viernes, 16 de abril de 2021

El amor, su esencia y su actuación

Innumerables autores, poetas y escritores han tratado el tema del amor desde el principio de los tiempos. Los que vivimos en y desde la espiritualidad de Schoenstatt conocemos el tema; no en vano vivimos en la fuerza de la alianza de amor. Nuestro padre y fundador habló del amor en muchísimas ocasiones. Hoy quiero compartir con mis lectores un bellísimo y profundo capítulo del pensar, sentir del Padre Kentenich al respecto. Está tomado del estudio sobre el principio paternal que él mismo escribió en Milwaukee en 1964 titulado “Hacia la casa paterna va nuestro camino”. (Disculpen la extensión, pero no he querido prescindir de ninguna frase del capítulo).

 

Naturaleza y actuación del amor (en general)

“Lo que se puede decir del amor en general, lo damos aquí más o menos por conocido. La literatura schoenstattiana trata el proceso de vida al que no referimos de tal forma amplia y profunda que podemos, con razón, abstenernos de traer aquí una repetición completa del mismo. Dado que la espiritualidad de alianza es el fundamento de nuestra espiritualidad tridimensional, espera todo el mundo que nuestra preocupación central sea una pronunciada pedagogía de los vínculos y del amor en el sentido de una teoría equilibrada del organismo, y que podamos encontrar una respuesta clara a todas las preguntas relevantes al respecto.

Sin embargo, si destaco a pesar de ello y de nuevo algunos momentos, debo seleccionar para ello aquellos que nos permitan más adelante comprender mejor las expresiones concretas de vida de las Hermanas.

 

Esencia del amor

Todos estos momentos giran en torno a la esencia del amor.

(El amor como misterio; ley divina y humana fundamental del universo)

El amor, en todas sus formas justificadas y auténticas, quiere ser entendido como un misterio: ya se trate del nivel natural o del nivel sobrenatural. El mismo adquiere una posición clave en el plan divino de gobierno del mundo. Se denomina también por ello la ley fundamental divina del universo. Esto significa: la razón de todas las razones, el último motivo o razón para toda la creación y actividad divina y humano divina es el amor. Todo lo que Él hace, ocurre por amor, mediante el amor y para el amor. De esto se desprende: la ley fundamental divina del mundo exige como respuesta humana la ley fundamental de educación del amor. Todo lo que nosotros hacemos, debe hacerse consecuentemente por amor, mediante el amor y para el amor. El libro de la “Santidad de la vida diaria” trata a fondo en su parte tercera ambos temas: sobre la ley fundamental divina del mundo y sobre la ley fundamental de educación humana.

El amor es y será siempre un misterio – también en la esfera natural. Es por ello que será difícil, también en esta forma, descifrarlo, circunscribirlo y representarlo. Sólo con mucho esfuerzo será posible acercarse a él. El lenguaje humano nunca se cansará de mostrar y anunciar una y otra vez aspectos nuevos sobre el mismo.

Ya hemos intentado anteriormente denominar su carácter atemporal como una unión de amor o un intercambio de corazones y una fusión de corazones. A nuestra literatura le gusta mostrarlo como vinculación personal. Lo interpreta como una vinculación interior profunda de las almas entre persona y persona.

Según esto, el amor en todas sus formas justificadas rompe el estrecho círculo de la autoconciencia egocéntrica; experimenta consecuentemente al amado como su mitad, no pocas veces como la mitad mejor de su propia alma. A través de este tipo de entrega y pérdida de la propia alma en un tú personal, es como la persona accede a la plena posesión de su propia personalidad en sí misma y como miembro de la comunidad. Sólo en esta biunidad misteriosa y en el sentimiento de identidad con un tú, el individuo se convierte en un ser humano pleno y en un ser humano comunitario. Así está en camino de poder vivir y mostrar el hombre nuevo que proclamamos con tanto cariño y por el que luchamos en la nueva comunidad, capaz de superar ese estar anímico impersonal del uno frente al otro, por medio de un estar uno en el otro, con el otro y para el otro con toda el alma. Así es como entendemos las palabras de nuestro Redentor: quien pierde su alma, ese la gana.

La relación entre el amor a Dios y el amor al prójimo la presentamos por lo general de la siguiente forma: un auténtico amor al prójimo es un estar espiritualmente uno en el otro, con el otro y para el otro como expresión, protección y medio para el estar en, con y para el otro con Dios. Ambas formas de amor fluyen gradualmente la una hacia la otra de acuerdo con la ley de transferencia y transmisión orgánica; ambas se condicionan, se aprecian y se aseguran y promueven mutuamente.

