viernes, 16 de octubre de 2020

Atentos y dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo

En estas últimas semanas venimos ocupándonos de la vocación universal a la santidad, y más en concreto de algunos aspectos y características de la escuela de santidad que el fundador de Schoenstatt regaló a sus hijos espirituales. Son varias las fuentes que ya hemos citado. Hoy quiero fijarme en uno de los primeros documentos que tenemos a nuestra disposición, y que recoge las charlas del Padre Kentenich a varios grupos en los años 1927/1929. Su título: “Principios generales del Movimiento Apostólico de Schoenstatt”, traducido del alemán y editado como manuscrito por nuestras Hermanas de María de la provincia de Argentina (1983). En esta jornada encontramos respuesta (una más) a la pregunta sobre qué es la santidad. Leemos:

“¿Qué es la santidad? Para orientar nuestras reflexiones actuales podemos definir la santidad como la capacidad de percibir las inspiraciones interiores del Espíritu Santo y corresponder a ellas. Se puede definir la santidad de diversas maneras. Existe una santidad ética y una santidad ontológica. Toda vida tiende a manifestarse. Por eso la santidad ontológica debe convertirse en santidad ética. O, expresado de otra manera, la vinculación con Dios debe transformarse en semejanza con Dios (ver Mt 5,48). Yo debo asemejarme a Dios para mejorar moralmente. Ambas cosas resuenan en este concepto.

Hacemos bien en tomar nota de ésta u otras definiciones semejantes para que, junto con San Francisco de Sales podamos terminar con el error de que solamente es posible alcanzar la santidad en el estado religioso, como si solamente los sacerdotes o religiosos pudieran llegar a ser santos. Nuestros padres también pueden ser santos, los matrimonios también. Si Dios ha dispuesto para alguien el estado matrimonial se aplicarán a este estado las leyes de ser de la aspiración a la santidad. Santo se puede ser en toda profesión, en todas partes donde se corresponde a las inspiraciones del Espíritu Santo. Y se será santo en la medida en que se cumplan las obligaciones de estado por amor a Dios.

¡Por amor a Dios! Esto incluye la vinculación con Dios. Yo creo que haríamos bien si contribuyésemos para que estos pensamientos se hagan propiedad del pueblo: en la escuela, desde el púlpito, entre los estudiantes, etc., en todas partes debemos propagar el auténtico concepto de santidad.”

 

Y lo debemos hacer en primer lugar para nosotros mismos en un tiempo en que, como entonces (años treinta del siglo pasado), experimentamos un derrumbe de la cultura propia, hoy mediante la globalización de la misma a través del consumo, la publicidad incesante y la masificación consiguiente, un mundo inestable y dinámico sin guía ni norte (salvo el llamado “American way of life”…..). Ante este estado de cosas el Padre Kentenich destaca la importancia del individuo, de la persona revestida desde toda la eternidad con un plan amoroso de Dios y capaz de “construir”, si quiere, un nuevo orden social cristiano. Eso sí, estando atento y correspondiendo a las insinuaciones del Espíritu.   

“Sigamos analizando la definición del concepto de santidad que hemos dado más arriba: la santidad es la sensibilidad y la capacidad de percibir las inspiraciones interiores del Espíritu Santo.  ¿Se dan cuenta de que esa definición corresponde a un sano sentimiento, a un sano individualismo? Desde toda la eternidad Dios tiene una idea determinada de mí; desde toda la eternidad Él ha previsto una determinada misión para mí. El Espíritu Santo es el que me conduce y me prepara para esta gran misión. En la medida en que yo cumpla con esta singular misión seré santo. De allí que el sentido y la misión de la aspiración a la santidad consista en la capacidad para percibir las inspiraciones del Espíritu Santo y corresponder a ellas.

Quien posea una sana aspiración a la santidad reflexionará para saber dónde radican los impedimentos y obstáculos para la santidad, para las inspiraciones del Espíritu Santo. La naturaleza y la gracia deben construir juntas. Y cuando encuentro en qué consiste el impedimento debo decir: ¡Fuera con él! Todos los impedimentos deben ser apartados para que el Espíritu de Dios pueda actuar sin obstáculos. Expresándolo en el lenguaje de la antigua ascética: ¿Cuáles son los criterios para discernir si una inspiración proviene del demonio, de la carne o de Dios? Esta es la antigua forma ascética del discernimiento de los espíritus.”

