viernes, 15 de abril de 2022

En la intimidad con Cristo

En este viernes tan señalado del año sentimos la necesidad de estar un tiempo de forma especial en la intimidad con Cristo. En aquellos momentos de la víspera de su pasión se retiró a orar y llevó consigo a Pedro y a los hijos del Zebedeo, comenzando a sentir tristeza y angustia (Mateo 26, 37). Nosotros queremos estar a su lado, no sólo en este día, sino que anhelamos vivir siempre en esta cercanía e intimidad con Él. El Padre Kentenich nos anima a que Cristo sea el centro de nuestros pensamientos, de nuestro corazón y de nuestra vida.

“Esta intimidad con Cristo acompaña al santo de la vida diaria en todos sus senderos, en todos los planos de la vida espiritual. «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6), dice Jesús de sí mismo. «Nadie viene al Padre sino por mí» (Jn 14,6). «Yo soy el camino». El Señor no sólo es el guía en el camino, sino que él mismo es el camino. «Yo soy la verdad». El Señor es la verdad misma, y no sólo quien nos guía hacia la verdad. «Yo soy la vida». Él no es sólo el guía que nos conduce hacia la vida, sino la vida misma. No podemos ir hacia el Dios Trino sino por una comunión muy íntima con Jesús. …..

Por eso, en todas las circunstancias de nuestra vida espiritual, incluso cuando nos dirijamos al Dios Trino espiritual, mantengamos fielmente el contacto con Cristo, con el Dios hecho hombre. Más aún, podemos decir que el Dios encarnado es siempre el eje de la lucha, de las aspiraciones y del amor del santo de la vida diaria. Él es el centro de sus pensamientos, de su corazón y de su vida.

Cristo está en el centro de sus pensamientos. El Dios hecho hombre es el gran pensamiento del santo de la vida diaria. Por eso medita con gusto la Sagrada Escritura, valiéndose ora de una edición de la Biblia, ora de la escucha atenta en la liturgia. Porque el eje de la Sagrada Escritura es siempre la grandiosa personalidad del Dios hecho hombre.

Por este camino el santo de la vida diaria va creciendo en el amor al Dios encarnado. De tal forma que cuando quiera ejercitarse en alguna virtud, buscará primero el ejemplo del Dios hecho hombre; examinará cómo éste vivió esa virtud. Cristo es el continuo pensamiento de su vida. Todo estará ligado y vinculado a él. Aun cuando lea otros libros y escritos, con el paso del tiempo irá haciendo suya aquella expresión de san Bernardo: "Jesum quaerere in libris", buscar a Jesús en los libros. En todas partes irá tras él. Así le ocurre a toda alma ligada hondamente al Señor: es una "vincta Christi", está encadenada a Cristo. Así debe ser. …….

«Yo soy el camino, la verdad y la vida». Cristo es el camino y no un hombre cualquiera. Es cierto que tenemos a personas humanas como modelos, pero éstas tienen que ir gradualmente cediendo paso a quien es el modelo original. Podemos apoyarnos en quienes son reflejos de Cristo para abrirnos camino hacia la imagen original. Es correcto y sano hacerlo así. Pero en el centro tiene que estar, cada vez más y de manera principalísima, Cristo, el Dios hecho hombre. Y en Cristo, en el Dios encarnado, contemplaremos más y más la faz del Dios espiritual. De ese modo estaremos captando la totalidad orgánica de la realidad.

Si Cristo es el eje de nuestros pensamientos, tiene que ser también el centro de nuestro corazón. Que toda nuestra capacidad de amar esté ligada a él. Todo lo que hemos dicho sobre el Dios vivo y espiritual puede aplicarse a la persona del Dios humanado. A él le pertenece mi amor filial, esponsalicio, fraternal y maternal. Que él esté, en toda su grandeza, en el centro de mi corazón; vinculémonos a él con alma y vida.

Lacordaire dijo en cierta oportunidad que luego de haber experimentado el amor del Dios encarnado, todo otro amor le parecía como una carga, todos los demás amores puramente humanos se desvanecían ante la majestad de la dulce persona de Cristo.

