viernes, 28 de enero de 2022

EL HOMBRE ES UN DON DE AMOR DE DIOS (2)

En el texto de la semana pasada, “El hombre es un don de amor de Dios” pudimos leer y reflexionar sobre las palabras del padre Kentenich respecto a este tema. Nos detuvimos en el primer aspecto del mismo: ‘yo soy un monumento del amor de la benevolencia divina’. En su esfuerzo pedagógico el fundador de Schoenstatt procura interpretar en todos sus pensamientos “el mudo lenguaje del ser” que Dios ha puesto en las criaturas. En esta dirección van las palabras de esta charla que seguimos leyendo.  

 

“Soy objeto del amor de la complacencia divina - Importancia de esta conciencia

 

El hecho de que exista un ser que me mira con complacencia debe suscitar en mí una gran alegría. También al dirigir su mirada hacia mí, Dios pronuncia en cierto modo la frase: “Este es mi hijo amado”. Un gran asceta dijo en una ocasión que los santos sólo llegaron a ser tales a partir del momento en que estuvieron convencidos de que Dios los quería. Esta visión es acertada. También nuestra vida experimenta un giro cuando reconocemos esa realidad. ¡Cuánta conciencia del propio valor se encierra en ella! ¡Cómo sale, entonces, nuestra alma de su aislamiento! ¡Y cuánto empuje reside en la conciencia de que Dios me mira con complacencia! ……

Soy partícipe del amor divino - Amar a Dios a causa de él y a causa de mí mismo

Me está dado participar del amor divino, del objeto del amor divino. Él se ama a sí mismo y ama todo lo creado. Hagan ustedes mismos la reflexión sobre todo el tema. Me está dado participar del tipo y de la modalidad de su amor: por esa razón me ha dado la capacidad sobrenatural de amar. El tipo de su amor consiste en que nos ama por causa de sí y por causa de nosotros. Me está dado participar de ese tipo de amor, por lo que puedo amar a Dios tanto a causa de él cuanto a causa de mí mismo. Queremos crear claridad conceptual en este punto y reunir así leña para nuestra propia llama de amor.

Amar a Dios a causa de mí mismo

Me está dado amar a Dios a causa de mí mismo. Para expresar esto mismo, Ignacio utiliza el giro: “Y mediante esto salvar su ánima”.

Destaco tan fuertemente esta afirmación porque actualmente hay una gran controversia al respecto. Se dice que en esa afirmación nos encontramos ante una actitud totalmente egocéntrica. Por mi parte, les he delineado el contexto: me está dado amar a Dios a causa de mí mismo. Puedo hacerlo y, en determinadas circunstancias, hasta debo hacerlo. Lo ideal es que asocie el amor concupiscentiae con el amor benevolentiae.

Me está dado amar a Dios a causa de mí mismo. El ideal es que ame a Dios a causa de él, que gire en torno de él y que no piense tanto en mí mismo. Pero me está permitido amarlo a causa de mí mismo.

Y lo está porque así nos lo enseña el mudo lenguaje del ser. Aquí tenemos la razón metafísica más profunda. El mudo lenguaje del ser me enseña que soy un ens ab alio (ser de otro). Pero vayamos más a lo profundo: en la medida en que, por mi estructura de ser, soy en todo un ens ab alio, nunca podré encontrar plenamente la felicidad en mí mismo. Algo me impulsa siempre hacia Dios. La abalietas impulsa hacia la adalietas a fin de que yo alcance cada vez más la plenitud del ser, de la fuerza, de la actividad y de la bienaventuranza. Por eso, para mi propia plenitud dependo totalmente de Dios. De ese modo, me está dado amar a Dios también a causa de mí mismo porque él significa para mí enriquecimiento y plenificación. ¿Por qué no habría de asentir también in ordine agendi a lo que es válido in ordine essendi?

Me está dado amar a Dios a causa de mí mismo porque Dios ha elevado el impulso primordial de actuar y ser feliz a la esfera sobrenatural a través de la virtud infusa de la esperanza. En esa virtud amo a Dios a causa de mí mismo porque espero algo para mí: la bienaventuranza eterna.