Recuerdo ahora las reglas de discernimiento elaboradas por san Ignacio de Loyola en el libro de sus Ejercicios Espirituales. Necesitamos avanzar en el ejercicio del discernimiento de la voluntad de Dios, sabiendo que, aunque todos nosotros estamos llamados a tener a Cristo como criterio permanente en las decisiones de nuestra vida, la llamada de Dios es personal e intransferible. ¡Atentos, pues, a las insinuaciones del Espíritu!

En el camino ascético de Schoenstatt contamos para ello con el ‘ideal personal’, sabiendo por la experiencia, que el mismo refleja el impulso fundamental de mi alma, y que mediante su desarrollo cotidiano y paciente llegará a ser la disposición fundamental de la misma, y con ello mi camino hacia Dios.


viernes, 9 de octubre de 2020

Escuchar al Dios que llama a nuestra puerta

 

El texto que hoy me sirve de meditación y propuesta de reflexión en el Blog está tomado del libro “Niños ante Dios”, Págs. 147-150 (capítulo “Escuchar a Dios en la vida misma”), volumen que recoge las charlas que el Padre Kentenich dio a los Padres Betlemitas en Immensee, Suiza, durante sus ejercicios espirituales del año 1937. Era una comunidad de sacerdotes misioneros sin votos, pero con vida comunitaria. Recomendaciones y pensamientos acertados, que podemos y debemos hacer nuestros con independencia de nuestra pertenencia o no a una comunidad religiosa.

“No aspiremos a volar por sabe Dios cuán sublimes regiones celestes; y menos nosotros, que luchamos en medio de la vida cotidiana. Tenemos que ejercitarnos en un caminar activo en y con Dios, vale decir, escuchar a Dios que nos habla en la vida. ¿Acaso no debemos estar bien plantados en la vida? No podemos vivir en continuo repliegue, agregando aquí una hora más de adoración del Santísimo y allá otra hora más a la meditación, etc. No; así no puede ser.

Detectemos los golpes que Dios da a nuestra puerta en medio de la vida cotidiana. Dios llama a mi puerta en la vida de todos los días. Creo que hay muchas personas, también entre ustedes, que llegarían a ser santos mucho más rápidamente en la vida cotidiana que en un monasterio de adoración perpetua. Estar en permanente adoración puede sumirnos en la laxitud. Nosotros adoramos la voluntad de Dios en la vida diaria y por lo tanto formamos parte de la adoración perpetua. A través de su unión con la vida, el apóstol recibe un fuerte estímulo para desplegar su vuelo hacia Dios; y eso es parte de su vocación misionera.”

Adorar la voluntad de Dios en la vida diaria, sí, pero cuidando de mantener también un diálogo permanente con Dios a través de las oraciones de todos los días y de algunos momentos especiales de oración que cada uno determine según el ritmo particular de su vida diaria, construyendo así lo que el Padre Kentenich llama “los muros conventuales”.

“Estas son cosas muy simples, pero que entrañan un hondo significado. En nuestro caminar en y con Dios hay que mantener "los muros conventuales"; de lo contrario, al final de nuestra vida sufriremos una gran desilusión.

No piensen que se ingresa a la comunidad para pasar una vida cómoda. Su comunidad no tiene votos al estilo tradicional, pero no tomó esa opción para llevar una vida más confortable; de ser así no durará mucho. Toda comunidad religiosa debe ser portadora de los principios de la santidad. Si no ocurre así, si no puede alumbrar santos, ¿qué hombre noble consagrará su vida a una comunidad tal? La consigna es la generosidad. Soy libre, y porque soy libre, recorreré con mayor empeño y constancia el camino hacia la santidad.

Reparemos en otros momentos donde Dios llama a nuestra puerta suscitando en nosotros el impulso a remontarnos hacia Él. Suele suceder a las personas de particular nobleza espiritual, que cuando una alegría embarga sus corazones se sienten elevadas raudamente hacia Dios. Según mi manera de ver, nosotros, hijos de nuestro tiempo, somos terriblemente "proletarios" en esta área: nos parece evidente que Dios nos dé alegrías; ¡es una lástima! Un temperamento noble tiene siempre un "¡Gracias, Señor!" a flor de labios. Les propongo esta consigna: "Acabar con las ’evidencias’". …..

