viernes, 31 de julio de 2020

Heroísmo y magnanimidad

Los hijos del Padre Kentenich, especialmente los miembros de los institutos seculares de Schoenstatt, al igual que todos los llamados a seguir a Cristo desde su vocación religiosa, tenemos en el horizonte de nuestras aspiraciones aquella frase de Cristo que Mateo nos legó: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5, 48). Es un imperativo que nos lleva a la humildad, pero que nos impulsa hacia los más altos ideales. El hombre nuevo, al que nos venimos refiriendo en estas últimas semanas, es un hombre de grandes ideales.

Como apunta el autor del libro “En libertad ser plenamente hombres”, la expresión “heroísmo” desempeña un papel importante en el vocabulario de José Kentenich. La misma contiene dos dimensiones: la aspiración a lo más alto (ideal), pero también fuerza y esfuerzo, que pueden resultar dolorosos; quiere ser además un “heroísmo silencioso y escondido”.

En el año 1931 nuestro fundador dirigió unos ejercicios espirituales para sacerdotes sobre el tema del “hombre heroico” apoyándose en el libro de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio, “la escuela superior del amor a Dios” como la llamaron algunos autores. Así se explicaba el Padre en aquellos ejercicios:

Hemos hablado del hombre heroico y, en forma sucinta, del heroísmo silencioso y escondido. Ignacio debe decirnos ahora, con mayor claridad, qué hemos de entender por estas expresiones. Ampliando un poco más nuestras consideraciones podremos ver cuán alta era su estima por el heroísmo y qué entendía por heroísmo silencioso y escondido. ¿Podremos tomarnos el tiempo, ya al comienzo de los ejercicios, para detenernos en estas sobrias consideraciones?

La actitud de san Ignacio ante el heroísmo. El heroísmo es para él el abecedario de su trabajo de formación y entrenamiento. Es una condición imprescindible para que alguien pueda ser admitido en su formación de jefes. (…) El que quiera trabajar con el librito de los ejercicios por su propia cuenta dice san Ignacio en sus notas preliminares que se le exige por lo menos la seria aspiración a la perfección. Ambos, tanto el fuerte impulso cuanto la seria aspiración, suponen el heroísmo.

No debería resultarnos difícil encontrar también entre nosotros estas ideas ignacianas. En lugar de ello, decimos que estamos obligados a aspirar seriamente a la mayor perfección de estado posible.“

Un impulso interior y una seria aspiración. Un regalo de Dios y una seria decisión humana. Recuerdo los tiempos de nuestra primera formación en la comunidad, la alegría y el entusiasmo que rodeaban todas nuestras reuniones y todos nuestros trabajos y estudios. Recuerdo las horas de meditación e intercambio para descubrir en nuestras almas los elementos de nuestro ideal comunitario, que después resumíamos en la oración de consagración del ideal. Recuerdo las actitudes y propósitos concretos a los que nos comprometíamos. En nosotros brillaba la “magnanimidad”, no exenta también de “humildad”. El Padre Kentenich en aquellos ejercicios espirituales que cité anteriormente, decía así:

“El heroísmo es condición esencial para el trabajo formativo: esto se sigue de las condiciones que Ignacio establece en las anotaciones preliminares del librito de los ejercicios.

Él habla de magnanimidad: ánimo, grandeza de ánimo, actitud de grandeza de alma, grandeza de espíritu. Esta grandeza de espíritu se encuentra en la misma línea que la humildad. La humildad señala al hombre la actitud que debe asumir al verse separado de Dios: a partir de mí mismo soy infinitamente pequeño, soy nada. La magnanimidad señala al hombre la actitud que debe asumir en unión con Dios: con Dios soy grande, soy valioso, soy la encarnación de una idea de Dios llena de riqueza. Ambas, la humildad y la magnanimidad, deben estar entrelazadas. Ignacio sólo quiere admitir a su escuela de jefes a aquellos que tengan en sí la tendencia a lo grande. He nacido para cosas mayores (ad maiora natus sum). Esta condición de la magnanimidad, unida siempre a la humildad, se comprende por antonomasia como una condición imprescindible.”

