viernes, 30 de septiembre de 2022

EN MEDIO DE UN CAMBIO TOTAL DE ÉPOCA

 En la propuesta pedagógica de nuestro Fundador adquiere un lugar destacado la autoeducación. Me fijo en este aspecto para subrayar la importancia que tienen los contenidos de las charlas para mí, personalmente, aunque no sea educador, profesor de un colegio. Soy el educador de mí mismo, o lo debo ser.

No es de extrañar por ello que en una jornada pedagógica como la que hemos comenzado a leer en la semana pasada, el Padre Kentenich lo recuerde a menudo. Por ejemplo, cuando después de definir el sentido de la educación católica – ‘el serio esfuerzo por despertar la capacidad y la disposición de formar y dominar la vida, en forma autónoma y por propio esfuerzo y transformarla en culto a Dios por amor a Él’ -, explica a sus oyentes el contenido y la meta de la jornada: desarrollar el sistema de educación adecuado.

Así es cómo al iniciar su segunda conferencia dice:

“Por eso, antes de desarrollar el sistema de la educación, es muy importante para el educador, tanto para la autoeducación como para la educación de los demás, compenetrarse de los problemas de la época actual. Entonces hablamos, por un lado, de la situación de la época actual, y por otro, de la situación actual del alma, porque la vida forma el alma y el alma forma la vida. La tesis acerca de la situación de la época actual queremos formularla así: vivimos en un cambio total de época, con las características de una catástrofe mundial.”

Al explicar los elementos de tal cambio nos recuerda que no habla de una crisis cualquiera de la época, ni tampoco del final de los tiempos, - este aspecto no se nos ha dado a conocer jamás -, sino de un cambio importante en el hombre, en toda la humanidad, que llevará a una nueva situación hasta ahora desconocida.

“Hablamos de un cambio de época total. ¿Entendemos bien esta expresión? Lo contrario de un cambio de época total sería un cambio de época parcial, sólo en parte. Si escuchamos a los historiadores acerca del cambio de época de la Edad Media a la Edad Moderna, nos daríamos cuenta de que ese fue sólo un cambio parcial, sólo en parte. Si nos preguntamos dónde está la medida para un cambio de época, el filósofo historiador nos contesta que está en la transformación de la concepción del hombre. La respuesta es entonces: el cambio de época depende del cambio de la concepción del hombre.

Cambio de la concepción del hombre

Rápidamente nombraremos el cambio de la concepción del hombre de la Edad Media a la Edad Moderna. En la Edad Media el hombre era absolutamente teocéntrico. Dios se encontraba en el centro y era el canon de su comportamiento. Todo aquello que hoy sabemos y enseñamos acerca de la vinculación del hombre con Dios, en ese tiempo se vivía en plenitud. Actualmente el hombre tiene una postura antropológica; al comienzo de los tiempos modernos el hombre se puso a sí mismo en el centro y no giró más en torno a Dios. El gran quiebre vino en la época del Renacimiento. La perspectiva de nuestra mirada cambió totalmente: ¡Lejos de Dios, hacia el hombre! Ahí comienza el hombre a ser el centro del mundo y la medida de todas las casas. Sin embargo, éste es sólo un cambio parcial en la concepción del hombre, no un cambio total. Desde la Edad Media han surgido muchas concepciones del hombre, que hoy en su totalidad y en todas sus partes han sufrido una profunda conmoción, de modo que tenemos que admitir que la revolución del ser es una revolución radical, que no transige.

Evolución en la concepción del hombre

Les puedo enumerar rápidamente las concepciones del hombre y del mundo que han surgido desde la Edad media. Ya dijimos que después que el hombre no giró más en torno a Dios, comenzó a girar en torno a sí mismo, en torno a su propia cabeza. Esa fue la concepción del conocido hombre conciencialista o intelectualista. Muy luego la siguió el hombre economicista.

Este tipo de hombre hizo de su estómago un Dios. No pasó mucho tiempo y el hombre economicista fue reemplazado por el vitalista. El hombre transformó en Dios su vida instintiva y la adoró. Estas tres concepciones del hombre llegan hasta nuestro tiempo: el hombre intelectualista o conciencialista, el economicista y el vitalista. Además, existe una cuarta concepción del hombre que se ha extendido de este a oeste y cada vez gana más popularidad. Es la concepción del hombre mecanicista o colectivista. Después que la humanidad sintió que no era capaz de mirar por sí misma hacia Dios, según la imagen de una máquina se constituyó a sí misma en Dios. Al hombre que se ha formado así, se le llama hombre mecanicista.