Saber, como dice en otra de sus charlas, que la fe en la Divina Providencia enseña que nada es casual, que todo proviene de Dios. Un hombre sencillo ve detrás de todo al Padre del cielo y sabe dar gracias. Dios es Padre, Dios es bueno, bueno es todo lo que Él hace.

“La meditación de las cosas que nos va presentando la vida puede ser a veces más eficaz para ponernos y permanecer en la presencia de Dios que los tiempos ordinarios de oración. Aparentemente Dios nos exige una santidad activa. Cuanto más se nos arroje a la vida, cuanto más luchas nos envíe el Señor, tanto mejor.

El punto clave de nuestra ascética es dejarse impulsar hacia Dios por la vida…., porque nuestros "muros conventuales" son el caminar permanente y profundo en la presencia de Dios. Cuanto más débiles los muros conventuales exteriores, tanto más fuertes los muros interiores, tanto más fervorosa la relación de amor con Dios. Quien quiera educar en la comunidad, no debe cejar en el empeño de hacer que estos pensamientos calen hasta los huesos en los integrantes del Instituto.

 

viernes, 2 de octubre de 2020

Nuestra espiritualidad tridimensional

El Padre Kentenich llama a su espiritualidad una espiritualidad tridimensional. En tiempos del Padre no era normal usar la palabra “espiritualidad”, por eso encontraremos en muchos textos la palabra “piedad” o “santidad” en su lugar. Hoy traigo a nuestra atención un texto publicado en “Kentenich reader – tomo 2” en el que el P. Kentenich hace una reflexión sucinta sobre este tema, y “en la cual presenta la relación interna y complementaria existente entre las tres dimensiones de nuestra espiritualidad a modo de definición”. Los autores del “Kentenich-reader” han tomado este texto de una carta al Superior de los Palotinos, el P. General Turowski SAC, del 8 de diciembre de 1952, la así llamada “Turowskibrief”. A continuación, el texto:  

“La originalidad de nuestra espiritualidad está caracterizada por tres términos claves: santidad de la vida diaria, santidad del instrumento y santidad de alianza. ……. ¿Cómo es el entramado interno de la espiritualidad tridimensional?

Quien conozca el desarrollo histórico de las tres facetas de nuestra ascética comprenderá con facilidad y rapidez su entramado interno.

La santidad de la vida diaria marca más fuertemente el rumbo en la vida cotidiana; la espiritualidad del instrumento establece con mayor conciencia el contacto con Dios; y este último, en virtud de la espiritualidad de alianza, cobra con mayor claridad el rasgo de una decidida vinculación de amor entre dos personas que se aman.

…….  ¿Cómo son nuestras formas de santidad? Somos capaces de enumerarlas sin vacilar, pero… ¿conocemos su real envergadura? Santidad de la vida diaria, espiritualidad de alianza y espiritualidad del instrumento. ¿Qué quiere decir todo esto?

En primer lugar, santidad de la vida diaria

Vuelvan a estudiar el libro “La santificación de la Vida Diaria”. ¿De qué se trata en este punto?

Sanctus est qui sancte vivit. Santo no es quien fantasea santamente. Santo es quien vive santamente, reza santamente, trabaja santamente, se mortifica santamente.

O bien recordemos aquellas otras palabras: Deum quaerere, Deum invenire, Deum diligere in omnibus, cum rebus, cum personis. (san Ignacio)

…….. Buscar a Dios… ¿Dónde? Aquí no se trata de buscar a Dios dentro de nosotros mismos, porque eso se da por supuesto, sino que aquí se pone de relieve lo siguiente: ver a Dios en su vinculación: la causa primera en su vinculación con la creatura, la causa segunda. Éste es el problema de la actualidad. Buscar a Dios, hallar a Dios, amar a Dios… en todas las cosas. Detengámonos pues en la creación; no ascendemos directa sino indirectamente a Dios. Se trata siempre de la mediatez de Dios. No como si no se buscase también la inmediatez de Dios. La definición de la santidad de la vida diaria nos ofrece una respuesta en este sentido.

