda satisfacer tus más leves deseos;
hazme semejante, igual a mi Esposo;
solo entonces alcanzaré la felicidad y la plenitud.

Nunca habrá nada, Padre, que no puedas enviarme;
haz todo lo necesario para doblegar mi yo:
únicamente Cristo viva y actúe en mí,
y yo en él solo te cause alegrías.
Padre, nunca me mandarás una cruz o un dolor
sin darme abundantes fuerzas para soportarlo.

En mí el Esposo comparte mi carga entera
y la Madre vigila: así somos siempre tres.
Pero si tu voluntad es preservarme del dolor,
solo quiero complacer tus deseos de Padre;
entonces te pido: aparta de mí la adversidad;
para mí tú eres la única estrella de vida.”

Podemos suponer que los allí presentes, padres de familia, objetaron diciendo: la petición de cruz y sufrimiento no es para nosotros, pues tenemos que cuidar de nuestras familias. Ante tales pensamientos, el Padre Kentenich les dice que la santidad consiste en amar a Dios y cumplir siempre su voluntad. Al avanzar en esta dirección nos esforzamos por olvidarnos de nuestro propio yo y damos a Dios el “poder en blanco”, renovando nuestra alianza en este sentido. Es la actitud de aquel que ‘extiende o firma un cheque en blanco’ para que se haga la voluntad del que lo recibe. Como María en su “Fiat” – “Hágase” de la Anunciación, un acto de confianza. Haciendo el “poder en blanco” queremos asemejarnos a Él y cumplir su voluntad, confiando plenamente en el Padre bueno que nos ama incondicionalmente. Entregar la propia voluntad para cumplir con la voluntad suya, la voluntad divina. En esto consiste la santidad.

¿Y qué es la “Inscriptio” entonces? ¿De qué se trata? Al renovar la alianza en el sentido de la “Inscriptio” pedimos a Dios que nos envíe la cruz y el sufrimiento si está en sus planes. La palabra ‘Inscriptio’ está tomada de San Agustín. Éste habla de ‘Inscriptio cordis in cor’, que significa inscripción del corazón en el corazón de la persona amada, con otras palabras: “fusión de corazones”. La meta de la santidad sería pues asemejarnos plenamente a Cristo crucificado en su entrega confiada a la voluntad del Padre.
La ‘Inscriptio’ presupone una imagen positiva de Dios en nosotros, siendo entonces la forma más sublime del amor. “El amor es tan fuerte que puede incluso imaginarse que el sufrimiento proveniente de la persona amada sea expresión de amor. Se trata de una actitud capaz de pedir sufrimiento si el amor así lo exigiese. Detrás de ello está la convicción de que nada puede destruir el amor.” (Textos pedagógicos, King, N. 5, Nota 17).

Para ayudarles en la comprensión de este camino, el Padre Kentenich recuerda a sus oyentes también que la persona por naturaleza tiene siempre una postura negativa ante el dolor. Es normal. Por eso, en comparación con el ‘poder en blanco’, la ‘Inscriptio’ pone el acento en una aceptación consciente, se pide el dolor y la cruz siempre y cuando estén en los planes de Dios. La ‘Inscriptio’ no es un acto de rendimiento y eficacia propias, de autosuficiencia, sino la ayuda sicológica para vivir en plenitud el ‘poder en blanco’. La actitud de ‘Inscriptio’, si Dios nos la regala, es la gracia que nos quita los miedos y nos hace plenamente libres. De todo ello deducimos que la ‘Inscriptio’ es en realidad un don, no un mérito o aportación nuestros. Con el ‘poder en blanco’ y con la ‘Inscriptio’ se pone de manifiesto la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Resumiendo: Si renovamos la alianza en el sentido del ‘poder en blanco’ y vivimos en ese espíritu, nos acercamos a la santidad, es la santidad. La ‘Inscriptio’ es solo un medio a fin de superar el sentimiento de rechazo a la cruz y el sufrimiento que naturalmente sentimos. Si Dios nos lo pide, la renovaremos con este espíritu en el anhelo de vivir la "fusión de corazones" con Cristo y con su Madre. 
Al final de su charla les recuerda también que Dios puede no enviarnos la cruz, pero que, si nos la envía, nos dará también la gracia para cargar con ella. ¡Para eso es Padre!

viernes, 21 de febrero de 2020

Dios es Padre, Dios es bueno, bueno es todo lo que él hace


En la amplia charla del lunes 7 de febrero de 1957 que comenzamos a repasar el viernes pasado, el Padre Kentenich aborda varios temas de importancia, entre ellos la visión que tenemos, o no tenemos, de Dios como Padre. Si lo pienso bien, me doy cuenta qué ausente está la figura del padre en general, no sólo en la sociedad sino incluso en la iglesia, p. ej. en las homilías dominicales.