Los años pasan. ¿Cómo ha sido y cómo es el grado de mi magnanimidad? En mi próximo retiro espiritual puedo llevarme mi ‘cuaderno personal’ y reflexionar sobre mis éxitos y fracasos, sobre mi realidad personal, y preguntarme sobre mis ideales, sobre mi ideal personal y mis ideales comunitarios, sobre las actitudes y propósitos derivados de los mismos ……… El Padre Kentenich nos anima a ello:

“Nos damos cuenta del valor que asigna Ignacio al heroísmo y quisiéramos preguntarnos si nuestra alma ha perdido, quizá, el sentido para el heroísmo. Está bien que no pequemos, pero, más allá de esto, tal vez no tenemos ideales. ¿Acaso no ha sido esto nuestra actitud en muchas oportunidades? Es sano que depongamos lo que tenía rasgos fantasiosos, por ejemplo, en el tiempo del noviciado. Pero el núcleo de la actitud interior, del heroísmo, de la magnanimidad, debe permanecer siempre. Si queremos corresponder a nuestra tarea, nunca alcanzaremos nuestra meta si medimos con una medida escasa. Hemos de tener un profundo respeto ante los hombres que debieron soportar golpes duros y durísimos y que maduraron en la vida pero que, a la altura de la plena madurez de su vida, han conservado esa fina sensibilidad para lo noble y lo mejor. Por eso debemos renovar en nosotros una actitud de ese tipo.”

 


viernes, 24 de julio de 2020

Despertando lo humano en nosotros


Un corto viaje me imposibilitó estar con mis lectores la semana pasada. Hoy quiero retomar el tema iniciado hace tiempo, en concreto, aquello de “vivir el hombre nuevo” según el ejemplo de vida y las ideas que nos regaló nuestro padre fundador.

Hasta ahora fueron dos las características comentadas, la libertad y la autenticidad, ser en libertad plenamente hombres y liberar el alma quitando las máscaras, superando al fariseo en nosotros. Hoy, siguiendo la línea que nos sugieren los textos del libro “En libertad ser plenamente hombres”, propongo detenernos en lo que el Padre H. King titula como ‘humanización plena’, y más en concreto ‘despertar lo humano en nosotros’. Invito a mis lectores a leer el texto completo de la charla que el Padre Kentenich dio a un grupo de matrimonios de la primera generación de la Obra Familiar en Schoenstatt el 4 de junio de 1966.

El texto recogido comienza recordando la tarea de encarnar el ideal de una auténtica familia schoenstattiana:

“Mirando a la Iglesia del futuro y presentando el ideal de una auténtica familia de Schoenstatt para el futuro, no debemos perder de vista lo siguiente: el hombre orientado al más allá debe seguir siendo también plenamente un hombre sano y terrenal. La sola orientación al más allá no es suficiente. En efecto, mucho depende de que el más acá y el más allá, la naturaleza y la gracia, formen una sólida unidad, como se suele decir en forma erudita. Por eso, una vez más: ¿cómo es la estructura terrenal del hombre orientado al más allá? Entrando en pormenores, podemos considerar el "Cántico al terruño". Ahí tenemos las más diferentes respuestas. (…) Se trata aquí de demostrar, de darse cuenta en qué poca medida ha calado a menudo lo religioso en el subconsciente. Es algo adherido, pegado. Esta es, en efecto, la tragedia grande del cristiano actual. Se trata de la fe, de la fe profundamente arraigada. La fe sólo está arraigada cuando alcanza hasta el subconsciente e impregna también la región subconsciente del alma.  (…).”

Y como en estas fechas muchos de los hijos del Padre estamos ocupados con las novedades en el proceso de canonización del Padre Kentenich y de la actuación del entonces llamado Santo Oficio, me permito destacar al respecto un pasaje del texto citado. Habla de la educación de los hijos a la pureza, y en este contexto el Padre recuerda al Santo Oficio y algo referido al mismo, que él denomina como una broma:

“¿Cómo educarnos a la pureza? La respuesta sólo puede ser: aprendiendo desde la infancia a amar adecuadamente. Pero amar adecuadamente no significa ahora amar en forma desenfrenadamente sobrenatural. Amar adecuadamente significa amar en forma natural-instintiva, espiritual y sobrenatural. Quien no lo aprenda, podrá usar todos los medios, pero nunca llegará a algo sensato.

Justamente en este momento me acuerdo de una broma. Pero es una amarga verdad. En su momento tuve que enfrentarme mucho con el Santo Oficio, lo que era siempre algo peligroso. Había muchos otros que, en el mismo tiempo, tenían también sus enfrentamientos con el Santo Oficio. Uno de ellos había sido médico. De pronto, se lo suspende de sus funciones. Pero él ni siquiera lo sabía: se enteró por la prensa. Finalmente, se presenta ante el Santo Oficio. Como era médico, había aceptado y aplicado en muchos casos lo valioso del psicoanálisis. La respuesta que se le dio fue: "¡Qué va, educación a la pureza! Debe usted preocuparse de que la gente coma muchos spaghetti y rece mucho; entonces tendremos también hombres puros. Hágalo así". No se imaginan cómo son los usos en ese sentido en la Iglesia de Dios: en todas partes, una tremenda confusión. ….”

