viernes, 12 de junio de 2020

El hombre nuevo en Schoenstatt - Una introducción


Como comentaba una de mis lectoras, los textos iniciales de la última entrada al Blog nos llevan a tomar conciencia de la frágil situación de nuestro espíritu, y el último apunte nos invita a seguir adelante. ¡Queremos ser “hombres nuevos”! Queremos encarnar en nosotros la herencia de nuestro Padre fundador, su enseñanza y su vida.

Valga primero recordar que lo de nuevo lo queremos entender en comparación con lo viejo. El fundamento lo podemos encontrar en los textos bíblicos (ver Ef 4,24 y Col 3,10). Pablo consideraba al cristiano como la nueva creatura en comparación con los no cristianos (ver Gal 6,15). Sabemos que ha sido, es y será siempre para todo cristiano una tarea, la lucha por llegar a ser esa nueva creatura en Cristo.

¿Qué es en Schoenstatt lo ‘nuevo’ (la modalidad) de este “nuevo hombre” que nos anuncia Pablo? ¿Cuál es nuestra tarea específica? En una carta del Padre Kentenich de octubre de 1948 leemos lo siguiente:

“Como se habla del hombre jesuita, franciscano, benedictino, y se entiende por ello hombres que, en el marco de la imagen cristiana del hombre en general, encarnan una posible plasmación original de esa imagen, siguiendo la enseñanza y la vida de san Ignacio, de san Francisco o de san Benito, así, con la denominación de “hombre nuevo schoenstattiano”, habrá de entenderse por lo visto un hombre que representa un estilo de vida anunciado y plasmado por Schoenstatt. ¿Pero cuál ha de ser ese estilo?”

Veamos alguna de las características que le dan forma a nuestro “hombre nuevo”. Por una parte, es una persona motivada, vinculada y conducida por el ideal, pero sobre todo es un hombre libre. La libertad fue para el Padre la cuestión clave de su espiritualidad. El hombre nuevo schoenstattiano se autoexige desde su propia y libre decisión, y realiza lo decidido desde esa misma libertad. Se proyecta a sí mismo en auto-responsabilidad y desde su propia actuación, dando forma en su vida a la imagen original que Dios tiene previsto para él, lo que significa conquistar y dar forma a su “ideal personal”. Este es el hombre nuevo vinculado al ideal que nos propone el Padre Kentenich (y que él vivió ejemplarmente).

El “hombre nuevo” es también una personalidad integrada orgánicamente, que vive y da forma a su propia vida desde el centro de su propio yo (no se deja manipular por los demás). Para el Padre Kentenich la persona integrada es la que sabe desarrollar todas las capacidades y fuerzas de su naturaleza humana, y también la que sabe relacionarse adecuadamente con su entorno, una persona capaz de vivir y construir comunidad.

Finalmente sabemos que el “hombre nuevo” es un hombre animado por el espíritu, lleno de alma, enemigo del formalismo y del fariseísmo, que se sabe en medio del mundo, y que, consciente de ser aliado y colaborador de Dios, se esfuerza por construir la historia.
El Padre Kentenich explica algo de ello en su conocido tratado “Mi filosofía de la educación” (1959):

“El principio expuesto tiene en cuenta simultáneamente ambos aspectos: tanto la relación del hombre para consigo mismo (educación de la personalidad), cuanto su relación para con el tú del prójimo y del Dios viviente (educación de la comunidad y formación religiosa). De esa manera, el principio reúne los opuestos más rotundos entre el extremo individualismo y el colectivismo exagerado, uniendo a ambos en una creadora unidad de tensiones.

El modelo de esto mismo es la santísima Trinidad, a cuya imagen y semejanza fue creado el hombre. No en vano insiste el relato de la creación: "Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra." E inmediatamente se repite: "Hagámoslo según nuestra imagen y semejanza". Luego se constata con cierto júbilo "y lo hizo según su imagen y semejanza". Este modo de hablar expresa con gran claridad cuánta importancia otorga Dios a este carácter de imagen y semejanza propio del hombre. (…) Según ello, el hombre es imagen, reflejo y semejanza del Dios espiritual, del Dios hecho hombre y del Dios trino. Es sólo su reflejo, no su réplica perfecta. Evidentemente, no es Dios, sino sólo semejante a Dios. (…)

En su doctrina pedagógica, Schoenstatt se orienta imperturbablemente por esta imagen ideal. Por eso habla del ideal del hombre nuevo en la comunidad nueva, en todas las variaciones posibles.”