¿No debería ocurrirnos algo similar? ¿No debería ser el amor a Cristo el distintivo de nuestra lucha, amor y aspiraciones?”

Tomado de: "Retiro para las Hermanas de María", 4 al 11 de Marzo de 1933.

viernes, 8 de abril de 2022

Cristo, la gran fuerza vital para nuestra vida

En estas vísperas de Semana Santa queremos seguir fijando nuestra vista y nuestros corazones en Cristo. El Padre Kentenich nos invita, en una conferencia a las Hermanas de María del año cuarenta y seis, a considerarlo como el gran manantial de fuerzas para nuestra vida. Dice así:

“Cristo no es sólo la gran meta de nuestra vida, sino también la gran fuerza vital para nuestra existencia. Nos damos perfectamente cuenta del tremendo milagro que tiene que producirse para que el hombre viejo vaya muriendo más y más en nosotros y así podamos ser un día realmente otro Cristo. ¡Qué dura labor tenemos por delante para desterrar a Eva de nosotros y hacerle lugar a Ave! ¿A qué "Ave" nos referimos? A la pequeña María, modelada por Cristo y modeladora de Cristo. ¿Cuál será el manantial de fuerzas para la empresa que nos aguarda? Jesús nos dijo que

 si el grano de trigo no cae en tierra y perece, quedará solo (cf. Jn 12,24). Pues bien, esa semilla es Cristo; él está hablando de sí mismo: tengo que ser enterrado en el surco, debo morir. Porque, muriendo, el grano de trigo germina y da mucho fruto. Y nosotros, los otros cristos, las otras "imágenes de Cristo" somos justamente los frutos de aquella muerte de Jesús. Raíz y fuente de nuestro revestirnos de Cristo, de nuestro ser Cristo, es Cristo mismo, el crucificado y el glorificado. Por eso quien quiera ser como Cristo ¡que haga de Cristo el eje de su vida y de su amor!

En la liturgia, y especialmente en su punto culminante, la eucaristía, nos sale al encuentro este Jesús crucificado y glorificado, raíz que sustenta todo el árbol. Por eso, no seamos sólo discípulos del Cristo histórico, sino sobre todo hijos de la eucaristía; que arda en nosotros un amor apasionado por la eucaristía. He aquí entonces la raíz. Y cuanto más firme sea ella, cuanto más procuremos la unión con Cristo, tal como sale a nuestro encuentro, vivo, en la liturgia, tanto más cierta será la esperanza de que el Señor cobre en nosotros vida y figura.

¿Qué hacer para que nuestra vida esté más marcada por la devoción eucarística? ¿Cuántas veces vamos a visitar a Jesús en el tabernáculo? ¿Es ese lugar frente al tabernáculo nuestro lugar favorito? Pensemos en los grandes educadores de la Iglesia, por ejemplo, en don Bosco ¿cómo lograba transformar a los hombres en un tiempo en el cual había decaído la devoción eucarística? ¿Cuántas veces nos arrodillamos frente al sagrario? En La Santidad de la vida diaria se leen esas hermosas palabras: "Antes que andar haciendo tanta alharaca entre la gente, arrodillémonos más ante el tabernáculo y hagamos allí oración silenciosa". Que nuestra vida se pase en esta contemplación ante el sagrario. Cristo es la raíz que nutre todo el árbol. Que se convierta más y más en el eje de nuestra vida, para que seamos otros Cristos.”

Conferencia para las Hermanas de María, 6 de abril de 1946 – Ver Libro ‘Cristo es mi vida’, Pág. 50