Me llama la atención con qué libertad de espíritu les habla el Padre a sus oyentes. Como dice el Padre Ángel Strada en la entrevista que le han hecho desde Monterrey/México, “debemos mantener una visión realista sobre el P. Kentenich”. Así lo intento.

Para terminar, una última invitación: se trata de uno de los muchos tesoros que nuestro fundador nos legó. Me refiero a su visión sobre la “humanidad de Jesús” nuestro maestro. Os invito a leer la sugerencia que les hace a los matrimonios en esta charla: frecuentar la escuela de Betania, lo que significa esforzarnos por una relación fundamental auténticamente humana.

“Tres son los momentos, las oportunidades en que la Sagrada Escritura nos lleva hacia Betania.
La primera de ellas —suena tan sencilla, tan hermosa, tan humana- el Señor está de viaje, de viaje apostólico. Él visita entonces —cosa que casi nunca tuvo lugar en la vida del Señor— a una familia preferida. ¿Quiénes están allí? Tres personas: un varón y dos mujeres. Y él no se avergüenza de ser humano y de descansar en ese lugar. (….)

Y ahora, el segundo acontecimiento —sólo lo traigo rápidamente a colación, ya que nos es conocido—: Lázaro está muerto, realmente muerto. También aquí, una vez más: ¡qué relación hermosamente humana! La relación de amistad —lo digo intencionalmente con los límites que tracé en lo anterior— da a ambas hermanas el valor para dirigirse también ellas de un modo auténticamente amistoso al Señor. Pues, ellas creen en su poder. Se dirigen a él, diciéndole: "Aquel a quien tú quieres está enfermo". Escúchenlo: ¡"a quien tú quieres"! No se trata, pues, del amor general que Dios tiene por nosotros. Es el lazo de un amor verdadero, auténticamente humano. Claro está que en Cristo todo es simultáneamente sobrenatural. (….)

Y ahora, el tercer acontecimiento, magno y bello. El Señor se encuentra nuevamente camino a Jerusalén. Por el camino, un hombre a quien había sanado lo invita, también en Betania. Y se relata, entonces, que la gente acude a la casa del anfitrión no sólo a causa del Señor, sino también —y lo entendemos enseguida— a causa de Lázaro.
¿Cómo son presentadas esta vez las distintas personas? Ante todo, Marta. Una vez más, ella está ayudando de inmediato. ¿Qué hay para hacer aquí? Traer comida. Ella es siempre igual a sí misma.
¿Y María? Es la misma María de la que hablábamos en lo anterior. ¡He aquí algo muy tierno y hermoso! Muestra la espontaneidad de la relación que los tres tenían con el Señor. Están sentados a la mesa. De pronto, llega María. Ustedes saben qué es lo que se relata ahora. Viene con un recipiente de alabastro, y trae consigo todo tipo de ungüentos. Quiero reunir todo lo que los evangelistas relatan: no solo le unge la cabeza, sino también los pies; en público, se arroja, sin más, al suelo y enseguida le seca con sus cabellos tanto la cabeza cuanto los pies. Ahí lo ven nuevamente: una comparación sumamente hermosa. (…)
Tienen que ver lo tierna que es una relación como esta. Está claro que nosotros, de acuerdo a nuestro pensar y sentir alemanes, quisiéramos tener esa misma estructura psíquica, ese mismo pensar y sentir del alma. Pero en público, difícilmente, alguno de nosotros se atrevería a hacerlo. Sin embargo, aquí deben ver nuevamente su espontaneidad y naturalidad originarias. (…)”

Disculpándome por haber caído en la tentación de traer a mi reflexión un texto tan amplio de la charla, invito a mis lectores a leerla entera en el ‘Enlace’ que apunto a continuación.




viernes, 10 de julio de 2020

Apuntes para el momento - Hechos históricos


En estos días de dolor y gracias que los hijos espirituales del Padre Kentenich estamos viviendo, se me ocurrió preguntarme sobre la postura que nuestro Fundador tomaría en estos momentos, y recordé que los Padres de Schoenstatt, editores de la colección “Kentenich reader”, publicaron en el Tomo 1 de la misma un texto sobre ‘El exilio y su finalización’ (Ver págs. 271 y ss). Y lo volví a leer. Se trata de una serie de conferencias del fundador a los sacerdotes diocesanos de Münster de enero de 1966, pocos meses después de su regreso del exilio a Schoenstatt. Conferencia ‘particularmente valiosa porque presenta vívidamente la experiencia del fundador’ según apuntan los editores. Para los que no dispongan de estos textos históricos pueden acceder a ellos a través del enlace que apunto al final.