Conocemos ya la definición: “El hombre nuevo es la personalidad autónoma de una gran interioridad, con una voluntad y disposición permanente a auto-decidir, responsable ante su propia conciencia e interiormente libre, que se aleja tanto de una rígida esclavitud a las formas como de una arbitrariedad que no conoce normas. Por eso no reconoce una autonomía absoluta, sino que depende de Dios.”

En otro momento el Padre Kentenich lo explica así: “¿Cómo debe ser el hombre católico que Dios exige actualmente? Este es: 1°, el hombre total y absolutamente cristianizado; 2°, el hombre total y absolutamente personalizado; 3°, el hombre total y absolutamente lleno de alma; 4°, el hombre total y absolutamente unido en su interior.
Naturalmente, estas son palabras, juegos de palabras, pero abarcan, en líneas generales, todo aquello que Dios nos quiere regalar hoy en día.”

Recuerdo ahora a uno de mis maestros en la escuela schoenstattiana, el Padre Herbert King. En alguna ocasión citó el texto de un anuncio de la firma Kodak. En alemán decía: “Neues kann man nur mit neuen Augen sehen.“ Traducido: „Hay que tener ojos nuevos si uno quiere darse cuenta de lo nuevo.” Es lo que deseo e imploro para todos nosotros.




viernes, 5 de junio de 2020

El hombre telemático, ¿el hombre film?


En nuestro entorno europeo vivimos, poco a poco y con miedo, el final de la pandemia del ‘covid’. Los distintos responsables gubernamentales nos van conduciendo a una desescalada de las medidas de prevención. Para los católicos, la asistencia dominical a la Misa sigue siendo, aunque de nuevo posible, una experiencia distinta a la habitual: las distancias, las mascarillas, la entrada y salida del templo reguladas y tantos detalles que nos hacen anhelar lo que teníamos ayer. Lo positivo de todo: poder asistir al sacrificio del Señor, aunque la participación esté también regulada y controlada …..

Los que vivimos ya más de dos meses en cuarentena obligada nos preguntamos a menudo lo que pasará después. ¿Cómo será nuestro mundo a la salida de la crisis? ¿Qué rumbo tomaremos en la sociedad? Analistas, pensadores y otros expertos escriben sus cábalas en los medios de comunicación. A nuestro alrededor disponemos ya de abundantes señales del cambio. Las furgonetas que reparten la paquetería circulan ininterrumpidamente por nuestras calles, el pequeño comercio de nuestras ciudades desaparece, se implanta el así llamado ‘e-commerce’. Mis hijos me cuentan del teletrabajo en la empresa, y en los círculos docentes se piensa ya en ‘redefinir la experiencia del estudiante’ como resultado del uso de la digitalización en las aulas. Convertir las clases presenciales en virtuales ….. Algunos escriben incluso, que al final de esta crisis saldremos tan cansados de la familia que desearemos ‘volver al sueño de la tribu’ ….(??). Opiniones (¿o realidades?) para todos los gustos.  

Los teléfonos móviles aumentan en número, también en su capacidad y sus prestaciones, las pantallas del ordenador están en todos los dormitorios, las plataformas virtuales y de videoconferencias compiten por conquistar nuestro interés, vivimos en la hiperinformación; nos alegramos con los conciertos y encuentros digitalizados, con las misas y eventos religiosos bajo demanda, como si fueran películas a escoger del canal o catálogo correspondiente. Y nos alegramos, porque las tenemos. Pero algo hay en lo íntimo del alma que nos está llamando la atención. Tengo la sensación de que se está gestando en nosotros un nuevo tipo de hombre, el “hombre telemático”. ¿Somos conscientes a dónde nos llevan, a dónde vamos?

En un ensayo publicado en el año 2013 y titulado “Im Schwarm” – “En el enjambre” (Editorial Herder), el filósofo surcoreano y profesor de la Universidad de Berlín Byung-Chul Han, escribía lo siguiente:

“Ante el vertiginoso crecimiento del medio electrónico, Marshall McLuhan, teórico de los medios, advertía en 1964 en su tratado sobre la comprensión de los medios de comunicación: “La tecnología eléctrica ya está dentro de nuestros muros y estamos embotados, sordos, ciegos y mudos ante su encuentro con la tecnología de Gutenberg”. Algo semejante sucede hoy con el medio digital. Somos programados de nuevo a través de este medio reciente, sin que captemos por entero el cambio radical de paradigma. Cojeamos tras el medio digital que, por debajo de la decisión consciente, cambia decisivamente nuestra conducta, nuestra percepción, nuestra sensación, nuestro pensamiento, nuestra convivencia. Nos embriagamos hoy con el medio digital, sin que podamos valorar por completo las consecuencias de esta embriaguez. Esta ceguera y la simultánea obnubilación constituyen la crítica actual.” (Del Prólogo del libro editado por Herder).