Poetas y artistas cantan y nos dicen hasta qué punto el noble amor humano provoca y asegura la conciencia de identidad entre la pareja. Beethoven comienza su única carta a la “amada inmortal” de su corazón con las palabras: “¡Mi ángel, mi todo, mi yo!”. Richard Wagner deja que Isolda y Tristán digan en el dúo del segundo acto: “Isolda tú, Tristán yo, no más Isolda!, ¡Tristán tú, Isolda yo, no más Tristán! ….. Sin nombrarnos, sin separarnos, reconocernos de nuevo; por una eternidad sin fin, una sola consciencia ….”

 

(Desde la filosofía)

Los filósofos resumen todas las experiencias de este tipo y las reducen, como último principio, a un denominador común general. Llaman al amor una vis unitiva, una vis assimilativa y una vis transformativa, es decir, una fuerza psíquica unificadora, asemejadora y una fuerza del alma creadora y transformadora, que siempre apunta a la transmisión de vida mutua lo más perfecta posible.

 

(Desde la teología)

Los teólogos definen el amor como un vínculo perfecto, es decir: como un vínculo que une lo más perfectamente posible a Dios y al hombre, a la persona con la persona, y a todas las virtudes en la persona. Francisco de Sales escribe así a santa Johanna Franziska de Chantal: “Deseamos pertenecer a Dios, usted como si fuera yo, y yo como si fuera usted”. Es fácil probar hasta qué altura ha repercutido la ley de transferencia y transmisión orgánica en esta relación extremadamente pura de dos santos.

Francisco aclara:

“La verdadera esencia del amor consiste en el encuentro y desahogo del corazón, que surge inmediatamente después de la complacencia, y que llega a su zenit en la unión.”

Así es cómo podemos interpretar las palabras del Redentor:

“Si alguno me ama, mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”.

Juan dice al respecto:

“Quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él”

Y el apóstol de los gentiles explica:

“Mas el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él.”

Francisco de Sales destaca lo siguiente:

“El amor es el vínculo de la perfección, porque en él y a través de él se juntan y unen todas las perfecciones del alma.” “El amor de Dios es la meta, la perfección y coronación del universo. En eso reside la grandeza y la primacía del mandamiento del amor a Dios, que el Redentor denomina como el mayor y primer mandamiento. Este mandamiento es como un sol, que otorga su lugar y su dignidad a todas las santas leyes, a todas las ordenanzas divinas y a todas las sagradas escrituras. Todo fue hecho para este amor celestial, todo se relaciona con el mismo. Todos los consejos, exhortaciones e inspiraciones y todos los demás mandamientos penden como flores del árbol sagrado de este mandamiento. Su fruto, sin embargo, es la vida eterna.”

Considerando el objetivo de este estudio, no creo necesario traer a la memoria, aquí y ahora, más sobre la esencia del amor.”

  

viernes, 9 de abril de 2021

Amar al Padre

Seguimos reflexionando y haciendo nuestros los pensamientos de nuestro fundador, tomados del librito “Dios mi Padre”:

"El gran Dios infinito nos ama como un padre ama a sus hijos. Nunca podremos nadar bastante en el mar de las misericordias de Dios para convencernos de cómo nos ama.

No en vano el amor eterno dice de sí mismo: "Te llevo inscrito en mis manos. Y si una madre se olvidase de su hijo, yo no te olvidaré" (Is 49,15). Es, pues, el amor, el motivo que impulsa al buen Dios a ponernos, como gran Educador, serias exigencias.

Sólo si estamos convencidos de que Dios nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos, somos capaces de darle las riendas de nuestra vida. Él se preocupa de nuestro bienestar más que nosotros mismos.

Se aprende a amar en la medida en que uno mismo se sabe amado. Valdría la pena, pues, dejar obrar sobre sí todo lo grande, bueno y hermoso que el buen Dios nos ha regalado, a fin de que podamos nadar totalmente en el mar de las misericordias, de los beneficios del amor divino.

Queremos habituarnos a concebir las cosas más pequeñas de la vida diaria como un don del amor, como una solicitud de amor del eterno Padre-Dios, que busca una respuesta de amor.

Los santos se han hecho santos desde el momento en que comenzaron a amar. Y esta verdad es del mismo valor que aquella otra: han comenzado a amar cuando se creían, sabían y sentían amados.

El amor es el compendio de todo lo que Dios espera de sus hijos.