Hoy quiero detenerme en algo que concierne a la Obra de las Familias y que el Padre cita en esta conferencia. Pueden leerlo en la página tercera del texto; habla de una carta dirigida al Santo Oficio con fecha 31 de octubre de 1961:

“……… La reacción fue que el Santo Oficio, haciendo uso de todo su poder, golpeó en todas direcciones. Nuestro pobre Josef Schmitz fue destituido del cargo. También fue destituido monseñor Roth. Y además las otras acciones emprendidas por entonces, por ejemplo, contra la Obra de las Familias. A mí personalmente se me impuso una sanción eclesiástica. Los golpes se sucedían. La fundamentación de la sanción eclesiástica fue: desobediencia y falta de respeto para con la autoridad eclesiástica.”

Conozco la historia porque me la contó una de las protagonistas del momento, la señora Katarina Lesniewicz (+06.06.2003), con su marido, los primeros superiores generales del Instituto de Familias. ¿Qué había pasado? Por aquel entonces todos los seguidores del Padre Kentenich estaban en el punto de mira del Santo Oficio. A los responsables de la Obra Familiar se les exigió que no siguieran reuniéndose con el Padre asesor del grupo, el Padre Tick (que también fue apartado de la Obra), y que dieran además a conocer todas las direcciones de los matrimonios que pertenecían a los grupos de familias schoenstattianas. A lo que ellos se negaron. Y hete aquí que por indicación del Santo Oficio tuvieron que presentarse en persona ante el Cardenal de Colonia, Josef Frings, para que el mismo les reprendiera y les llamara la atención. Tuvieron incluso miedo de ser excomulgados. Se mantuvieron firmes y no cedieron a las presiones. Más tarde el Padre Kentenich les agradecería su postura y fidelidad.

Lo leemos en el texto de una conferencia a la Obra Familiar del 30 de abril de 1966 (El fundador a las familias), en la que interpreta el sentido de los últimos veinte años de la historia de nuestra Familia:

“Permítanme recordarles una vez más; cuando en aquel entonces ustedes tuvieron una audiencia con el cardenal, cuando ustedes mismos se vieron mezclados más fuertemente en las luchas, y cuando todos suponían que ustedes iban a ceder, no habrán tenido claridad reflexiva sobre el estar en la esperanza divina, pero no obstante, el pensamiento ha sido eficaz. Ustedes habrán sentido lo peligroso que era todo en ese entonces. No se le debe tomar a mal a nadie el haber pasado noches en vela. Pero todo lo que ha crecido en nuestro círculo, debería transformarse en posesión perenne. Y si esto se lograra, entonces Dios nuestro Señor puede hacer con nosotros lo que quiera.”

Meses más tarde, en la entrevista que tuvo el curso fundador del Instituto con el Padre, el 13 de agosto de 1966, podemos leer sus palabras:

“Primeramente, quiero expresar mi más sincero agradecimiento. Al verles, sobre todo a los más antiguos, a los que conozco, debo decir que ustedes sí que han sabido perseverar. Hasta ahora, públicamente, sobre todo en los últimos quince o veinte años, ser schoenstatiano no era ninguna honra. En todas partes era un reconocimiento abnegado. Y cuando pienso en las explicaciones que dieron al cardenal, con qué firmeza se mantuvieron. Hace poco estuve con él; ha cambiado totalmente su opinión y expresó lo que les aprecia y lo valientes que fueron.

Cuando en aquel entonces comenzamos con las luchas, a menudo me dije que aquéllos que dejaran de ser fieles a la actual Obra, el día de mañana quedarían apartados. Así ocurre a menudo; cuando hay mujeres y hombres que, de hecho, se sacrifican por una gran idea, al principio se tiende a apartarlos, pero después nos inclinamos ante ellos.”