Desde ahí en adelante, el hombre ya no es imagen y semejanza de Dios, sino la copia de una máquina. Así, el mundo se hizo una sola máquina y cada ser humano una parte de esa máquina. Hasta aquí la evolución de la concepción del hombre desde la Edad Media hasta hoy.”

En la próxima semana seguiremos conociendo el texto de la segunda conferencia y nos preocuparemos, desde la mirada del Padre Kentenich, por descubrir el sentido de este cambio tan profundo y lo que Dios quiere decir con él, al mostrarnos de esta forma su voluntad para nuestra educación y para la educación de los demás.

 

viernes, 23 de septiembre de 2022

TIEMPOS APOCALÍPTICOS

Buscando en mi biblioteca schoenstattiana alguna lectura para las próximas semanas, me encuentro con un librito que lleva el título “Tiempos Apocalípticos – P. José Kentenich”.

Este título me llamó la atención; me es familiar en estos tiempos de guerras en Ucrania y otros países, pandemias globales, climas insoportables, políticos ineptos y a veces también corruptos, incertidumbres por doquier, cambios en lo individual y colectivo, confusión total referida a la identidad de los sexos, tasa de natalidad reducida, ancianos olvidados, pérdida de lo religioso y trascendente, dominio de la ‘inteligencia artificial’ con todas las fake news y las posverdades a las que estamos sometidos en los medios de comunicación actuales, etc.

Como no quiero caer en el pesimismo, sino que deseo vivir en la esperanza, me dije que era providencial tener la oportunidad de saber y meditar lo que nuestro Fundador, el P. Kentenich, pensaba al respecto allá por los años cincuenta del siglo pasado al poner este título a un conjunto de charlas suyas. Se trata de una jornada pedagógica que se realizó en un fin de semana de marzo de 1951 en Bellavista/Chile, dada por el Padre para la juventud schoenstattiana universitaria. Fueron once charlas. La Editorial Schoenstatt de Santiago/Chile lo publicó en una edición de 1000 ejemplares en septiembre del año 1993.

Los motivos de la jornada fueron abordados por el Padre Kentenich en la primera conferencia:

“La Madre de Dios tiene la función de educadora y quiere regalar el carisma de la autoeducación y de la educación de los demás. ……

Nuestra tarea consiste en que abramos nuestros corazones y nuestras manos y pidamos: Ahora demuestra que TU eres la Gran Educadora y que quieres llevar a nuestro pueblo a una gran altura religiosa. …

Quisiera esbozar brevemente los principios según los cuales la Madre de Dios quiere educar y entregar a los educadores católicos, desde aquí, una idea sobre un sistema de educación para este tiempo. …..

Sabemos que el sentido de toda educación consiste en formar personas que autónomamente y por sí mismas formen y dominen su vida diaria.”

En su primera conferencia, después de indicar el motivo principal de la jornada, el Padre aborda las características del ‘hombre-masa’ de hoy, también del ‘hombre-masa en lo religioso:

“En todo el mundo se usa actualmente el término hombre-masa. No lo olvidemos. También existe el hombre-masa en lo religioso. El hombre-masa religioso es religioso porque su ambiente es religioso. Pero cuando el ambiente deja de ser religioso, el hombre-masa también pierde lo religioso. Con esto toco un problema que es agudo y actual. …… El hombre-masa religioso es un hombre que hace aquello que otros hacen y porque los otros lo hacen. …. En Europa del Este actualmente se lamenta mucho el bolchevismo y su concepción del hombre y de la sociedad humana. El bolchevismo es de manera preclara ‘humanidad masificada’, porque su meta es la masificación y la esclavitud del hombre. ….

Les puedo preguntar de nuevo: ¿Cuál es el fin de la educación? ¿Qué sentido tiene la autoeducación? …… El sentido de la educación católica es un serio esfuerzo por despertar la capacidad y disposición, como hijos de Dios y miembros de Cristo de formar y dominar nuestra vida autónomamente y por nosotros mismos, haciendo de ella un culto a Dios por amor a Él. ……. Solamente así lograremos en el futuro, como hombres maduros, nadar contra la corriente, incluso cuando ésta sea muy fuerte. Haremos sólo aquello que ante Dios consideramos correcto. …… ”

Ante de desarrollar el sistema pedagógico el Fundador de Schoenstatt analiza en esta jornada las circunstancias del tiempo moderno y la situación del alma:

“Por eso es que para el educador es sumamente importante saber muy bien dónde se encuentran los problemas y dificultades de la época actual.”

