viernes, 20 de diciembre de 2024

LA VIDA, UNA PEREGRINACIÓN


1) La vida es una única gran peregrinación;

2) planeada por Dios, guiada por Dios y conducida hacia Dios. […]

3) La vida es una peregrinación en la que Dios se muestra infinitamente grande y sabio,

4) una peregrinación que Dios planea y lleva a cabo de forma totalmente original. […]

[Cristo dice:] «Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y me voy al Padre» (Jn 16,28). Lo que él dice ahí de sí mismo significa, sin duda, lo mismo que «peregrinación». Por donde voy o donde estoy no tengo un hogar último. Aunque posea un terreno maravilloso, aunque experimente en mi entorno una atmósfera paradisíaca, el sentido de la vida no es permanecer aquí. Salí del Padre, vine al mundo, regreso al Padre. Regreso: es decir, no es aquí mi última meta. Piensen en el viejo patriarca: «Muchos han sido los años de mi peregrinación en la tierra, pero muy pecaminosos y pobres» (cf. Gn 47,9). El concepto de «peregrinación» es algo enormemente grande y significa para nosotros algo evidente. […]

Somos peregrinos. ¿Por qué ha cuidado Dios en su sabiduría de que la peregrinación se hiciese difícil? […] ¿Cómo fue el pasado? ¿Fue una peregrinación? ¿Conservamos [en aquel momento] la consciencia de que no debíamos apegamos a la tierra, a las circunstancias, de que todo no es más que un paso, pero transitus Domini, paso del Señor?

¡Una peregrinación difícil! ¿Cuál es la intención profunda que Dios asocia a ello? Quien sepa qué rápido se esclaviza nuestro corazón ‒creado, en última instancia, para lo más alto que pueda imaginarse, para el mismo Dios vivo‒ sabrá que es difícil comportarse correctamente en esta peregrinación. Dios nuestro Señor sabe cómo es eso. Habiéndonos creado como seres sensitivos y colocado en un mundo sensible, sabe que, muy pronto, la vinculación […] se vuelve servil, que a menudo confundimos a la criatura con Dios, que nos colocamos nosotros mismos en el lugar de Dios, que nos vinculamos a nosotros mismos. Y a fin de facilitamos el reconocimiento de su intención cuida de que, si bien en las distintas estaciones de nuestra vida durante esta peregrinación las cosas pueden ser a menudo bien bonitas, se tornen difíciles cuando desde los más distintos frentes llegan dificultades tras dificultades.

Estas nos recuerdan siempre de nuevo: este no es tu último hogar. No debes quedarte enganchado aquí; Dios nuestro Señor llama. Del mismo modo como dijimos antes mediante la imagen de la procesión: Procedamus. Sigamos, sigamos, sigamos [caminando].

La última estación es siempre Dios, el eterno, el infinito. […] En definitiva, todo lo terreno, también todo amor puramente terreno, tiene que decepcionarnos. ¿Por qué? Hacia el hogar, hacia el Padre va el camino. Para que no olvidemos jamás que somos peregrinos.

J. Kentenich, 24.11.1965, en Rom-Vorträge, 85-94

¿Por qué peregrinar? [Al peregrinar] se abre paso con fuerza y de forma plástica una gran tendencia […]: ¡Fuera de las meras ideas! ¡Hacia lo vigoroso, lo vital, lo sacrificado!

Ya he insinuado un par de veces lo que hace ahora nuestra joven generación […] cuando pone en primer plano la peregrinación. ¡Una caminata tras otra! Muy rápidamente los pies están llagados. […] Viven pobremente, muchas veces de macarrones, algo de leche y pan.

viernes, 13 de diciembre de 2024

SEGUIR A CRISTO : INSCRIPTIO

 Grados de desarrollo del amor

En una plática dictada en EE. UU. a matrimonios, el padre Kentenich muestra cómo el amor experimenta un desarrollo y necesita educación. Él compara los grados de desarrollo que se dan en la alianza de amor con los que se dan en el matrimonio, o sea, con la alianza de amor que los cónyuges han sellado entre sí. Habla de la escala o de la montaña del amor. El fundamento raigal del amor es un sano amor a sí mismo, y hay que cultivarlo.