Si queremos llegar a ser hombres maduros, totalmente divinizados y de una moral elevada, hemos de comenzar a amar tan pronto como sea posible y seguir amando mientras respiremos aún.

Estamos en la tierra para amar sin límites al Padre Dios, con un amor íntimo, duradero, sacrificado; para amarlo en todas las situaciones, estemos sanos o enfermos, tengamos o no un puesto que satisfaga nuestras ansias, seamos reconocidos o no.

¿Para qué estamos en la tierra? Llevamos nuestra cruz, gozamos de las alegrías de la vida, nos exponemos al sol en los éxitos y fracasos de nuestras actividades, pero lo último es siempre lo mismo: para amar al Padre Dios con intimidad, vigor y perseverancia.

La verdadera grandeza es totalmente independiente de las circunstancias, y consiste en que todo mi ser le pertenezca filialmente a Dios.

La verdadera santidad no radica en el saber, sino en la entrega filial al Padre eterno; es el continuo girar en torno a Dios, es el amor filial que entrega todo al Padre: la voluntad y el corazón. El hijo vive totalmente en el corazón del Padre.

El amor filial tiene una doble modalidad: hay un amor egoísta y un amor desinteresado; un amor iluminado y un amor ciego. El amor ciego gira siempre en torno a sí mismo; el amor iluminado gira siempre en torno al Padre eterno y se orienta solamente por el deseo y la voluntad del Padre.

No hay nada que nos haga madurar tanto interiormente, que desarrolle tanto nuestras más nobles dotes interiores, que el regalarse sin reservas y el ser aceptado.

Regalarse no es dejarse arrastrar. Regalarse en forma agradable a Dios, no solamente es un enriquecerse mediante el tú, sino que es también un descubrirse a sí mismo de un modo original, un reencontrarse consigo mismo. Es un constante poseerse de nuevo.

Dice Jesús: "Quien pierda su vida la ganará" (Jn 12,25). Esto quiere decir que si me regalo totalmente, volveré a recuperarme en forma tan purificada, tan acrisolada, tan original como no la lograría de otro modo.

Todo cuanto hace el buen Dios, todo cuanto permite, sea agradable o desagradable, tiene solamente un fin: hacia el hogar, al Padre, va el camino. "Hacia el Padre", esta es la finalidad que persigue el Dios vivo en todos sus designios y permisiones. ¡Hacia el Padre! Esta debería ser la nota fundamental de nuestro propio pensar, buscar, hallar y amar.

¡Hacia el hogar, hacia el Padre va el camino! Por más que el camino esté bordeado de zarzales, por más que a derecha e izquierda amenacen los abismos más peligrosos: ¡Hacia el hogar, hacia el Padre, va el camino!

Hacia el hogar, hacia el Padre va el camino por el que nos conduce la divina Sabiduría. Queremos ver todo en esta luz, acoger todo con esta finalidad y dejarlo obrar sobre nosotros.

La alegría, el contento como expresión de una entrega interior a lo eterno, a lo divino; la alegría como expresión de un eterno cobijamiento en el corazón misericordioso del Padre Dios, debe ser la nota fundamental de toda nuestra vida."

  

viernes, 2 de abril de 2021

La forma de Cristo (2)

 

JESÚS MUERE EN LA CRUZ

Te adoramos, Señor Jesucristo, que has muerto por nosotros en la cruz.

Ahora estás suspendido entre cielo y tierra

para que surja una nueva creación de amor.

Tú, el Dios omnipotente, estás allí tan inefablemente pobre,

porque tu amor es tan hondo y es tan cálido.

……

Mirar con amor tu cruz me sirva cada vez

para no confiar más en el dinero y en los bienes materiales,

y poder así con facilidad, entregarme totalmente a ti y a María Madre,

con el corazón y el pensamiento.     (“Hacia el Padre”, Pág. 102)

 

Continuamos reflexionando sobre “La forma de Cristo” con las palabras de nuestro Padre fundador tomadas del librito “Dios mi padre”.

"Padre, glorifica a tu hijo" (Jn 17,1), así reza el Salvador. ¿Cuál es la gloria que el Padre ha dado al Unigénito? Aquí en la tierra fue la gloria de una paz inmutable en medio del sufrimiento, esa profunda conciencia de la dualidad con el Padre en medio de todas las dificultades. ¡Qué paz infinitamente profunda anida en esa convicción! Cristo ha podido tenerla siempre porque sólo vio el deseo del Padre. Esta paz era infinitamente grande, porque su alma tenía permanentemente la visión beatífica. Jesús quiso hacernos participes de su paz y su alegría, pero exige de nosotros que no bebamos en todos los riachuelos de alegría que conoce el mundo, sino que lo busquemos sólo a Él.