  

viernes, 1 de abril de 2022

Actitudes del alma de Jesús: su fidelidad


En estas semanas estamos repasando algunos textos del Padre Kentenich sobre Cristo, tomados del libro “Cristo es mi vida”. Como escriben los encargados de esta recopilación en el prólogo, el padre Kentenich tiene predilección por la teología paulina y joánica y subraya en ella todos aquellos aspectos que se refieren al ser. De ese modo quiere crear un contrapeso a un seguimiento de Cristo fuertemente determinado por un interés meramente ético y moral. El fundador de Schoenstatt apunta a que esta visión de nuestra vinculación a Cristo sea fecunda para todos los aspectos de la vida e incluso para nuestro propio sentimiento de vida. Y en ello descubre un valioso instrumento a la hora de vencer las tendencias de desvalorización que cunden en la sociedad de masas actual y superar el peligro de caer en complejos de inferioridad de diversos tipos. Precisamente porque una vinculación a Cristo, vivida en profundidad, redunda en un sentimiento de vida noble y divino, afirmado en la libertad y la dignidad de ser hijos de Dios.

En este nuestro camino de acceso a la imagen de Cristo hemos repasado en las últimas dos semanas algunas actitudes del alma de Jesús, en concreto su libertad interior y su serenidad ante todo tipo de encuentros humanos. Hoy concluimos esta reflexión deteniéndonos en su fidelidad. El Padre Kentenich lo explica así:

“Queda por destacar un tercer elemento: su fidelidad. Jesús fue fiel. Ante todo, fue fiel a la misión, fiel hasta el fin. Enfocando ahora nuestro propio caso, observamos que unos viven en el pasado, otros sueñan con el futuro… ¿Qué hacía Jesús? Apurar el cáliz de cada momento, como si fuese una eternidad. Cada instante es una oportunidad de ofrecerle nuestra fidelidad a Dios. Jesús vivía continuamente junto al Padre, pero a la vez quería hacer continuamente su voluntad. Recordemos aquella advertencia suya: «Quien me ama no es aquel que diga: ’Señor, Señor’, sino quien haga la voluntad de mi Padre» (cf Mt 7,21). Y hacia el final de su vida dice: «He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4).

Pero además el Evangelio añade aquellas otras palabras: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1). Estas palabras significan dos cosas: que Jesús fue fiel en su amor y que amó a los suyos hasta consumir todas sus fuerzas por ellos. El grado de su amor es infinitamente profundo. No sólo fue fiel a su llamada, a su misión, sino también fiel en el amor. Amó a los suyos hasta el extremo, hasta el fin de su vida, y más allá. En el Antiguo Testamento se dice: «Con amor eterno te he amado, por eso he reservado gracia para ti» (Jer 31,3).

Recordemos que también nosotros somos objeto de este amor fiel de Jesús. Por medio de la alianza de amor, una alianza de amor esponsalicia, le hemos ofrecido al Señor nuestro corazón y él, a su vez, nos hace don del suyo. Somos así objeto de la fidelidad de Jesús. Que esta fidelidad extraordinariamente profunda sea para nosotros fuente de gran alegría. Y procuremos que nuestra alma se colme también de una fidelidad muy, pero muy honda.”

 

De un retiro a las Hermanas de María del mes de agosto de 1950

viernes, 25 de marzo de 2022

Actitudes del alma de Jesús: una gran serenidad

La semana pasada nos detuvimos a considerar una de las actitudes principales del alma de Jesús: su libertad soberana. Hoy continuamos con el texto de esta charla del Padre Kentenich a las Hermanas de María del año 1950.

“Una segunda característica de la vida interior del Señor es que a esa libertad interior va unida una gran serenidad ante todo tipo de encuentros humanos, tanto los agradables como los desagradables.

¿Qué ocurre en nuestro caso? La alternancia de éxitos y fracasos, la tensión entre radiante entusiasmo y negra depresión nos hace vacilar, nos sume a menudo en la inseguridad. Pensemos un momento en cómo se conducía Jesús frente a las experiencias de éxito y de fracaso. La multitud que lo seguía mantuvo por un tiempo el entusiasmo, pero no duró mucho hasta que al ¡hosanna! le siguiera el ¡crucifícalo! No obstante, Jesús conservó siempre una gran serenidad y mesura ante sus éxitos; precisamente porque estaba hondamente arraigado en Dios. El valor supremo era Dios. Todo en la vida de Jesús recibía su valor y medida de Dios, incluso los éxitos y fracasos. El Señor conocía exactamente lo que había en el corazón de los hombres; sufrió infidelidades de parte de ellos, pero no los despreció. Hoy vivimos, en cambio, otra realidad: muchos son los que al encontrar tan poca fidelidad en los demás, menosprecian el trato humano y prefieren entregar su cariño a los animales. En el Evangelio se dice que Jesús conocía lo que había en el hombre (cf. Jn 2,25). Pero ello no fue obstáculo para que le manifestase su bondad. El Señor sabía que a pesar de que hoy lo aclamaban con ¡hosanna! pronto esos mismos hombres gritarían ¡crucifícalo! Sin embargo, mantuvo una continua actitud de benevolencia hacia ellos. Fue cercano a la gente; pero supo conservar siempre una cierta distancia frente a todo lo creado, justamente porque estaba arraigado en Dios.