 

Primer grado del amor: el amor se busca a sí mismo. Al comienzo nuestro amor es egoísta. Nos entregamos a la santísima Virgen, a Dios, porque esperamos de ese modo obtener ventajas. Ese es un amor primitivo, el amor se busca todavía a sí mismo.

Si decimos que el amor, e incluso el amor a Dios y a la santísima Virgen o, mejor dicho, nuestra alianza de amor tiene grados de desarrollo, entonces es evidente que la alianza de amor que hemos sellado entre nosotros como cónyuges exige de forma singularísima un desarrollo, una escala de distintos grados.

Si recuerdan qué escala de grados conocemos en la alianza de amor con la santísima Virgen y con Dios, sabrán de inmediato qué escala de grados tiene la alianza de amor entre nosotros, entre el esposo y la esposa. En la mayoría de los casos nuestra alianza de amor con Dios y con la santísima Virgen es al comienzo una alianza de amor egoísta, es decir, nos regalamos a la santísima Virgen y a Dios porque esperamos de ese modo obtener ventajas propias. Examinen si no ha sido ese también el caso en la alianza de amor entre ustedes.

Segundo grado del amor: el amor busca al tú. Si el amor crece, les damos a Dios y a la santísima Virgen un cheque en blanco. Les decimos: puedes hacer conmigo lo que quieras. Así es también el amor en el matrimonio: le doy a mi cónyuge un poder en blanco. En primer plano está entonces el bien del otro. Este es un amor desinteresado. El amor busca al tú.

Segundo grado de la alianza de amor con Dios y con la santísima Virgen: nos damos mutuamente el poder en blanco, el cheque en blanco. Es un alto grado de amor mutuo y de la alianza de amor mutua. […] [Es decir,] les doy a la santísima Virgen y a Dios un poder en blanco; […] les digo: puedes hacer conmigo lo que quieras y como quieras. Pero la santísima Virgen y Dios me dan también un poder en blanco a mí.

Examinen cómo es el poder en blanco que nos hemos dado como cónyuges. Como verán, allí está totalmente en primer plano el bien del otro, no el propio bien.

Tercer grado del amor: el amor puede doler. Les decimos a Dios y a la santísima Virgen: el amor puede doler. Es un amor dispuesto al sufrimiento: puedes poner cargas sobre mí, estoy dispuesto a cargar contigo y a llevar cargas por ti, a aceptar conscientemente el dolor por amor.

Después, la alianza de amor con la santísima Virgen y con Dios contiene una inscriptio («inscripción» en el corazón del otro; en este contexto se trata de la disposición, por amor, a sufrir). Permítanme preguntarles: ¿cómo es la inscriptio que nos damos mutuamente como esposos? Ahí tienen ustedes todo el organismo del amor conyugal desde abajo hasta lo más alto, hasta la cumbre de la montaña del amor. ¿Comprenden, entonces, qué educación vigorosa, qué educación al amor exige hasta el fin de la vida la alianza de amor mutua que nos regalamos mutuamente? […]

El padre Kentenich coloca estos grados de desarrollo del amor también en el contexto del amor corporal:

¿Qué queremos regalarnos el uno al otro como cónyuges a través de la mutua entrega del cuerpo? […]

Queremos hacernos felices el uno al otro. […] Es decir, no solamente queremos regalarnos y permitirnos mutuamente el placer sexual, sino hacemos felices el uno al otro, de persona a persona. […]


J. Kentenich, 20 de febrero de 1961 

viernes, 6 de diciembre de 2024

MARÍA INMACULADA, IMAGEN IDEAL


María, imagen ideal y realización del anhelo de redención

Podemos estar agradecidos que la Iglesia, ya al comienzo del tiempo de adviento, nos presente a la santísima Virgen como la imagen ideal y a la vez la realización de este anhelo. No nos es difícil imaginarnos a la santísima Virgen como encarnación preclara —y estamos convencidos de ello— del anhelo de redención que existía en su época, también en el mundo judío.

Pienso que nosotros, que ya somos mayores —y tal vez también aquellos jóvenes que aún perciben en su interior una titilante luz del anhelo por el más allá, por redención y libertad— deberíamos implorar a la santísima Virgen, por lo menos ahora, al final de este tiempo de adviento, que pida a Jesús que vuelva a nacer en nuestro corazón.