Ser santo es estar configurado según Cristo y esto significa adoptar la forma de Cristo, hacer propia la entrega filial al Padre. Ser santo no es saber, sino entregarse filialmente como lo hizo el Salvador. Esto vale para el hombre como para la mujer. Naturalmente la entrega filial debe ser profunda, y si es profunda, abarca también la voluntad y la vida afectiva.

Seremos tanto más perfectos y grandes cuanto más elijamos como modelo para nuestra vida y aspiraciones, ese hacerse niño, ese ser y sentir filial del hombre-Dios. Entonces el niño más grande entre nosotros ha de ser el santo más grande.

Ontológicamente somos miembros de Cristo. ¿Lo somos también vitalmente? ¿Representamos al Salvador? ¿Somos también trasuntos de Cristo?

Queremos tomar conciencia plena e íntegra de nuestra misión de ser crucificados con Cristo, y esta misión la queremos abrazar, cumplir, con todo nuestro amor. Estamos orgullosos cuando con Cristo crucificado podemos tener una vivencia del fracaso de las fuerzas humanas y de la irrupción de la fuerza divina, para gloria del Padre y para la salvación de las almas inmortales.

El hombre nuevo no conoce sólo una unión de ser, de vida y de mentalidad con el Cristo doliente y crucificado, sino también con la vida transfigurada del Salvador (cf. Rom 8,17).

Toda nuestra alma se enardece cuando decimos con Pablo: "Estoy crucificado con Cristo; ya no vivo mi vida, mi vida es Cristo" (Gal 2,20). ¡Qué hondo habrá sido en Pablo la vivencia de la misteriosa dualidad con Cristo!

En la medida en que le demos nuestro corazón al Salvador nos haremos en Él singularmente niños.

Cristo será nuestra ruta hacia el Padre en la medida en que lo amemos a Él mismo de corazón.

El Padre me ama a causa de Cristo, por eso jamás debo separarme de Él.

Queremos hacernos uno con el Salvador, no solo para poder ser niños con Él, sino también para que el Padre pueda mirar con complacencia a su Hijo, porque estamos insertados en la filiación del Unigénito.

La filialidad ha de ser para nosotros siempre algo grande; debe ser un testimonio de esa maravillosa entrega de sí mismo, así como la encontramos en la vida del Salvador.

Cristo dijo: "Yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6). No sólo es camino hacia el Padre por su sacrificio, por su vigor al soportar las persecuciones, no. Es también el camino hacia el Padre por el resplandor de sus virtudes filiales, ellas deben ser la norma de nuestra modalidad filial.

Cristo ¡Cabeza del mundo entero! En Él y por Él todo debe alabar y ensalzar al Padre (cf. Ef 1,10-12). Esta idea elevó a Pablo; le dio fuerzas sobrehumanas. Los estrechos conceptos judaicos debían ser destruidos, porque ellos impedían que Cristo reinara en todo. Todo el mundo debía ser incluido, por consiguiente, el apóstol de las gentes se vio impulsado a ir de lugar en lugar, de continente en continente.”

viernes, 26 de marzo de 2021

La forma de Cristo

Desde el inicio de este año venimos reflexionando sobre el principio paternal, la figura del padre en nuestro camino de santidad y las ideas que nuestro fundador nos legó al respecto. Hace quince días rescaté de mi estantería el librito de aforismos del Padre Kentenich, entresacados de sus escritos y conferencias, titulado “Dios mi padre”. En la perspectiva de las fiestas que se inician este fin de semana, traigo hoy para nuestra meditación algunas frases de esta publicación sobre Cristo y su actitud filial. 

“La santidad es la configuración en Cristo, y Cristo ha hecho suya la forma, la actitud y la mentalidad filial ante el Padre, y la ha conservado a través de toda su vida. Cristo es la acabada entrega de sí mismo al Padre.

Estas son las primeras palabras que escuchamos de Cristo: "¿No sabíais que debo estar en las cosas de mi Padre?"(Lc 2,49). "El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque hago siempre lo que le agrada a Él" (Jn 8,29). ¿Presentimos lo que significa esto? Aquí tenemos el estilo de vida patrocéntrico, la actitud fundamental propia del Salvador.