Recuerdo al respecto a nuestro Padre fundador cuando hablaba del hombre-film. En el año 1949, al redactar su histórica ‘Epistola perlonga’ (toma de postura del Padre Kentenich ante la jerarquía de la Iglesia respecto a su fundación), escribía lo siguiente:

“El hombre film vive exclusivamente de impresiones externas y sensibles que, como en una película, van cambiando vertiginosamente en y con él, que no calan en lo profundo, que no generan ninguna actitud interior fundamental ni tampoco fluyen de ella.

Experiencias y enseñanzas de este tipo nos hacen tomar una estremecedora conciencia de nuestra miseria. Incluso algunos de nuestras filas, que tienen una visión clara del estado de cosas y trabajan por todos los medios en la solución del problema capital, se encuentran desvalidos ante la situación. Con todo derecho se preguntan qué hacer para inducir al hombre moderno, al hombre film, a saborear y paladear las cosas y verdades divinas. El hombre masificado −sin Dios, sin personalidad, sin moral, sin alma− sólo conoce un pensar fragmentario, a manera de puntos aislados, despojado de contextos. Se ha erosionado su mundo afectivo. Su voluntad está preparada para cumplir sólo las órdenes que le vienen de afuera…

Una vez estimulados los sentidos, exigen más y más alimento, por lo que aumenta el hambre de novedades y hechos sensacionales. Pero por esta vía el hombre se va desarraigando en los estratos más profundos del espíritu; pierde la relación con los distintos órdenes; pierde el cobijamiento en las formas y se va convirtiendo lentamente en una partícula de hierro, sin forma alguna, que puede ser atraída y asociada a sí por cualquier imán poderoso. Estas son las consecuencias más preocupantes de la masificación.”

En otro de sus escritos leemos lo siguiente:

“Al meditar sobre el hombre de hoy nos parece como si se hubiese reducido su densidad espiritual. Sus capacidades espirituales se han empobrecido completamente, en especial en lo referente a su capacidad de "saltar" hacia el más allá, hacia lo sobrenatural, hacia lo divino. El hombre moderno se ha convertido en un "hombre film", abandonado a las impresiones exteriores; sus actividades no guardan ya ninguna conexión orgánica entre sí, como si cada acto no estuviera arraigado en el núcleo de la personalidad. Enfrentamos así un tipo de hombre que es por último un absurdo. Si persevera en este camino que ha emprendido, en el futuro asistiremos a la completa disolución de la naturaleza humana. Naturalmente, Dios lo impedirá. No obstante, son tan graves la pérdida del punto de equilibrio y las oscilaciones de la sociedad de hoy que se podría hablar de un hombre deshumanizado, despersonalizado y masificado.”

No quiero concluir sin un apunte positivo: recuerdo la definición “del hombre nuevo” que aprendimos en nuestros primeros pasos de formación schoenstattiana. Creo que nos podrá ayudar en la situación que nos encontramos. El Padre Kentenich lo define así:

“El hombre nuevo es la personalidad autónoma de una gran interioridad, con una voluntad y disposición permanente a auto-decidir, responsable ante su propia conciencia e interiormente libre, que se aleja tanto de una rígida esclavitud a las formas como de una arbitrariedad que no conoce normas. Por eso no reconoce una autonomía absoluta, sino que depende de Dios.”

Ante la situación actual me atrevo a proponer a mis lectores el estudio y la reflexión sobre algunos textos del Padre sobre ese ‘hombre nuevo’ que debemos encarnar desde nuestro conocido “agere contra”, y como respuesta a los desafíos del momento. Comenzaremos, D.m., la próxima semana.


viernes, 29 de mayo de 2020

Anunciar la muerte del Señor, ¿cómo?


Al meditar sosegadamente la frase del apóstol Pablo a los Corintios – "Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" – se me ocurre que podemos dirigir nuestra mirada en varias direcciones. En primer lugar, es una mirada al pasado, en la misa recordamos lo que ocurrió en aquella ocasión, la primera vez; es también una acción de gracias y una conmemoración: aquí y ahora obedecemos el mandato del Señor que nos dijo: "Haced ésto en memoria de mí". Pero es además algo presente, es actualización y comunión: estamos viviendo unidos al Cristo que vive y sube al madero de la cruz. Y finalmente es un compromiso de vida: debemos anunciar con nuestra vida que Cristo vive en nosotros hasta que Él venga en la segunda venida, y podamos con él celebrar el banquete eterno, la cena de las bodas del Cordero (Apocalipsis 19).