En la próxima semana nos adentraremos en el tema, meditando algunos textos de la segunda conferencia de esta jornada pedagógica. Ardua tarea, que el Padre Kentenich la verbaliza así:

“La tesis acerca de la situación de la época actual queremos formularla así: vivimos en un cambio total de época, con las características de una catástrofe mundial.”

Decía esto en el año 1951. ¡Hoy estamos en el año 2022!

 

Nota: pido disculpas a los lectores del Blog del Padre, por el tiempo transcurrido desde los últimos apuntes (junio de este año). Algunas dificultades técnicas y personales lo han impedido. Animado por las sugerencias de algunos lectores, pongo de nuevo manos a la obra. “¡En tu poder y en tu bondad fundo mi vida …..!  

 

viernes, 3 de junio de 2022

ESPÍRITU SANTO, ERES EL ALMA DE MI ALMA

La oración que se transcribe a continuación la rezó el P Kentenich el día de Pentecostés de 1965 en la Iglesia de San Miguel en Milwaukee/USA, antes de la homilía. Es paráfrasis suya a una plegaria del Cardenal Mercier (1851-1926).

Está incluida en el libro “Hacia el Padre”, conjunto de oraciones escritas, según podemos leer en la edición española del mismo, en los años 1942 a 1945 por el fundador de Schoenstatt en el campo de concentración de Dachau, excepto el “Cántico de gratitud”, compuesto en la prisión de Coblenza.

La forma de verso no deriva de una opción estética. Es una forma de disfrazar un contenido cuya urgencia moral resultaba peligrosa en esa época. Sus estrofas fueron un modo de precaverse cuando las apretadas páginas, dictadas clandestinamente, debían burlar la vigilancia de los guardias del campo de concentración para llegar a sus destinatarios.

El valor histórico de estas oraciones proviene del contexto existencial en que nacieron: un ambiente inhumano, que el Padre Kentenich describió como “una ciudad de muerte, de locos y de esclavos”. Por ello se puede afirmar que es éste un documento de la victoria del Espíritu Santo y de su acción transformadora.

El “Hacia el Padre” es un panorama nítido del espíritu que el Fundador transmitió a los miembros de la Familia de Schoenstatt y que él mismo encarnó preclaramente.

La obra posee además un valor intrínseco. Constituye un manual de oración, meditación y estudio, que contiene la “quintaesencia” de la espiritualidad de Schoenstatt: Con María, por Cristo en el Espíritu Santo hacia el Padre.

En repetidas ocasiones el Padre Kentenich señaló el lugar eminente y único de esta obra dentro del conjunto de todos sus escritos: la llamó su Carta Magna.

 

El texto de la oración al Espíritu Santo es el siguiente:   

Espíritu Santo,
eres el alma de mi alma.
Te adoro humildemente.
Ilumíname, fortifícame,
guíame, consuélame.
Y en cuanto corresponde al plan
del eterno Padre Dios
revélame tus deseos.

 
Dame a conocer
lo que el Amor eterno desea de mí.
Dame a conocer lo que debo realizar.
Dame a conocer lo que debo sufrir.
Dame a conocer lo que, silencioso,
con modestia y en oración,
debo aceptar, cargar, y soportar.

Sí, Espíritu Santo,
dame a conocer tu voluntad
y la voluntad del Padre.
Pues toda mi vida
no quiere ser otra cosa,
que un continuado y perpetuo Sí
a los deseos y querer
del eterno Padre Dios. Amén

 

viernes, 27 de mayo de 2022

La santísima Virgen es camino para que Cristo vuelva a nacer hoy

El mes de Mayo, mes de María, concluye con el domingo en el que celebramos la Ascensión del Señor al cielo. Oiremos en la celebración de la liturgia de ese día las palabras que Jesús dijo a sus discípulos: Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.” Son palabras que no han perdido actualidad. El Padre Kentenich animó siempre a sus hijos espirituales a que confiaran en el poder de la alianza de amor con la santísima Virgen para hacer presente a Cristo en el mundo de hoy. Ella será la que alumbre de nuevo a Cristo en nuestro tiempo. En una conferencia a los Padres de Schoenstatt del año 1963 dijo lo siguiente:

“Varios son los puntos de partida que podría tomar para el tratamiento del tema. Por ejemplo, la idea de un "tiempo novísimo" al que hace referencia Romano Guardini. En la historia de la humanidad se podría así distinguir la Antigüedad, la Edad Media, la Modernidad y los "novísimos tiempos". Vivimos en tiempos marcados por un corte tajante de época por lo que uno, sencillamente, se cree con todo el derecho de hablar de un "tiempo novísimo".

Sí; vivimos en una época en la cual esperamos una nueva iniciativa divina luego de que el demonio ha tomado ya su diabólica iniciativa. Doy por sabido a qué nos referimos con ello. En efecto, Dios tiene que tomar una nueva iniciativa. Este es uno de mis pensamientos favoritos. La historia, la historia de salvación, se repite. La historia de salvación comenzó con el nacimiento y el "sí" de María. Para que el mundo actual vuelva a reencontrarse con Cristo, la santísima Virgen debe volver a dar a luz a Cristo. Y nuevamente supongo que ésta es también la convicción de ustedes.

Pero si ustedes meditan o intercambian sobre el tema, es necesario fundamentar y estudiar todo esto una vez más; de otro modo, nunca comprenderán enteramente la profundidad de Schoenstatt y de su alianza de amor con María. María santísima quiere que surja, desde aquí, un mundo nuevo; quiere que Cristo nazca de nuevo. Hoy me decía alguien que cuanto más ahondaba en el "Hacia el Padre" (libro de oraciones de la Familia de Schoenstatt) tanto más eran las respuestas que hallaba en esas páginas. A veces basta alguna palabra o verso para abrirnos un nuevo horizonte. Pero hay que tomarse el tiempo necesario para decantar y asimilar. Pues bien, frente a esos textos a mí me ocurre algo semejante y pienso que a ustedes también.

Gracias por todos tus regalos,

por la abundancia que hemos recibido;

gracias porque elegiste a Schoenstatt

y porque allí Cristo nace de nuevo. (H.P. est. 6-7).

¿Qué nos están diciendo estos versos? El acento no recae en el simple hecho de que Cristo nace de nuevo. No; hay que interpretarlos en toda su tremenda fuerza, rescatando esa gran actitud que nos propone: Cristo tiene que nacer de nuevo. Por eso hay que permanecer fieles a lo que quisimos desde la primera hora: cultivar el amor a María santísima. Precisamente porque ella no sólo es camino hacia una vida de intimidad con el Padre del cielo sino también camino para que Cristo vuelva a nacer de nuevo hoy, en estos novísimos tiempos.

Mantengamos la fidelidad a nuestra alianza de amor. Ella es la fuente de vida no sólo de nuestras ideas sino también de todos nuestros propósitos y objetivos. Si no guardamos esta fidelidad a la alianza de amor ¿de dónde sacaremos fuerzas? Porque, veamos ¿qué talentos tenemos? Seamos sinceros y admitamos que somos como pigmeos y liliputienses. Pretender alcanzar nuestro ideal confiando sólo en nuestras capacidades y logros nos expondrá a que se nos tilde de locos, a que se nos diga que "tenemos algo en la cabeza que no funciona". Por otra parte, si algo "no funciona" es precisamente porque se ha desconectado el pensar meramente natural. Por eso, si no creemos en nuestra alianza de amor con una fe "de carboneros", entonces todo será un espejismo, todo lo que hagamos será delirio. Que una fe profunda nos mueva a no desear otra cosa que llevar a María santísima al campo de batalla y darle la oportunidad de alumbrar allí nuevamente a Cristo.”

Tomado de: "Conferencia para los Padres de Schoenstatt", 31 de Mayo de 1963

Ver: Cristo es mi vida, págs. 172-174

  

viernes, 20 de mayo de 2022

DOLORES DE PARTO

Dolores de parto hasta que Cristo tome forma en nosotros

Al repasar las cartas de san Pablo, hallamos entre ellas una dirigida a los gálatas. La comunidad allí fundada era su favorita; san Pablo le tenía un cariño especial. Podemos apreciarlo en las palabras que utiliza para dirigirse a ellos: "Filioli…" ¡hijitos míos! (Gal 4,19). No es fácil traducir esa expresión. Y luego aquellas hermosas palabras que expresan la verdadera sabiduría de un padre: «¡Hijos míos! por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Gal 4,19). Estas palabras quieren decir en la práctica que san Pablo no es sólo padre sino también madre de su comunidad. Tanto la ama que frente a ella se siente como una madre.