Es fructífero comprobar —guiado por los Evangelios— como era determinante en todo para Cristo, la voluntad del Padre. Va al Jordán, al desierto, elige el doble círculo de discípulos y apóstoles, enseña, obra y sufre solamente cuando es su hora y mientras sea su hora. Porque el Padre ha determinado que sea bautizado con un bautismo de sufrimiento, se encamina valerosamente hacia Jerusalén, donde están sus enemigos, se deja entregar a ellos ¡y cómo ansía culminar su Obra! (cf. Lc 12,50).

Esta es la gran idea directriz que ha guiado al Salvador a través de toda su vida: Digo las palabras que el Padre me ha inspirado; realizo las obras que el Padre quiere, y voy a padecer y morir a fin de que vea el mundo que hago la voluntad del Padre.

¿Cómo ha sido Cristo para con el Padre? No quiso nada para sí mismo; sólo conoció la voluntad del Padre. Esta fue la única pasión de su vida: "Mi manjar es cumplir la voluntad de Aquel que me ha enviado" (Jn 4,35),

Cristo reconoció sólo una meta: la voluntad amorosa del Padre. Fue la única norma de su vida. Para expresarlo emplea con agrado la frase: "ha llegado mi hora" (Mc 14,41). Y mientras la voluntad amorosa del Padre aún no se vislumbra claramente, emplea el giro: "Mi hora aún no ha llegado" (Jn 2,4).

Cuando el Salvador dio cuenta de toda su vida, dijo: "Padre, he concluido la obra que Tú me encomendaste" (Jn 17,4). Sólo la obra que Tú me encomendaste, ninguna otra. ¡Qué no hubiera podido hacer el Salvador durante los treinta años que, por decirlo así, ha vivido en soledad! ¡Qué no hubiese podido hacer con su fuerza divina! ¿Por qué tanto tiempo en Nazaret? "Padre, heme aquí que vengo o cumplir tu voluntad" (Heb 10,7).

Su vida oculta y silenciosa o su vida pública fueron tan grandes como su pasión, porque fueron siempre la respuesta al deseo de Dios.

Juan nos da la clave para comprender la extrema tragedia y la gloria en la vida del Salvador. La encontramos en el capítulo décimo (v. 17ss.); leamos lentamente, tratando de agotar trozo por trozo su profundo contenido. "El Padre me ama porque entrego mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla; esa es la orden que he recibido de mi Padre".

Sufre porque quiere, muere porque quiere, resucita gloriosamente porque quiere… ¿Y por qué lo quiere? Porque el Padre así lo desea. Ese orientarse en el Padre, esa dependencia del Padre, es la humildad esencial de Cristo.

Cristo está ante nosotros como el hombre de una sola idea: hágase la voluntad amorosa del Padre en el reino de Dios. ¡Sí, la voluntad amorosa!… pues Dios es amor y todo lo que obra o desea es por amor, mediante el amor y para el eterno amor. Esos son los conocidos sonidos de la ley fundamental del mundo, sonidos que hoy día ya no se perciben ni se comprenden, y por consiguiente enmudecen universalmente cada vez más. En nuestras filas deben percibirse hasta el fin de los siglos en su polifónica armonía. Recibimos el texto y la melodía de los labios moribundos del Salvador y los transmitimos de generación en generación: lo último y lo más profundo en la voluntad del Padre, es y seguirá siendo el amor. Este es el gran misterio que nos revela claramente el Hijo en sus palabras de despedida: "Como el Padre me amó, yo os he amado: permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como Yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor" (Jn 15,9-10)”.

  

viernes, 19 de marzo de 2021

San José, padre y custodio

Aprovechando la coincidencia de este viernes (día del Blog) con la festividad de San José, traigo al mismo algunos pensamientos de nuestro Padre fundador sobre la figura, tarea y misión de san José. Están tomados de una novena que circula en nuestra familia de Schoenstatt, titulada tal como indico arriba.

 

Fe práctica en la Divina Providencia

“Tu voluntad, tu voluntad de Padre, que siempre se cumpla. En medio de las importantes y difíciles situaciones por las cuales atravesó la Sagrada Familia, san José se hizo siempre dependiente de las indicaciones de lo alto. Nada sucede por casualidad, todo viene de la bondad de Dios” (18-03-67).

Obediencia a la voluntad de Dios

“Tal como aparece san José en la Sagrada Escritura y como vive en nuestro corazón, él es el hombre de la acción. No habla mucho; actúa. Y si quisiéramos darle un común denominador a su actitud fundamental, deberíamos decir que toda su vida es una encarnación de la petición del Padrenuestro: ¡Padre nuestro, venga a nosotros tu Reino! el reino del Padre. ¡Hágase tu voluntad eh la tierra como en el cielo! Tu voluntad, la voluntad del Padre. Por lo tanto, no mi voluntad, no la voluntad de los potentados, de los dictadores. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo” (18-03-1967).