El Padre Kentenich, al recordar el tercer principio por el que nos regimos sus hijos espirituales en la celebración de la santa Misa diaria, lo explica así, para aclararnos lo que significa en concreto ese compromiso de vida al que aludimos antes:

“Y después la tercera ley: Morten Domini annuntiabitis, donec veniat. Anunciaré la muerte del Señor hasta que vuelta a juzgar a vivos y muertos. Quiero anunciar la muerte. Quiero anunciar que el Salvador se ofrece misteriosamente de forma incruenta al Padre en sacrificio por nosotros. Pero también quiero anunciar la muerte del Señor ascendiendo misteriosamente con el Señor a la cruz en la santa misa. Por eso, en la santa misa me dejo colocar la corona de espinas. Me dejo atravesar el corazón por la lanza, hincar los clavos en las manos y en los pies. De ese modo camino por la jornada diaria. Durante el día el Salvador debe pender nuevamente a través de mí en la cruz y redimir el mundo. Así, la ofrenda de mi vida se convertirá en una continuación de la santa misa matinal, del mismo modo como la santa misa es una actualización del sacrificio de la cruz.”

En la charla a los matrimonios que venimos comentando en estas últimas semanas, aborda el mensaje de Pablo desde otra perspectiva, la del sacrificio:

“El tercer principio nos ha sido transmitido por el apóstol Pablo: Morten Domini annuntiabitis, donec veniat. Quiere decir: Proclamaréis y debéis proclamar la muerte del Señor, hasta que vuelva. Tenemos que citar más exactamente el texto: Cada vez que celebráis y cada vez que comulgáis, debéis proclamar la muerte del Señor. ¿Comprenden lo que significa? Solo lo comprende el que ha penetrado más profundamente en la esencia de la santa misa. Sabemos — o lo oiremos más tarde — que, en la santa misa, el Salvador es nuestra víctima.

No sé si los hombres modernos tenemos presente que el sentido del sacrificio, en el sentido estricto de la palabra, es un impulso primordial de la naturaleza humana. Si consultan alguna vez a los prácticos y teóricos, nos dirán que casi todos los pueblos tienen un sacrificio. Ahora bien, en el sacrificio tienen que distinguir entre un sacrificio habitual de mortificación y un sacrificio en sentido propio, en el sentido estricto de la palabra. Eso ha de estar también en su catecismo, el que aprendimos cuando éramos niños. ¿Qué es el sacrificio en este sentido estricto? Es el ofrecimiento de un don visible a fin de reconocer a Dios como el supremo Señor.”

Y en otro retiro en Schoenstatt (La santa misa escuela de filialidad) lo puntualizará de esta manera:

“Si nuestra actuación en la santa misa fue profunda deberá encontrar una continuación en nuestro trabajo cotidiano. Si hemos subido con Cristo a la cruz de manera misteriosa y en entrega total, si manos y pies fueron clavados en la cruz, el Padre puede hacer con su hijo lo que le plazca; y si eso no se hace realidad durante el día - es decir, si tengo la ocasión de hacer algún sacrificio, por ejemplo, si estoy con alguien que me resulta antipático - y no lo hago, bajo de la cruz.”

“Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.”   Tarea exigente, lo que Pablo nos pide ……..


viernes, 22 de mayo de 2020

De sacrificio (de la misa) a sacrificio (de la misa)


En estos tiempos de pandemia generalizada, de reclusión forzada y de presencia prohibida o regulada en nuestros templos seguimos anhelando y reflexionando sobre la participación y celebración de la santa Misa. Lo hacemos conducidos por el Padre Kentenich y sus charlas de los lunes a los matrimonios de Milwaukee, en este caso inspirándonos en la charla del 11 de marzo de 1957.

Aquel día les enunció los tres principios por los que nos regimos en Schoenstatt al respecto. La semana pasada abordamos el primero, Nulla dies ….., hoy traigo algunas reflexiones sobre el segundo. El Padre lo explicaba así:

“El segundo principio reza: De sacrificio in sacrificium. ¿Qué quiere decir esto? Tengo que reducir mi vida entera a un día, y este único día está enmarcado por dos santas misas. Al comienzo de las 24 horas está la santa misa, y al final está la santa misa. ¿Qué quiere decir el principio? Que las gracias que necesito para vivir de forma agradable a Dios durante 24 horas las recibo a través de la santa misa. Lo que sucedió ayer no me resulta más una carga, pues lo he depositado en el cáliz; y lo que sucederá mañana no me inquieta todavía, pues de eso cuidará el Salvador mañana.