Me está dado también porque el mismo Jesús aplica y enseña este motivo: él vino a sufrir y a conquistarse su gloria. De ese modo, señala el premio en el cielo, la corona, la bienaventuranza que está relacionada con la lucha por cumplir la voluntad del Padre. No es una búsqueda miserable de retribución sino la aplicación del principio ordo essendi est ordo agendi.

Me está dado igualmente porque los santos lo han hecho de ese modo: Pallotti, como también otros, han sabido todos entender el mudo lenguaje del ser, el lenguaje del impulso primordial del amor propio ordenado.”

  

viernes, 21 de enero de 2022

EL HOMBRE ES UN DON DE AMOR DE DIOS

El siguiente texto se sitúa en el marco de los esfuerzos del padre Kentenich para hacer que el saber se transforme en amor. Del mismo modo, el texto se enmarca en su manera de proceder fenomenológicamente, con la cual procura interpretar “el mudo lenguaje del ser”.

“Un excelente don de amor. No somos primariamente un don de justicia. Ciertamente no lo somos en cuanto al ser, puesto que Dios nos ha creado por puro amor. A lo sumo, lo seríamos en cierto sentido en cuanto al modo de ser, si pensamos, por ejemplo, en la ley de la herencia. Pero también en este punto soy primariamente un don de amor. Tampoco soy primariamente un don de omnipotencia. Yo no existiría sin la omnipotencia de Dios, pero es el amor el que le ha señalado el camino a la omnipotencia. Nos encontramos aquí ante el amor, la gran ley fundamental del mundo: todo por amor, mediante el amor y para el amor. Aplicando esta ley a mi persona, puedo decir, en general: la historia de mi vida llena una página entera del gran libro de las misericordias de Dios. Mi ser y mi vida son una aplicación excelente y concreta de la gran ley fundamental del mundo. Un inconmensurable torrente de amor atraviesa la creación, la sostiene y constituye su última meta. El amor es la luz en toda oscuridad. Sólo él es capaz de resolverme todos los enigmas. Es más fuerte que la vida porque es tan fuerte como la muerte. Por eso, si quitamos el amor de la creación, esta se desploma, puesto que el amor es su ley fundamental. Y así podemos decir que nuestra vida es una ilustración de esta ley fundamental del mundo. Ser un don del amor de Dios significa, entonces, en detalle,

que soy un monumento del amor de la benevolencia divina,

que soy objeto del amor de la complacencia divina

que soy partícipe del amor divino

que soy una llamada del amor divino.

Posiblemente, estos pensamientos nos resulten desacostumbrados en este contexto pero, no obstante, se encuentran comprendidos en la frase que dice: homo creatus esta Deo.

Soy un monumento de la benevolencia divina

Los teólogos nos dicen que el finis primarius creationis es la gloria Dei manifestanda, o bien, con una expresión más conocida que posiblemente nos agrade más: bonitas Dei manifestanda. Todo lo que existe es expresión del amor divino de benevolencia. Dios ha querido con benevolencia las cosas y las ha llamado a la existencia. Por eso, también yo soy una expresión de la benevolencia divina, un monumento al amor de la complacencia divina. Bonum es diffusivum sui. Dios es el amor y, por ello, todo lo que existe debe participar de su amor. Yo participo de ese amor de manera singular: tan grande es el amor de Dios que está encarnado en mí, tantos los dones del amor que poseo. Este amor de la benevolencia divina tiene por cualidades ser eterno, efectivo y universal.