Padre, custodio, pedagogo y proveedor

“En el orden de ser objetivo, san José le fue regalado a la santísima Virgen. De ahí también la confianza sin límites. Él tiene que preocuparse de todo: para eso fue destinado por Dios. Por eso María confía en él; no habrá que preocuparse innecesariamente del porvenir. Por algo él asumió el cuidado principal, ya sea que permanecieran en casa o tuvieran que emigrar al extranjero. Ella confía en él. Él tiene la responsabilidad principal por la pequeña Sagrada Familia.

Esta es también la confianza que han aprendido de la Madre de Dios los auténticos hijos de la Iglesia: en los eventuales apuros económicos, en forma siempre renovada, centrarse en él, el patrono protector de la Iglesia, el hombre sencillo, el tutor, el “padre del pan” en las necesidades materiales” (1934).

Trabajador y santo de la vida diaria

Detengámonos por un instante en la imagen de san José. ¿Cómo está ante nosotros? ¡Con las herramientas en la mano! ¿Y qué quiere decir esto? ¡Que él es un hombre de trabajo!

Últimamente, de preferencia así lo ve la Iglesia, pero también el pueblo, el pueblo sencillo: ¡como a un trabajador! Ha sido un sencillo obrero, pero tal como nos lo pide el sentir cristiano: un obrero perfecto. En nuestro lenguaje: un perfecto santo de la vida diaria.

Es santo quien vive santamente, realizando en su vida cotidiana, de la manera más perfecta posible, la misión que el Padre Dios le ha dado. Todo cuanto hace —sea que estudie, que enseñe, que esté en la cocina o que haga no sé qué— todo eso lo hace por el más alto amor posible a Dios, pero también del modo más perfecto posible. Así está hoy san José ante nosotros (19-03-1966).

Alianza

“En san José descubrimos también el ideal de la piedad de alianza. Por regla general se le representa con el Niño en los brazos. Y donde vemos el Niño —al menos para nosotros— es evidente que siempre está unida a él la imagen de la querida Madre de Dios. ¡El Señor y María forman una biunidad indisoluble! ¿No han sellado ambos, tanto Jesús como la santísima Virgen, una alianza con José? ¿No ha sellado san José, ya en un sentido puramente natural, una alianza con las dos sagradas personas? Ellos han sido conducidos y unidos por el Dios vivo de modo que forman una comunidad familiar extraordinariamente tierna y profunda: una alianza, ya a nivel puramente natural. Por eso, el sentido de su vida es la fidelidad a la alianza, es la piedad de alianza.

¿No hemos sellado también nosotros, de modo semejante a san José, una alianza de amor con esas dos sagradas personas?” (19-03-1966).

Apostolado

“La misión de san José no sólo consistió en realizar esta biunidad con Jesús y María en su propia persona y en otorgar el debido lugar en su corazón a ambas personas; no, él debió también usar su vida para transmitir, de algún modo, esta convicción a todos los pueblos.

“José, levántate, toma al Niño ya su Madre”, es decir, llévalos a los pueblos. Esta es nuestra misión, que no debemos olvidar en la época actual, tan desorientada y tan desorientadora. No debemos cuidar solamente que Cristo sea reconocido por el paganismo; no, “toma al Niño y a su Madre”. Hemos de llevar a Jesús y a María en santa biunidad dondequiera tengamos que cumplir una misión” (19-03-1966). 

viernes, 12 de marzo de 2021

Confiar en el Padre

Desde la primera semana de este año venimos reflexionando sobre la paternidad en general y sus ‘reflejos’ en la figura de nuestro fundador, el Padre José Kentenich. Siguiendo algunas sugerencias, traeré a este Blog en las próximas semanas algunos textos que nos ayuden a plasmar en nuestras vidas las reflexiones citadas. Son parte de un pequeño manuscrito con algunos aforismos del Padre Kentenich, titulado “Dios mi padre”, publicado por las Hermanas de María de Argentina hace ya muchos años, al final de los setenta.

“La esencia de Dios es la paternidad, y a esta esencia corresponde la disposición paternal de Dios.

El sánscrito —antigua lengua de la India— tiene un vocablo que se emplea para decir padre y madre a la vez. El vocablo es "pitaru". Dios es "pitaru", es Padre y es Madre. Todo lo que el niño ve y busca de grande y digno de confianza, lo encuentra en el Padre Dios.

