viernes, 22 de agosto de 2025

María Reina - Nuestra Señora muy querida

 Reflexionemos sobre la realeza de María enfocando el título: "Nuestra querida Señora".[ ¿Qué significa este título? Una elevación, una profundización e interiorización del concepto de realeza.

Se cuenta que un rey de Hungría donó un edificio a la santísima Virgen e hizo pintar un cuadro de ella con el título de "Nuestra querida Señora de Stuhlweissenburg". Y le ofreció todo su reino para que fuese feudo suyo. La historia nos relata que desde entonces es costumbre que todo noble se incline cuando contempla una imagen de la santísima Virgen o bien pronuncia su nombre.

¿Qué nos ilustra esta historia? Nos ilustra el título "Nuestra Señora muy querida". Meditemos cada una de esas tres palabras. La santísima Virgen se nos aparece como Señora, como Nuestra Señora y como muy querida.

Señora: la santísima Virgen se nos presenta como "dómina" En la Edad Media este término equivalía a "reina". Una vez que hayamos coronado a María santísima nos plantearemos lo siguiente: ¿Cómo aseguramos el efecto y la actitud de esta coronación? En la Edad Media era muy corriente la idea de coronar a la santísima Virgen. Asombra que hoy los católicos sepan tan poco sobre tales acciones simbólicas. La santísima Virgen es por lo tanto "Nuestra Señora", nuestra reina. San Atanasio dijo una vez: es evidente que si Cristo es el rey del mundo, la santísima Virgen sea entonces la reina del mundo. San Bernardo dice: todo lo que pertenece al Dios vivo pertenece simultáneamente a su madre. Y si Cristo es Dios y Dios de todo lo creado, entonces es evidente que la santísima Virgen sea también reina de todo lo creado. Estos son pensamientos de antigua tradición.

La triple corona - Fundamentación de la realeza de María

La santísima Virgen lleva tres coronas. La primera se la debe al Dios vivo: derecho de herencia; la segunda, a sí misma: derecho de conquista; la tercera, en su mayor parte a nosotros y al demonio: derecho de elección.

La primera corona es la corona de la dignidad: ¿Quién ciñó en sus sienes esta corona? El Dios Trino. ¡De qué refulgente dignidad la revistió el Dios vivo! Dos observaciones nos ayudarán a recordarla: Ella alumbró a Dios y a ella se le concedió "dar órdenes" a Dios. Contemplemos nuevamente la imagen de la MTA y veamos al Niño contra su pecho: María es la que alumbró a Dios. Pero también a ella se le concedió "dar órdenes" a Dios. ¡Cuán grande tiene que ser entonces su dignidad! A causa de Dios esa dignidad es casi infinita, así lo dicen los teólogos.

El Dios vivo otorgó a María leyes de excepciones y de perfecciones. Por causa de ella Dios abolió leyes naturales. Opus quod solus artifex supergreditur: obra soberana superior a todo lo que no es el mismo artífice. La Madre de Dios mantuvo su virginidad: virgen antes, durante y después del parto. Dios hizo excepciones con respecto a la ley natural. Y porque ella permaneció virgen en el parto, tampoco padeció dolores de parto. ¡Con qué grandeza pensó el Dios vivo a la santísima Virgen! ¡Qué corona de dignidad ciñó a sus sienes! Ella no tuvo pecado original, por lo tanto no estuvo afectada por esa ley bajo la cual todos nosotros gemimos. Y otra excepción: ¿Cómo imaginarnos la muerte de la santísima Virgen? Sin los dolores comunes, los dolores normales de la disolución. Su cuerpo no conoció la corrupción.

Sigan reflexionando sobre estos pensamientos. Perciban todas las grandes verdades metafísicas que entrañan. ¿Por qué todas esas excepciones de las leyes naturales? Por causa de Cristo. La grandeza de la santísima Virgen no es, por último, más que una sombra del Señor. Esas excepciones se explican porque ella debía ser la Madre de Dios.

Nos alegramos de que el Dios vivo la haya coronado. Al coronarla ahora nosotros, se trata de una coronación libremente elegida y querida. No le ceñimos la corona simplemente por hacer algo distinto, no; nuestra corona ha sido conquistada, con nuestra corona reconocemos la dignidad de la santísima Virgen.