Mediten sobre todos los fracasos que sufrió el Señor. Fíjense en la situación en que se vio envuelto hacia el final de su peregrinación por este mundo. La obra de toda su vida yacía deshecha a sus pies. Quizás no exista otra persona que haya cosechado tantos fracasos como el Señor. No era comprendido por sus propios discípulos, y ni siquiera el círculo de sus más íntimos era realmente confiable. Todo vacilaba y amenazaba derrumbarse. Sin embargo, Jesús conservó siempre una tranquilidad soberana. Su alma estaba unida por entero a Dios Padre. De esa fuerte vinculación brotaba, por una parte, la perfecta libertad ante las creaturas y, por otra, la serenidad en todas las situaciones que le tocaba vivir.

Reflexionen sobre la conducta del Señor en relación con los amigos y los enemigos. Quien actúe en la vida pública tendrá naturalmente amigos y enemigos. Y lo mismo le ocurría a Jesús. ¡Cuántas cosas se murmuraban contra él! Vino Juan, que no comía ni bebía… ¿y qué hicieron con él? Y ahora vengo yo, que como y bebo… ¿qué habrán de hacer conmigo? (cf. Mt 11,18). Querían abatirlo, en especial los dirigentes del pueblo. ¿Era justo?

Que la vida de Jesús sea modelo de nuestra vida. Serenidad absoluta. ¿De dónde manaba esa serenidad? Del profundo arraigo en el corazón de Dios Padre. Su vinculación al Padre del cielo es el gran misterio de su vida; de ahí la gran calidez con que nos habla de él. Recuerden aquella oportunidad cuando Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre» (Jn 14,8). Bien podemos imaginarnos la sencillez y hondura con que Jesús vivía su vinculación al Padre.

Y esa misma tranquilidad soberana se revela también cuando Jesús debe apurar el cáliz del dolor más grande que puede sufrir el hombre: la soledad interior. Su vida toda fue una vida de gran soledad. Quienes lo rodeaban no lo entendieron. No lo comprendían sus apóstoles ni tampoco su madre. No percibían el alcance real de las palabras que le escuchaban pronunciar. Pero la soledad más tremenda la sufrió en el Monte de los Olivos y luego clavado en la cruz, sobre el Gólgota. Incluso llegó a sentirse separado de Dios, y esa situación le arrancó aquel grito desgarrador: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mc 15,34). Tomemos muy en serio este clamor, no lo consideremos como un simple gesto. Pero, a pesar de todo, vuelve a manifestar su serenidad soberana: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46). Por un lado, esta tranquilidad confiada y, por el otro, una profunda libertad interior. Ambas actitudes están cimentadas en una honda entrega a Dios Padre.