Sabemos que para el fundador de Schoenstatt el tema del padre fue recurrente y de suma importancia. Desde los primeros años de su juventud y de su labor pastoral había constatado que “la tragedia del tiempo moderno es en el fondo la tragedia del padre” (1961), y así se lo dice a las familias de Milwaukee en otra ocasión al hablar de la “creciente desaparición del padre y de la autoridad paternal” y al constatar la “rebelión contra el padre en la Iglesia, en el estado y en la estructura jerárquica de la familia” (1961). La profecía se ha cumplido: en verdad que vivimos en una época sin padre, sin figuras paternales que como transparentes de Dios regalen a sus hijos una vivencia filial. Y por ello nos cuesta dirigirnos a Dios como el Padre nuestro, que lo es.

En el texto de la charla de esta tarde de lunes constatamos el esfuerzo que hace el Padre Kentenich por llevar a la mente y a los corazones de los presentes el tema de Dios como Padre. Por ejemplo, en estas dos frases:

“Pienso que tendría que decir todavía un poquito sobre el Padre Dios a fin de que interiormente se les reduzcan un poco algunas dificultades. Ya les he dicho mucho acerca del Padre Dios y también sobre su misericordia. Reitero mi promesa: ¡no cejaré hasta que todo el corazón y también la cabeza hayan dado un giro de 180°! Naturalmente, solo puedo hacerlo de a gotas, gota a gota, hasta que tengamos una imagen totalmente nueva de Dios. Entonces adquiriremos una imagen totalmente nueva de la historia, una interpretación nueva de la historia. De otro modo no entenderemos a Dios; si no tenemos presente esa imagen (la de Dios como Padre), no entenderemos la conducción del mundo y de la Iglesia.”

Y lo argumenta refiriéndose a Jesús, el Hijo del Padre, de esta forma:

“El Salvador nos ha dicho: «Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre». Ahí tienen la gran corriente de vida del Salvador: salir del Padre, pasar por este mundo, regresar al Padre. Esta es también la historia de mi vida: salir del Padre, pasar por los enredos del mundo, regresar al Padre. ¿No dijo acaso el Salvador: «Os prepararé un lugar junto al Padre»? ¿Qué quiere decir eso, entonces? Es la corriente de mi vida: vengo del Padre, voy de regreso al Padre.”

Y al referirse al otro gran tema de la velada, el dolor y el sacrificio, abunda en la idea de que el amor del Padre Dios con nosotros es un amor misericordioso, que también sabe enviarnos la cruz y el sufrimiento para nuestro bien. Hace hincapié en la idea de que el padre sólo quiere lo bueno y el bien para el hijo.

“Ahora solo quiero responder a la siguiente dificultad: «todo lo que pidáis al Padre os lo dará» —eso no puede ser cierto—. La experiencia dice que, muchas veces, Dios no nos escucha. ¿Dónde está la solución? ¡En la palabra «Padre»! Por favor, fíjense ahora en la vida habitual, cotidiana. Supongan que ustedes son el padre, y que su hijo —podrá ser un niño o una niña— les pide esto o aquello; por ejemplo, quiere pan. Enumeren todo lo que necesita un niño. ¿Cuál será la respuesta? ¡Por supuesto: sí! ¿Pero qué se presupone? Que eso hace bien al hijo.
¿Qué creo yo? ¡Dios es Padre, Dios es bueno, bueno es todo lo que él hace!”