Eternidad del amor de Dios

Ese amor es eterno. “Con amor eterno te he amado y, lleno de compasión, te he atraído hacia mí” (cf. Is 54,8). Es eterno en su longitud: desde toda la eternidad para toda la eternidad. Desde toda la eternidad: podrá ser que los hombres no me tengan en cuenta, que me traten como un número entre otros, que no se preocupen de mí; pero Alguien se ha preocupado por mí desde toda la eternidad y se preocupa siempre por mí. Jamás ha habido un tiempo en el que Dios no haya pensado en mí, ni habrá tampoco tiempo alguno en que no vaya a pensar en mí. Debemos aprovechar estos sencillos pensamientos que nos son tan familiares para que capten siempre nuestro corazón. El impulso primordial es el impulso de amor, y ese impulso se despierta con la mayor intensidad cuando me sé amado, cuando me creo amado y cuando, en lo posible, me siento también amado. Además de contemplarme a mí, Dios ha contemplado asimismo desde la eternidad todas las cosas. Pero ¿¡qué es eso frente a su amor eterno por mí!? Ese amor es eterno también en su amplitud: “Aunque una madre se olvidara de su hijo, yo no te olvidaré”. Y es eterno en su profundidad: “Tanto me amó, que entregó a su Hijo unigénito por mí”, entregándolo a esos sufrimientos, a ese tormento.”

De: El hombre heroico (1936), 91-102

 

viernes, 14 de enero de 2022

ACEPTAR EL AMOR QUE SE RECIBE


El Padre H. King al presentar estos textos cortos sobre el tema en el libro ‘El poder del amor’ hace el siguiente comentario: Ser desinteresado no significa rechazar todo lo que puedo recibir en el amor. No sólo se trata de que yo mismo ame. Aprenderé a amar en la medida en que sea amado, y no solamente por Dios. Debo tomar conciencia de que hay también personas humanas que me aman. Y he de poder aceptar ese amor, cuando se me brinda, y aceptarlo adecuadamente. En este punto, el padre Kentenich constata una gran frialdad, torpeza, aspereza e inhibición. Una y otra vez vuelve sobre el tema, a menudo y en particular frente a sacerdotes. Pero es también aquí donde reside el problema de muchos matrimonios, padres e hijos. Y de los seres humanos en general.

De: Carta del 08.09.1954, 4

Pero dese usted cuenta de que, por lo común, al teólogo católico de hoy le resulta significativamente más difícil aceptar adecuadamente el amor que se le ofrece y que él mismo ha despertado, como también traspasarlo en forma intacta, que dar amor. Y esto sin considerar que nos estamos moviendo en un terreno que resulta bastante sospechoso de acuerdo a la concepción corriente que rige en ciertos círculos. Sin embargo, como a la larga es imposible negar la naturaleza, pero, por otra parte, no se quiere caer en descrédito, se produce una peculiar escisión en la vida interior y exterior. Se ocultan cuidadosamente ante ojos ajenos los afectos más nobles y las fuerzas creadoras, preparando así trastornos obsesivo-compulsivos en la propia vida y disponiendo el alma, aun sin quererlo ni saberlo propiamente, para fuertes descarríos. Es obvio que la regula tactus desempeña aquí un papel especial […]. Consideramos que la misma se cuenta […] entre los medios que garantizan la función de traspaso.

De: Conferencias 1963, 10, 192

Ahora bien, este es el misterio del amor. El mismo Señor nos lo dice: el que quiera ganar su alma, o sea, ganarse a sí mismo, la perderá (cf. Mc 8,35 par). Si me quiero regalar a un tú en el amor, entonces me obtengo nuevamente. ¿Qué significa esta afirmación? Este es el gran misterio: regalarme en el amor significa reencontrarme, es decir, encontrarme de manera más plena en el tú. Y cuando yo mismo recibo amor, y no debemos perder de vista que aceptar amor es a menudo más difícil que darlo, cuando se me regala amor, debo cuidar atentamente de aceptar ese amor de forma correspondiente. Si fulano, mengano o zutano, a través de su entrega a mí, no se realizan en su modo original de ser, es que no he recibido su amor de la forma que corresponde.