Reitero la idea: si contemplamos directamente a Dios, cara a cara, verán que, tarde o temprano, Dios no será ya nada para nosotros. O ascendemos a Dios a partir de las criaturas o perdemos a Dios. El problema de la época actual es la relación entre causa primera y causa segunda. ……

Volvamos a escuchar la definición de santidad de la vida diaria, para saber cómo nos presenta la santidad: "Armonía entre una vinculación cálida y personal a Dios, al trabajo y a las personas".

En segundo lugar, espiritualidad de alianza

¿Conocen una teoría abarcadora de la espiritualidad de alianza? Nosotros, sacerdotes, hemos de tener continuamente esos conocimientos al alcance de la mano, para dar una respuesta sustentada en la riqueza de nuestros conocimientos y vivencias.

Ahora me limitaré a decirles lo que actualmente reviste importancia para nosotros: integrar todo al contexto contemporáneo. Por ejemplo, hoy se busca un nuevo principio moral. Cuando nosotros éramos más jóvenes (por lo menos en el caso de nosotros, los mayores), sólo se conocía el principio "es pecado" o "no es pecado"; "pecado grave" o "pecado venial". Hoy se buscan principios desde una visión integral de la realidad. Quizás no hayan observado aún cómo los teólogos tienden a lo que nosotros llamamos "espiritualidad de alianza". Ésta no se funda sólo en un principio ascético, más bien el principio ascético pasa a ser aquí principio moral: fidelidad a la alianza de amor. "Yo hago siempre lo que le agrada al Padre" (Jn 8,29).

Naturalmente se corre el peligro, propio de los tiempos modernos, de separar violentamente las cosas y decir: "Por eso ya no hay más pecado; por eso ya no hay más que lo siguiente: sellamos una alianza contigo y queremos ser fieles a esa alianza". Sin embargo debemos mantener ambas cosas, unir ambas cosas. Es así que seguirá vigente el principio "pecado": veniales y graves. Pero desde el punto de vista de la alianza de amor se pueden unir perfectamente ambas cosas. No damos alegría alguna a Dios Padre cuando le volvemos la espalda esporádica o continuamente.

Y, por último, espiritualidad del instrumento. Sí; nuestra espiritualidad es marcadamente una espiritualidad de instrumentos. Cuando se refiere a la nueva manera de realizar el apostolado, el concilio apoya particularmente la espiritualidad del instrumento. ¿A qué apunta ese apostolado? A hacer presente a Dios mediante nuestra persona. Detrás de ello se encuentra toda la teoría de la espiritualidad del instrumento: que el instrumento esté unido al artífice, y que nuestra vida cotidiana sea una ilustración clásica de la fuerza, del ser y de la esencia del artífice.”


viernes, 25 de septiembre de 2020

La santificación de la Vida Diaria - el libro

 

En mis primeros tiempos de vida schoenstattiana recuerdo que nuestro querido Padre Jorge Zegers (+21.5.2020) me aconsejó comprara el libro “La santificación de la vida diaria” de la editorial Herder, pues allí encontraría una propuesta de formación ascética, que por otra parte era materia de nuestras conversaciones privadas. Me llamó la atención que un libro de una autora schoenstattiana alemana se encontrara a la venta en las librerías de Madrid (eran los tiempos de la fundación de Schoenstatt en España). El ejemplar que adquirí era parte de la séptima edición (¡la primera edición española data del año 1958!!). Hoy está a la venta la novena edición.

Después supe que la editorial Herder, fundada en Alemania hace más de doscientos años, se trasladó a Barcelona en 1948, y que al principio de su trayectoria en España divulgaba, sobre todo, libros publicados por la misma Herder y por otras editoriales alemanas en traducción española. Algún colaborador alemán tuvo que sugerirle a la dirección de la editorial que tradujera también el libro “Werkstagsheiligkeit”, una propuesta para la conformación religiosa del día a día, puesto en el mercado alemán por una editorial de Limburgo, ciudad cercana a Schoenstatt, en el año 1937. Un conocido escritor y traductor español, Constantino Ruiz Garrido, realizó un trabajo excelente, traduciendo del alemán y haciendo asequible al lector español el texto del que hoy disponemos. En su prólogo escribe que con esta obra la editorial Herder presenta a los lectores de habla española una auténtica joya de la “Espiritualidad schoenstattiana”, teniendo que aclarar en nota a pie de página que Schoenstatt (Alemania) es la sede de un “Movimiento Apostólico”, de honda repercusión espiritual en Alemania y en otros países …. .