En lo más íntimo de mi ser siento que la inquietud del Padre Kentenich sigue teniendo hoy más validez que nunca. Él decía que “el renacimiento del padre es y permanece siendo la inquietud más importante de la renovación del orden social cristiano” (1952). A nosotros, los padres cristianos de hoy, se nos da la tarea de, a pesar de todo y justo por ello, llevarlo a cabo.


viernes, 14 de febrero de 2020

La alianza de amor y el camino de santidad


En la reunión con los matrimonios de este lunes el Padre Kentenich toca varios temas de gran importancia, y por ello he decidido abordarlos en varios comentarios. Hoy me limitaré a uno de los mismos, y que resumo con esa frase suya que les dice al principio de la charla: “tenemos que vivir en serio la alianza de amor, la perfecta disponibilidad mutua”. Recordamos que se acababa de cumplir un año desde que los miembros del grupo habían sellado su alianza de amor con la santísima Virgen.

La alianza de amor lleva a los contrayentes de la misma a una actitud de disponibilidad mutua. ¿Qué significa ésto? Dios nos regala por las manos de su Madre todo su poder, su sabiduría y su bondad, sobre todo bajo el título de su misericordia. Y a la vez nos pide nuestra disponibilidad. Sabiendo de nuestras debilidades, María asume en ese momento de la alianza su tarea de educarnos, de ayudarnos en el camino hacia su Hijo Jesús, en el camino de nuestra santidad.

Al recordar a los matrimonios lo que ocurrió en el acto de la primera alianza de amor en el Santuario de Schoenstatt aquel 18 de octubre de 1914, el fundador repasa alguna de las claves o ideas centrales del momento, en especial los deseos o peticiones de María a los congregantes que en aquel día que querían sellar la alianza de amor con Ella.
Les cita, por ejemplo, aquella frase del libro de los Proverbios que él puso en la boca de María durante su alocución a los congregantes allí presentes: “Ego diligo, me diligentes” – “Yo amo a los que me aman, y los que me buscan con diligencia me hallarán”. (Prov 8, 17)    

“¿Saben que otra cosa dice en el ‘Acta de fundación’? Ego diligentes me diligo: yo amo a los que me aman. ¿Qué significa esto? Se trata, en efecto, de una alianza de amor. Por tanto, amo a aquellos que han sellado la alianza de amor conmigo. Pero la santísima Virgen no se contenta con que la hayamos sellado. Ella sigue adelante: probadme que la habéis sellado conmigo. Y allí está muy claro: lo demostraréis poniéndoos las más altas exigencias. Las más altas exigencias: no solo un poquito —hacer, por ejemplo, una peregrinación—. No: queremos lo supremo, lo más alto. ¿Qué es esto? Santidad de alianza.”

Ella es por tanto nuestra educadora, la maestra que nos acompaña y ayuda en el camino de nuestra santidad. Una santidad, que ya en ese día de la primera alianza muestra los pilares esenciales del camino a recorrer, y que debe caracterizar nuestra andadura en Cristo.

“Ella determina con precisión la peculiaridad de esta santidad. ¿Qué tipo de santidad es esta? Ya lo hemos oído a menudo: piedad o santidad de alianza; segundo, santidad de la vida diaria; tercero, santidad del instrumento.”

Sabemos que la historia de la salvación es un camino de alianza que Dios va haciendo con el hombre. Por eso el Padre Kentenich dirá en otra ocasión: “Nuestra alianza de amor es una forma concreta y original de la alianza que Dios selló con el hombre en el Paraíso y que quiere llevar a cabo en la historia de salvación del mundo”. La espiritualidad o santidad de alianza es en el fondo una espiritualidad de amor. El beato Johannes Duns Scotus (teólogo franciscano del siglo trece, enterrado en Colonia) decía: “Deus quaerit condiligentes se” = ‘Dios busca, Dios crea creaturas a las que poder amar, y que amen con él lo que él ama y como él ama’. La alianza de amor, en nuestro contacto con María, despierta en nosotros y desarrolla el amor personal y el contacto con las tres personas de la Santísima Trinidad, meta y fin de nuestra vida de santidad. María nos enseña a amar.

Una santidad también de la vida diaria. Santidad que destaca esa armonía agradable a Dios entre la vinculación profundamente afectiva a Él, al trabajo y al prójimo en todas las circunstancias de la vida. Una vida cristiana que no se conforma con el cumplimiento del domingo, sino que vincula la religión y la cultura, la vida religiosa y la vida diaria de trabajo y de relaciones personales. Es un estilo de santidad que se anticipa a los anhelos del Concilio Vaticano II que declara que todos los cristianos estamos llamados a la santidad.