Pero esto no puede quedar sólo en palabras. Si sólo lo hacemos durante el tiempo en que estamos juntos aquí en la iglesia, nos encontramos con que afuera la vida corre nuevamente en forma vertiginosa e irrumpe en nuestro corazón y nos perturba interiormente. Somos y seguimos siendo hombres superficiales. Sin embargo, el anhelo que nos trae la liturgia, tal como lo percibimos en el corazón de la santísima Virgen, debería conmover nuestro corazón por lo menos en algo.

Aún más destacamos anteriormente cómo la liturgia nos presenta la imagen de la santísima Virgen: en el umbral del tiempo de adviento, su imagen se nos presenta como la Inmaculada, es decir, como la maravillosa imagen del hombre pre-redimido y plenamente redimido. Si quisimos destacar esto en forma más precisa, no fue únicamente con el propósito de contemplar la imagen de la santísima Virgen y de gozarnos en ella, sino que lo hicimos también a fin de reflejarnos en ella y, de este modo, saber lo que las gracias de la redención, lo que el Redentor en el pesebre, quieren hacer de nosotros, hombres superficiales en medio del hervidero de los hombres.

¿Qué quiere hacer ella de nosotros? Contemplemos un momento la imagen de la santísima Virgen. Ahí está ella —¿cómo explicarlo brevemente?— como un extraordinario signo de luz de la redención, como un extraordinario signo de la paz y de victoria.

María, signo de luz

¡Si contemplásemos este esplendor y nos comparásemos con él, aunque fuera sólo un poco, aunque nos dejásemos sólo un instante para ello! Pero la vida moderna es vertiginosa y fluye aceleradamente; para estas cosas ya no tenemos ni sentido, ni tiempo, ni ganas… Comparemos entonces: ella es signo de luz. ¿Y nosotros? ¿Tendré que decir que somos signos de oscuridad? ¿Qué quieren hacer de nosotros las gracias de la redención? Quieren convertirnos lentamente en un claro y resplandeciente signo de luz según la imagen de la santísima Virgen.

María, signo de paz

Contemplemos nuevamente su imagen. Ella es signo de paz. ¿Qué somos nosotros? Tomémonos tiempo para meditar estas palabras, no sólo para repetirlas. Cada uno debe preguntarse en su interior: ¿Qué soy para mi familia? ¿Para mi círculo de trabajo? ¿Soy un signo de paz? Allí donde estoy o voy ¿irradio paz a mi alrededor? ¿Llevo la paz, la paz del corazón en mí, o sólo aparento hacia afuera algo de paz? ¡Somos signos de intranquilidad! Donde voy o estoy surge revolución; esté o no en una comunidad religiosa. Existen estos signos de intranquilidad, eximios revolucionarios, signos encarnados de revolución ¿No somos también nosotros, en menor o mayor escala, signos de intranquilidad? ¿Qué quieren darnos las gracias de la redención? Quieren formarnos y forjarnos, lenta y paulatinamente, como signos de paz.

María, signo de victoria

La santísima Virgen está ante nosotros como la Inmaculada. ¿Y nosotros? ¿Somos signos de victoria o de fracaso? ¿De fracaso de la gracia en mí, de fracaso de la imagen ideal de hombre, de la imagen ideal de mujer en mí? ¿Qué quieren hacer de mí las gracias de navidad?

Mis queridos fieles, aquí tenemos tres perspectivas muy amplias. ¡Cuánto tiempo necesitaríamos para ver, delinear y mostrar la imagen ideal y la imagen opuesta y para lograr que esta navidad se convierta para nosotros en un gran regalo de gracias!


Plática del 4º domingo de Adviento, 23 de Diciembre de 1962

 

viernes, 22 de noviembre de 2024

VIVIR CON RESPONSABILIDAD: los consejos evangélicos

Vivir el «espíritu de los votos» significa para el padre Kentenich vivir según los «consejos evangélicos» a la manera que corresponde a un laico sin el vínculo directo a través de un voto. El siguiente texto está dirigido a maestras en el marco de una jornada pedagógica.

¿Dónde radica la maternidad [o, también, la paternidad], desde un punto de vista psicológico? En una fuerte consciencia de responsabilidad por la vida ajena en desarrollo: primeramente, por la vida divina y, sobre todo, por toda la vida natural de aquellos que me han sido confiados. Por lo tanto, ¿cuándo me educaré para esta profunda consciencia de responsabilidad? Cuando yo misma aprenda a considerar la vida divina como el valor más alto de mi vida. Ahora bien, esto lleva a consecuencias muy serias.