Parece que la historia se repite, aunque de otra forma. Veo en estos días a la señora Lesniewicz en el cielo, con su rostro maternal, implorando al Espíritu Santo, para que nos conceda también a los que hoy nos confesamos hijos del Padre Kentenich la misma actitud que ellos, la primera generación, tuvieron en su día ante acontecimientos tan difíciles y dolorosos. La misma actitud que el Padre Kentenich les pedía a las Hermanas en su nota de despedida antes de ir al destierro (Ver “José Kentenich – Una vida para la Iglesia”, Engelbert Monnerjahn – Ediciones Encuentro, Pág. 246):

«Mis queridas hermanas: Esperáis de mí unas palabras que aclaren la situación. Deben y tienen que ser cortas. Me remito al 20 de enero de 1942 y al acta de fundación, que nos advierte: No os preocupéis por el cumplimiento de vuestros deseos. Como condición previa y como medida, pone tomar en serio la «inscriptio». Reflexionemos sobre ambas dimensiones, renovemos nuestra consagración y declaremos de boca y de corazón que nos sometemos a las órdenes de toda autoridad legítima. Esto se aplica especialmente al caso de la autoridad suprema. Todo lo demás lo dejamos en manos de Dios y de la santísima Virgen. Y luego seguimos sin amargura trabajando como hasta ahora en la obra de nuestra vida, aunque hayamos de renunciar a costumbres y formas de vida con las que nos hemos encariñado. Sea este nuestro regalo para la gran festividad de nuestra amada Madre. No faltará la retribución. Con un saludo cordial y bendición sacerdotal. J.K.»

Para acceder al texto citado al comienzo de esta reflexión, ver:

Kentenich Reader, Tomo 1 - El exilio y su finalización

viernes, 3 de julio de 2020

Viviendo el 'hombre nuevo' (2) - Quitando máscaras


El viernes pasado comenzamos a visualizar las características más importantes del ‘hombre nuevo’ que nos legó el Padre Kentenich, para ayudarnos a dar vida al mismo en nuestro día a día. El recorrido que queremos hacer nos conduce “a través del nuevo hallazgo del yo, del tú y del nosotros”. Consideramos también la importancia de la libertad como el leitmotiv de nuestra existencia. Dios nos hizo libres y nos quiere libres.

La libertad en el ser humano exige sin duda el conocimiento de uno mismo. Ya en la antigua Grecia se sabía que el proceso de esta tarea fundamental del ser humano – la del conocerse a sí mismo – sería una tarea ardua y difícil. Me viene ahora a la mente aquella célebre frase de San Agustín: “Que te conozca yo a ti, para conocerme a mí”. Está claro que el conocimiento del hombre, de su ser y misión, el conocimiento de nosotros mismos, sólo lo podemos conseguir a la luz del conocimiento y cercanía con el Dios de nuestra vida. Sin Él no nos conoceremos nunca. Los que hayan hecho los Ejercicios Espirituales de San Ignacio saben a lo que me refiero. La técnica del ‘examen’ y la actitud de auto análisis personal quieren moldearnos a imagen de Cristo para alcanzar la “indiferencia ignaciana”, para ser “niños” ante Dios, y poder así servir a su Reino.

Es justo aquí adonde el Padre Kentenich nos invita a dar un paso importante en lo de nuestra libertad personal, liberar nuestra alma de formalismos, desenmascarando al yo verdadero, quitando las máscaras de nuestra propia existencia. En una conferencia del 17 de julio de 1966 a su ‘pars motrix’ (sacerdotes responsables de la Obra), se lo explica así:

“Vuelvo ahora una vez más a usar una expresión que ya utilicé en lo dicho anteriormente. Se trata aquí de quitar la máscara al yo verdadero. ¿Qué queremos decir con esto? Si se diagnostica bien este proceso de vida, se entiende aquí que la tarea consiste en sacarnos la máscara a nosotros mismos. Llevamos puesta una máscara. ¿Qué significa esto? Hay mucha, mucha cosa artificial adherida a nosotros. Caracterizando los distintos tipos de hombres, podemos distinguir aquí algunos tipos diferentes.

Primer tipo. Solemos hablar de personas, por ejemplo, profesores o estudiantes, que no conocen otro tema que no sea su materia. Están tan determinados por su profesión, que la vida puramente natural se encuentra como estrangulada. Los profesores, cuando están con gente, están acostumbrados a hablar como si dictaran clases. Y sobre todo nosotros, los sacerdotes, estamos acostumbrados a moralizar. Por eso sucede que, cuando estamos en compañía de otras personas, nos quedamos cortos con respecto a lo verdaderamente humano. ¿Qué significa, pues, para nosotros cuando decimos que llevamos puesta una máscara? La personalidad está tan captada, tan configurada por su tarea, que otras partes de su existencia, lo puramente humano, lo sociológico, se encuentra totalmente relegado, confinado a un segundo plano.