El principal móvil del obrar divino es su amor paternal. Hay también razones accidentales, por ejemplo, la justicia de Dios, la voluntad creadora y plasmadora, pero el móvil principal de la voluntad divina de comunicarse, es el amor. Ese amor es tan creador que moviliza a la justicia y a la voluntad forjadora de Dios.

El Padre Dios puede también causar dolor. Es también el Dios justo, pero la justicia es siempre movida por la misericordia, por el amor paternal. El buen Dios hace todo impulsado por el único motivo principal: el amor.

El buen Dios quiere atraer al ser humano mediante manifestaciones palpables de su amor. Así comprendemos la encarnación, la crucifixión, el sinnúmero de beneficios con que Dios nos colma. El Padre celestial quisiera vincular a sí nuestro instinto de amar, mediante manifestaciones palpables de amor. Aquí se revela el maravilloso acierto pedagógico del Dios todopoderoso.

Tenemos que estar siempre convencidos de la gran verdad: el Dios personal que nos rodea, encarna un poder sumamente fuerte, sumamente bondadoso y sumamente fiel. Lo que el niño presupone de sus padres, nosotros lo reconocemos en Dios, nuestro Padre. Por consiguiente, contemplemos mucho los atributos de Dios: su poder, su amor y fidelidad.

¡Cómo suena si digo: mi Padre! El buen Dios, el omnipotente, el omnibondadoso, el omnisciente, es mi Padre… Si estuviéramos convencidos de ello, entonces resonaría simultáneamente: todo cuanto este Padre prevé y realiza, es siempre expresión de su paternidad… Dios es Padre, Dios es bueno. Y todo cuanto hace está bien.

¿Cómo es la verdadera imagen de Dios? Es la imagen del Padre, el Padre Dios, el Dios del amor, que también puede hacer austeras exigencias a sus hijos, a fin de que ellos se asemejen cada vez más a la imagen del Unigénito. A la luz de la fe veo la mano del Padre también en las duras pruebas del destino.

Nadie nos ama tan tierna y acendradamente como el Padre. Afirmémoslo especialmente cuando no lo comprendemos. ¿Habrá un amor paternal mayor que aquel que asemeja a sus hijos con el Unigénito pendiente en la cruz? Esto solamente lo hace con sus hijos predilectos.

Si quiero decir mi sí iluminado y filial, tengo que escuchar el sí paternal y personal del Padre eterno.

El Salvador no se cansará de infundir en los suyos la gran verdad de que Dios, no solamente se preocupa del mundo en general, ni de un pueblo determinado, sino que también —impulsado por una profunda paternidad— vela por cada individuo. Este concepto contrasta con el Antiguo Testamento. Ciertamente que en el Antiguo Testamento, en la época del florecimiento del pueblo judío, se encuentra también la convicción de que Yahveh colma a su pueblo con cariño paternal, pero solamente al pueblo total, no al individuo.

Frecuentemente recalca Jesús que Dios Padre se preocupa paternalmente de cada uno personalmente, incluso hasta de las pequeñeces más insignificantes. Aquel que cuida de los lirios del campo y de las aves del cielo ¡cuánto más se preocupará por cada ser humano! Muchas veces el Salvador emplea imágenes que a primera vista apenas son comprensibles. Veamos las parábolas del hijo pródigo, de la dracma perdida, de la ovejita extraviada. ¿Qué quiere lograr Jesús con ellas? Quiere llenar el concepto de Padre con todo lo grande y noble que hay en el cielo y en la tierra.

Si quiero ser niño, todo depende que me convenza que detrás de todo cuanto acontece está la voluntad sapiente de Dios y su providencia.

Un niño sencillo tampoco cruza solo la oscura puerta de la muerte. Todo lo vence mediante la confianza. Si Dios, el Padre, está conmigo, no debo tener miedo. El partido más fuerte es siempre aquel que tiene a Dios por aliado.