La segunda corona es la corona de la nobleza moral. ¿A quién se la debe ella? A Dios y a su propia colaboración. En este sentido la santísima Virgen estuvo activa de manera destacada. Podríamos repasar toda la vida de virtudes de la Madre del Señor. ¿En qué consiste su grandeza moral? En estar libre de pecado e imperfecciones, en estar colmada por las virtudes teologales. Esa libertad de todas las faltas de libertad y esa riqueza de virtudes no sólo es el regalo de Dios sino a la vez fruto de su propia y lúcida colaboración.

La tercera corona es la corona que le ceñimos nosotros y el diablo. La santísima Virgen se nos aparece como reina en sentido estricto del término, como reina dotada de poder y sabiduría: ella es corregente. Visto desde el otro lado, ésta es la corona de la misericordia. El grado de su dignidad es el grado de su poder y de su acción para con el demonio y el ser humano. El demonio es derrotado por la santísima Virgen; ella es la que aplasta la cabeza de la serpiente. Pero ella es también reina en cuanto a su acción para con nosotros. Ella es casi omnipotente, es la omnipotencia suplicante. Es reina en el reino de la misericordia.

                                                                           Kentenich Reader, Tomo 2

viernes, 15 de agosto de 2025

El poderoso ha hecho maravillas en mí (Lc 1,49)

¿Cuál es la razón más profunda del culto que los hijos de la Iglesia profesan a la santísima Virgen? María misma nos lo señala al proclamar: "Todas las generaciones me llamarán bienaventurada "(Lc 1,48). Es evidente que ella sabe e intuye que en su ser se manifiesta algo extraordinario. De esta manera nos da a conocer lo que los teólogos más tarde llamarían hyperdulia (veneración sobresaliente). ¿Cuál es esa razón que ella misma conoce y reconoce? "El poderoso ha hecho maravillas en mí".

¿Cuál es la causa última de su dignidad y de su grandeza? Haber sido la Madre corporal de Jesús. Simultáneamente es su colaboradora ministerial en toda la obra de la redención.

María es más que la madre corporal de Jesús. Simultáneamente es su colaboradora ministerial en toda la obra de la redención.

Él no quiere hacerse hombre sin su fiat libre y voluntario. No quiere morir en la cruz sin su consentimiento. Sin ella, es decir sin su colaboración, no quiere repartir ninguna gracia. Por ese motivo quiso que ella estuviera a su lado en todos los momentos importantes de su vida, de su obra redentora. Esto no sólo se refiere a la anunciación y a la situación del Calvario. El primer milagro de gracias manifiesto, cuando san Juan Bautista fue santificado en el seno de su madre, lo obró Jesús unido a ella. También el primer milagro de orden físico: la transformación del agua en vino. En ambos aparece evidentísima la colaboración de María… Pensemos en el momento en que la Iglesia es perfeccionada en el Cenáculo. ¿Quién es la representante viviente de la Iglesia, la colaboradora de Cristo?

En los Evangelios nos encontraremos siempre con que, aparentemente, la Madre de Dios se retira sin llamar la atención, y, sin embargo, en todos los momentos esenciales está al lado de Cristo. Durante toda su vida dio pruebas evidentes como su singular colaboradora ministerial en la obra que él debió realizar como cabeza de la humanidad.

María fue la permanente compañera en la gran misión que él debía realizar.

Con mayor exactitud: debía formar una permanente comunidad vital con Él, más aún, una permanente comunidad de tareas. Debía participar en la gran obra del Salvador, pero también en toda la posición del Salvador. Quizás intuyamos un poco cuál es la grandeza de la Madre de Dios.

María fue absorta en todo momento y en todas las circunstancias de su vida por la persona y los intereses del Salvador. Ella existe exclusivamente para él y su obra redentora. Exclusivamente por esa causa fue asunta al cielo y coronada como reina del cielo y de la tierra. Ella no quiere nada para sí misma: lo único que le interesa en cada momento es la persona del Señor y su obra. Esta preocupación es ahora su felicidad y su gloria en el cielo.

¡Qué grandeza la de María! Es verdaderamente reina, es corregente. Gobierna con el rey. Ella no sólo es reina como lo es la esposa de un rey que, por ser su esposa, lo acompaña, colabora con él, pero en segundo plano. No, ella es corregente, es la permanente colaboradora ministerial de Cristo en su tarea de gobierno, la redención del mundo.