Se sabe que la autora del libro mencionado, la Hna. M. Annette Nailis, del Instituto de las Hermanas de María de Schoenstatt, recibió del Padre Kentenich el encargo de recoger en un libro los apuntes de diversos retiros de los años 1932-1933.

En su libro “Schoenstatt’s Everyday Spirituality” (“Santidad, ¡Ahora!, Editorial Nueva Patris) el Padre Jonathan Niehaus, en un intento de hacer más asequible al lector de nuestros días los textos originales, publica ‘una valiosa selección de los pasajes más significativos …. del libro “La santificación de la Vida diaria”, texto clásico de la enseñanza del Padre Kentenich’, según apuntan en la contraportada. También nos habla de los orígenes del libro que hoy nos ocupa. Dice así:

“Pareciera que el P. Kentenich usó por primera vez la expresión santidad de la vida diaria en 1932, año en que predicó el retiro Santidad sacerdotal de la vida diaria, para sacerdotes (3 al 13 de agosto de 1932, el que repitió en un ciclo de retiros en los años 1932-1933). En este retiro expuso los principales elementos de la espiritualidad de Schoenstatt desde la perspectiva de la santidad. Fue el primer intento por entregar una visión de conjunto de la ascética schoenstattiana. Este curso también se dio en forma adaptada a la joven comunidad de las Hermanas de María de Schoenstatt, fundada en 1926.

Uno de los frutos del ciclo de retiros de 1932-1933 fue el libro basado en ese retiro. Fue éste un proyecto mamut que demoró cuatro años en completarse (y en el que el P. Kentenich participó activamente, escribiendo incluso personalmente partes del libro). …. Mucho podría decirse acerca de este libro y de su impacto. Uno de los comentarios más interesantes acerca de su importancia proviene del mismo P. Kentenich, quien, en una carta al P. Menningen de marzo de 1956, señaló lo siguiente:

“Desde un comienzo se concibió la Santificación de la Vida Diaria como un libro que abarcaría dimensiones fundamentales [de la espiritualidad de Schoenstatt]. Esto explica su tono y estructura. Por esto, enfoca principalmente los puntos de referencia fundamentales (….) en el orden natural y en el orden de la gracia. Lo describe cuidadosamente, y da sólo una breve descripción de sus interrelaciones.

Se pensó que serviría de base a publicaciones posteriores sobre estudios especiales [escritos] para uso de la familia (….). Se necesitaría uno sobre el Ideal Personal, otros sobre nuestro estilo de Examen Particular, sobre la humildad y caminos hacia la humildad, la obediencia y estilo de obediencia, la pureza y la prudencia. Podría seguir y seguir enumerando temas. En todo caso, su fundamento serían los principios dados en la Santificación de la Vida Diaria. De ellos habría de emerger gradualmente una colección de material unificada y sólida, junto a una forma coherente de pensar y de vivir; una base firme que nos ayudaría a atravesar con seguridad las tormentas de nuestros tiempos modernos.”

Me llama la atención que, en esta carta, el P. Kentenich avisaba de que hay muchos en nuestras filas, que con las convulsiones de los tiempos no son conscientes de nuestra propia identidad y características, sobre todo aquellos que, como él dice, “cuecen en todas las cacerolas”, calmando sus necesidades en la literatura que se ofrece en el momento, olvidando toda la fuerza que las luchas de la Familia durante tantos años nos han regalado para nuestras propias formas de piedad y religiosidad.

 

viernes, 18 de septiembre de 2020

Las pequeñas virtudes

Al plantearme en estos días escribir algo sobre las pequeñas virtudes como instrumentos en el camino de la santidad, me acordé de San José de Calasanz (1557-1648), santo aragonés, pedagogo y fundador de los Escolapios, y en cuyo colegio de Granada estudié en los primeros años de mi adolescencia. Él aconsejaba a sus hermanos de comunidad – se lo oí decir a un padre escolapio – que “quien desee la paz no contradiga a nadie”. ¡Cuántos disgustos podríamos evitarnos en el día a día de nuestro matrimonio si practicáramos esta pequeña virtud!