Una santidad finalmente que apunta y destaca el aspecto y la dimensión apostólica de este camino. Un santo que se ofrece, que ofrece toda su disponibilidad a Aquel que lo envía. El que ha sellado la alianza de amor con la santísima Virgen se pone enteramente a disposición de la Madre y Reina, anhela estar disponible cien por cien para sus deseos, y vivir de tal manera que “los que nos miren te vean”, como dice la frase conocida en la familia de Schoenstatt. Somos instrumentos en sus manos. Dimensión apostólica, al fin y al cabo.
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viernes, 7 de febrero de 2020

La alianza de amor: punto de inflexión y centro de nuestra vida

El día 2 de febrero de 1957 fue sábado, pero las familias de Milwaukee se reunieron con el Padre Kentenich para celebrar con él el primer aniversario de su alianza de amor. La plática de este día puede servirnos como base para un día de reflexión o un día de retiro (¿el retiro de cuaresma de este año?), en el que también aquellos de nosotros que sellamos un día la alianza de amor con María en el Santuario de Schoenstatt nos preguntemos lo que el fundador preguntaba ese día a los matrimonios presentes en el Santuario: ¿qué nos ha traído realmente la alianza de amor en los días y meses pasados desde que la selláramos en aquel día tan especial?

La propuesta para la reflexión fue (y es) la siguiente: la alianza de amor se ha convertido poco a poco en el punto de inflexión de nuestra vida y comienza ahora a expresarse y a tornarse en el centro de toda nuestra vida.

“¿Qué significa que se ha convertido en un punto de inflexión? Sabemos lo que indica la palabra: un giro que nos aparta del propio yo, del pensar puramente natural, del mundo, y que nos orienta hacia el mundo y la realidad sobrenatural, trascendental. ….. Ustedes saben cómo hemos expuesto la alianza de amor en el último tiempo. Hemos dicho que consiste en una perfecta disponibilidad mutua. Consideren lo siguiente: ¿se ha puesto la santísima Virgen a nuestra disposición en el curso de los doce meses? ¿Qué ha puesto ella a nuestra disposición? Se ha puesto ella misma, ha puesto toda su personalidad a nuestra disposición. Ahora comprendemos mucho mejor la persona de la santísima Virgen, toda su grandeza, su misión en el mundo y en la Iglesia —muy en general, pero también desde Schoenstatt—. De modo que ella nos ha desvelado su persona, nos ha desvelado su misión.”

Nuestra reflexión personal quiere llevarnos a descubrir y valorar en nuestras propias vidas cómo la santísima Virgen ha puesto a nuestra disposición su bondad, su poder y su misericordia, y cómo ese amor misericordioso nos ha introducido más y más en el corazón del Padre celestial y de su Hijo Jesús. La experiencia de aquellos matrimonios fue que la alianza de amor llegó a ser un punto de inflexión en sus vidas, entre otras cosas porque ahora veían el mundo de forma totalmente diferente que antes, con otros ojos. ¿Cómo es en nuestro caso?

La segunda parte de la reflexión nos quiere llevar a esta otra cuestión: ¿podemos decir también que nosotros nos hemos puesto a disposición de Dios, el Padre del cielo, y de la santísima Virgen? El Padre Kentenich les cuenta en la plática sus experiencias personales y las de toda la familia de Schoenstatt desde que se selló por primera vez la alianza de amor en el pequeño Santuario de Schoenstatt en Alemania, el 18 de octubre de 1914.  

Una última reflexión: La historia de la alianza de amor no es sólo una historia de amor personal, sino también la historia de una entrega mutua que ha traído una fecundidad incalculable en la Iglesia, y que quiere poner un mundo a los pies de la santísima Virgen. Ella quiere que nosotros hagamos nuestra contribución siendo fieles a la alianza de amor que un día sellamos con Ella.
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viernes, 31 de enero de 2020

LA CRUZ Y EL SUFRIMIENTO


En una de sus prédicas en la parroquia de Milwaukee/USA el Padre Kentenich añade al conocido “ora et labora” de los benedictinos una tercera palabra, la de sufrir. La frase queda así: “reza, trabaja y sufre”. Es la experiencia que todos hacemos: el hombre tiene que cargar de una forma o de otra con algo (o mucho) de dolor y sufrimiento en la vida. Precisamente el que sufre experimenta la parte de oscuridad y el riesgo que supone la fe práctica en la Divina Providencia. El que sufre se encuentra ante lo incomprensible de la actuación de Dios en el mundo. El Padre Kentenich lo sabía bien, había estado prisionero en el campo de concentración de Dachau. Allí tuvo la oportunidad de experimentarlo en su propia carne y de observarlo en los prisioneros que sufrían y morían a su alrededor.