Como ven, esto es significativo: mi jornada diaria está sostenida por la gracia de la santa misa. Por tanto, me acostumbro a vivir siempre solamente por un día. El pasado ya no existe, el futuro no ha llegado aún. Esto no significa que, por ejemplo, como hombre de negocios, no deba reflexionar sobre lo que tengo que hacer mañana o dentro de medio año. Solo quiero decir con ello que no me inquieto. Con el tiempo maduran las uvas. De este modo solemos rezar también nuestra pequeña oración: «Oh Señora mía, oh Madre mía, yo me ofrezco todo a ti… Te consagro en este día…». Concentrarlo siempre todo en el hoy. Un auténtico schoenstatiano vive siempre solo por un día. En el centro está la santa misa.”

En otras fuentes de la catequesis kentenichiana podemos informarnos con más exactitud sobre la forma y manera de vivir nuestro día en el espíritu de la Misa. Recordemos, por ejemplo, las estrofas de la ‘Misa del instrumento’ en el librito de oraciones ‘Hacia el Padre’. Allí rezamos, al finalizar la misa, las estrofas del ‘Envío’:

Desde el altar
nos dirigimos, Señor,
a dar tu forma
a la vida cotidiana.

Por todos los medios
queremos arrebatar
el mundo y los corazones
hacia el cielo, hacia el Padre.

Así como el pan y el vino
inmolándose se consagran a ti,
en todas las cosas debe
renovarse el o f e r t o r i o.

Todo exclame en coro:
"Santo es Dios";
todo debe c o n s a g r a r s e,
y ser y obrar santamente.

Todo sea c o m u n i ó n
en ti, Hijo de Dios,
un festejo con el cielo
y manifestación de la gloria divina.

Todo sea tu Reino,
e igual a ti, su Cabeza;
todo alabe con alegría
a la Trinidad en las alturas. Amén.


En todas las cosas ‘renovar el ofertori
En todas las cosas ‘renovar el ofertorio, obrar santamente consagrando todo, y hacer que todo sea comunión en y con Cristo Jesús’.

Al meditar sobre estos consejos del Padre Kentenich he recordado los primeros tiempos de nuestra formación en el Instituto de Familias de Schoenstatt. Fue en un retiro, Mayo de 1984. El Padre José Manuel López H., entonces en España, nos introdujo en el pensar del Fundador acerca del sacrificio de la Misa y la vida de cada día en nuestro matrimonio. El texto pertenece a la herencia de nuestro curso, lo titulamos “Eucaristía y matrimonio”, y pienso que a mis lectores les haré bien poder leerlo, meditarlo y llevarlo a la vida. El que así lo desee, puede encontrar el texto en el siguiente enlace. Aprovecho para agradecer una vez más al P. José Manuel, ahora en Chile, por todo el cariño que nos tenía.
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Para leer o escuchar el texto del retiro, haz 'clic' en el siguiente "Enlace":






viernes, 15 de mayo de 2020

NULLA DIES SINE SACRIFICIUM MISSAE


¡Que no haya día sin la santa Misa!, deseaba el Padre Kentenich para todos sus hijos. Aquí, en mi tierra de España, seguimos sin poder hacer realidad este consejo. El confinamiento por un virus es el culpable. Agradecemos las posibilidades que Internet nos brinda con la transmisión de las misas en diversos altares del mundo, pero nos falta, anhelamos, la celebración conjunta y personal de este gran misterio, la liturgia del sacrificio del Señor.

Esta clausura obligada me lleva a menudo (curiosamente) a la nostalgia: en estos días estoy hurgando en los recuerdos de mi infancia. Entre ellos, el recuerdo de mi padre, el maestro de escuela de los años de la postguerra española. De niño me senté en los bancos de aquella escuela del pueblo …… la de mi padre. De él aprendí yo el catecismo, porque, en aquellos tiempos, los maestros eran a la vez los catequistas. Su fuente, el célebre ‘Catecismo Ripalda”.

¿Qué aprendí de él sobre la Misa? Junto a mis compañeros de escuela, repitiendo en coro y en voz alta, contestando todos a las preguntas del maestro, aprendimos:

En cuanto al oír Misa, decidme: ¿Qué cosa es Misa?
“Un sacrificio que se hace de Cristo, y una representación de su vida y de su muerte”.
¿A quién se hace este sacrificio?
“Al Padre Eterno”
¿Para qué?
“Para tres fines: para darle gracias, satisfacerle, y pedirle beneficios”.