De: Conferencias 1963, 9, 20

Esta es asimismo la gran tragedia para muchas mujeres en la actualidad: no pueden dar a nadie su corazón, nadie acepta el corazón. O bien, si se lo acepta, la aceptación se sexualiza enseguida por completo. […] No queremos repetir ahora estas cosas, ya que las hemos comentado anteriormente de forma más extensa: recibir adecuadamente el amor es a menudo mucho más difícil que dar amor. Pero hay que aprenderlo.

 

Sobre la expresión “regula tactus” escribí en mi Blog de la “Ternura” ( https://escueladeternura.blogspot.com ) el 22 de junio de 2018, bajo el título “¡Noli me tangere! El célibe y la ternura”, lo siguiente:

‘No soy célibe, pero sí puedo referirme a mis experiencias con muchas de estas personas: tanto en mi familia como fuera de ella he tenido la gran suerte de relacionarme con muchos sacerdotes y personas de vida consagrada que han sido para mí un ejemplo de vida, también un ejemplo de vida plena de amor por los demás, por las personas que Dios les había encomendado. Uno de los agraciados soy yo mismo (valga citar a mis párrocos y confesores, así como a los padres asistentes espirituales de mi comunidad en Schoenstatt).

Ya en mis educadores, los padres escolapios, pude experimentar lo que caracteriza esencialmente a la ternura, es decir el amor y el deseo de comunión, de preocupación, de entrega al otro. Estoy convencido que ellos fueron también para mí los portavoces de la ternura de Dios con los hombres.

Es evidente que la vivencia de la sexualidad en las personas célibes tiene sus propias reglas. De ello soy también testigo y me permito dar un testimonio personal de lo visto. Los sacerdotes y mujeres consagradas que he conocido han vivido su celibato de forma ejemplar. Recuerdo haber oído de alguno de ellos (fue un escolapio) algo sobre la 'regula tactus’; esta expresión la encontré después en las charlas del Padre Kentenich. La tal norma se refería al contacto físico, es decir: yo como célibe limito mi contacto físico con otras personas a las convenciones de la cultura (como, por ejemplo, dar la mano al saludar) y lo que me exija mi estado de vida (en el caso de los sacerdotes, administrar los sacramentos).’

  

viernes, 7 de enero de 2022

AMAR A DIOS EN EL HOMBRE Y AL HOMBRE EN DIOS

Pasadas las fiestas de Navidad seguimos con el tema abordado en las últimas semanas del año pasado. Se trata de diversas reflexiones sobre el AMOR que nos regala el Padre Kentenich en sus charlas, escritos y conferencias.

Hoy quiero presentar dos textos referidos al amor humano y al amor a Dios y a la relación mutua que une a ambos amores. El primer texto está tomado de una plática del 31 de mayo de 1945 en el acto de toma de hábito de un grupo de Hermanas de María de Schoenstatt. En el libro que venimos leyendo (El poder del amor) el Padre King lo titula: QUERERSE HUMANAMENTE Y QUERER A DIOS. Dice así:   

“Hay que despertar en nosotros el órgano del amor. Por esa razón impera en nuestra familia la gran idea, la gran visión de que podemos y debemos querernos unos a otros también humanamente. Si sólo fuese un amor absoluto a Dios el que debiese sostenernos, sabemos que no sería sólido para afrontar la vida. El corazón debe encenderse también para querer humanamente. Entonces tendremos un órgano preparado para abrazar al Amor eterno. Y la prueba de la intimidad, la fuerza, la profundidad y la durabilidad del amor a Dios reside en un amor profundo, auténtico y sano entre hermanas y al prójimo.”

De: Plática para la Vestición de Hermanas de María del 31.05.1945

 

Traigo también al Blog de hoy un pasaje muy interesante, y que ya hemos comentado en otras ocasiones, en el que el Padre Kentenich afirma que el ideal de la relación entre amor a Dios y amor a los hombres es el de ser prácticamente una única gran bi-unidad. Leemos:

“Se trata de un conocido filósofo francés. En sus años mozos, había tenido una relación de amor con una joven danesa, de confesión protestante. Ambos se querían. El francés amaba apasionadamente a la muchacha. Destaco especialmente el ejemplo porque hemos elegido ya previamente esta base: vivencias de amor natural.