Si yo misma considero la vida divina como lo supremo de mi vida, no me queda más opción que luchar por el espíritu de los votos, aspirar al espíritu de los votos [= espíritu de los consejos evangélicos]. En efecto, esa es la expresión de la fuerte valoración de la vida divina en mí. ¿Qué tendría que hacer, por tanto? Practicar el espíritu de los votos, el espíritu de pobreza, el espíritu de humildad y el espíritu de pureza. En la medida en que lo haga me iré adentrando crecientemente en el círculo de la responsabilidad.

Modo de vida sencillo: espíritu de pobreza. De modo que, si quiero ser madre hasta la médula, no debo contentarme diciendo: tengo mi sueldo y puedo hacer con él lo que quiera. ¡Espíritu de pobreza! O, dicho de otro modo: un modo de vida sencillo es hoy muy esencial si queremos y debemos tener influencia.

Un modo de vida sencillo. ¿Cómo están las cosas conmigo en cuanto a ese modo de vida sencillo? Miren: ¿qué sentirán nuestros hijos si nosotros vivimos a todo tren? Entonces seguramente perderemos la influencia [positiva]. Si realmente valoro, aprecio mucho la vida divina en los demás y en mí mismo, daré todo lo que tengo para servir a los demás, es decir, llevaré una vida sencilla. ¿Lo hago realmente? ¿Lo considero como una autoeducación pedagógicamente efectiva? ¿O pienso solamente en que debo ser santo y por eso lo hago? No debo hacerlo por tendencia apostólica, eso es una obviedad. Tengo que ser una persona de una sola pieza. Soy educadora y, por lo tanto, no hay otra forma. Por eso vivo de modo tan sencillo.

Escuchar a Dios: espíritu de humildad. Si Dios ha hecho de mí una educadora, una superiora ‒o comoquiera que se lo designe‒ ¿entonces qué? Entonces debo tener siempre la consciencia de mi propio desvalimiento. ¡Espíritu de humildad! Otras son mucho mejores. Podrán otras tener cualidades mucho mejores, pero no por eso deben ustedes decirse que no les es lícito […] [exigir nada], que son peores que las demás. No, tengo que hacerlo todo desde una actitud de humildad: Dios me ha regalado esta gran responsabilidad; por eso, con profunda humildad y con una gran dependencia del Dios poderoso, que es el auténtico educador, quiero cumplir mi tarea y ayudar a salvar [a otras personas].

Vivir con originalidad natural: espíritu de pureza. Si es verdad que el educador que más satisface la necesidad de cobijamiento del [educando], el que más colma su consciencia de cobijamiento, es el que se ha arraigado en un mundo trascendente, entonces tengo que decir lo siguiente: si somos personas puras, estamos arraigadas en el mundo trascendente. Desde luego, la pureza no debe ser gazmoñería, sino que tiene que ser una pureza con espontánea naturalidad. Si la naturaleza de la mujer está arraigada en la pureza, entonces es evidente que un montón de hijos [o hijas] se sentirán cobijados en ella. Hay muchas personas que solamente pueden satisfacer su necesidad de cobijamiento en seres humanos que son firmes como una roca. Y ese fluido misterioso está asegurado de la mejor manera cuando el alma está inmersa en pureza.

Estas son cosas esenciales para nuestra sabiduría y praxis educativa, aquí desde una perspectiva puramente ascética. Por eso, todo aquello que yo haga ‒y quiero expresarlo con toda sencillez‒ cuando estoy en la cama, cuando como y bebo, cuando estoy solo, lo que hacemos cuando estamos en nuestras horas tranquilas para ser una personalidad plenamente madura reviste la importancia más fundamental para toda nuestra educación. En todo ello estoy creando esa originalidad natural, esa espontaneidad en todo mi ser. Lo que hago solamente por propósitos no tiene mucho valor cuando estoy frente a los míos. Todo lo que crea la naturalidad de mi ser, lo que la forma, actúa sobre el destinatario de nuestra educación de una manera que hasta ahora seguramente hemos subestimado.