Segundo: también llevan puestas máscaras hoy en día las personas que se han masificado. Esta masificación —no sólo como tendencia, sino como hecho real— ahoga totalmente el yo originario con sus instintos originarios. Se trata, en efecto, de una masificación.

Tercero: también la educación puede cometer grandes errores en este sentido. Supongamos lo siguiente: pensemos en un papá que considera que su hijo debería llegar a ser absolutamente algo determinado. Y el hijo se muestra conforme. ¿Qué está haciendo ahora el hijo todo el tiempo? Se entrena como si él fuese como el papá lo quiere ver. Y más adelante termina constatando que eso no acierta para nada en sus predisposiciones originarias. …………….”

En otra conferencia del 25 de julio del mismo año les dice lo siguiente:

“Lo primero que debo hacer es: ¡quitar las máscaras! El yo enmascarado. Es como si nos encontráramos siempre en un baile de máscaras. El yo enmascarado. Permítanme utilizar una imagen sencilla, solamente para que no tengamos que filosofar tanto al respecto, de modo que lleguemos lo más rápidamente posible al punto práctico central. …….

Permítanme que les diga muy simplemente lo importante que es saber distinguir, en las personas que ustedes han de guiar, aquello que está sólo adherido exteriormente de aquello que, en realidad, es el yo originario, el instinto originario del propio yo; aquello que está relacionado con ese instinto originario, relacionado de tal manera que constituya un yo real y concreto, mi propio yo con mis disposiciones y todo aquello que he asimilado.

Donde se trata de cosas prácticas, suelo decir generalmente, haciendo uso de una imagen sencilla: distingan, por favor, en su propia vida psíquica allí abajo, en el rincón más recóndito, al pequeño Moisés, puesto en la cestilla de juncos. El pequeño Moisés es el verdadero yo. Si me quiero educar, debo educar a ese pequeño ser, al pequeño Moisés, allá abajo, que necesita aún del biberón, y no al hombre postizo. A veces digo, pero en esto exagero tal vez un poco: el yo que arrastro conmigo y que manifiesto hacia fuera es, exagerando un poco, un "muslo de rana galvanizado". Es decir, no es una acción inmanente, no brota de la fuente originaria de mi yo. Está adherido, y siempre se le adhieren más y más cosas. En realidad, el pequeño Moisés debería ahogarse bien pronto allá abajo, con tantas etiquetas adheridas, sean éstas de tipo religioso o ético.”

Estoy seguro que si nos esforzamos en “quitarnos las máscaras”, en liberarnos de nuestras ataduras indeseadas, avanzaremos en el señorío real sobre nosotros mismos y podremos crecer en la identificación con Cristo, Dios y Señor nuestro.


viernes, 26 de junio de 2020

Viviendo 'el hombre nuevo' (1)


Si es verdad que las voces del tiempo son para nosotros voces de Dios, estamos llamados a tomar conciencia de las mismas, y a poner consecuentemente manos a la obra en nuestra vida diaria. Hemos leído en los textos pedagógicos del Padre Kentenich – y nosotros mismos lo experimentamos - que el hombre de hoy vive en un ambiente colectivista, en donde los vínculos se rompen porque impera un individualismo exagerado.

Conscientes de ello y desde la conocida actitud de “agere contra”, se trataría de vivir el ‘hombre nuevo’ en el día a día, intentando “a través del nuevo hallazgo del yo, del tú y del nosotros” dar vida a esa nueva imagen del hombre y de la comunidad que nos exigen las circunstancias y los nuevos tiempos.

Hoy me quiero detener en un aspecto central en las enseñanzas del Padre Kentenich al respecto: la “libertad” como “Leitmotiv” (idea-guía) de mi vida. ¿Qué es para mí la libertad? ¿Cómo la practico?

Libertad es sinónimo de autonomía en el ser humano, autonomía que se expresa, según el lenguaje del fundador de Schoenstatt, en la “capacidad de decidirse” y en la “capacidad de llevar a cabo lo decidido”. Capacidad que se debe dar no sólo respecto a lo que proviene de fuera, sino a lo que proviene de nuestro interior: los instintos, las pasiones, los caprichos.

El Padre Kentenich dirigió en el año 1951 uno de los terciados de la comunidad de sacerdotes Palotinos en Brasil. A ellos les habló también de este tema. Transcribo algunas de sus palabras:  

“La verdadera libertad tiene dos dimensiones, dice el filósofo:

- Primera dimensión: capacidad de decidirse.
- Segunda dimensión: capacidad de llevar a cabo lo decidido.