La muchacha le respondió, con un poco de temor pues el amor era demasiado íntimo y fuerte: “También yo te amo, pero amo a Dios mucho más que a ti”. ¿Entendemos lo que quiere decir? Temor de que el amor humano pudiese no desembocar como corresponde en el amor a Dios.

¿Qué responde con gran simpleza el destinatario, llamado Bloy? “No puedo entenderlo. No puedo entender en absoluto lo que escribes. Para mí, el amor nunca está desmembrado. Para mí, el amor, amor a ti, amor a Dios, es siempre una unidad absolutamente consistente. Te amo, sí, te amo en Dios”, y quiero decirlo a propósito lentamente, “te amo en Dios, te amo a través de Dios, o amo a Dios a través tuyo y te amo por Dios. Más aún: te amo plenamente y amo a Dios plenamente. En ti amo plenamente a Dios y amo plenamente a Dios en ti. Esta disociación entre amor a Dios y a los hombres me resulta absolutamente inconcebible. Hagámoslo sencillo nuevamente: ¡amemos, sin más! ¡Verdaderamente, Dios no nos ha llamado de la nada para que nos atormentemos y torturemos mutuamente, para que tengamos miedo del amor! ¡Él nos ha creado para que lo glorifiquemos por el amor, por un auténtico amor mutuo!” […]

El amor a los hombres es presupuesto y hasta coronación de un auténtico y profundo amor a Dios; bi-unidad entre amor a Dios y amor a los hombres. Donde falta el amor a los hombres, ¡qué difícil será percibir en sí un verdadero amor a Dios, un amor profundo, entrañable y sincero a Dios! Es posible, pero difícil, extraordinariamente difícil.”

De: Vivir de la fe, tomo 9, 163-165

 

viernes, 31 de diciembre de 2021

Hacia los tiempos más nuevos

Vivimos en este final de año tiempos difíciles. Son muchas las familias que han perdido a seres queridos o que albergan en sus hogares a enfermos del ‘Covid’, otras viven en la inseguridad del mañana. Parece que la angustia nos persigue y atosiga a todos nosotros sin excepción.

En una selección de textos del Padre Kentenich titulada “Desafíos de nuestro tiempo” he encontrado algunos párrafos suyos que nos pueden ayudar en estos días. Sabemos que nuestro fundador vivió siempre intensamente su tiempo con una extraordinaria conciencia y responsabilidad histórica. Él se dejaba guiar por el Dios de la vida.

En cierta ocasión después de mostrar un sombrío panorama de nuestra cultura, que ha perdido su fundamento en Dios y que se encamina aceleradamente hacia el caos; un tiempo caótico, con un hombre desintegrado, vitalista y mecanicista, el Padre Kentenich no cedió al pesimismo ni al desaliento. Él decía y nos dice hoy a nosotros lo siguiente:

 Ha sido un cuadro francamente triste, desconsolador; sí, aplastante y desalentador, el que hemos mostrado. ¿No somos presa, a partir de eso, de cierto pesimismo que podría aminorar nuestra capacidad de acción? ¿No tendríamos que responder, moviendo la cabeza, que todo esto significa el fin de esa humanidad tan ricamente dotada por Dios, que él creó según la imagen natural y sobrenatural de sí mismo? ¿No significa, todo lo anterior, el término de la humanidad, de esa humanidad por la cual el Hijo Unigénito de Dios dio hasta la última gota de su sangre?