Cristo tiene también hoy la tarea de redimir. En el cielo es el mediador ante el Padre, y desde allí quiere formar y modelar a los hombres. María santísima es su colaboradora ministerial. No fue solamente colaboradora del Salvador, al darle la vida; sino que siguió siéndolo también más adelante. De ahí que su maternidad sea parte de su tarea: ser colaboradora permanente… También ahora sigue estando a disposición de Cristo como Madre y colaboradora ministerial.

María hizo suya la misión de Cristo, y por encargo divino puede ayudar permanentemente para que esta misión se realice en plenitud en todas sus dimensiones.

El poder de María sobre el corazón divino tiene una doble raíz. Por ser Madre de Dios puede estar segura que sus deseos y peticiones serán siempre considerados. Por ser la permanente colaboradora de Cristo en toda la obra de la redención, o por ser nuestra Madre en todo el sentido de la palabra, tiene la posición y el poder de una reina que participa del gobierno de su Hijo, el rey del cielo y de la tierra.

De todo esto se deduce que, según los planes divinos, el Salvador y su bendita Madre han de estar unidos por tiempo y eternidad, en la comunión más íntima de amor, de vida, de destino y de misión.

 María, signo de luz / Aforismos



viernes, 8 de agosto de 2025

ALIANZA DE DIOS Y ALIANZA DE AMOR (2)

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, se encarnó la segunda persona de la Trinidad, consumando así el sentido de la Antigua Alianza. Por su sangre, por su muerte en la cruz, el Esposo crucificado compró a un alto precio y recibió por esposa a la Iglesia. Así se nos aparece la Nueva Alianza, sellada con la sangre del Señor. De ese modo su Iglesia, y también nosotros, hemos sido comprados a un alto precio. El matrimonium ratum sellado en la cruz pasó a ser consummatum en la redención subjetiva. De ese modo el símbolo de la esposa pasó al Nuevo Testamento, pero con la diferencia de que, a partir de entonces, es expresión adecuada de la alianza y relación de amor entre Cristo y la Iglesia y el alma de la persona en gracia; mientras que la "relación padre-hijo" es símbolo de esa misma actitud fundamental de amor, pero ante el Padre. No se olvide que aquí se trata siempre sólo de imágenes, de símbolos; no se permanezca demasiado tiempo adherido a ellos. Por otra parte, no se pase por alto lo que constituye el núcleo: una alianza de amor mutua.

Lo que era la circuncisión para el Antiguo Testamento es el bautismo para el Nuevo Testamento: la integración, la incorporación a la respectiva relación de alianza. Así pues todos los bautizados han sellado una alianza con el Señor. Fueron bautizados en su muerte y están asociados a él en esa muerte. Han de quedar inseparablemente unidos a él en una santa y misteriosa comunidad de ser, de vida y de amor; y en él y con él, integrados a su unidad de amor con el Padre en el Espíritu Santo.

San Pablo tomó esta idea del desposorio y la elaboró con amor. Llama "esposa del Señor" a la comunidad de Corinto. Da por supuesto que todos son miembros de Cristo e hijos del Padre. Por eso escribe: "Tengo celos de vosotros, celos de Dios: porque os he prometido a un solo marido, Cristo, para presentaros a él como virgen intacta".

Por lo tanto toda alma en gracia puede ser llamada "esposa de Cristo" en el sentido amplio del término; en sentido estricto es quien ha elegido libremente esa relación esponsalicia como exclusiva y perpetua. Así entendemos el estado de virginidad en la Iglesia y la tradicional consagración de vírgenes. Basándose en esta idea de la esposa, san Pablo da respuesta a una serie de temas difíciles, como el trato con nuestro cuerpo o bien cuestiones relativas al matrimonio.

Les encarece a los corintios que el cuerpo es templo del Espíritu Santo. La razón es evidente: somos miembros de Cristo, por eso estamos animados por su espíritu, de ahí que no nos pertenezcamos a nosotros mismos. El cuerpo es un santuario. Está para el Señor. Más aún, el cuerpo es miembro de Cristo. Quien se entrega a deshonestidades profana el templo; desacraliza y deshonra los miembros de Cristo haciéndolos miembros de una prostituta. De ahí la grave advertencia: "Si alguien destruye el santuario de Dios, Dios lo destruirá a él, porque el santuario de Dios, que sois vosotros, es sagrado".

