viernes, 27 de agosto de 2021

El poder del amor

Me llegan noticias de Schoenstatt/Alemania sobre la salud del Padre Herbert King, conocido y citado en este Blog por nuestra amistad personal y por su dedicación a sistematizar y publicar textos de nuestro Padre fundador. Su salud se ha deteriorado seriamente. El Padre King nació en el año 1939, estudió teología en Tübingen y München/Alemania, así como en Buenos Aires/Argentina. Pertenece a la comunidad de los Padres de Schoenstatt: fue ordenado sacerdote por Mons. Plaza en Argentina en el año 1964 y dedicó diez años de su vida (1968-1978) a la docencia, siendo profesor de Dogmática en el Seminario Mayor de La plata y en la Universidad Católica de Buenos Aires. Su gran labor de investigación en los escritos y material didáctico y pedagógico del Padre Kentenich, unido a su amor a él, nos ha facilitado a los hijos de Schoenstatt el acceso a la vida y enseñanzas del fundador. Este Blog tiene mucho que agradecerle.

Hoy iniciamos en esta plataforma una nueva temática: después de habernos detenido durante algunos meses en el tema del padre, pasamos ahora a la lectura y meditación de textos del fundador que nos hablan del AMOR. Y lo hacemos justamente de la mano del Padre Herbert King. En el prólogo del tomo 2 de su presentación del pensamiento del Padre en textos podemos leer la siguiente reflexión:

“De todos los temas considerados centrales por el padre J. Kentenich, incluidos el mariano y el patrocéntrico, el amor es el que ocupa el lugar más importante y central. J. Kentenich llama al amor “la ley fundamental del mundo”. El amor es el fundamento de todo fundamento. El “hombre nuevo” que él quiere crear es el hombre “animado por el amor”. La meta queda formulada en los últimos años de su vida de la siguiente manera: “Comunidad lo más perfecta posible sobre la base de personalidades lo más perfectas posible, y ambas fundadas en el principio fundamental del amor” (Ejercicios para sacerdotes de la Federación [1967], 91), o bien, como dice en otro texto: “ambas impulsadas por la fuerza fundamental y elemental del amor” (Conferencias 1963, VI, 31). ….

El enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas que el mismo padre Kentenich iniciara en 1949 se centró principalmente en la correcta comprensión integral del amor. En ese entonces se trataba del “amor orgánico” ‒como él mismo lo expresara programáticamente de forma reiterada‒. Al servicio de un amor comprendido de forma orgánica e integral, quería formular al mismo tiempo de manera nueva el pensar y el vivir en su verdadera importancia y en su modalidad correcta (pensar y vivir orgánicos). Convoca así a una “cruzada” por el amor orgánico (Conferencias VI [1966], 253). …..

Al padre Kentenich importa sobre todo la integridad del amor a Dios, a los hombres y a sí mismo en el marco de un único amor. Este es el primer significado que tiene para él “amar orgánicamente”. J. Kentenich subraya que, desde una perspectiva psicológica, el “proceso de vida del amor” es siempre el mismo, trátese del amor a Dios, a los hombres o a sí mismo. En efecto: en general es algo típico de su pensamiento ver en unidad y compenetración mutua lo divino, lo humano y lo mundano. En los diferentes momentos concretos hay siempre algún aspecto del conjunto “Dios-hombre-uno mismo” que se encuentra de forma “orgánicamente unilateral” en el primer plano de la conciencia y del amor, mientras que a los demás aspectos se los considera y ama junto a ese aspecto principal. Pero, no obstante ello, siempre nos encontramos ante una totalidad.”

Para terminar nuestra reflexión de hoy traigo unas palabras del Padre Kentenich que nos animan a desarrollar la fuerza del amor. Las tomo del Terciado de EEUU (1952), I, Págs 123-124:

“En general, debo decir que todos nosotros somos inexpertos profesionales en el campo del amor. Amamos las ideas, pero es una miseria lo que tenemos en cuanto a profunda vinculación personal. Y por eso, si lo reflexionan en silencio en su interior, tendrán que decirse: mi naturaleza, también mi naturaleza masculina, no llega a plenitud primariamente por la entrega a una idea sino por la entrega a una persona. Sin una profunda vinculación personal, mi naturaleza nunca llegará a realizar su sentido ni a alcanzar su plenitud interior en una medida suficiente. Y realmente, a pesar de todo, en este sentido hemos seguido siendo en general inexpertos profesionales. ¿De dónde proviene que así sea? Dejemos esa pregunta de lado. Pero es preciso que aprendan a amar. Y si no lo he aprendido, no entenderé absolutamente nada del mundo del amor. Cuando san Juan nos dice: “Quien no ama permanece en la muerte” (1Jn 3,14), deben tomarlo literalmente. Si no amo, es decir, si no se ha despertado en mí el mundo del amor, todo lo que se diga del mismo seguirá siendo para mí un asunto vago y nebuloso. No lo entenderé. […] Aquel en quien se haya despertado el mundo del amor entenderá lo que quiere decir: “Quien no ama permanece en la muerte”.

  

viernes, 20 de agosto de 2021

María, nuestra madre

Con majestuosa calma suena en la aurora de la creación la voz de la omnipotencia, sabiduría y bondad de Dios sobre el caos de la creación: "hágase la luz" Y la luz se hizo.

Por segunda vez la tierra había llegado a estar yerma, vacía y envuelta en tinieblas. Entonces llegó la plenitud de los tiempos: el pecado de Adán había acumulado un inmenso caudal de suciedad y fango, imposibilitando la mirada hacia arriba, hacia el Dios vivo… Y por segunda vez habló la omnipotencia, la sabiduría y la bondad de Dios: "Hágase la luz". Más precisamente: "Hágase María". Y la luz se hizo. Se hizo María. Claramente resplandece la estrella de la salvación —María— anunciando el Sol ya próximo: Cristo Jesús.

Las palabras "Ecce mater tua" guardan para todos los siglos esta segunda expresión creadora… Cada vez que se acumulan en el horizonte oscuros nubarrones, todas las veces que la tierra comienza nuevamente a ser yerma y vacía, la omnipotencia, la sabiduría y el amor misericordioso de Dios repiten sobre el abismo: "¡Hágase la luz! ¡Hágase María! ¡He aquí a tu Madre!" Así acontece también ahora cuando la tierra, cubriéndose de negras tinieblas se lanza vertiginosamente hacia el abismo. Tan potentes y audibles como nunca lo fueron, se oyen hoy día surcando este valle de lágrimas en todas las latitudes, las palabras pronunciadas por la omnipotencia, la sabiduría y el amor de Dios: "¡Hágase la luz! ¡Hágase María! ¡He aquí a tu Madre!"… Así nos habla mediante las manifestaciones de los últimos papas, por medio de las apariciones de los últimos tiempos y no en último término por el fracaso y la ineficacia de todos los medios puramente humanos empleados hasta ahora.

¿No huelga decir entonces que dirijamos ininterrumpidamente el corazón y la mirada hacia arriba, para acoger en nosotros la figura luminosa de María, hasta que nos arrodillemos, y llenos de emoción recemos y que nuestra vida diaria, audaz y osadamente traduzca en realidad las palabras: "María, Tú eres nuestra Madre"?

Siempre que la Iglesia estuvo en peligro ha acudido a refugiarse en la mediación maternal de María sellando con Ella, conscientemente, una alianza de amor. El éxito no se hizo esperar, lo prueban innumerables hechos en la historia universal y eclesiástica. Hoy la nave de Pedro se agita castigada por recios huracanes, por eso los papas señalan firmemente a María como la única salvación y apremian a la cristiandad a consagrarse a Ella, a sellar con Ella una alianza de amor.

(Aforismos - "Dios mi padre" - José Kentenich - Nuevo Schoenstatt, Argentina)

viernes, 13 de agosto de 2021

María, la 'niña' del Padre

María – Hija

Sabemos —nos lo dice el dogma de la Inmaculada Concepción— que la Madre de Dios estaba exenta del pecado original y por eso —en el sentido positivo— singularmente colmada de la gracia, de la participación en la vida de Dios, en la vida del Salvador. Ya sólo por eso, es Ella de un modo singular la Hija, la niña del Padre.

La fe nos dice que después del hombre-Dios no hay alma tan llena de gracia como la de María. Es por eso que los Padres de la Iglesia la llaman con agrado "la Hija del Padre".