Jesús es el gran modelo de aquel ideal que solemos citar a menudo, valiéndonos de una imagen muy nuestra: "Queremos ser hijos de un amor único y grande". ¿A qué clase de amor nos referimos? "¡Sí, Padre, hágase tu voluntad, tanto cuando ella me depare alegría, como cuando me acarree dolor y sufrimiento!". Repasemos la vida de Jesús. No sólo sufrió fracasos aislados, sino que todas sus obras parecían haberse malogrado… Sin embargo, supo exclamar: «He llevado a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17,4). ¿Qué obra era esta? La obra de su entrega al Padre, la obra de sus sufrimientos. El Señor sabía que en su derrota estaba precisamente su triunfo. Tenía que padecer; era necesario que hacia el final de su vida contemplase las ruinas de su obra. Ese era el medio para redimir al mundo. Así pues se nos aparece Jesús, con una gran libertad interior y una tranquilidad soberana, porque estaba hondamente anclado en el Padre.”

viernes, 18 de marzo de 2022

Actitudes del alma de Jesús - libertad soberana

El viernes de la semana pasada nos detuvimos a reflexionar, de la mano de nuestro Padre fundador, sobre la imagen exterior de Jesús. Hoy pasamos a meditar las actitudes internas de su alma. Tres son las características que señala el P. Kentenich en el retiro que da a las Hermanas de María en el mes de agosto de 1950: en primer lugar, se detiene en el hecho de que el Señor en su trato con los hombres actúa con una grande y soberana libertad; en segundo lugar, nos muestra que esa libertad interior va unida a una gran serenidad, y por fin destaca su gran fidelidad, Jesús es fiel.

Hoy nos detenemos en la lectura de las palabras del Padre sobre la primera característica. Dice así:

“En su trato con todos los hombres, Jesús actúa con una grande y soberana libertad. Observando con mayor detención, notamos que él también manifiesta esa libertad en relación con las necesidades más primarias y naturales del ser humano. Y entre ellas incluimos el hogar y las personas, en suma, toda la creación visible. Comprueben cómo en este campo existía una sana tensión en el corazón del Señor.

Pensemos, por ejemplo, en la realidad del hogar. En cierta oportunidad, Jesús nos hace esta conmovedora revelación sobre sí mismo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). ¿Qué vislumbramos en estas palabras? La sincera confesión de una necesidad natural. Esta escena se ubica en el lapso de los tres años de su vida pública, cuando peregrinaba por caminos y ciudades. Palabras que testimonian el ardiente anhelo de tener un lugar donde morar establemente.

Jesús se nos presenta así como una persona dotada de un firme y sano sentido para la vinculación local, vale decir, con una fuerte y sana sensibilidad humana. Él es el ideal de una sana naturaleza humana con sanas necesidades humanas. Sin embargo, calando más hondo en la meditación de estos textos, advertimos cuán libre es el Señor frente a esas necesidades, cuán grande es su libertad en relación con ese anhelo de tener un terruño propio, al cual vincularse y en el cual echar raíces. Luego de haber permanecido treinta años en su hogar, el Padre dio la señal. Jesús abandonó entonces todo, y no quiso saber nada más de su tierra. Y, en cierto sentido, tampoco quiso saber ya nada más de sus padres, de su misma madre. Ustedes conocen los pasajes del Evangelio en los cuales el Señor pone de manifiesto esa libertad interior. Recordemos aquella oportunidad cuando, rodeado de gente sentada a su alrededor, le dicen que su madre está ahí, afuera, y lo llama. Quizás se había enterado de que se cernían grandes peligros sobre su Hijo y quería ponerlo sobre aviso (cf. Mc 3,31-35). ¡Qué humana nos resulta la escena de la madre que viene a ver a su hijo! Hoy casi nos hace sonreír esta sencillez e ingenuidad propias de una madre. ¿Y cómo reaccionó Jesús? ¿Quién es mi padre y mi madre? Yo debo estar en las cosas de mi Padre (cf. Lc 2,49), y no se hable más de ello. Es bueno cultivar un hogar, pero yo debo estar allí donde el Padre me quiere: peregrinando de pueblo en pueblo, fuera del ambiente de la casa paterna. "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado" (Jn 4,34). En sus palabras y sus obras Jesús no sabe de otra consigna sino de aquella de girar siempre en torno al Padre. Brújula de sus pasos es la voluntad de Dios. Y si él, el Padre, así lo quiere, incluso hasta las necesidades más urgentes habrán de pasar decididamente a un segundo plano.