En síntesis, para poner un punto final: estamos viendo la gran línea en el educador. ¿Cuál es esa gran línea? Por mi pueden ustedes olvidar todo de nuevo, pero no deben olvidar esto, la gran impresión: tengo que trazar en mi vida la única gran línea, y esa línea se llama maternidad sacerdotal. En la medida en que me eduque para ello, seré capaz y madura para educar hijos de Dios. En la medida en que me eduque para ello, seré natural, ingenua [en el sentido positivo de la palabra], sobrenatural, y adquiriré una influencia que no puede ser sustituida por ninguna otra cosa.

J. Kentenich, 28 al 31.05.1931, en Ethos und Ideal in der Erziehung, 178-181

  

TOTAL E INDIVISAMENTE TÚ

Total e indivisamente tú: el consejo evangélico de la castidad

Si piensan en la castidad, ¿qué quiere el voto de castidad? Que no me aferre a un ser humano, que Dios no quede así en desventaja. Por eso los religiosos renuncian al matrimonio, a fin de no atarse tanto a un ser humano. En virtud del matrimonio no solo podemos, sino que también tenemos que regalarnos especialmente el uno al otro. Nos damos mutuamente un derecho al cuerpo. Pero ahora tienen que reflexionar cómo Dios cuida de que, aun así, el amor mutuo eleve siempre de nuevo hacia él. Por eso las muchas decepciones de uno respecto del otro, por eso los muchos malentendidos, por eso el enfriamiento, por períodos, de la mutua relación de amor.

Es algo grande si decimos: hace ya veinticinco años que estamos casados y hemos permanecido fieles en nuestro amor. Pueden estar completamente seguros de que, si han permanecido fieles el uno al otro, ese amor está también inmerso en el amor de Dios. El sentido de la castidad, del voto de castidad, lo tenemos que vivir también nosotros. Dios nos fuerza simplemente a hacerlo, y esto debemos tenerlo siempre presente. Entonces notamos cómo Dios, a pesar de todo, nos atrae más y más hacia sí.

Aunque puedo decirle también a mi esposa tuus sum [tuyo soy], eso no constituye impedimento alguno para el Patris atque Matris sum [pertenezco al Padre y a la Madre]. Es como si Dios hubiese «bajado» a mi esposa para que yo me vinculara a ella y él me izara, después, junto con mi esposa hacia lo alto. Para que yo no permanezca abajo: para eso están las decepciones de uno respecto del otro. Para que yo realmente suba con mi esposa hacia lo alto, él llama la atención una y otra vez hacia sí. Me muestra que no hay amor humano que se sostenga si no está inmerso en el amor de Dios. Es un gran error pensar que el amor a Dios me es un impedimento para el amor conyugal, para la intimidad; ¡de ninguna manera!

J. Kentenich, 14.01.1957, en Am Montagabend, t. 5, 50

 

viernes, 15 de noviembre de 2024

EL CONSEJO EVANGÉLICO DE LA POBREZA: En libertad interior, vincularse y desprenderse

Amar las cosas.

Ahora vienen […] todos los inventos técnicos e industriales modernos. Todos los bienes terrenos se producen hoy en día masivamente. El mundo en cuanto tal se vuelve más atractivo. Y después se dice que nosotros como católicos buscamos nuestra gloria, nuestra grandeza, en despreciar el mundo. Mientras tanto son los otros, los no católicos, los que realizan las grandes conquistas. ¿Y nosotros? Nosotros nos quedamos sentados en algún rincón. Entonces, los inventos los realizan ellos, y ellos saben aprovechar los inventos para llegar industrialmente a las alturas. ¿Y nosotros? ¡En algún rincón! ¿Qué es esto?

Entenderán ustedes que ahora está llegando a todo el catolicismo un sentimiento de vida totalmente nuevo. Es el sentimiento de vida de la humanidad actual en su conjunto, que se extiende también al campo católico.

¿Cuál es el resultado? Tenemos que situar más en primer plano las cosas terrenas. Tenemos que mostrarle al laico un camino para que sepa

cómo aceptar las cosas terrenas,

cómo utilizar las cosas terrenas,

cómo apreciar las cosas terrenas, y

cómo llegar a ser santo a través de las cosas terrenas. […]

Como laicos tenemos que entrar en el mundo. Tenemos que lidiar con las cosas terrenas. Como laicos no hemos sido creados para huir de las cosas terrenas. Más aún, hasta tenemos que aprender de nuevo a amar las cosas terrenas. O sea, amar también el dinero y los bienes, amar la belleza de la naturaleza humana, o el arte y la ciencia.