Si consultamos a los Padres griegos sobre su posición respecto a la Madre de Dios, escuchamos la simple, clara y vigorosa frase: Ella es sencillamente la Hija del Padre. Diríamos en nuestro lenguaje: Ella es sencillamente la niña del Padre. ¿Qué quiere decir esto? Su filialidad supera tota la filialidad posible en un ser creado.

Todo el ser de la Madre de Dios está ordenado hacia Cristo, pero en Cristo y por Cristo al Padre.

Desde un principio hemos de suponer que la Madre de Dios posee no solamente un marcado ser filial, sino también una mentalidad filial ejemplar e incomparable.

La Madre de Dios era hija, no solamente en el ser, sino también en toda la actitud de su alma. Ella poseía lo que constituye la esencia del niño: la completa entrega en total humildad, una confianza abismal y un amor muy elevado.

La Madre de Dios es el modelo de la auténtica filialidad; Ella aprendió la filialidad del Hijo Unigénito de Dios.

Así como el Salvador gira en torno al Padre, se sobreentiende que también lo hace la Madre de Dios, porque a través de Cristo, está ordenada totalmente hacia el Padre.

Si estamos de rodillas ante la Madre de Dios viendo cómo su vida fluye únicamente hacia Dios, nos sentimos tocados en nuestras ansias más profundas.

El amor de María al Padre celestial tiene una doble cualidad: por un lado es servicial, y por otro, extraordinariamente tierno y filial.

El fundamento de la vivencia de pequeñez en María es la convicción de su carácter creatural. Frente al increado, al infinito, Ella misma se experimenta vitalmente como la humilde esclava, de un modo sumamente tierno y profundo.

María hizo suya la voluntad de Dios, y por consiguiente Jesús pudo gozar continuamente de la gran realidad: la voluntad del Padre reina sobre la voluntad de su bendita Madre.

Toda la vida de la Madre de Dios es una cristalización de la voluntad de Dios, una constante y absoluta entrega al deseo y la voluntad del Padre.

"Ecce Ancilla Domini! Fiat…"[2] (Lc 1,38). Aquí podemos intuir la entrega ilimitadamente sencilla y filial de todo su ser a la voluntad del eterno Dios. ¡Sencillez acabada, simplicidad acabada! ¡Filialidad en sumo grado, filialidad heroica!

El Espíritu Santo ha irrumpido sobre la Madre de Dios en la anunciación. Y más tarde, en el cenáculo, lo ha recibido una vez más. Así comprendemos como Ella ha podido encarnar el ideal de la filialidad de un modo espléndido y heroico. Es una pena que se nos refiera tan poco de su vida posterior.

Si el ser determina el obrar de la Madre de Dios y si Ella ha sido la Hija del Padre de un modo profundamente eficaz, entonces —de acuerdo a la ley de la transmisión de la ida— dará a sus hijos un profundo amor filial al Padre. El ser y el sentido filial cimentado profundamente en el plano psicológico de la querida Madre de Dios fue afirmado y desarrollado por la actividad de la gracia; de allí que su función mediadora signifique para nosotros un hondo enlazamiento a esa su ilimitada conciencia filial.

Si llevo a los míos a la Madre de Dios, Ella, a su modo, se encarga de regalarles una amplia receptividad frente al Padre, una profunda capacidad para la vivencia filial.

(Aforismos recopilados en el libro “Dios es mi Padre” – Manuscrito Nuevo Schoenstatt, Argentina, 1977)

 

viernes, 6 de agosto de 2021

La filialidad, don del Espíritu

La filialidad es un instinto natural esencialmente vinculado a la naturaleza humana. Ser hombre es ser niño. Tener una naturaleza humana significa tener dentro de sí el instinto filial. La profunda razón filosófica está en nuestra limitación creatural… No hay ser que se satisfaga a sí mismo: sólo Dios se basta, porque Dios es el increado. Ninguna creatura puede bastarse, por tanto, para la perfección de su ser depende de otros. Nuestros límites, basados en nuestra creatureidad, solo pueden ser superados por la adhesión a otros seres, y este desvalimiento, basado en nosotros mismos, es la primera filialidad.

Las necesidades, capacidades y dotes naturales están íntimamente unidos a las dádivas sobrenaturales de la gracia.

La filialidad es una necesidad natural, pero la filialidad es más aún un don del Espíritu Santo.