¿Advierten la gran amplitud de la libertad del Señor? Él se nos presenta como aquel que tiene verdadera libertad interior y verdadera grandeza interior. ¿Queremos irradiar como el sol? ¡Que reine entonces Jesús en nuestro corazón; que sea él quien nos eduque en esa gran libertad! ¡Libres de toda atadura, libres de todo, a fin de ser libres para él! Jesús está unido a Dios Padre, por eso es libre frente a cualquier otra creatura.

San Francisco de Sales nos ofrece un pensamiento muy hermoso. Nos dice que hay que despojarse de todas las afecciones, incluso de las más nobles, y elevarlas a Dios como ofrenda. Y cuando se haya hecho tal oblación, Dios volverá a revestir al alma de estas mismas afecciones, pero ahora unidas a él y arraigadas en él. Fluirán desde Dios a la creatura y así, por ejemplo, amaremos a nuestro padre y a nuestra madre, a nuestro trabajo, etc., pero con una cierta garantía interior, ya que todo estará vinculado a Dios. La libertad frente a lo creado se sustenta en una fuerte vinculación a lo divino.”

Nota: la semana que viene seguiremos con la segunda característica. 

viernes, 11 de marzo de 2022

Imagen exterior de Jesús

Estando cercano el cambio de siglo, el Consejo General de la Obra de Schoenstatt encargó a varios miembros de algunos Institutos seculares de Schoenstatt elaboraran y editaran textos escogidos de nuestro Fundador sobre la figura de Cristo. Bajo el título CRISTO ES MI VIDA, la Editorial Patris publicó en el año 1997 la selección preparada por el Padre Günther M. Boll, la Hermana M. Pía Buesge y Monseñor Peter Wolf.

Siguiendo la sugerencia de una de las lectoras del Blog traeremos a esta ‘ventana’ en las próximas semanas algunos aspectos de la visión de Cristo del Padre Kentenich, tomados de la publicación antes citada. Comenzamos hoy con uno de los “accesos a la imagen de Cristo Jesús”, en concreto sobre la imagen exterior de Jesús y actitudes de su alma.

“¿Qué detalles conocemos de la apariencia exterior de Jesús y de su interioridad? Meditemos sobre la imagen del Señor y contemplemos sus rasgos nobilísimos para saber con mayor certeza cómo tendría que ser nuestro propio rostro. Y así, luego, al reflexionar sobre esos rasgos en lo secreto del corazón, advertiremos cuánto necesitamos una y otra virtud o cualidad que resplandecen en la persona de Cristo.

Este es un tema en el cual podríamos detenernos largamente. Llevamos a Cristo en nosotros, somos sus portadores y servidores; somos aquellos que lo dan a luz para el mundo de hoy y lo ofrecen a los demás hombres. Esta vocación de identificación tan honda con el Señor nos lleva a confrontarnos con la totalidad de su imagen.

I. ¿Cómo era la apariencia exterior de Jesús? Pregunta difícil de responder. Disponemos de muy escasos documentos sobre este asunto. Quizás los apóstoles hayan hablado sobre la fisonomía del Señor, pero no dejaron ninguna constancia escrita. Imaginemos que nosotros fuimos testigos oculares de la vida de Jesús y luego escribimos nuestras impresiones de lo que vimos y oímos. Creo que en nuestro relato necesariamente habríamos hecho referencia a la apariencia exterior de Jesús.

¿Cómo eran sus ojos? ¿Era su mirada melancólica o alegre? Nada nos dicen los Evangelios al respecto. ¿Acaso a los apóstoles no les había impresionado la fuerza que se irradiaba del Señor? Sí, por supuesto, pero el Espíritu Santo los guió de tal manera que fueron capaces de pasar de lo exterior a lo interior, y dar así testimonio de lo primordial, de lo más grande, de la interioridad. Los discípulos no pusieron por escrito todo lo que se hablaba entre ellos. Posiblemente dialogaron sobre la fisonomía de Jesús, pero, repito, el Espíritu Santo dispuso las cosas de tal manera que hoy no sabemos mucho sobre la apariencia exterior del Hijo de Dios.