El Padre Kentenich nos habla también de la Misa como representación y de la ofrenda de este sacrificio al Padre. La eucaristía fue siempre para él “una fuente inagotable de gracias, el momento de mayor intimidad con el Señor y la ocasión para tomar las decisiones de mayor envergadura”, leemos en el libro ‘La santa Misa, escuela de filialidad’, que nos regala textos de un retiro predicado por el Padre en el año 1937, y del cual extraigo los siguientes pasajes:

“La liturgia de la santa misa es lo más importante para nosotros. …… Quiero hablarles sencillamente de ella. Me voy a expresar gráficamente para darle a nuestros sentimientos un punto de partida comparando la santa misa con un drama teatral. Ahora deben pensar qué puntos de coincidencia hay entre la santa misa y un drama. No voy a nombrarles todos los puntos, sino que voy a señalarles tres de ellos en los que ambas cosas se distinguen. ….. La primera diferencia: Si vemos un drama teatral en el escenario, sabemos que sólo se trata de una representación. Por ejemplo, se representa a un rey. Es sólo una representación, un recuerdo de algo que ya pasó o que tal vez podría haber sucedido.

¿Notan ustedes la diferencia? La santa misa no es solamente una representación sino viva realidad.

¿Qué quiere decir esto?  ¿Qué es lo real en la santa misa? ¿Qué representa el sacrificio de la santa misa? El sacrificio de la cruz. Por lo tanto, recuerda algo: es un signo, un símbolo o un recuerdo. ¿Es la santa misa simplemente un recuerdo? ¿El sacerdote en el altar solamente nos recuerda que Jesús, en aquellos tiempos ofreció el sacrificio en el Calvario?

Eso ya sería hermoso. Pero sin embargo no es lo más profundo, el núcleo de la santa misa. En la santa misa tenemos al Salvador verdadera y efectivamente. En la luz de la fe vemos - si puedo expresarlo así - cómo Él baja desde la eternidad a la temporalidad y repite y renueva sobre el altar el sacrificio de la cruz de manera misteriosa. Por lo tanto, no es solamente representación sino realidad.

Acuérdense simplemente de estas cuatro palabras: drama teatral: representación, santa misa: viva realidad.” ………

Más tarde, en el mismo retiro, el Padre Kentenich habla también del Padre Eterno en relación al sacrificio de la Misa.

“Jesús: nuestro camino al Padre. Si consideramos nuestra propia experiencia diremos que Jesús será para nosotros camino hacia el Padre, en la medida en que nosotros lo amemos íntimamente. Debo estar vinculado profundamente a Él; entonces me resultará natural vincularme por medio de Él con el Padre. Por lo tanto Jesús no es sólo racionalmente el camino hacia el Padre sino también vitalmente; y para que esto sea verdad es necesario que yo lo ame íntimamente.

La liturgia presupone - mirándola desde el punto de vista de una sana sicología - una intimidad con Cristo.

Ya les dije que podemos considerar a la santa misa como medio de alabanza. En lugar de alimento uso una expresión más linda que me propuso uno de ustedes: medio de vida. La liturgia debe ser considerada también como objeto de culto.

¿Qué quiere decir eso? Yo mismo estoy vinculado a Él, yo mismo lo alabo, yo mismo quiero amarlo profundamente.
……. Vuelvo otra vez a la idea de ayer: pienso en mi miseria y en mi pecado, y me siento tan pequeño ante el Padre celestial… en vez de decir: me siento pequeño ante el Padre celestial, es comprensible que, por decirlo así, me esconda en Jesús, ante el Padre. Yo estoy vinculado a Jesús; Él y yo somos una sola cosa. ¡Contacto íntimo entre Él y yo! Tal como Jesús se hizo pequeño en el Monte de los Olivos, así yo quiero adoptar esta actitud en el Salvador.

A aquel a quién todo esto todavía no le resulte natural, debe procurar ir armando poco a poco el puente de unión entre lo que hemos experimentado y lo que hemos oído.”

Buen consejo, esto último, para reflexionar y rezar en esta semana. ¡Mis saludos!

viernes, 8 de mayo de 2020

Anhelando anunciar la muerte del Señor


En algunos países de nuestro entorno europeo se están abriendo cauces para superar el así llamado estado de alarma, retornar a la normalidad para que los ciudadanos puedan volver a disfrutar de sus derechos más elementales, por ejemplo, el de asistir a los templos para celebrar con el sacerdote la eucaristía. Lo anhelamos y nos alegramos de poder recibir pronto el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el pan y el vino eucarísticos.

Sobre este misterio tan grande de la liturgia eucarística dice el Padre el Padre Kentenich en una de sus charlas de los lunes a los matrimonios de Milwaukee, en concreto, en la del 11 de marzo de 1957, lo siguiente:

“¿Qué entendemos por liturgia? La liturgia es el misterioso actuar de Cristo como cabeza de la Iglesia y el misterioso co-actuar de la Iglesia, su esposa, para exorcizar, limpiar de pecado y transfigurar el mundo. No sé si ya habrán comprendido alguna vez toda la profundidad de la liturgia. Ahora tenemos la televisión. ¡Cuántas cosas pueden explicársenos a través de la televisión! Acontecimientos que sucedieron hace tantos y tantos cientos o miles de años. Pero eso no es más que una exposición ilustrada de lo que sucedió en otro tiempo.