Si mi filialidad ha da ser profunda y perdurable, si debe persistir en las pruebas de la vida, entonces es absolutamente necesario que me la dé el Espíritu Santo, pues si solamente me esfuerzo con las virtudes y gracias ordinarias, no lograré mucho. La filialidad tal cual la aspiramos nosotros, presupone una actividad eminente del Espíritu Santo en nuestra alma, ya que la sola predisposición natural, por muy fuerte que sea, no basta. Para que la filialidad se desarrolle de un modo duradero y profundo, fácil, rápido y heroico, y logre salir victoriosa en las pruebas más difíciles, es necesario que el Espíritu Santo viva en el alma.

Solamente si el Espíritu Santo interviene en la vida de nuestra alma, lograremos vivir sencillamente el "Abbá, querido Padre". ¡Qué dignidad ha de llenar entonces nuestra alma! Entonces no somos esclavos sino que comprendemos desde el punto de vista sobrenatural la conocida expresión: "En la nave del amor no hay galeotes, sino únicamente remeros voluntarios" (San Francisco de Sales).

En la historia de mi filialidad sobrenatural veo dos etapas; la primera tendría que describirla así: "Ego cum gratia Dei", yo con la gracia de Dios. Ahí están en el centro el propio querer, las propias luchas. La segunda época tendría que describirla así: "Gratia Dei mecum", la gracia de Dios conmigo. Se refiere a mi estar bajo la influencia de los dones del Espíritu Santo.

Mientras la filialidad es una virtud, dependemos de un permanente ensayo, pero cuando es un don del Espíritu Santo, hemos de luchar por la humildad, por el espíritu de oración y de confianza.

(Aforismos del P. Kentenich, tomados de "Dios mi padre", Hermanas de María de Schoenstatt, Argentina)



 

viernes, 30 de julio de 2021

Pérdida del sentido filial

(Texto tomado de los aforismos entresacados de escritos y conferencias del Padre Kentenich, y recopilados en el libro “Dios mi padre”, Nuevo Schoenstatt, Argentina 1977)

“El pensamiento de un filósofo moderno puede y debe ser nuestra norma de vida "Dios quiere que en santa sabiduría recuperemos nuestra filialidad" (Rabindranath Tagore).

Pestalozzi opina que la caída más grande de la humanidad actual es la pérdida del sentido filial, porque Dios puede desplegar su paternidad solo cuando el hombre es niño ante Él. Dios no puede educar a su criatura si ella no se le abre filialmente.

Si la expresión de Pestalozzi es cierta, también podemos invertirla, entonces no habrá gracia más grande para la humanidad actual que presentarse ante Dios con un sentido filial recuperado. Por eso no existe una misión más grande que la de reconquistar para todos los hombres la filialidad perdida.

Quien no posee una sencilla fe en la Providencia, así como la tiene un niño, quien no está convencido de que detrás de todo el acontecer mundial obra una mano paternal bondadosa, no hallará soluciones en el oscuro laberinto de la vida actual.

¡Qué difícil se hace a veces soportar la vida! No podemos dar al hombre moderno algo más importante que esa fe sencilla, esa confianza simple en la Providencia: Dios es Padre, Dios es bueno…

La época actual se caracteriza por una angustia universal que sólo será superada mediante una sencilla y auténtica filialidad.

La esencia de la angustia es el sombrío sentimiento de impotencia e inferioridad frente a una despótica omnipotencia o una oscura superpotencia.

La angustia es un afecto innato, universal, radical. La angustia invade la naturaleza humana desde el instante en que comienzan a existir sus hermanos: el pecado, la culpa y la muerte, el dolor y la fragilidad. Desde que existe el pecado original podemos hablar de una angustia innata que es un versal. Es decir, que toda naturaleza afectada por el pecado original se halla impregnada por ella. Al mismo tiempo es un afecto radical, es fuente de un sinnúmero de afectos secundarios. Así como un árbol nace de la raíz, así innumerables sentimientos —ostensibles o no— emanan de la angustia.

El hombre actual cree haber vencido el miedo, pero no es el miedo sino el asombro lo que ha perdido. El respeto ha sido sustituido por un miedo que hace temblar.