Cuanto más incondicionalmente confíe en el Padre, tanto más incondicionalmente me manifestará su amor paternal. Una de las faltas más grandes es desconfiar de la bondad de Dios. Nuestra preocupación más grande debería ser estar despreocupado en cada segundo, no por negligencia, sino porque confiamos en Dios.

viernes, 5 de marzo de 2021

Paternidad: el carisma de nuestro Padre fundador

Completando la serie de reflexiones de las últimas semanas sobre la ‘paternidad’, traigo hoy unos pensamientos de Virginia Parodi, Hermana de María de Schoenstatt y doctora en teología, entresacados de su libro “El vínculo con el fundador: ¿Por qué? ¿Para qué?” (Editorial Schoenstatt-Nazaret, Argentina). Inicio la cita con unas palabras del Padre Kentenich sobre el mismo tema:

 “Desde sus santuarios, la santísima Virgen procura transmitirnos un carisma. ¿Cuál? Una nueva imagen de Padre. El amor infinitamente misericordioso del Padre, el Padre Dios que nos ama infinitamente. Un Padre Dios que nos sale al encuentro sonriendo… Un Padre que no puede hacer otra cosa que amarnos indeciblemente”. (Conferencia del 15 de marzo de 1966).

 

Los dos elementos constitutivos de su carisma

Es en la realidad de la alianza de amor que su carisma recibe su sello y cuño más original. En cuanto a una formulación concreta, se lo puede describir con una u otra frase, pero hay dos elementos básicos que no deben faltar y que constituyen su carisma:

• ser un transparente de Dios para los demás (paternidad)

• ser un instrumento de la MTA en la educación de hombres “nuevos” y de una comunidad nueva que tengan como imagen arquetípica, modelo y educadora a María.

El carisma del padre José Kentenich está orientado a la formación de esa personalidad que madura en una red orgánica de vínculos, tanto en el marco de sus relaciones naturales, como en el de la vida interior, en comunión con el Dios Trino. ….

Paternidad carismática: religiosa y pedagógica

Ser icono del Padre Eterno resume el esfuerzo de nuestro padre por intentar que quien esté con él tenga una experiencia de la paternidad de Dios, de lo que significa que alguien lo quiere, lo acepta, lo recoge, lo sostiene más allá de sus límites y fracasos personales. Una particularidad de su carisma que suele expresar con el término: carácter de transparente y que está sustentada en la verdad teológica de la semejanza entre Dios y el ser humano (cfr. Gen 1,27).

“El Dios uno y trino de la revelación trasciende nuestra comprensión. Para acercarse un poco más a nuestro entendimiento, quiere salirnos al encuentro a través de quienes lo transparentan: personas nobles, especialmente la santísima Virgen y su Hijo Unigénito. Nobles imágenes de Dios, en el orden natural y sobrenatural, facilitan al hombre intelectual pasar de la imagen al prototipo y tener así una representación más tangible del Dios infinitamente perfecto. Sobre todo, personas profundamente bondadosas tienen en esto una importante misión. Ellas deben hacer comprensible el Dios de bondad al hombre que lo busca. Estos conocimientos y observaciones nos impulsan a reflejar, lo más perfectamente posible, las magnificencias de Dios en nuestro ser y en nuestra vida”. (Pensamientos de Sponsa, 1942).

Cuando hablamos de la paternidad de nuestro padre, no hablamos de una cualidad unida al sexo masculino sino de un carisma que lo hace portador de nueva vida, que despierta vida y la recoge orientándola a su plenitud. La Paternidad de Dios -y toda paternidad sobrenatural, más aún carismática- no es una paternidad “masculina” sino paternidad y maternidad al mismo tiempo.

Paternitas-maternitas de nuestro padre

Padre por su cualidad natural

Padre por el carisma de fundador

Padre en virtud de su carisma

Al hablar de la paternidad de nuestro padre nos referimos, en una primera instancia, a su condición de fundador, de transmisor de su propia vida espiritual. En segundo lugar, hacemos alusión, además, a una cualidad natural, a ese don de su estructura psicológica en el que se une su profunda capacidad empática a una actitud abnegada de servicio a la persona concreta.

Pero en su caso hay aún algo más: José Kentenich no sólo es padre por ser fundador y por tener una calidez paternal natural. Él es padre, sobre todo, en virtud de su carisma, en una paternidad que en su transparencia y pureza espeja, en Cristo, el amor misericordioso de Dios.

“Lo que germinó en mí (con el tiempo) fue una amplia paternidad cuyo objetivo sólo fue, en definitiva, actuar creativamente donde pudiese con un amor servicial. Se trataba, además, de una paternidad que el otro despertaba creadoramente haciéndola trascender.

Casi podría decir que toda esa fuerza para amar que palpitaba en mí, intacta, se transformó en amor paternal y regó una amplísima extensión del terreno que tenía por delante, pero sin lesionar jamás -ni en lo mínimo- el imperativo de permanecer interior y exteriormente intacto”. (Escrito al P. Menningen, 14 de septiembre de l955).