El pesimismo quisiera embargar nuestra alma y estremecerla profundamente. Quizás podríamos plantearnos más bien la pregunta así: ¿no estamos ante un aniquilamiento, ante un ocaso de la humanidad, como en el tiempo de Noé? ¿No surgirá de este derrumbe un nuevo tiempo, una nueva generación, una nueva familia humana de la cual va a brotar y crecer un árbol nuevo, una nueva primavera? ¿Quién puede darnos una respuesta precisa? ¿Quién de nosotros ha sido el consejero de la sabiduría eterna? (cf. Rom 11,34). ¿Quién ha podido jamás penetrar sus planes? Una cosa, sin embargo, puedo aseverar con seguridad: en este trasfondo oscuro brilla para nosotros un nuevo e inigualable optimismo. Es la simple y vigorosa fe de que está surgiendo un mundo nuevo, un mundo lleno de la luz y del brillo del sol, un mundo en el cual Cristo, el rey del universo, y María, la gran reina, van a obtener una victoria particularmente singular. Nosotros, que caminamos en las tinieblas, debemos comprendernos como los precursores de esta gloriosa nueva época, aunque también nuestro camino deba pasar por oscuridades y tinieblas o nos espere una muerte cruenta (…).”

Recuerdo, para terminar, que el Padre invitaba siempre a vivir con una enorme esperanza. Su último escrito (mensaje final para el Congreso nacional de los católicos en Essen, 1968) tiene la siguiente consigna:

“Alegres por la esperanza, seguros de la victoria, marchemos con María hacia los tiempos más nuevos.”

A los lectores del Blog y a sus familiares les deseo un feliz y muy bendecido año 2022.

viernes, 24 de diciembre de 2021

¡FELIZ NAVIDAD! - VIVENCIA DE LA ALEGRÍA

El Padre en un retiro espiritual del 7 al 13 de octubre de 1934 nos habla de la alegría - Es conocido como "Las fuentes de la alegría".

Ofrezco a mis lectores algunas consideraciones suyas sobre la vivencia de la alegría.

"Consideren cómo surge la vivencia de la alegría. Es una pregunta que nos interesa también en el marco de nuestra vida cotidiana, en la pastoral y en la educación. ¿Cómo será que se suscita la vivencia de la alegría? Una revisión serena del proceso nos mostrará que debemos hacer dos cosas. En primer lugar, debemos despertar el hambre de alegría en nuestra alma. Y, en segundo lugar, debemos esforzarnos por sumergir nuestra alma hambrienta de alegría en la atmósfera de la alegría, en una atmósfera de alegría como la que nos llega desde la Sagrada Escritura, desde la vida de los santos y desde la liturgia. Nuestra primera tarea consistirá en despertar el hambre de alegría.

1. Explicación psicológica

Una sana psicología a la vez que nuestra vida concreta nos permiten alcanzar una clara comprensión de la relación psicológica que existe entre esos dos momentos del hambre de alegría y del sumergirse en la atmósfera de alegría. Si estoy sufriendo hambre y entro a un recinto en el que me llega un aroma de alimentos asados ¿no es acaso evidente que me lance con avidez sobre los mismos? ¿Cuál es el sentido de la educación, psicológicamente hablando? Suscitar un movimiento espiritual de bienes, un movimiento espiritual de alegría. Ahora bien, para que esos bienes se capten en forma correcta es necesaria una correspondiente perspectiva de intereses o receptividad para los valores. Hay que generar ambas cosas: la receptividad para los valores y el movimiento de alegría. Esto mismo es lo que hemos expresado al decir que debemos despertar el hambre de alegría y sumergir el alma hambrienta de alegría en una atmósfera de alegría.

2. La alegría, un instinto primordial y un derecho inalienable

El hambre de alegría se despierta en nosotros cuando nos convencemos debidamente de que el instinto de alegría, el instinto de felicidad, es un instinto primordial de la naturaleza humana. Con esto tienen ante ustedes una afirmación de enorme importancia. Queremos alimentarla y convencernos de ella en forma tan clara y profunda que tengamos así una base firme a partir de la cual podamos formar y plasmar más tarde la vida en forma sistemática. ……

Por tanto, es falso y erróneo cuando se dice aquí y allá que la alegría no es más que un trago de una botella de champaña que muy pocos mortales pueden adquirir. ¡No es verdad! Todo aquel que pueda decir que posee naturaleza humana tiene un derecho inalienable a la alegría. Por eso mismo, el instinto de alegría debe ser satisfecho de alguna manera —el cómo lo veremos más adelante— pues, de lo contrario, la naturaleza puede enfermarse, puede sufrir una quiebra irreparable.