El Apóstol de los Gentiles hace derivar la grandeza y dignidad del matrimonio cristiano de esa semejanza con la unión esponsalicia-conyugal entre Cristo y su Iglesia. Así les enseña a los efesios:

"Las mujeres deben respetar a los maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer como Cristo es cabeza y salvador de la Iglesia, que es su cuerpo. Así, como la Iglesia se somete a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a los maridos. Maridos, amad a vuestras esposas como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para limpiarla con el baño del agua y la palabra, y consagrarla, para presentar una Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e irreprochable. Así tienen los maridos que amar a sus mujeres, como a su cuerpo. Quien ama a su mujer se ama a sí mismo; nadie aborrece a su propio cuerpo, más bien lo alimenta y cuida; así hace Cristo por la Iglesia, por nosotros, que somos los miembros de su cuerpo. Por eso abandonará el hombre a su padre y su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Ese símbolo es magnífico, y yo lo aplico a Cristo y a la Iglesia. Del mismo modo vosotros: ame cada uno a su mujer como a sí mismo y la mujer respete a su marido" (Ef 5,22-33).

De modo similar a san Pablo, san Juan emplea la metáfora nupcial para explicar la alianza de Dios. También en san Juan el novio no es simplemente Dios, sino Cristo. Para san Juan el tiempo presente del mundo constituye un único y gran tiempo en que la novia espera al novio. Por eso concluye el Apocalipsis con las palabras:

"Yo, Jesús, envié a mi Ángel a vosotros con este testimonio acerca de las Iglesias. Yo soy el retoño que desciende de David, el astro brillante de la mañana. El Espíritu y la novia dicen: ven. El que escuche diga: ven" (Ap 22,16s).

Y reitera:

"El que atestigua todo esto dice: sí; vengo pronto. Amén. Ven, Señor Jesús.

Kentenich Reader. Tomo 2, Pgs. 63 y ss

viernes, 1 de agosto de 2025

ALIANZA DE DIOS Y ALIANZA DE AMOR

El Dios Trino es un ser dialogal. En el fondo tiene que ser así, si es cierto que Dios es amor, porque parte de la esencia del amor es poder regalar y recibir. Se entiende pues la vida intratrinitaria como un continuo intercambio y corriente de amor entre tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

De ello se desprende que la acción de Dios está fundada en el amor. La creación tiene como base la motivación del amor, la "ley fundamental del mundo", tal como queda expuesto en el capítulo anterior.

La esencia de Dios y la esencia del amor suponen, consecuentemente, que toda acción surgida del amor se orienta hacia el otro a quien se ama. Dios creó el mundo y sobre todo seres dotados de espíritu, para tener compañeros con quienes compartir el amor. Por lo tanto la ley fundamental del mundo es a la vez la ley de una alianza de amor.

Dios reveló esta realidad en la historia de salvación. Y lo hizo de manera inequívoca. Sella y quiere sellar con seres humanos una alianza que debe ser cada vez más una alianza de amor, una alianza matrimonial. Así pues el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento constituyen la revelación de la "antigua alianza" y de la "nueva alianza".

La alianza de amor del 18 de Octubre de 1914 es una concreción de esa alianza de Dios.

En la carta del padre Kentenich al prelado José Schmitz (llamada por eso "Carta a José") se halla un texto clave sobre la alianza de amor. En él se expone la estructura de alianza que se aprecia en la historia de salvación, fundamentándola con abundantes citas de las Sagradas Escrituras. Y continúa el trazado de esa línea de alianza desde aquellos tiempos hasta nuestra alianza de amor.

El presente texto está extraído de Das Lebensgeheimnis Schoenstatt, parte II, "Espiritualidad de alianza", Patris Verlag, Vallendar-Schoenstatt, 1972, 43-60.

 

El significado de la alianza de Dios para la historia de la salvación

Quien a la luz de la revelación repase los milenios de historia transcurridos, suscribirá con gusto la afirmación: "La alianza de Dios, la alianza de amor entre Dios y el pueblo, es el sentido, la forma, la fuerza y la norma fundamentales de toda la historia de salvación, comenzando desde Adán hasta el momento cuando aparezca el Señor sobre las nubes del cielo, con gran poder y gloria, para juzgar vivos y muertos".