Fíjense muy bien en lo que les dice a los gálatas: "Hasta ver a Cristo formado en vosotros". No les confía que sufre dolores de parto para que lleven una vida en consonancia con altos valores morales o para que respeten las normas morales también en su actividad comercial. No; la idea central es "que Cristo vuelva a nacer en vosotros". Es exactamente el mismo pensamiento del cual ya hablamos anteriormente: lo esencial es participar en la vida de Cristo, en la vida de Dios. Naturalmente los gálatas estaban bautizados, y por lo tanto ya eran partícipes de la vida de Cristo, de la vida de Dios. Entonces ¿a qué apuntaba san Pablo? A que Cristo cobrase una figura plena en sus vidas. De ahí que en aquel pasaje, donde se describe a sí mismo, diga: «Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

El apóstol está tan profundamente compenetrado del hecho que Cristo vive en él que, más tarde, proseguirá ampliando ese pensamiento. Cristo no sólo vive en mí, sino que actúa en mí; Cristo sufre en mí; Cristo ora en mí. Fíjense que Cristo ha pasado a ocupar enteramente el lugar del propio yo; tan fuerte es el dominio que ejerce el Señor sobre toda su persona. Todo su ser, todas las manifestaciones de vida de su naturaleza están siempre orientados a Cristo y unidas a él; crecen a partir de Cristo.

¿No es éste acaso el ideal al cual deberíamos aspirar como padres y madres frente a nuestros hijos? Pienso ahora en las madres. ¡Cuántos dolores han soportado hasta ver nacido a su hijo! Eso pasó una vez. Ahora también tenemos que sobrellevar dolores de parto, a fin de que surja y viva Cristo en mis hijos. Y esto no sólo es labor de una vez, sino misión permanente. No basta por lo tanto procurar que mis hijos estén sanos. Naturalmente hay que cuidar también de ello. No es suficiente velar para que mis hijos aprendan algo a fin de que en el futuro puedan ganarse la vida. No; Cristo debe cobrar figura en ellos. No es fácil educar así a mis hijos. Cuesta muchos dolores de parto. Incluso puede exigir dolores de muerte, ya que no raras veces los dolores de parto son dolores de muerte.

De lo expuesto pueden deducir dos observaciones. En primer lugar, que san Pablo amaba entrañablemente a la comunidad de los gálatas. Es como si quisiera decir: yo no soy sólo vuestro padre espiritual sino que también he llegado a ser vuestra madre. Y no se avergüenza en absoluto de decirlo. Simplemente se trata de una relación evidente de mutuo afecto. En segundo lugar, advertimos la profunda vinculación de san Pablo con su ideal; todo es visto desde Cristo y a partir de la vida de Cristo.

Apliquemos ahora estas dos observaciones a nosotros mismos, como matrimonios. ¿Qué conclusiones podríamos sacar? En mi condición de esposo ¿a quién rindo honor en mi esposa? A Cristo. Y yo, como esposa ¿a quién rindo honor en mi esposo? Nuevamente, a Cristo. Si ambos nos consideramos imágenes de Cristo, daremos lugar a una entrega mutua muy profunda, respetuosa y llena de amor.

Quizás algunos me dirán que ésta es la primera vez que escuchan tales palabras, que nunca antes las escucharon en las homilías. ¿No les parece extraño que haya sido así? San Pablo tuvo el coraje de decirles estas cosas a los cristianos que recién se habían convertido del paganismo. ¿Y nosotros? ¡Cuánto tiempo hace que somos cristianos! Las verdades específicamente cristianas nos resultan, en su esencia, casi desconocidas.