Dos son las reacciones o actitudes posibles ante tal desafío: o crezco en el convencimiento de que soy un hijo de Dios, y hago de ello mi actitud fundamental o, por el contrario, me revelo con el peligro de que mi amargura me lleve a la desesperación. Es cierto que hay una fase previa a la aceptación del dolor y el sufrimiento, la reacción natural de evitar el dolor. Nosotros no nos deseamos a nosotros mismos el dolor, sino que es natural que lo rechacemos: Jesús en el huerto de Getsemaní gritó desde su humanidad aquello de: “Padre, aparta de mí este cáliz”. Su sentido filial – la seguridad existencial del hijo que se sabe en las manos del padre – le hizo decir finalmente: “¡En cualquier caso, hágase tu voluntad y no la mía!”

Para ayudar a sus oyentes de ‘los lunes por la tarde’ en su reflexión sobre la cruz y el sufrimiento, el fundador de Schoenstatt les invita en este último lunes de enero del año 1957 a hacerse esta pregunta: “Qué quiere Dios con la cruz y el sufrimiento que nos envía?” A lo cual contesta él mismo con estas palabras:

“A través de la cruz y el sufrimiento quiere liberarme de mí mismo. Quiere ayudarme a que me conozca a mí mismo. Quiere ayudarme a que llegue a ser más humilde, a que llegue a ser más bondadoso, a que confíe más en él y me desprenda más y más de todo lo terreno y lo vea a él en el centro de la vida.”

Justamente esta quiere ser nuestra tarea: convencernos de que Dios me ama, y que lo hace con un inmenso amor por mí, y que, si permite este o aquel sufrimiento, lo hace como un acto de misericordia con nosotros. El hombre profundamente religioso ve detrás de la cruz y el sufrimiento la mano paternal de Dios.

“No sé, ahora, si habré llegado a tanto como para decir que toda cruz y sufrimiento en mi vida son realmente ‘misericordia Domini’, expresión del amor misericordioso de Dios para conmigo. Verán, tenemos que trabajar hasta que lo logremos. ….

Resumiendo, pues, si queremos hacer la comprobación tenemos que preguntarnos: ¿consideramos las decepciones, la cruz y el sufrimiento de nuestra vida como un regalo especial del Padre del cielo, que nos lo ha destinado para que realicemos el plan que él ha diseñado para nosotros desde la eternidad?

Tenga yo mucho o poco que comer, tenga mucha o poca cruz: soy siempre un niño simple: Dios es Padre, Dios es bueno; bueno es todo lo que él hace.”

En el acontecer mundial actual, les dice a sus oyentes, quien no posea ni conozca una correcta imagen de Dios como imagen del Padre se derrumbará tarde o temprano; simplemente, no podrá dominar la vida, perderá la confianza en la vida, la confianza en Dios. Me aventuro a decir que este pensamiento sigue teniendo validez en el mundo de hoy.
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viernes, 24 de enero de 2020

¿Casualidades o muestras concretas de su amor?


En los últimos encuentros con los matrimonios del grupo de Milwaukee constatamos cómo el Padre Kentenich destaca la misericordia del Padre de los cielos con nosotros las creaturas, subrayando la necesidad de una respuesta de amor por nuestra parte. Dios se pone a nuestra disposición y nosotros nos ponemos a disposición de Él y de sus designios. Un ejemplo es y seguirá siendo la santísima Virgen, nuestra aliada. Su actitud: “He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Como escuchamos ya en pláticas anteriores, en María aprendemos la dinámica de esta disponibilidad ante Dios, que pasa por dos momentos o actitudes: tenemos que escuchar la voz del Padre, tenemos que aprender a escuchar, y, segundo, debemos aprender a obedecer.

“¿Qué quiere decir que tenemos que escuchar lo que nos dice el Padre del cielo? Sabemos de cuán múltiples maneras nos habla el Padre: a través de inspiraciones interiores, de los superiores, de la Sagrada Escritura. Todo eso lo sabemos. Pero a lo que apuntamos especialmente es que él nos habla también a través de las circunstancias.”