La alianza de amor es el sentido fundamental de la historia de salvación

El Apocalipsis describe con imágenes dramáticas el transcurso de la historia guiada por Dios. Pero también pinta vivamente su consumación, desvelando el sentido que entraña, el sentido que Dios ha puesto en ella: la plenitud de la comunión de amor entre Dios y el ser humano, expuesta metafóricamente como las bodas del novio y de la novia. En el final de los tiempos ambos están ampliamente abiertos y receptivos el uno para el otro; ambos corren al encuentro con el clamor del anhelo a flor de labios: "¡Ven!" (Ap 22,17). Se unen el uno con el otro y en el otro en una comunión de amor indisoluble: he aquí el sentido último de todo el acontecer mundial y de todo destino.

Relata el autor del Apocalipsis:

"Vi un cielo nuevo y una tierra nueva. El primer cielo y la primera tierra habían desaparecido, el mar ya no existe. Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio. Oí una voz potente que salía del trono: mira la morada de Dios entre los hombres; habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Les secará las lágrimas de los ojos. Ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado. El que estaba sentado en el trono dijo: mira, yo hago nuevas todas las cosas… Yo seré su Dios y él será mi hijo" (Ap 21,1-17). "¡Aleluya ya reina el Señor, Dios nuestro Todopoderoso! Alegrémonos, regocijémonos y demos gloria a Dios, porque ha llegado la boda del Cordero, y la novia está preparada… Dichosos los convidados a las bodas del Cordero" (Ap 19,6-9).

"Se acercó uno de los siete ángeles… y me habló así: ven que te enseñaré la novia, la esposa del Cordero. Me trasladó en éxtasis a una montaña grande y elevada, y me mostró la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, de Dios, resplandeciente con la gloria de Dios… No vi en ella templo alguno, porque el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero son su templo. La ciudad no necesita que la ilumine el sol ni la luna, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero" (Ap 21,9-11.22s.).

 

La alianza de Dios es la forma fundamental de la historia de salvación

La filosofía nos señala que la causa finalis determina la causa formalis. Con razón pues la alianza de amor, que en su plenitud representa el sentido de todo el acontecer mundial, ha de ser también forma fundamental de la historia de salvación en su totalidad y en cada una de sus partes. Vale decir que le da forma y figura de amor a cada acontecimiento: el amor lo preparó y lo envió, el amor lo enciende y profundiza, el amor posteriormente contribuirá a modelarlo y consumarlo con creatividad.

Las Sagradas Escrituras no se cansan de dar prueba, de corroborar esta realidad. Lo hacen de muchas maneras, con relatos y descripciones. El pensamiento de que el Dios de la alianza es el Señor de la historia recorre todo el acontecer a modo de un hilo rojo. Dios sostiene en sus manos todos los hilos y los teje para crear un tapiz artístico. La relación fundamental que mantiene con la humanidad es una relación de alianza. Dicha alianza sella y determina cada acción de Aquél que guía el mundo. Pero es una alianza que exige la colaboración creativa del aliado que es guiado.

En la historia de Adán y de Noé, Dios aparece por excelencia como Dios de la alianza de toda la humanidad; en el caso de Abrahán y de Moisés, se dedica exclusivamente al pueblo elegido, al pueblo de Dios que en el Nuevo Testamento ingresará a la historia como pueblo de la Iglesia. El Nuevo Testamento habla de la alianza del Señor con su Iglesia, alianza que inaugura y garantiza el camino hacia la alianza de amor con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.

En la historia de Adán y Eva no se habla ciertamente de "alianza". Pero la relación de Dios para con ellos, y de ellos para con Dios, tiene la clara impronta de una relación de alianza. La interrelación entre ambas partes es una realización e irradiación ideales de una mutua alianza de amor. Los diálogos son conversaciones de personas que se aman, que pertenecen el uno al otro. Las obligaciones de la alianza están sólo sugeridas, se pueden inferir hasta en todos sus detalles de las consecuencias de la ruptura de la alianza.

Noé es el primero en escuchar la palabra "alianza" de la boca de Dios. Dios le dice:

"Yo hago una alianza con vosotros y con vuestros descendientes… El diluvio no volverá a destruir la vida… Ésta es la señal de la alianza que hago con vosotros y con todos los seres vivientes que viven con vosotros, para todas las edades: pondré mi arco en el cielo, como señal de alianza con la tierra". (Gn 9,9-13)

Dios permanece fiel a su plan. Dios es fiel a la alianza sellada con la humanidad, pero en cierta oportunidad introduce un nuevo método en la historia de salvación: el principio de élite. Escoge a Abrahán y su descendencia de entre los demás pueblos y sella una alianza con él. Dios le promete una tierra que rezuma leche y miel, una descendencia numerosa como las arenas del mar y el nacimiento de un redentor que surgirá de su linaje. A cambio exige plena entrega de su aliado hasta el fin de los tiempos.