La angustia es un síntoma del tiempo actual, un afecto de la época. Ninguno de nosotros está libre de ella, pues vivimos en medio de un poderoso terremoto espiritual que afecta todas las rea1idades. El ambiente en el cual hemos crecido está vacilando. Lo que ayer tuvo forma fija, mañana se habrá diluido. Ignoramos que nos traerá el futuro, frente al cual estamos en una inseguridad total. Solo reina la preocupación y la angustia.

Tenemos que aprender a reconocer con alegría la propia impotencia, pero al mismo tiempo volcarnos en un ser que es todo omnipotencia y bondad. Sin filialidad no superaremos la angustia, no alcanzaremos nada sin la sencilla fe en el Padre celestial.

En las consultas psiquiátricas se interpretan muchas veces las imágenes oníricas. Ahí observamos la profunda angustia psíquica por el Dios vivo; vemos qué poco se ha experimentado a Dios como Padre.

¡Qué pocos católicos han experimentado vitalmente la realidad: "Dios es mi Padre"!

El objeto de la soledad es volver a encontrar cobijamiento por la filialidad absoluta.

Si no estamos íntimamente unidos al Dios personal, la vida nos enfermará. Necesitamos descansar en Dios.

Cuanto más desvalido es el hombre, tanto más se lanza en busca de cobijamiento; sin embargo, todo refugio que no sea Dios, solo le proporcionará un desamparo mayor. Cuanto más descubramos esto, tanto más comprenderemos que la filialidad es la salvación para la angustia actual.

La religión nos brinda hogar porque nos muestra a Dios como Padre y en María nos regala una Madre.”

 

 

viernes, 23 de julio de 2021

La labor del padre

Hemos venido leyendo pasajes destacados del capítulo 3 – ‘Sobre la esencia de la relación paterno filial’ – del “ESTUDIO” que nuestro Padre fundador redactó en Milwaukee en el año 1964 sobre el principio paternal y un movimiento orgánico sobre la paternidad a la sombra de las reformas postconciliares del momento.

Justo antes del descanso estival (en España), presento los últimos apuntes de este capítulo, dando por terminada por ahora mi labor en este tema.

El Padre Kentenich basa su reflexión en el mundo de los ideales, de metas altas por conseguir, y anima a sus hijos espirituales a luchar en esa tarea en el día a día y en la fuerza de la alianza de amor con nuestra Señora. 

También lo hace con el maravilloso ideal de padre, que lo fundamenta en la capacidad y actividad engendradora, a su vez imagen de la actividad engendradora del Padre Dios. Desde esta perspectiva nos pide hoy que comprendamos la labor del padre, apuntando dos ámbitos de esa tarea: por una parte, la forma original de ejercer la autoridad, y por otra la necesidad de educar a los hijos en la audacia. Recuerdo a mis lectores que estos textos los toma el Padre de la jornada titulada “Pedagogía para educadores católicos” del año 1950. Leemos:

“Decíamos que la paternidad es la “forma original” de la autoridad. Vale decir, que donde haya autoridad en la vida familiar, allí estará el padre como forma original y viviente de autoridad. De ahí que el padre debe dirigirse a su hijo como encarnación de la autoridad divina. No basta con que el hijo se sujete a determinadas leyes. El padre es la encarnación de la ley, su encarnación viva: para el hijo, la voluntad del padre y la ley deben ser, en esencia, una misma cosa.

 

Apenas podemos imaginarnos cuánto perjudicamos la psiquis del niño y la de la sociedad toda, cuando exigimos el sometimiento a una ley detrás de la cual no hay un Dios Padre que sea persona y una voluntad paternal que emane de un padre que sea persona. Cuando falta esto se produce desarmonía y disonancia en el alma del niño, porque él experimenta la ley, pero no quién está detrás de ella, sustentándola. No debe ocurrir así, sino que el amor a la ley debe significar, al mismo tiempo, amor a quien promulga esa ley.

 

El niño necesita de los límites que le fija la autoridad del padre. No es como suele decirse hoy en día, que en el niño sólo hay cosas buenas, sino que en él hay también instintos que pujan por imponerse. El niño necesita experimentar una autoridad que esté por encima de él y que, llegado el caso, le pueda “hacer doler”. Naturalmente, es muy importante que cuando esa autoridad intervenga para fijarle límites (especialmente cuando lo hace por primera vez) lo haga de la manera correcta. ………. El padre debe procurar que su hijo tome conciencia de la autoridad paterna y, por último, de la autoridad divina. Pero lo importante es que lo haga de la manera correcta. … Agere sequitur esse! A través de toda mi persona de padre debo motivar y estimular la conducta del niño.”