Me parece que esto último no es muy habitual en el hombre de hoy, pues en la práctica vivimos como si todo lo que sucede durante el día fuese casual. El Padre Kentenich cita al respecto un pasaje de una carta que el rey de Prusia Federico II le escribió al perseguidor de la Iglesia, el francés Voltaire: «Cuanto más viejo se vuelve uno, tanto más se convence de que su santa majestad, la casualidad, se ocupa de las tres cuartas partes de todos los asuntos de este miserable universo». (Federico II, carta a Voltaire del 26-12-1773).

“¿Qué significa que tres cuartas partes de todo lo que pasa en mi vida es mera casualidad? Detrás de ello no hay Providencia alguna, no hay un Dios personal que sostenga todo eso, lo guíe y dirija. Sucede simplemente así. ¿Y el cuarto restante? Ese depende de mí, de mi voluntad, de mi cálculo, de mi perspicacia.”

Pero sabemos a la luz de la fe que no es así. Si quiero ponerme a disposición del Padre de los cielos y deseo oír su voz, debo saber que en esta voz no hay casualidad alguna. Todo se encuentra en la mano del buen Padre, incluso lo más pequeño de mi quehacer cotidiano.

“Dios dirige; Dios guía y Dios conduce el mundo y lo ha dispuesto todo, también los acontecimientos más pequeños de mi vida cotidiana. Por tanto, detrás de todo veo al Dios personal, al Padre Dios, nada es casual. Podrá parecer, alguna vez, que todo ocurre por casualidad, pero para mí no hay casualidad alguna. Por eso veo también a Dios detrás de todo y estoy a la escucha: ¿qué me quiere decir a través de éste o aquel acontecimiento?”

Si estamos convencidos de que es así, y queremos ponernos a disposición suya lo hacemos desde la convicción creyente de que Dios, disponga lo que disponga, lo hace siempre por amor, un amor personal a mí, un amor misericordioso conmigo, porque Dios, el que gobierna el mundo, lo hace todo por amor. Ese amor es un amor personal con cada uno de nosotros. En nuestro día a día, las casualidades no existen, sabemos que todo lo dispone Dios por amor a su criatura, por amor misericordioso y personal a cada uno de nosotros. Estoy convencido de que, si viviéramos con este convencimiento, nuestra vida sería más placentera, menos estresante que la de ahora.

Para finalizar quiero traer una pequeña historia que el Padre Kentenich les cuenta a los matrimonios:

“Se cuenta de un santo, Félix de Nola, que fue acosado por los perseguidores de los cristianos. Le estaban pisando los talones y no podía sino esperar que, en cualquier momento, lo atraparan. En su huida se desvió en una ocasión hacia un lado y se ocultó rápidamente en una cueva. Por supuesto, tenía que contar con que los perseguidores llegaran enseguida. Pasaron un par de minutos, de pronto estaban delante de la cueva. Entonces vieron cómo una araña comenzaba a tejer su tela. Y se dijeron: no, ahí no puede ser, pues, de lo contrario, la araña no trabajaría. ¿Cuál fue el resultado? Pasaron de largo.
Como ven, fácilmente se está inclinado a decir: fue casualidad. ¡No hay casualidad alguna en nuestra vida! Dios ha previsto todo desde la eternidad y calculó desde la eternidad la actividad de la araña. Si estoy constantemente a la escucha de Dios, tengo que creer en él y creer que él tiene en su mano las riendas de mi vida.”
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Nuestra fe en el amor misericordioso de Dios - 21 de enero de 1957


viernes, 17 de enero de 2020

La alianza de amor y el regalo de tu misericordia, ¡Señor!


Los textos litúrgicos de estos días nos invitan y ayudan a meditar en la misericordia del Señor, recordándonos lo necesitados que estamos de ella. Vemos cómo Marcos narra los diferentes milagros de Jesús, curando a los leprosos y a los enfermos en el espíritu, los endemoniados, y a tantos otros que le pedían su ayuda y curación. El salmo de la liturgia de hoy jueves nos ha invitado a recitar aquello de “¡Redímenos Señor, por tu misericordia!” (Sal 43,10-11.14-15.24-25).