Kentenich reader, Tomo 2, Págs. 61 y ss

 

viernes, 25 de julio de 2025

DIOS ES NUESTRO AMIGO

El gran Dios Trino no quiere solamente nuestro amor filial, sino vincular a sí todas las formas de nuestro amor, incluso el amor de amistad. Él es nuestro amigo divino: "Ya no los llamo mis sirvientes, sino mis amigos". Palabras de Dios que han de ser entendidas literalmente. Pero como la amistad presupone igualdad de naturaleza (por ejemplo, entre un animal y un ser humano no puede hablarse de amistad verdadera), Dios nos comunica un poco de su vida divina. Aquí no se trata ciertamente de una igualdad efectiva, de lo contrario seríamos dioses, sino de una cierta semejanza creada, suficiente para posibilitar un trato íntimo.

Como verdadero amigo Dios intercambia bienes con nosotros. Nos da a su Hijo, nos da su Espíritu Santo. Nos hace partícipe de la tarea y misión de su Hijo, cuya madre él nos confía solemnemente en el Calvario.

El amigo divino quiere también tener mis bienes. Yo sólo tengo una única propiedad: mi voluntad, mi amor. Puedo y debo ofrecérselos como regalo de amigo. ¿Qué dice el Señor? "Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo". Jamás habríamos osado desear una tal intimidad si él, el amigo divino, no nos la hubiera ofrecido. Nos invita a su mesa, nos habla aconsejándonos y motivándonos como lo hace un buen amigo.

Así pues a santa Clara, la gran santa del s. XIII, cuando volvía de la meditación a reunirse con sus hermanas en su grupo, éstas solían preguntarle: "¿Qué noticias tienes de Dios?" Ellas sabían que Dios le había hablado.

Quien cultive la amistad con el Dios Trino que vive en su alma, descubrirá ciertos contextos y comprenderá verdades que quedan ocultos a otros. Y como fruto de esa amistad cobrará una y otra vez renovadas fuerzas para esforzarse con seriedad. Lamentablemente la algarabía del mundo invade tanto nuestros oídos que no nos permite percibir la voz del amigo y su llamada a la puerta.

El santo de la vida diaria tiene un oído fino y está abierto a Dios. Las voces de los hombres y el estrépito del trabajo no le impiden escuchar la voz del amigo divino. Él la escucha en todas partes, como un hijo a quien le resulta muy familiar la voz de su madre, y la percibe también en medio del bullicio de la calle.

 

viernes, 18 de julio de 2025

DIOS ES NUESTRO PADRE

En el alma en gracia Dios Trino erige su trono y actúa como padre. Él es nuestro padre y nosotros sus hijos. Así lo subraya una y otra vez san Pablo: "No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos permite llamar a Dios Abbá, padre". Y san Juan nos dice también: "Mirad qué amor tan grande nos ha mostrado el Padre: que nos llamamos hijos de Dios y realmente lo somos". Así pues podemos decir en verdad que Dios es nuestro padre.

Reflexionemos sobre lo que entraña la palabra "padre". Distinguimos tres maneras de ser padre:

"Padre" en sentido estricto es aquél que nos dio la vida a través de la procreación. Por esta vía, nosotros, los seres humanos, recibimos la naturaleza humana a través de la procreación. El Hijo de Dios recibió su naturaleza divina igualmente a través de la procreación. El Padre del cielo lo engendró antes de toda eternidad y lo sigue engendrando por toda la eternidad. El trato de "padre" en este sentido estricto sólo puede ser empleado por el unigénito Hijo de Dios para con su Padre.

Podemos llamar "padre" en sentido amplísimo a aquella persona que con nosotros es tan buena como un padre, que vela por nosotros como un padre. En este sentido Dios es el padre amoroso de todos los hombres, también de los pecadores y no bautizados, incluso de todas sus creaturas. Él viste a los lirios del campo y alimenta a las aves del cielo.