Otro pedagogo, en este caso fundador de la Congregación de los Hermanos Maristas, el santo francés Marcelino Champagnat (1789-1840), hablaba doscientos años más tarde de las pequeñas virtudes. Estudiosos de su obra ponen en sus labios esta reflexión:

“Puede uno ser regular, piadoso y tener afán de santificación; puede uno, en una palabra, amar a Dios y al prójimo sin tener la perfección de la caridad, a saber, las “pequeñas virtudes”, que son como los frutos, el adorno y corona de la caridad. El descuido o la carencia de las virtudes pequeñas es la causa principal, y tal vez la única, de las disensiones, división y discordia entre los hombres.”

Y las enumeraba así: indulgencia, disimulación caritativa, compasión, alegría santa, tolerancia, solicitud caritativa, afabilidad, urbanidad y decoro, condescendencia, abnegación y paciencia, ecuanimidad y buen talante.

Se sabe que el padre Champagnat se inspiró en la obra de san Francisco de Sales (1567-1622), contemporáneo de san José de Calasanz, y que fue el que inspiró también a nuestro padre Fundador en esta materia. En su conocida obra “Introducción a la vida devota” (1619) que contiene las célebres cartas a una tal “Filotea”, nos regala una esmerada espiritualidad, y enumera así las once “pequeñas virtudes”: paciencia, bondad, mortificación, humildad, obediencia, pobreza, castidad, dulzura con el prójimo, tolerancia de imperfecciones, diligencia y santo fervor.

¿Qué son las “pequeñas virtudes” para el Padre Kentenich? En una conferencia del año 1963 lo explica así:

“¿Qué entendemos nosotros bajo las “pequeñas virtudes”? En una respuesta abstracta, diría yo así: son extraordinariamente grandes virtudes, pero que practicadas en el día a día, no muestran hacia afuera ningún rasgo de heroísmo. Es lo cotidiano, lo ordinario. Es lo que acostumbramos a decir en la Familia de Schoenstatt cuando hablamos de la santificación de la vida diaria: ordinaria extraordinarie, lo ordinario, lo cotidiano de forma extraordinaria.”

Y para ampliar la explicación nos invita a leer en el libro “La santificación de la vida diaria” el siguiente pasaje:

Las virtudes a que nos referimos se llaman pequeñas virtudes porque apenas se estiman y aprecian a los ojos del mundo. Pero el santo de la vida diaria les concede particular atención porque son buenas ayudas para santificar la vida ordinaria de cada día. Voy a enumerarlas brevemente: Indulgencia con las faltas de los demás y prontitud para perdonarlas, aun cuando no haya derecho a pedir semejantes miramientos; cierto disimulo, que parece no ver ciertas deficiencias notables; disimulo que es lo opuesto de aquella triste perspicacia que tienen algunos para ver defectos ocultos.

Cierta compasión, que hace suyos los sufrimientos de los infortunados y afligidos; una alegría, que comparte las alegrías de los que son felices, para acrecentarlas; Cierta flexibilidad de espíritu, que sabe ver lo que hay de razonable y cierto en las opiniones de los demás, aunque no lo haya comprendido al momento, y que sabe pagar, sin envidia, el tributo de reconocer que las ideas de otros son más acertadas. 

Cierta solicitud por prevenir las necesidades de los demás, para evitarles la molestia de sentirlas y la vergüenza de pedir ayuda.

La bondad del corazón, que en todo momento hace lo más posible por ser útil y agradable a los demás y, aunque sólo pueda hacer poco, su deseo sería hacer mucho más; una finura atenta, que sabe escuchar a los que no nos agradan, sin dar muestras de displicencia, e instruye a los ignorantes sin que ellos lo adviertan sensiblemente.

Cierta cortesía, que al cumplir con los modales de buena educación no lo hace con la falsa amabilidad del mundo, sino con sincera y cristiana cordialidad.” (A. Nailis, La santificación de la vida diaria, p. 264).

Como escribiera el Padre Champagnat: “Ahora me arrepiento de haberlas llamado “pequeñas”, pero no es mía esa expresión, es de san Francisco de Sales. Son pequeñas porque apuntan, por su objeto, a cosas menudas: una palabra, un gesto, una mirada, un detalle de cortesía; pero son muy grandes, si uno examina el principio que las informa y el fin que tienen.”