No sé si en las semanas del mes de enero de 1957, en la parroquia de Milwaukee/USA, donde celebraba la santa Misa el Padre Kentenich, se recitaban los mismos textos litúrgicos y salmos de hoy. Cierto es que, en las reuniones con los matrimonios de esa parroquia, la misericordia del Señor era el tema central de los encuentros. También en las celebraciones de los días de alianza, los 18 de cada mes. Por ejemplo, en la plática del 18 de enero de ese año.

Al invitar a los presentes a renovar la alianza de amor que han sellado con la santísima Virgen, les recuerda que el sentido de esta renovación es ponerse de nuevo y con renovadas fuerzas a disposición del Padre Dios a ejemplo de su Hijo Jesucristo, porque ‘el Padre así lo desea’, según rezaba el lema del grupo en aquellas semanas. Cita al respecto episodios concretos de la vida de Cristo: su encarnación, la estancia en el templo a los doce años, su obediencia en Nazaret, su vida pública y su muerte en cruz. “¡Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo!”, “Vengo a hacer la voluntad de mi Padre”.

Si en la alianza y en nuestras vidas nos ponemos a disposición de Dios y de la santísima Virgen, sabemos que ellos responden con creces ofreciéndonos su amor misericordioso, porque “sobre todas las cualidades de Dios se encuentra su amor misericordioso”.

“Por encima de todas las cualidades se encuentra el amor misericordioso: ese amor supera todo, todo lo demás. Por tanto: el amor misericordioso no solo el amor. Dios sabe cuán débil soy. Dios sabe que soy limitado. Dios sabe que tengo el pecado original. Dios sabe que innumerables veces he pecado personalmente. ¿Y ahora? Su amor misericordioso me dice «sí».”

Para profundizar en este aspecto del amor de Dios a su criatura cita a San Pablo en su Carta a los Romanos, en aquel pensamiento del apóstol: "Así Dios hizo pasar a todos por la desobediencia, a fin de mostrar a todos su misericordia." (Rm, 11,32).

“El apóstol Pablo reflexiona en una ocasión en la Carta a los Romanos : ¿Por qué ha dejado Dios que todos los hombres se enredaran en el pecado original? Si tenemos el pecado original, todos somos criaturas pecaminosas. Por eso la pregunta: ¿por qué gobierna Dios a una humanidad tan pecadora? La respuesta, maravillosamente profunda, reza: Para poder apiadarse tanto más de ella. ¿Qué significa esto, a su vez? Por ser la humanidad tan pobre y pecadora, el Dios vivo puede derramar su misericordia en esa humanidad. Esta es la gran imagen de la historia que tiene el apóstol Pablo. El Padre Dios gobierna una humanidad pecadora por misericordia divina, no en primer lugar por justicia. La justicia también está presente, pero sobre toda justicia actúa en la historia de la humanidad su misericordia.”

En su charla, el Padre Kentenich recuerda también en este día de alianza a la santísima Virgen y su canto del Magníficat:

“Lo mismo encontramos si examinamos la imagen de la historia que tiene la santísima Virgen. Solo es preciso que nos detengamos a considerar el Magníficat. En él escuchamos la frase: «Su misericordia llega a los que le temen de generación en generación». ¿Qué significa «su misericordia»? Una misericordiosa mano paternal gobierna el acontecer universal. Pero ¿qué se exige como condición? «Los que le temen», es decir, los que reconocen y confiesan con humildad y confianza su miseria.”

Admirándonos del amor de Dios, sabiendo que se apiada de los miserables y que es fiel a su alianza, queremos vivir en la seguridad de que él se pone a nuestra disposición, regalándonos su amor infinitamente misericordioso. Y el Padre Kentenich añade: “Ese amor es el que él pone a mi disposición, por supuesto, bajo una condición: tengo que confesar y reconocer con sencillez mis debilidades y miserias.”

Para terminar su plática en este día 18, día de alianza, les/nos dice:

“Ahora entendemos qué significa la alianza de amor en el sentido de la perfecta disponibilidad mutua. ¿Qué ponen el Padre y la Madre a nuestra disposición? Su amor misericordioso. Pero esto exige de nosotros entrega humilde, plenamente confiada en todas las situaciones de la vida. Y aunque hubiese pecado sabe Dios cuánto, aunque mi vida fuese una única cadena de pecados graves, el Padre del cielo no me abandona, la santísima Virgen me sostiene en su mano. Tengo que permanecer humilde y tener confianza. Este es el sentido de nuestra alianza de amor.”
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