Y existe un "padre" en sentido amplio, el padre adoptivo. Éste toma como propio un hijo ajeno, le da su nombre, lo hace participar de sus bienes y derechos, lo hace heredero de sus posesiones. ¿Somos nosotros de ese modo hijos adoptivos de Dios? Sí; por su gracia nos aceptó como hijos suyos, podemos llevar su nombre y participar de sus bienes; nos hizo herederos del cielo.

Sin embargo somos y tenemos aún más que eso. Y aquí comienza el gran misterio que no podemos sondear con nuestro limitado entendimiento humano. Lo que un padre adoptivo jamás puede dar a su hijo, nos lo da el gran Padre del cielo: un poco de su vida divina. De ese modo nos hace imagen y semejanza sobrenatural suya. Un niño adoptivo en el orden natural jamás podrá ser semejante a su padre en cuanto al ser, porque lleva en sí otra sangre y carga genética. En cambio nosotros, al ser adoptados como hijos por Dios, nos hacemos, de manera admirable, semejantes a Dios; se nos une a Dios, se nos hace capaces de contemplar cara a cara a Dios en la eternidad. "El poder divino nos ha otorgado todo lo que necesitamos para la vida y la piedad, haciéndonos conocer a aquél que nos llamó con su propia gloria y mérito. Con ellas nos ha otorgado las promesas más grandes y valiosas, para que por ellas ustedes participen de la naturaleza divina y escapen de la corrupción que habita en el mundo a causa de los malos deseos". No disponemos en el orden natural de un pleno punto de comparación para este tipo de paternidad.

Por lo tanto somos verdaderamente hijos de Dios, podemos colocarnos junto a Cristo y decirle "¡Padre querido!" al gran soberano del cielo y de la tierra. De todas maneras no somos hijos en virtud de la procreación, como en el caso de Cristo, sino mediante una comunicación totalmente inmerecida.

Y este Padre nos ama paternalmente. A nuestro "¡Abbá, Padre!" responde él con su divino: "¡Fili, filia!" (querido hijo, hija). Él mismo nos dice por boca del profeta que nos ama con la calidez de un padre, con la ternura de una madre:

"¿Puede una madre olvidarse de su criatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pero, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Mira, en mis palmas te llevo tatuada".

Los hombres de hoy, incluso nosotros, los cristianos ¡cuán poco recordamos esta consoladora verdad! Y así, olvidándonos del Padre del cielo, nos sentimos abandonados y solitarios, y vamos mendigando de puerta en puerta. Cuando un hijo tiene una necesidad ¿acaso no acude a su padre? El hijo, especialmente el pequeño y desvalido ¿acaso no suscita en su padre el deseo de ayudarlo, la alegría de brindarse a él? Dios Padre se comunica, quiere regalarse con actitud amorosa, amar con actitud de entrega, porque él es precisamente amor. Su gran deseo de amar lo impulsa a soplar el Espíritu Santo. Esa potente fuerza comunicativa no le da descanso. Por eso unió a su Hijo con una naturaleza humana en gracia. El padre (por decirlo así) no quiere estar sin un hijo, sin la mayor cantidad posible de hijos. Él es amor y por eso quiere comunicarse: "Deus quaerit condiligentes se". Dios busca seres dotados de espíritu a quienes amar y que amen con él lo que él ama y cómo él ama. Y por eso hace que su unigénito se encarne como ser humano, y nos incorpora a él mediante el santo bautismo. En verdad nos hemos convertido en sus hijos.

Dios Padre tiene una "debilidad" peculiar: no puede resistir el desvalimiento conocido y reconocido de su hijo. Filialidad significa "impotencia" del gran Dios y "omnipotencia" del pequeño hombre. He aquí la razón más profunda de la fecundidad de la humildad en el reino de Dios. La santísima Virgen cantó por eso su Magníficat: "Eleva a los humildes", "Quien se humilla será engrandecido" y "Quien entre ustedes quiera llegar a ser grande, que se haga servidor de los demás".


viernes, 4 de julio de 2025

EDUCACIÓN PATERNAL HOY

El padre Kentenich era educador. Acogió muy generosamente la vida concreta. Dispensó la máxima atención y la mayor parte del tiempo a la educación de mujeres, en primer lugar, de las Hermanas de María. En la comunidad de las hermanas desempeñaba un ministerio paternal que le posibilitaba ocuparse intensamente de la vida espiritual de los miembros de la comunidad, permitir vinculaciones personales y, por esa vía, resolver conflictos espirituales, curar enfermedades y unir a las personas, hasta en lo más profundo, con Dios.