¿Qué es lo primero, lo esencial? La capacidad de decidirse. El elefante también puede imponerse, llevar a cabo lo suyo. No deben pensar que hoy sea fácil educar de tal manera a un ser humano, que se decida por sí mismo. Si hago chasquear el látigo o digo algo, muchos de mis seguidores dirán que sí. Pero ¡qué pocos son capaces, en caso de duda, de decidirse por sí mismos! Tengo contacto con innumerables personas. Apuesto a que hay un cierto número de ellas que, si les dijera: "vaya tranquilamente al campo de concentración y deje que le corten la cabeza", irían de inmediato sin pestañear. Como comprenderán, hay aquí una fuerte voluntad de llevar algo a cabo, como también una muy fuerte voluntad de sacrificio. Pero si ellos debieran tomar por sí solos la decisión: voy al campo de concentración o busco esta o aquella actitud, nunca llegarían a hacerlo. Puedo decirles, incluso, que una de las notas más características del hombre actual es su falta de capacidad personal de decisión.

Consideren lo siguiente: ¿cómo educó el nacionalsocialismo? ¿Cómo educa ahora la Unión Soviética? Pensar es asunto del "Führer", del jefe. Sólo resta dejarse mover, es decir, poner las piernas en movimiento. Pero ¿decidirse por sí mismo? Pocos, actualmente, son capaces de hacerlo. ............

Por eso, planteo nuevamente la pregunta: ¿Qué hago yo para que mis seguidores aprendan a decidirse por sí mismos? ¿Tengo yo personalmente el coraje de decidirme por mí mismo, sobre todo en situaciones difíciles?

Antes solía decir a menudo a nuestros sacerdotes en Alemania: en circunstancias normales, el obispado nos dice lo que debemos hacer en cada caso particular, qué organizaciones debemos crear o qué debemos hacer en contra de esta o de aquella corriente del tiempo. Pero cuando llegan fuertes enfrentamientos, como en la época del nacionalsocialismo, no hay consigna alguna que emita el obispado. Roma calla, y el sacerdote no aprendió a tomar decisiones personales en situaciones difíciles. La educación para ser capaces de decidirse es uno de los problemas más esenciales de la pedagogía actual.”

En otra ocasión, en un retiro de los Padres de Schoenstatt, en el año 1966, les diría lo siguiente:

“No sólo hay un hombre masa en el plano natural. También hay un hombre masa religioso: me inclino sin inhibición alguna ante una atmósfera pública, sin dejarme estimular por ella a decidirme, nuevamente y por mí mismo, en contra de ella. Difícilmente se pueda poner de relieve hoy en día lo suficiente la importancia que tiene la educación para la decisión por sí mismo.

Esto vale también para nosotros, cuando pensamos, por ejemplo, en nuestra Familia, en nuestros ideales de curso y de comunidad. Por supuesto, en la actualidad no podríamos hacer casi nada sin que nos expongamos a zonas de peligro. Siempre ha sido así, pero hoy es preciso acentuarlo especialmente. Por eso, la obra maestra es: donde se trata de la atmósfera comunitaria cuidar que nuestro actuar esté acompañado siempre, siempre, por decisiones personales. Donde no hay decisión por sí mismo, donde no se da oportunidad para tomar decisiones por sí mismo, somos nosotros mismos la causa —no quiero decir que tengamos la culpa— de todas las tendencias de masificación, de las psicosis de masa.

Comprendan, por eso, lo importante que puede y debe llegar a ser, en nuestra Familia, la comunidad libre. En efecto, ésta tiene como su meta máxima la educación para la capacidad de decisión autónoma, para la disposición a decidirse. Por tanto, debemos desprendernos de la masa. Porque hoy en día corre por todo el mundo una psicosis de masa. Existe hoy el colectivismo. Es fácil de entender que hoy se acentúe especialmente lo que hemos intentado desde el principio con el ideal personal. Hoy se dice en lugar de ello "personalismo".