Tomado de: "Conferencia para matrimonios", Milwaukee, 20 de Marzo de 1961. Ver “Cristo es mi vida”, Pág. 178

 

viernes, 13 de mayo de 2022

Poseídos por Cristo a través de la santísima Virgen

"Al contemplar todo el panorama de lo meditado, comprobamos que hay un pensamiento que se destaca nítidamente: la esencia más profunda de todo el ser de María santísima es su vinculación a Cristo. Si nos hemos entregado a la Madre del Señor, si aceptamos el orden de ser objetivo, entonces nuestro amor a la santísima Virgen y el fervor mariano tienen que estar profundamente vinculados a Cristo. De entre todas las creaturas, es en María santísima en quien la corriente de Cristo fluye con su caudal más puro y original, con su fuerza más arrolladora. Que nuestro fervor mariano esté hondamente vinculado a Cristo significa, por lo tanto, sumergirnos y ser llevados por esta corriente que fluye en ella. Sí; que nuestro amor a la bendita entre las mujeres esté por entero ligado a Cristo. De lo contrario, no estará en armonía con el orden objetivo del ser. Por eso, todo depende de que, en nuestra devoción a la Madre del Señor, ingresemos en la corriente que va hacia Cristo; de que lo hagamos de manera especialísima. Y, naturalmente, por Cristo nos encaminaremos hacia el Padre y el Espíritu Santo. ……..

Permítanme decirles que una de las cosas contra las que, personalmente, siempre lucho es contra el idealismo, también en el campo de la religión. Muchos intentan hoy amar a Jesús separándolo de la santísima Virgen. Y lo hacen porque hoy son millones los que no han aprendido a amar de corazón a otras personas. No conocen ningún organismo de vinculaciones, no aman a los hombres. Dicen que aman a Dios; pero no es cierto. ¿A quién aman entonces? A una idea. He aquí la gran tragedia. Si queremos aprender a amar a María santísima, aprendamos primero a amar a los demás. Así sabremos, algún día, lo que es amar a la santísima Virgen. En realidad no amamos solamente a la persona en sí misma sino que, en ella, amamos a Dios. Y esto hay que haberlo experimentado alguna vez. Que la meta sea vincularse a Cristo que está presente en el prójimo. Este proceso se da con mayor facilidad en el caso de la santísima Virgen. En estos tiempos que corren, la mayoría de la gente, incluso aquellos que son capaces de hablar de Dios con mucho entusiasmo, no aman a Dios como persona, sino que aman una idea. Y esto no es devoción. Como filósofo puedo comprender que alguien se entusiasme por una idea y hable de ella con fervor, pero existe una enorme diferencia entre ese entusiasmo y el amor hacia una persona. Por ejemplo, un teólogo descubre un nuevo aspecto fundamental del misterio de la Trinidad… ¡qué grande será su entusiasmo! Pero eso no significa directamente que ame Dios.

No nos engañemos; no hay nada mejor que un profundo amor a María santísima para infundirle calidez a nuestro amor a Cristo. Y ello ocurre así por dos motivos: por una parte, porque nuestro amor a la bendita entre las mujeres y la vinculación vital de ella con su divino Hijo están fundamentados en el orden de ser objetivo: el lugar que ella ocupa en relación con Cristo y con todos nosotros es necesario para nuestra salvación y se cimenta en el orden de ser objetivo.

En segundo lugar, por ser mujer, ella como persona está especialmente orientada al trato con personas. Pero hay un motivo mucho más profundo. La santísima Virgen tiene indudablemente el carisma de establecer vínculos de amor personal y de entregar amor personal. Quien quiera prepararse para afrontar tiempos difíciles tiene la posibilidad de ahondar en la figura de Jesús y, así, puede ser que Dios le conceda el don de una vinculación personal al Señor. Pero si profundiza en la figura de María santísima, accederá a una "vitalis Christi cognitio". La Madre del Señor es la persona que salva a Dios de la despersonalización. Ella nos preserva de la despersonalización en nuestro trato con Dios. ¡No se imaginan cuán despersonalizado es hoy el amor con que se ama a Dios! Medítenlo a fondo.

Quizás desde este punto de vista comprendan mejor aquella otra consigna clásica de la devoción mariana: "El camino que pasa por la santísima Virgen es el más fácil, el más seguro y el más corto para alcanzar una profunda intimidad con Cristo y un profundo estar poseído por Cristo".

Tomado de: "Jornada de Delegados de la Familia de Schoenstatt", 16 al 20 de Octubre de 1950.