También se equivocan los que afirman que la alegría es una niñería: cosa para niños, niñas y mujeres pero no para vigorosas figuras masculinas. El varón tiene que cumplir con su deber; todo lo demás es secundario. ¡Es erróneo! El varón también tiene naturaleza humana, el instinto de alegría también está asociado con la naturaleza del varón y, consiguientemente, el varón también tiene un derecho a la alegría.

Y del mismo modo hablan y actúan en forma totalmente errónea los que opinan, en nombre de la religión, que una religión, sobre todo la religión cristiana, no debe suscitar alegría ni deformarse en alegría. ¡Qué erróneas son tales concepciones, ya por el solo principio que dice: gratia naturam non destruit, sed elevat! Aun cuando estemos insertos en el mundo de lo religioso, en el mundo de la gracia, no renunciamos a un sano derecho natural. Así, también Francisco de Sales y todos los que se hacen eco de él tienen razón cuando dicen: ¡un santo triste es un triste santo! Es decir: un santo que está triste es una caricatura de santo porque no ha cumplido el sentido de su naturaleza, no ha enderezado lo que, según la intención de Dios, debe enderezarse sin falta.

3. La alegría humana, participación de la alegría divina

Si es así que la alegría es un instinto primordial de la naturaleza humana, de ello se sigue una segunda consecuencia: la convicción de que la alegría tiene que ser de manera singular una participación de la alegría divina. Los instintos primordiales, los instintos primordiales sanos queridos por Dios deben estar profundamente arraigados también en Dios. ¡Recuerden que Dios es un Dios de alegría, que la alegría forma parte de la esencia de Dios! La profunda razón psicológica de esa afirmación estriba en que la alegría es el reposo del apetito en la posesión de un bien. ¿Y acaso no posee la voluntad de Dios el bien supremo en forma constante, eterna, inamisible, permanente, segura y garantizada? Dios se posee a sí mismo como el Bien Supremo. Por esa razón, Dios tiene que ser un Dios de alegría y quien ama a Dios, quien esté arraigado en Dios, participa de la vida divina y tiene que participar por ello también en la alegría divina."


  

viernes, 17 de diciembre de 2021

LA FUERZA UNITIVA Y ASEMEJADORA DEL AMOR

En la entrega de amor, el hombre se capacita y dispone para dejarse regalar por la persona amada, para asumir el mundo de valores de esa persona y dejarse marcar con la impronta de ese mundo. Se trata de un proceso de encuentro creador siempre renovado entre el propio mundo espiritual y psíquico y el de la persona amada. En tal sentido, el tema del desinterés en el amor y del amor a sí mismo no es sólo de naturaleza ascética y ética. Este tema desempeña en el pensamiento del padre Kentenich un papel especialmente importante en el tratamiento de la conexión que existe entre amor divino y amor humano.

“Ciertamente vale la pena detenerse en este lugar y preguntarse: ¿qué efecto tiene esta ley de transferencia, qué efecto tiene la vinculación orgánica, personal? Permítanme que se lo diga con una expresión técnica: tiene un efecto singularmente creador, ya que es el principio más creador en la naturaleza. Pueden preguntar a todos los que lo hayan experimentado por vez primera al haber alcanzado una vinculación profundamente íntima con Dios, [y les dirán] cómo se despierta todo un mundo, un ritmo de vida, y ello en un lapso muy breve de tiempo. Por otro camino hubiesen sido necesarias, tal vez, varias décadas para que esa fuerza creadora de la vinculación alcanzara sus efectos.

¿Quieren escuchar otra expresión de lo mismo? …… Quiero exponérselo en términos científicos con un par de rápidos trazos, dando la respuesta en el sentido de la filosofía antigua, de la filosofía moderna y del pensar y sentir de la gente sencilla.