El texto que publicamos hoy nos permite echar una mirada profunda sobre la actitud paternal y pedagógica fundamental del padre Kentenich, y hacerlo en el marco del especial desafío pedagógico que se le plantea a la Iglesia en la actualidad.

El siguiente texto fue tomado de esa apología. Se halla en "Zum Goldenen Priesterjubiläum" (En ocasión de las bodas sacerdotales de oro), Monte Sión 1985, 113-115.

 

“En efecto, quien no mantenga un contacto continuo con el alma del hombre actual, enferma en varios aspectos, no tendrá ni idea de cuántas neurosis obsesivas convierten hoy en un infierno, o al menos en un insoportable purgatorio, la vida de incontables personas de todos los estados y clases, sin descontar, por supuesto, sacerdotes y religiosos.

Dar en esos casos la absolución sin procurar un ulterior proceso interno de sanación, es una solución barata. Una paternidad profundamente anclada en Dios piensa y actúa en este punto de una manera radicalmente distinta. En efecto, la paternidad anclada en Dios se inspira en el ideal del Buen Pastor, autorretrato de Jesús: el Buen Pastor da su vida por sus ovejas. No se queda de brazos cruzados en la orilla de un mar azotado por la tempestad, ni se limita a contemplar tranquila e indiferentemente las aguas rugientes, en la cual miles y miles de personas están expuestas al viento y las olas, luchando, desamparadas, por no perecer. Tampoco se contenta con arrojar desde lejos el salvavidas a quienes se están ahogando, sino que él mismo se arroja al agua, arriesgando su vida, para salvar lo que se debe salvar. Así se cumplen aquellas palabras del Señor: el Buen Pastor da su vida por sus ovejas. No debería resultar demasiado difícil aplicar esta imagen a situaciones del tipo mencionado, y hacerlo con adecuación al caso particular y en consonancia con la época en que se vive.

Permítaseme repetir que la eternidad mostrará alguna vez cuán grande y variado es el número de aquellos que pude guiar a través de tales escollos, hacia la plena libertad de los hijos de Dios, hacia el monte de la perfección.

Ya muy temprano tomé contacto teórico y práctico con el problema en cuestión. Se deja aquí expresamente aparte las experiencias del joven director espiritual "detrás de los muros conventuales". En cuanto se le abrieron las puertas y ventanas hacia el exterior, de todas partes vinieron pacientes a verlo, tanto laicos como sacerdotes.

Y así ocurrió ya a comienzos de los años veinte. Por entonces, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, el Dr. Bergmann, que tiene su consulta y clínica en Kleve, era considerado un especialista en el área. En mi calidad de sacerdote pude continuar y perfeccionar, desde el punto de vista psicológico, ascético y religioso, lo que el Dr. Bergmann había comenzado desde el punto de vista médico.

No raras veces esa obra suponía un duro trabajo. Hubiese sido más fácil tomar distancia de tales casos recurriendo a algunas frases piadosas generales, tal como suelen hacer muchos sacerdotes. Pero el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas no procede así. Él hace todo lo posible (aunque le exija mucho estudio, nervios y tiempo) para evitar daños a sus ovejas, para devolverles la plena libertad interior de los hijos de Dios, en la medida de lo posible.

Nosotros, los sacerdotes, no somos capaces ni estamos dispuestos a aplicar valiente, lúcida y prudentemente los principios morales y las reglas pastorales tradicionales y probadas; por eso se han ido llenando los consultorios de los psicoterapeutas, mientras que cada vez es menor el número de personas que se acerca a nuestros confesionarios. Esto podemos comprobarlo, lamentablemente, en todas partes.

El pastor conocedor de la época y de las almas es consciente de la crisis de la vida moderna y de los efectos prácticos que produce en aquellos que le fueron confiados. Una crisis profunda y abarcadora. Y tiene el coraje y la valentía de ocuparse del problema, buscando remedios y aplicándolos con prudencia y cuidado. De no hacerlo, se sentirá como un hombre que habla irresponsablemente cosas sin sentido y obra al azar. Y habrá de temer, con razón, que pueda empujar a ciertos grupos de entre sus seguidores (por supuesto, sin quererlo) hacia el otro bando, o bien abandonarlos, lisiados, en el campo de batalla.”