Ver: “Cristo es mi vida”, pág. 143 

viernes, 6 de mayo de 2022

Cristo en sus relaciones, y nuestra relación con Cristo

Hoy queremos detenernos en la imagen de Cristo de nuestra Familia de Schoenstatt: Cristo en sus relaciones. También meditamos sobre nuestras relaciones con el Cuerpo místico de Cristo, con nuestros hermanos. El P. Kentenich nos anima a que nos convirtamos en ‘héroes y heroínas del verdadero amor al prójimo’ como expresión concreta de nuestra entrega a Cristo. Los textos los encontramos en las páginas 85 y 112 del libro “Cristo es mi vida”.

"Comunión espiritual" con el cuerpo místico: el amor al prójimo

Tomado de: "Retiro sobre el Espíritu Santo y el Reino de la Paz", 1930, p. 100.

Naturalmente es hermoso sentir anhelos de Jesús eucarístico. Pero, en nuestros días, también es hermoso, y quizás más bello aún, experimentar ansias de comunión con el Cristo místico. ¿A qué nos referimos? Al hecho de conformar una familia y estar en comunión espiritual con los demás: ser acogidos por ellos y, al mismo tiempo, brindarles acogida en nosotros. Dicho en otras palabras, la consigna es manifestar un mayor amor a todos los que nos rodean.

Estemos en comunión espiritual no sólo con el Cristo eucarístico sino también con el Cristo místico. ¿De qué nos sirve recibir la eucaristía si, después, salimos a la calle e ignoramos al Cristo místico? Cuanto más íntima sea nuestra amistad con el Señor, tanto mayor debería ser la benevolencia con que tratemos a los miembros de Cristo. Que la carta de triunfo sea hoy la entrega al Cristo místico, vale decir, el servicio al prójimo. Con su estilo tan erudito, san Buenaventura nos hace dos aportes sobre el tema. Por una parte, nos habla de una "vis unitiva", vale decir, de la fuerza que en la comunión se nos infunde para unirnos a Cristo. Pero este santo franciscano nos recuerda también que existe una "vis coiunctiva", aquella que nos permite establecer un hondo vínculo con nuestro prójimo.

Nos hallamos así frente a la realidad del amor al prójimo en su totalidad orgánica. Un amor que nuestro tiempo busca revalorizar. La Iglesia, en su faz humana, no ha logrado todavía un pleno cultivo de este amor. Brindémosle nuestra ayuda para lograr este objetivo. ¿Cómo hacerlo? Convirtiéndonos en héroes y heroínas del verdadero amor al prójimo en todos los ambientes donde vivamos y trabajemos.

La imagen schoenstatiana de Cristo: Cristo en sus relaciones

Tomado de: "Notas para una crónica", 1955.

Nuestra imagen de Cristo enfoca tres dimensiones especiales; brilla ante nosotros irradiando tres haces de luz: la relación fundamental de Jesús con su Padre, con su Madre y con los hombres. He aquí pues las dimensiones que tanto amamos en nuestra imagen de Cristo y en las cuales nos sumergirnos gozosos. También podemos expresar estos mismos contenidos diciendo que nuestra imagen de Cristo tiene un tono mariano y apostólico y una orientación patrocéntrica. O bien que aquello que nos ha enamorado en ella es la vinculación de Jesús al Padre del Cielo, a María santísima y a los hombres.

Estos rasgos de nuestra imagen de Cristo nos marcan con mayor exactitud el rumbo de nuestra vida y nuestros esfuerzos en el campo de la ascética. No descansaremos hasta que no estemos incorporados, hasta que no estemos en plena sintonía con estas tres actitudes fundamentales del Señor:

a. En su relación con el Padre, Jesús es, por excelencia, el Hijo unigénito de Dios y encarnado.

b. Él considera y trata a su Madre santísima como su permanente Compañera y Colaboradora ministerial en toda la obra redentora.

c. Para los hombres, Cristo es, en todas las etapas de su vida terrenal y gloriosa, el Redentor y Santificador.

Por eso, al releer las palabras de san Pablo: «No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20), comprenderemos mejor el mensaje particular que entrañan para nuestra vida.

En razón de la íntima biunidad existente entre Cristo y su Madre santísima, nuestra imagen del Señor determinará a su vez la imagen que tengamos de María. La santísima Virgen se nos presenta así como la gran mujer formada por Cristo y formadora de Cristo. Y, en ambos aspectos, orientada siempre, en Cristo y con él, hacia el Padre del cielo.