Creo que lo expuesto se podría resumir en tres puntos:

1. La persona de Jesús irradiaba una gran fuerza. Recuerden, a modo de ejemplo, aquel pasaje del Evangelio cuando el Señor encuentra a un joven, a quien lisa y llanamente le dice: "¡Sígueme…!" (Jn 1,43). Y el muchacho dejó todo y fue tras él. Por supuesto, la impresión recibida por el nuevo discípulo había sido preparada de alguna manera por el contacto anterior con los apóstoles y lo que éstos le habían relatado sobre Jesús. Pero, sea como fuere, el Señor ejercía un dominio y una atracción especial sobre los corazones de los hombres.

2. Miremos un poco más en lo profundo, tratemos de vislumbrar la esencia de su personalidad. Si bien Jesús demostraba continuamente una gran cercanía a la gente, ello no quitaba que estuviera revestido de una gran majestad. Contemplemos la majestad de su persona. «Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: ’Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador’» (Lc 5,8). ¿De qué nos está hablando esta escena? De una extraordinaria tensión entre cercanía y lejanía, entre la línea que va al otro y la que vuelve.

3. En la mirada se expresa toda la persona; y esto lo sabe todo aquel que tenga experiencia en el trato humano. Los ojos del Señor irradiaban una fuerza especial; su mirada expresaba la esencia de su personalidad, era su símbolo. Recordemos el pasaje evangélico de la negación de Pedro (Lc 22,54-62). Aquello era el pecado más grande que uno se pueda imaginar, mucho más que los pecados contra la santa pureza. Simón Pedro tenía que caer para que se convirtiese de una vez, para que abandonase su orgullo solapado. Y fíjense que digo a propósito solapado. Bajo capa de un pretendido amor a Jesús ¡en el fondo Pedro se buscaba a sí mismo! Así, pues, el Señor permitió que Pedro cometiese el pecado más grave. Sí; Pedro pecó. Pero he aquí que luego Jesús pasa a su lado y lo mira a los ojos. Y esa mirada logró lo que toda una educación no había podido conseguir: Pedro llora amargamente y reconoce su miseria y debilidad. Ahora sí que está en condiciones de ser la roca de la Iglesia, de ser declarado sucesor de Cristo.

Estos son sólo algunos rasgos exteriores de la persona de Jesús. Nosotros queremos dar a luz a Cristo, ser portadores de Cristo y llevar a Cristo a todos los hombres. ¿No debería entonces nuestra apariencia exterior parecerse un poco a él? ¿No debería irradiarse de nosotros una gran fuerza que alcanzase a los demás? No una fuerza que sea simulada, sino que brote de la desbordante riqueza de nuestra vida interior.”

Tomado de: "Retiro para las Hermanas de María", 25-27 de Agosto de 1950.

    

viernes, 4 de marzo de 2022

SENTIDO DEL ACONTECER MUNDIAL


Repatriación victoriosa del mundo en Cristo

Impresionados y preocupados por los acontecimientos actuales en Europa nos preguntamos por el sentido de todo ello a la vez que sentimos la necesidad de mostrar nuestra solidaridad con las familias que sufren por los horrores de la guerra. En un rato de meditación me encontré con este texto denuestro Padre. Está tomado de la Jornada de 1946 y lo propongo a los lectores del Blog en esta semana.

“El sentido del acontecer del mundo es el retorno del mundo a Dios. El sentido de un acontecer mundial de características apocalípticas es acelerar el retorno a Dios. Detengámonos un poco sobre el término "retorno a Dios". Quizás esta meditación nos dé algunas claves para solucionar cuestiones urgentes.

Al escuchar las palabras "retorno a Dios", advertimos la lucha entre la fe y la incredulidad. La fe en Dios nos impulsa a regresar a Dios. En cambio, la incredulidad nos empuja a acelerar un proceso de rechazo y alejamiento de Dios. Entonces, por un lado observamos un acelerado regreso a Dios y, por otro, una acelerada apostasía.