 

Y más adelante, refiriéndose a la educación en la audacia escribe lo siguiente:

 

“El padre tiene también la tarea de educar en la audacia; y realiza esta educación a través del testimonio de todo su ser y de su vida, aún en momentos en los que se enfrenta a dificultades pequeñas o grandes. El padre tiene abundantes ocasiones para educar en la audacia, especialmente en el área de lo religioso. Contemplen la crisis económica que sufre nuestra clase media. El padre ejercita la audacia en este punto cuando, en medio de las penurias materiales, sabe arrojarse al corazón de Dios. El padre educa a sus hijos –varón o mujer– para que sepan abordar con audacia los trabajos que deben llevar a cabo. El padre auténtico siempre les recuerda a sus hijos los ideales, les plantea exigencias y los introduce en el cultivo de la obediencia y de la audacia a la hora de asumir responsabilidades. ...”

 

Quiero terminar esta reflexión con las mismas palabras con las que termina el capítulo citado. El Padre fundador nos anima así:

 

“Encaucémonos todos en el organismo del ser objetivo de la realidad y de esa manera nos resultará fácil observar las leyes de vida de Dios.

 

Hoy por la mañana hablamos de las leyes de las compensaciones y las represiones. Aplíquenlas, por favor, al proceso vital del cual nos estamos ocupando ahora. Digo nuevamente mi exhortación: ¡Padres, sean santos!

 

Estamos escuchando estas grandes verdades católicas sobre la paternidad auténtica en un lugar y sitio santos (el Santuario de Schoenstatt). Si nos sentimos agradecidos por ello y creemos que así lo dispuso la Divina Providencia, entonces recordemos que una de las más importantes gracias de peregrinación que se ofrecen en este Santuario es la de la transformación interior. ¡Que muera en nosotros el animal depredador y que reviva el padre que llevamos dentro! ¡Que desaparezca el salvaje en nosotros y se forme y desarrolle la imagen y semejanza del eterno Padre Dios!”

 

viernes, 16 de julio de 2021

En camino hacia la celebración de los 80 años de la Obra Familiar de Schoenstatt

Hoy, 16 de julio de 2021, comienza un año especial, es el año de preparación al ochenta aniversario de la fundación del Instituto de Familias de Schoenstatt y con ello de la fundación de la Obra de Familias por nuestro Padre Fundador (Dachau, 16 de julio de 1942). La Divina Providencia ha querido que estemos en pleno “Año especial dedicado a la familia” convocado por el Papa Francisco el 19 de marzo de este año 2021, quinto aniversario de la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia.

Como ocurre a menudo en nuestra Familia de Schoenstatt, queremos celebrar este aniversario - (80 años de la fundación) - volviendo a los inicios, y dejándonos motivar en nuestras vidas por la idea primitiva, la idea original que motivó al Fundador y a sus acompañantes a asumir el riesgo de tal fundación. Es también una forma concreta de hacer vida en nosotros el espíritu de la Exhortación Apostólica antes citada, y con ello de ser una respuesta probada al desafío que nos presenta el Papa Francisco.

Veinticinco años después del día de la fundación, el 16 de julio de 1967, ambas comunidades (Instituto de familias/Obra de familias y Hermanos de María) celebraron las bodas de plata de su fundación en Dachau, en el mismo lugar en que nacieron a la vida. El fundador pudo estar presente. Durante los festejos el Padre Kentenich dictó tres pláticas. La noche del día de la fiesta destacó, en una plática, su significado (ver “Charlas de Dachau”, Padre J. Kentenich). Entre otras cosas, dijo:

“En el barracón de entrada, pronto contacté con pastores protestantes, especialmente con uno llamado Wilms de la escuela de un pastor protestante de Bethel. Es una doble escuela: una para aquellos que están flojos espiritualmente, pero también otra escuela para teólogos, diáconos y diaconisas. Él terminó allí sus estudios. Me contó entonces todo lo que Bodelschwingh, el fundador, llevó a cabo y que fue fuente de abundantes bendiciones en el círculo protestante. Entonces me surgió inmediatamente la pregunta: ¿qué quiere decirme con esto el buen Dios? Reflexioné: Naturalmente, no podemos consagrar a los matrimonios que crecen en nuestra escuela y después enviarlos como sacerdotes casados. Pero lo que hacía Bodelschwingh, o sea, lo que se hacía en Bethel, sí era factible para nosotros si fundábamos un Instituto de Familias de Schoenstatt.