 

viernes, 11 de septiembre de 2020

Santidad en (y de) la vida diaria

 

Como muchos de mis lectores conocen, el P. Herbert King de la comunidad de los Padres de Schoenstatt ha venido publicando en los últimos años una colección ordenada de textos con una amplia presentación del pensamiento del Padre Kentenich. El tomo 1 de la colección se publicó en español bajo el título “En libertad ser plenamente hombres”, y se puede adquirir en la Editorial Patris de Chile. En los últimos meses he venido recogiendo en mi Blog algunos textos de este primer tomo. Me propongo ahora seguir haciéndome eco, en esta ocasión, del índice de los textos que el tomo 6 de la serie propone al lector. Su título en alemán: “Heiligkeit im Alltag” – ‘Santidad en el día a día’. Aún no se ha editado en español (que yo sepa).

Según apunta el P. King, ya desde el principio de su actividad pastoral el ideal de santidad fue un anhelo central para el Padre Kentenich. Lo que conocemos como ‘Primera acta de fundación’ lleva precisamente como título este ideal. Sabemos también que la pequeña capilla del cementerio en Schoenstatt (la que sería el Santuario original de Schoenstatt) debería llegar a ser la “cuna de la santidad”.  Desde entonces la historia de la familia de Schoenstatt quiere ser la historia “de un esfuerzo y de una vida de santidad”. Desde el último Concilio cada cristiano está llamado a una auténtica y verdadera santidad, ocupando el núcleo del pensamiento cristiano la exigencia de Jesús: “Vosotros, pues, sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48).

Comienzo hoy la nueva serie de reflexiones en el Blog del Padre, y lo hago con la definición de la santidad de la vida diaria:

“La armonía santa entre la vinculación hondamente afectiva con Dios, con la obra del hombre y con el prójimo a través de todas las situaciones de la vida.”

Esta es nuestra definición de santidad, el término conceptual de la santidad que el Padre Kentenich nos ha regalado. La encontramos en las primeras páginas del conocido libro “La santificación de la vida diaria” (Ver: Editorial Herder). Son dos las expresiones que caracterizan profundamente este concepto, dándole su perfil original dentro de los ideales tradicionales de santidad en la Iglesia. Las expresiones son “vinculación” y “hondamente afectiva”.

La persona humana puede y debe vincularse. No solo a Dios, sino a su obra y al prójimo. Y lo puede y lo debe hacer con sus afectos, con su corazón. Es así cómo se actualiza el principal mandamiento del antiguo y del nuevo testamento, ampliándolo incluso a todos los ámbitos de la vida humana. Nótese que se acentúa de forma especial el amor afectivo.

Recordamos también una modalidad que el Padre Kentenich destaca: llevar a cabo lo ordinario de forma extraordinaria. En uno de sus escritos (Studie 1952/53, 19) lo describe así:

“Ella (la santidad) ha escrito en su bandera lo ordinario, lo común de la vida diaria. Nosotros nos permitimos describirlo con estas palabras, “ordinaria extraordinarie”. En cualquier caso, no siente ningún anhelo por lo extraordinario, ni en la vida de oración ni en la vida de sacrificio.”

Es evidente que no se trata de una pedantería, ni tampoco de hacer de cualquier nimiedad de la vida un acontecimiento extraordinario. Queremos tener los pies en el suelo, también en nuestro camino de santidad.

 

viernes, 4 de septiembre de 2020

El amor a María del hombre nuevo

Para finalizar este ciclo de reflexiones sobre el “hombre nuevo” en Schoenstatt, quiero hoy reproducir (sin comentarios) algunos pensamientos del Padre Kentenich sobre el amor a María del hombre nuevo. Son palabras de una de sus últimas charlas en esta jornada pedagógica de 1951 a la que vengo haciendo referencia (Ver: ¡Que surja el hombre nuevo!, Editorial Schoenstatt - Amazon)

“Hay distintos tipos de amor a María: un amor corriente, un gran amor y un amor extraordinario a María. Permítanme hablar de este último. Es el amor a María de Grignon de Montfort, determinado por el pensamiento: debo llegar a Cristo en la santísima Virgen y no sólo con y por Ella (“Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen”).  No lograremos hacer entender este uno en el otro, si no tenemos personas que hayan aprendido a amar sanamente, tanto naturalista, como natural y sobrenaturalmente; que hayan gozado interiormente el amar a una persona, y en la persona amar a Dios. Doy mi amor filial a mi padre, lo amo como hijo y estoy en mi padre; y este estar-en-mi-padre significa, a la vez, estar en el Padre celestial. Recuerden todo lo que hemos leído sobre santa Teresita. ¡Qué espontáneo era todo aquello! Al entregarse a su padre, se entregaba a la vez al Padre celestial, no reflexivamente sino con auténtica espontaneidad.