Pensemos en el acontecer mundial y preguntémonos sobre el significado que Cristo tiene en él. ¿Qué nos dice el Apocalipsis de Cristo? En primer lugar, nos presenta al Padre sentado en su trono (cf. Ap 4,2). De él fluye y hacia él refluye toda vida. Aquel que está sentado en el trono constituye el eje de tranquilidad y reposo en el más allá. Todavía existe un trono que no vacila jamás: el de Dios Padre, quien ha puesto en manos de su Hijo las riendas del acontecer mundial (cf. Ap 5).

El Apocalipsis nos pinta bellamente esta realidad. El apóstol Juan, a quien se le concede estas visiones, desea saber cuál será el destino de la Iglesia. Ve entonces un libro sellado con siete sellos y un ángel le advierte que nadie puede abrirlo. Comprendemos que el apóstol llorara, pues anhelaba que se le revelase el secreto de la historia universal y vio que sus esperanzas se desvanecían. Pero uno de los Ancianos le dice que el Cordero que había sido degollado es Cristo, el Glorioso, pero también el Crucificado. Que él es quien puede abrir el libro de los siete sellos; él es quien conoce y contempla los planes del Padre y ha recibido la misión de llevarlos a cabo. Cristo ocupa, entonces, el centro de la historia.

Hoy se tolera al cristianismo, pero despojándolo de un Cristo vivo. ¿También nosotros hemos dejado a Cristo de lado?

¿Cuál es la actividad de Cristo en el acontecer del mundo, según el Apocalipsis? Él es quien abre los sellos. Vale decir que, sin la permisión divina, obrada a través de Cristo, no hay guerras, epidemias ni revoluciones, etc.

Detrás de todo el acontecer mundial está Cristo que da cumplimiento a todos los planes del Padre. ¿Cuándo derraman los ángeles sobre el mundo la copa de la ira divina? ¿Quién les da la señal para ello? ¡Cristo! (cf. Ap 16).

¿Cuál es el sentido del acontecer mundial, considerado desde el punto de vista de Cristo? ¿Qué papel desempeña Cristo en él? Debo ver en todos los acontecimientos y sucesos una oportunidad más para decidirme nuevamente por Cristo; que, incluso, los acontecimientos más difíciles sean motivo para volver a decidirme por Cristo, con toda mi alma, por libre elección, con libre voluntad.

En este punto distinguimos dos dimensiones de la libertad: por una parte, la capacidad y disposición para decidirse y, por otra, la capacidad de poner en práctica lo decidido. Dios tiene en cuenta mi capacidad de decisión. Cuando llega la hora en que grandes dolores nos quiebran interiormente ¿hacia dónde se dirigen los anhelos del corazón? ¿Acaso habremos de abandonar la bandera y huir del campo de batalla?

El sentido del acontecer mundial, el sentido de mi propia vida y de mis aspiraciones, es que todas las circunstancias y sucesos de mi existencia me lleven a renovar la entrega al Señor, a abandonarme en él.

En medio del acontecer mundial, el Dios vivo ha constituido a Cristo como el gran luchador y vencedor del demonio. En el final de los tiempos, Cristo obtendrá una victoria plena. Y nosotros podemos participar de su valor para luchar, de sus sufrimientos y de su victoria. ¡Qué bienaventuranza saber que, finalmente, alcanzaremos el triunfo! Quizás yo sucumba, pero la causa a la que sirvo saldrá victoriosa.

Cristo vencerá. En el acontecer mundial, Dios aparentemente se deja vencer y doblegar. Se pueden ganar todas las batallas y, sin embargo, perder la guerra. Cristo es desterrado de muchos ambientes y lugares. Pero luego de toda la confusión que genere el demonio, Cristo aparecerá sobre el caballo blanco como Rey y Héroe, triunfante y vencedor de Satanás. Entonces habrá llegado el fin del mundo (cf. Ap 19,11-21). "Christus vincit, Christus regnat, Christus imperat!" ¡Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera! Nosotros nos entregamos, nos abandonamos a Cristo. Que todo acontecimiento sea para nosotros una oportunidad de decidirse por o contra Cristo. ¡Sí, Señor Jesús! ¡Queremos jurar nuevamente tu bandera!”

Tomado de: "Jornada de 1946."