En efecto, tenemos que tratar con las cosas. Por eso hay en el catolicismo una corriente peculiar como no la hemos experimentado nunca en esa medida en toda la historia de la Iglesia. Por eso, necesitamos una piedad específicamente laical. ¿Cómo es mi piedad en cuanto laico?

 

A través de las cosas ‒por ejemplo, de la técnica, de la economía‒ encontrar el camino hacia a Dios.

Por ejemplo, si tengo una hijita que es religiosa, o, por ejemplo, un hijo que es sacerdote, en especial, religioso, ¿he de estar mirando siempre de reojo y decir: lo que él haga, lo haré yo también del mismo modo? No: yo tengo que estar orgulloso de tener una piedad laical. [Hijo,] tú debes tener y vivir tu propia piedad, tu piedad monástica.

Hoy en día se percibe que, si el laico no aprende eso, el catolicismo puede ir haciendo las maletas. ¿Qué quiere decir esto? Los religiosos ya no pueden entrar en el mundo. Nosotros, [por el contrario], entramos en el mundo. Si ahora nosotros mismos no amamos correctamente el mundo y no enseñamos a otros a utilizar correctamente el mundo, ¿qué efecto eso para el catolicismo?

Como ven, por esa razón se oye el clamor por el apostolado laical. Sin duda, ahora se dirá: ¡Apostolado laical, yo me apunto! ¿Qué es lo que tiene que hacer la gente? Comulgar más a menudo, querer a la santísima Virgen. Todo eso es correcto, pero no acierta en el núcleo más central. Nosotros tenemos que mostrar a través de nuestro ser cómo se puede amar el mundo, se pueden amar especialmente todas las nuevas conquistas en el campo de la técnica y de la economía y, a través de esas cosas, llegar a Dios. ¿Comprenden la gran tarea que hay detrás de eso?

J. Kentenich, 16.01.1961, en Am Montagabend, t. 20, 23 ss.

En Schoenstatt aspiramos a un nuevo tipo de piedad. ¿Cómo hemos de hacerlo? ¿Debo decir, como hombre: mi mujer es una telaraña y yo la mosca que fue atrapada en ella? ¡No! Con el alcohol y otras cosas es lo mismo.

¿Se puede llegar a ser santo en nuestro mundo moderno? La santísima Virgen quiere llevarnos por la alianza de amor hasta la cumbre de la montaña de la santidad. Las cosas materiales, correctamente utilizadas, deben ayudarnos y tienen que ayudarnos en ese camino. ¿Qué camino hemos de elegir para escalar lo más rápido posible la montaña de la santidad? […] Nosotros tenemos una visión inversa respecto de lo que enseñaban los antiguos Padres. […]

Hace años tuve la posibilidad de predicar ejercicios espirituales a los trapenses. En sus misas solemnes cantaban gregoriano, pero muy simple, sin variaciones, porque, de lo contrario, sería una lisonja para los oídos. Su capilla es muy simple, no hay en ella nada superfluo. No tienen flores ni otra decoración. No quieren nada que produzca alegría a los ojos o a los oídos.

En nuestro caso es diferente. Nosotros utilizamos las cosas y vemos detrás de ellas a Dios. Ellas deben conducirnos a él. Preguntémonos qué podemos hacer nosotros para acercarnos a Dios a través del mundo y de las cosas terrenas. Por nuestra alianza de amor debemos aspirar a cultivar en medio del tiempo moderno un vivir constantemente en la presencia de Dios. Para ello necesitamos un camino nuevo.

San Francisco de Sales nos ha señalado el camino por el cual podemos permanecer en el mundo y utilizar las cosas creadas para llegar a ser santos.