La liturgia es más que una mera exposición ilustrada de lo que hizo el Salvador. Por eso decimos: la liturgia es el misterioso actuar de Cristo, un actuar de Cristo como cabeza de su Iglesia, pero también, al mismo tiempo, un misterioso co-actuar de la Iglesia, su esposa. ¿Y cuál es la intención de ese actuar? Hay que exorcizar el mundo, limpiar el mundo de pecado y divinizar el mundo. Lo que es especialmente importante para nosotros en este momento es la convicción de que la liturgia es un actuar, un actuar de Cristo, o sea, no solamente un recuerdo de algo sucedido en otro tiempo, como lo hace presente a nuestros ojos, por ejemplo, la televisión.”

Queremos agradecer, y agradecemos a todos los sacerdotes que se han esforzado en las últimas semanas por transmitir la santa misa por televisión, dándonos la posibilidad de “asistir” espiritualmente a la misma. Pero no es lo mismo. Anhelamos vivir con el sacerdote, juntos como iglesia, él y nosotros, el sacrificio del Gólgota, anhelamos anunciar la muerte del Señor. Curioso, pero acertado, el comentario del Padre Kentenich en su charla:

“En las últimas pláticas les he expuesto en sus contornos generales la imagen bíblica del Salvador. Y hoy digo: esta imagen del Salvador como reflejo de la imagen del Padre sigue viva también hoy, y no solamente en el cielo; sino también aquí en la tierra. Él nos sale al encuentro actuando de manera misteriosa en toda la liturgia, especialmente en la santa misa. Con esto tenemos el punto con el que podemos confrontarnos hoy un poco. Muchos de nosotros —como, en general, nuestro pueblo católico local— hemos adquirido la costumbre de ir a misa y comulgar diariamente. ¿Qué es, en la práctica, la santa misa? Una actualización, real aunque misteriosa, del sacrificio de la cruz. Tienen que tener cuidado de entenderlo bien: la expresión «make present» puede entenderse de forma muy errónea. Eso mismo lo hace también la televisión: también ella hace presente algo. Pero es solamente una presencia en imagen. En la eucaristía se trata de una repetición, una repetición misteriosa. El mismo acto realizado en el Gólgota es repetido aquí realmente, introducido en nuestro presente. El sacrificio del Gólgota es sin duda también la prueba suprema del amor misericordioso del Padre y del amor misericordioso de Cristo.”

En nuestra Familia de Schoenstatt se vive la santa misa según tres principios enunciados y vividos por el fundador, la primera generación, y los que vinimos después. El Padre Kentenich los enunciaba así:

-              -  Nulla dies sine sacrificium missae  (que no haya día sin sacrificio de la misa)
-              -  De sacrificio in sacrifricium      (vivimos de misa en misa)
-             -  Morten Domini annuntiabitis, donec veniat  (1Cor 11,26 - "Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga.")

En el comentario de la semana que viene incluiré algunas reflexiones más amplias para comprender mejor el contenido de estos tres principios enunciados aquí. Lo que nos ayudará a vivir lo que el Padre Kentenich decía: “La santa misa debe ser el centro, el punto de partida y de convergencia de toda nuestra jornada diaria”.

sábado, 2 de mayo de 2020

Superar el confinamiento en la fuerza del espíritu


En la vieja casa del Movimiento en Schoenstatt, la conocida como ‘Bundesheim’, podemos visitar una sala en la planta baja, en la que el Padre Kentenich se reunía con los asesores, sacerdotes responsables de la pastoral schoenstattiana de Alemania. Corrían los años treinta del siglo pasado, y era conocida como la ‘Sala de la Arturrunde’. Había en ella efectivamente una mesa oval, alrededor de la cual se sentaban los responsables del Movimiento. Mis lectores recordarán aquella otra mítica ‘Mesa redonda’ o ‘Tabla redonda’ de Camelot, alrededor de la cual el rey Arturo y sus caballeros se sentaban para discutir asuntos importantes para su reino.

Al iniciarse el nuevo año 1942 el Padre Fundador escribe desde su prisión de Coblenza una carta a los miembros de la referida ‘Ronda de Arturo’, explicándoles la forma y manera de superar el confinamiento del calabozo en el espíritu del “poder en blanco” y de la “Inscriptio”. Animaba a sus hermanos los sacerdotes de Schoenstatt a no caer en el desánimo y desesperación, como había ocurrido con algunos otros hechos prisioneros por la Gestapo.