Los hijos del profeta debiéramos estar poseídos por vivir y anunciar la misión de nuestro tiempo, y por dar una respuesta práctica a los problemas del tiempo actual.

viernes, 19 de junio de 2020

María y el 'hombre nuevo'


Al leer la última ‘entrada’ en el Blog, uno de mis lectores me preguntó: “¿En esto del ‘hombre nuevo’ dónde queda María? ¿No es Schoenstatt por excelencia un movimiento mariano?” Deseo ayudar a mi amigo en sus dudas. Lo hago de la mano de una de las hijas espirituales del Padre Kentenich, se llamaba Herta Schlosser. Fue Hermana de María, y una de las personas que más han contribuido con sus escritos a dar a conocer al Padre Kentenich y al Movimiento de Schoensatt dentro del ámbito académico y eclesial de habla alemana. Rescato (y traduzco) algunos textos de su libro “Der neue Mensch – die neue Gesellschaftsordnung”. Quieren ser una ayuda, fundada en las enseñanzas del Padre Kentenich, para entender la cuestión antropológica de Maria como modelo a seguir y como ayuda y auxilio para encarnar el ‘hombre nuevo’ en nosotros.

H. Schlosser nos recuerda que según la teología católica, Cristo, el Dios-hombre, es, sin comparación alguna, el arquetipo y el ejemplo más perfecto de toda existencia humana. La meta de toda vida humana cristiana es participar en la vida de Cristo, para mostrarlo lo más claramente posible al mundo. Sin embargo, dado que Cristo es una persona divina, no puede ser captado en su totalidad solamente desde el punto de vista antropológico.

Según la misma teología católica, María es, como persona humana, la imagen más perfecta de Cristo, María es la encarnación del ideal más elevado de todo ser humano. La mariología, por lo tanto, desarrolla la antropología cristiana. En este contexto, María es el ideal de una vida plena natural y sobrenatural. Según el dogma de la Inmaculada Concepción, ella nunca perdió la armonía original en su ser, ni en la interrelación de sus fuerzas anímicas y espirituales entre sí, ni en las relaciones de su vida con el Dios trinitario, ni en su relación con las personas, con las cosas, ni con el trabajo cotidiano.

María es, como imagen más perfecta de Cristo y en su relación con él, el modelo supremo de la persona cristiana para todos los tiempos. El Movimiento de Schoenstatt en su conjunto, cada una de sus comunidades y cada miembro individual considera a María como la figura ideal para ser imitada. La imitación no significa anulación de la propia originalidad, sino el intento de moldear la propia vida desde la misma actitud que ella.

Pero María no es sólo un modelo a seguir para la persona cristiana. Su importancia en la historia de salvación como "compañera y colaboradora oficial en toda la obra de salvación" la cualifica como el camino más fácil y seguro para llegar a Cristo. Sabemos que, tanto en el orden de la creación como en el orden de la gracia, Dios concede y permite participar en su actividad creativa y de donación. Como criatura, María depende totalmente de Dios en su ser y en su actuar. Sin embargo, la persona humana libre actúa, no solo, como causa primera, sino también como causa segunda. En otras palabras: Dios es la causa primera, pero no es la única causa; según su voluntad, la realización de sus planes depende del sí o no de la persona humana libre.

Santo Tomás de Aquino expresó la relación existente entre la causa primera y la causa segunda en el conocido principio filosófico: Deus operatur per causas secundas liberas.
María facilita en su "función sacerdotal” y medianera como causa segunda la realización de la alianza bautismal en nosotros, dado que ella es la persona humana mejor conformada en Cristo y la que además, por su mediación, mejor nos conforma en y con Cristo.

El Padre Kentenich decía: “Ha sido y es para nosotros un asunto definitivamente resuelto que toda la gloria de la santísima Virgen es gloria y grandeza recibida. Todo lo que ella posee se lo debe a su Hijo… Así, para nuestro pensar y sentir ha sido siempre evidente que la nueva creación en María es también la nueva creación en Cristo. En la misma perspectiva nos hemos visto y seguimos viéndonos como manifestaciones de María y de Cristo en nuestro actuar y caminar por la vida.

El hombre marcadamente mariano es para nosotros también el hombre cristocéntrico. Lo mariano adquiere una nota especial por el fuerte énfasis colocado en la MTA y en su vinculación local. Todas ellas son verdades que se nos han hecho carne y sangre. Con gratitud recordamos cómo reflejamos en cada uno de los ideales un rayo distinto de la santísima Virgen tal como ella obra en este lugar. En ello, María ha estado y sigue estando ante nosotros como "espejo de justicia", como espejo que sólo refleja las glorias del Señor y hace que aparezcan en forma visible. …..

Cuanto más grande se yergue Cristo ante nosotros, tanta más luz cae sobre su santísima Madre. Ambos se condicionan, se exigen y se promueven mutuamente. Y nunca hemos de ser infieles a nuestra tarea: cuidar en nuestras vidas de la bi-unidad entre Cristo y su Madre, tal como la traza nuestra imagen dogmática de María.”