En el sentido de la filosofía antigua. He señalado que la vinculación o, dicho de otro modo, el amor, el simple quererse, tiene dos fuerzas: una fuerza unitiva y una fuerza asemejadora. Son sólo expresiones diferentes para designar la transmisión de vida.

….. ¡Qué profunda es esta fuerza unitiva en el ser humano! Es estar profundamente uno en el otro, en lugar de uno contra otro: yo en ti, tú en mí, y ambos uno en el otro. Así es como la vida nos muestra los actos de amor. Y este estar uno en el otro es tan fuerte que podemos hablar de una conciencia de identidad: yo en ti, tú en mí, y ambos uno en el otro. …..

Pero no sólo se da una fuerza unitiva, sino también una fuerza asemejadora: idem velle et idem nolle, armonía de los corazones, de las inclinaciones. Ya los antiguos filósofos vieron esta realidad. Y la misma llega tan lejos que, en su forma extrema, uno se torna, sin quererlo, semejante a la persona amada hasta lo último. Esto es comunicación de vida.

…… ¿Quieren escuchar la misma idea en el sentido de la filosofía moderna? Es sólo una descripción diferente. Si expresamos de forma psicológica moderna lo que dijeron ya los antiguos, alcanzaremos mejor el objetivo. …. Según los modernos, son dos los efectos del amor, de la vinculación: en primer término, se sacia mi necesidad de cobijamiento; es lo que los antiguos llamaban efecto unitivo.

En segundo término, por medio de esa vinculación asumo la actitud de la persona amada no sólo de forma intelectual, sino también instintiva. Quiero subrayar especialmente la expresión “instintiva”. Esto es lo más importante hoy en día, en un tiempo en que procuramos encontrar el camino de lo individual a lo existencial. Esto es lo grande de nuestro tiempo: que no nos quedamos detenidos en la cabeza, sino que debe darse satisfacción también al corazón, a los instintos. ….

¿Queremos escuchar de nuevo la misma idea? ¿Cómo lo expresa el pueblo sencillo? ¿Por qué medios alcanzaban nuestros padres el efecto que producían? Por el poder del buen ejemplo. Así pensaron y así actuaron. Queremos decirlo siempre con sencillez. Nos sorprendemos de lo sencillo que es todo esto, y nos sorprendemos de poder expresarlo de forma erudita. ¿Comprenden lo que quiero captar con la expresión “ley de transferencia orgánica”?

Pero hay todavía una segunda ley que opera en la vinculación orgánica: la ley de transferencia y traspaso orgánicos. Escúchenlo una y otra vez: ¡orgánicos!

Vean el gran plan salvífico de Dios. Dios quiere tenernos para sí, y esto no debemos cuestionarlo. Él nos quiere tener de manera absoluta, con todas las fibras de nuestro ser y con cada uno de nuestros instintos: el instinto filial, el paternal, el maternal, el fraternal, el esponsal. Dios, mi todo. Dios quiere que todos los instintos de amor estén vinculados a él hasta en sus últimas ramificaciones. ¿Y qué significa aquí la ley de traspaso? No debo dejar que las personas se queden detenidas en mí: debo velar para que continúen su crecimiento más allá de mi persona y se adentren y arraiguen en el corazón de Dios. …..

Permítanme que lo exprese de nuevo de forma más simple. Dios es un sabio psicólogo y ha construido el organismo íntegro del mundo. Entonces, deja caer una cuerda. Desea vincularnos con lazos humanos. A pesar de ser espíritu, Dios es muy humano y razonable. Desea atraer a los hombres con lazos humanos. Por eso mismo hace que podamos vincularnos con amor de hijos, de padres y de esposos. Pero tira de la cuerda hacia arriba y no descansa hasta que todo haya llegado a estar vinculado con él. El núcleo del asunto es siempre el atributo de orgánico. La ley de traspaso y transferencia es siempre la ley de ampliación y traspaso orgánicos.”

De: Educación mariana (1934), 157-161