Si no he vivido tales contextos en forma humanamente auténtica, jamás entenderé y jamás lograré pensar que debo estar en la santísima Virgen, en Dios y en Cristo. El pensar mecanicista perturba estos procesos vitales espontáneos. Con ello nos sometemos a una cantidad inmensa de desventajas. El pensar mecanicista nos daña hasta la médula. No entiende cómo puede ser compatible este profundo e íntimo estar-en-la-santísima Virgen con el estar-en-Dios. Les puedo explicar esto filosóficamente, pero sólo lo aceptará y entenderá aquel que ha aceptado en sí "el reino del amor" y que tiene una firme sensibilidad en este sentido. Muchos dicen, entre ellos doctos hombres, que este profundo uno en el otro afectivo es posible, pero que hay sólo algunas águilas que logran gustar de ello. Por eso queremos regalar nuestra poca fuerza sólo a Cristo. Esto es pensar mecanicistamente. No es correcto sicológicamente. Se habla de estrechez de conciencia. Mi conciencia es tan estrecha que no puedo aceptar a dos personas en ella: Cristo y la santísima Virgen. A esto tendría que decir, en primer lugar, que si fuera así, tampoco podrían llegar de Cristo al Padre. Son también dos personas. Puede ser que este "uno en el otro" afectivo no se realice de la noche a la mañana, pero no debe ser rechazado en principio.

Si queremos educar hombres sanos o sanar a enfermos, es evidente que vivimos, entonces, uno en el otro y que estamos en conjunto en un tercero. Hoy en día, destrozamos este organismo afectivo. Estoy convencido de que, si queremos salvar las regiones superiores de la religión, sólo lo podremos hacer, a la larga, en nuestro tiempo, si estamos como en casa en las regiones inferiores. Debo estar como en casa en los hombres para que pueda estar también cobijado en Dios y en la santísima Virgen.

Les señalo cosas que ya he expuesto: para estar seguro en Dios, tengo que procurar estar en la santísima Virgen. Muchos se quieren saltar las regiones inferiores. Por eso, la separación de los espíritus. Hay muchas águilas que quieren estar en Dios, pero dan un salto. Estoy convencido de que hay hombres sexualmente enfermos, también en algunas comunidades religiosas, porque son demasiado sobrenaturales y, por lo mismo, antinaturales. El hombre no aguanta ese separar mecanicistamente una región de otra, que le impulsa acalambradamente al mundo sobrenatural. La venganza de lo conocido, de lo naturalista-natural llega luego. Piensen en los ermitaños y en las tentaciones que tuvieron y, ciertamente, que también les sobrevinieron porque eran demasiado sobrenaturales y por eso antinaturales. Todo el organismo de ser debe ser considerado y respetado.

Lo que les leí ayer, les señaló una imagen: que santa Teresita no se quedó apegada a la letra. Otra imagen: escribo mi nombre. Si soy un principiante, me quedo pegado a la letra. Pero si soy práctico y sé escribir bien, cierro los ojos y mientras escribo pienso no en las letras sino en la persona. Apliquemos la imagen a la santísima Virgen: al decir "santísima Virgen", "María" es como una palabra que he escrito. De esa palabra están ritualmente excluidos Cristo y el Dios trino. Se nos reprocha a los schoenstatianos que nos quedaríamos pegados en la piedad mariana. ¿Les puedo recordar que comparamos lo mariano con un velo, tal como lo tenían en el cristianismo primitivo? En el velo, tras el velo, está Dios vivo e infinito. Al aproximarme a la santísima Virgen, me aproximo a Cristo. Es un error pensar que por el amor a María me separaría de Cristo. Al decir Cristo, digo Padre; al decir María, digo Cristo. El amor a María no impide que cultive el amor a Cristo.”