Ahora permitan que les diga de lo que se trata. Un Instituto es siempre una rama de elite; el Instituto de las Hermanas de María, el de los Hermanos de María y otros por el estilo. Se da siempre por supuesto que hay… todavía dos ramas más. Por eso, el plan —ahora nos debemos preocupar por ello— el miembro superior debe ahora en primer lugar, asegurarse y prepararse para las otras dos ramas subordinadas; es decir, toda la forma organizativa de las otras ramas de Schoenstatt debe transmitirse a las familias.

En aquel entonces, dos hombres se presentaron para este propósito y esta tarea. En primer lugar, fue el mismo padre Eise. Debía continuar con la tarea de consolidar y ampliar no solo esta rama superior. Entonces, esta rama superior se llamaba solamente Obra de las Familias; más tarde, a estas tres ramas, la Liga de Familias, la Federación de Familias y el Instituto de Familias, se las denominó Obra de las Familias.

¿Qué cómo fue? Ya lo sabemos, lo hemos escuchado antes: El 16 de julio el señor Kühr y Joos —Joos como pseudónimo— se consagraron bajo peligro de muerte a esta obra. ¿Quién fue el Sr. Kühr?

Primero tengo que decir, que todo sucedió muy rápido, fue posible casi de un golpe. Apenas había llegado, se acercaban a mí laicos de todas partes. Querían cerciorarse de tal y cual cosa, querían que les orientara y les condujera más profundamente en la vida espiritual. En aquella situación algunas almas luchaban y aspiraban profundamente. Entre ellas, dos amigos: Dr. Kühr y Dr. Pesendorfer. Imagínense: Fui a Dachau con el pensamiento de que me faltaban dos comunidades. ¿Habría que fundarlas aquí? Siempre he tenido por costumbre no comenzar nada teóricamente. Cuando surgía un plan —aparte de que yo siempre lo interpretaba de las almas— esperaba hasta que alguien insistiera en esa misma dirección. Tras una amplia formación, poniendo en peligro continuamente nuestra vida —que les expliquen todas las hazañas de Dachau, a las que me refería al principio— de pronto el pensamiento: uno que quiere entregarse a la Obra de las Familias, o sea a la fundación de la rama superior; y el otro a la comunidad de los Hermanos Marianos. Luego se adhiere a ellos un hermano de una congregación austriaca. Así tenemos dos portadores, dos supuestos portadores, dos excelentes portadores de dos comunidades grandes, profundas y necesarias para que nuestra Familia pueda también desenvolverse en el mundo y trabajar con todos los medios para una renovación, unión fuerte y profunda, para una renovación del orden social cristiano”.

Invito a mis lectores a leer la ‘Charla’ completa y a meditar sobre su contenido. Al finalizar la ‘Charla’ el Padre Kentenich nos dijo:

“Finalmente, la pregunta ¿dónde está nuestra misión histórica? Si hablamos de la misión histórica, tarea o responsabilidad, en cierto sentido es lo mismo. Desde otro punto de vista, debo decir aquí que la misión es doble: es la fidelidad a las fuerzas motrices originales de la Familia y a su desarrollo histórico, como también fidelidad a las grandes metas de la Familia de Schoenstatt.

¡Fidelidad a las fuerzas motrices originales! ¿Cuáles son estas fuerzas originales? En una palabra: Es nuestra alianza de amor con la Madre y Reina tres veces Admirable de Schoenstatt, con Schoenstatt como lugar y con Schoenstatt como Familia. Fidelidad a esta alianza. Aquí están todas nuestras fuerzas motrices. ……

Finalmente, también fidelidad a la gran meta. En una palabra, se trata de formar el nuevo y auténtico orden social cristiano para la Iglesia en las nuevas playas. En resumen, se trata de formar un hombre nuevo en una comunidad nueva en el sentido y en la forma como lo acabamos de esbozar. ….”

 Enlace para leer el texto de la citada charla:

Charlas de Dachau - Padre J. Kentenich - 16 julio 1967 - Tercera charla