“Se me ha dicho que de 85 sacerdotes que pasaron por aquí (Cárcel de la Gestapo en Coblenza) el año pasado, el 99 % de ellos estaba amargado, paralizado y quebrado. A la luz de mis experiencias, esta dura evaluación me parece comprensible, justamente porque un porcentaje no menor de nuestros sacerdotes no va más allá de una concepción aburguesada de la religión y de la vida. Quien no intente tempranamente vivir con seriedad una vida fundada en el poder en blanco y la inscriptio, se verá desbordado por la situación. En este punto las excepciones confirman la regla. Por eso harán bien en cultivar efectivamente, de alguna manera, esta actitud en todos los cursos y grupos. Es una vergüenza (tanto para nuestra vocación como para el cristianismo) que seamos tan poco capaces de asumir la vida de la cárcel. Hay sacerdotes que en todos los ejercicios espirituales descienden hasta los infiernos, que no quieren hacer ejercicios espirituales si en ellos no hay meditaciones sobre el infierno… Sin embargo, se quiebran ante las cosas más sencillas y cotidianas en cuanto la vida deja de ser "burguesa".”

El texto de la carta puede también servirnos a nosotros para superar las dificultades y falta de libertad a las que estamos sometidos en estas semanas de obligado confinamiento. Dice así:

“Ayer me preguntó un señor que a pesar de todos sus buenos propósitos no puede asumir la vida de este lugar, si yo no tengo a veces horas difíciles. Le contesté con toda sinceridad que no tengo horas difíciles, ni siquiera segundos difíciles. Tampoco cuando estuve en el calabozo sin luz, con su extraordinaria máquina trituradora, y encaré el tremendo desgaste que eso suponía. Este hombre no podía creerlo. Pero estoy convencido de que ustedes y todos los que fundan su vida en el poder en blanco y la inscriptio, serían capaces de asumir esa situación con la misma facilidad que yo.”

En una ‘entrada’ a este Blog, la del 28 de febrero de 2020, comentábamos la diferencia entre el poder en blanco y la Inscriptio. Leemos allí:

 …… la santidad consiste en amar a Dios y cumplir siempre su voluntad. Al avanzar en esta dirección nos esforzamos por olvidarnos de nuestro propio yo y damos a Dios el “poder en blanco”, renovando nuestra alianza en este sentido. Es la actitud de aquel que ‘extiende o firma un cheque en blanco’ para que se haga la voluntad del que lo recibe. Como María en su “Fiat” – “Hágase” de la Anunciación, un acto de confianza. Haciendo el “poder en blanco” queremos asemejarnos a Él y cumplir su voluntad, confiando plenamente en el Padre bueno que nos ama incondicionalmente. Entregar la propia voluntad para cumplir con la voluntad suya, la voluntad divina. En esto consiste la santidad.

¿Y qué es la “Inscriptio” entonces? ¿De qué se trata? Al renovar la alianza en el sentido de la “Inscriptio” pedimos a Dios que nos envíe la cruz y el sufrimiento si está en sus planes. …. La meta de la santidad – en el sentido de la Inscriptio - sería pues asemejarnos plenamente a Cristo crucificado en su entrega confiada a la voluntad del Padre. ….. La actitud de ‘Inscriptio’, si Dios nos la regala, es la gracia que nos quita los miedos y nos hace plenamente libres. De todo ello deducimos que la ‘Inscriptio’ es en realidad un don, no un mérito o aportación nuestros. Con el ‘poder en blanco’ y con la ‘Inscriptio’ se pone de manifiesto la verdadera libertad de los hijos de Dios.

En la carta antes citada concluye el Padre Kentenich animando a los suyos a asumir las restricciones de la libertad para conseguir así el verdadero espíritu de libertad para todos los hijos de Schoenstatt en todos los tiempos y lugares.

“Sacrifico con gusto y plena conciencia mi libertad a fin de implorar con mis sacrificios ese espíritu para la Familia. He aquí el nuevo camino. En toda ocasión propicia, alienten a todas las personas con quienes compartan un mismo destino, a desarrollar una similar actitud y modo de proceder, a fin de que recorran y aprovechen este camino. Cuanto más fuerte sea el amor a la Familia, tanto más fácil será asumir esas restricciones de la libertad. Quizás de esa manera sirvamos mejor y más eficazmente a la Obra que recurriendo a otros medios. Basta con no perder jamás de vista el rumbo de nuestra vida. De lo contrario seremos como un tren exprés rápido que se descarrila… ¡Todo sólo por la Familia! Así nuestra alma mantendrá su lozanía, su atención, su continuo desarrollo. Y la Obra florecerá.”
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