J. Kentenich, 30.04.1956, en Am Montagabend, t. 2, 142 ss.

  

viernes, 8 de noviembre de 2024

ESCUCHAR Y OBEDECER: el consejo evangélico de la obediencia

El espíritu del poder en blanco es el espíritu de la perfecta disponibilidad recíproca entre nosotros y el Padre del cielo y la santísima Virgen. […]

Ahora solo tenemos que vivirlo en serio. Como ven, ahora podríamos permanecer largo, largo tiempo en este punto. ¿Qué tenemos que hacer, día a día y noche a noche? Permítanme decirles: primero, escuchar; segundo, obedecer.

¿Qué significa escuchar? Esto es lo difícil para nosotros, hombres de hoy. Estamos tan acostumbrados al camino habitual que hemos seguido desde tiempos inmemoriales que, cuando viene el viento y sacude la casa, nos ponemos interiormente inquietos e inseguros y tenemos todos angustia frente a esa inseguridad. Allí la consigna es conservar la movilidad y estar siempre a la escucha: ¿qué quiere Dios? ¿Qué quiere él ahora de mí? […] En todas las situaciones: Patris atque Matris sum [yo pertenezco al Padre y a la Madre].

Ahora no sé si comprenden todo el alcance de estas pocas palabras. Todos lo notamos: la humanidad actual está nerviosa hasta la punta de los dedos; más aún: todos estamos nerviosos. Eso forma parte de todo hombre moderno «como se debe». Pero ¿de dónde viene ese nerviosismo? Por un lado, de que tenemos que absorber un sinnúmero de impresiones que no podemos procesar interiormente. Por eso es prudente que nos digamos: renunciamos a ciertas impresiones que vienen de fuera. Por eso, no estoy todo el día prendido a la radio y a la televisión. No participo en todo lo que la vida moderna ofrece. ¿Quién puede soportar, procesar interiormente todo eso? Sobre todo, nuestros pobres niños, ¡qué nerviosos tendrán que estar! Les llega una impresión tras otra, y ninguno de los niños puede procesarlas.

Seguridad de péndulo. Una vez más: ¿de dónde proviene que estemos tan nerviosos? Permítanme exponerles dos expresiones que he utilizado a menudo en Alemania. Suenan raras. La primera dice: «seguridad de péndulo». ¿Pueden imaginarse un péndulo? Puedo jugar con él haciéndolo oscilar de un lado al otro. ¿Cuál es la otra seguridad? Hay una expresión jocosa: existe una cierta «seguridad de caja» ‒la caja está apoyada abajo, en el suelo‒. Dios nuestro Señor quiere quitarnos a todos esta seguridad de caja y nos sacude y zarandea a través de las circunstancias. ¿Qué quiere regalarnos? Seguridad de péndulo. ¿Qué significa seguridad de péndulo? Exactamente lo que quiere el poder en blanco: que yo salte a la mano de Dios. Allí estoy seguro. Patris atque Matris sum [yo pertenezco al Padre y a la Madre]. Haz conmigo lo que quieras.

¿Qué quiere Dios de nosotros, entonces? Debemos estar a la escucha de lo que él quiera en cada caso, de lo que él quiera de nosotros a cada segundo. ¿Cómo me lo da a entender? En parte por mociones interiores, en parte a través de otras circunstancias. ¿Lo ven? Esto es santidad. Pero una santidad semejante implica siempre una enorme cantidad de inseguridades terrenas. ¿Y qué exigen las inseguridades terrenas? Que demos el salto hacia arriba, hacia la seguridad divina. […]

Cuanto más inseguras son las circunstancias terrenas, tanto más quiere Dios que yo dé el salto a lo que hemos denominado seguridad de péndulo. ¡Fuera con la seguridad de caja! ¡A la seguridad de péndulo! ¿Qué presupone esto? Que yo esté a disposición de Dios, el Padre, y de la santísima Virgen. Ellos pueden hacer conmigo lo que quieran. Pero yo estoy convencido de que el Padre y la Madre se portarán paternal y maternalmente conmigo. Eso significa que también ellos están a disposición mía: ellos están allí para mi bien. […]

A este escuchar sigue ahora el obedecer. Es decir que cuando he reconocido de este modo la voluntad del Padre, le digo siempre: «Sí, Padre, sí; que se haga siempre tu voluntad, ya sea que me traiga alegría, sufrimiento o dolor».

Esto es lo más esencial para el tiempo actual. Al comienzo dije que nuestra piedad asume formas algo diferentes de, por ejemplo, la de los religiosos. Aun así, hay muchísimas semejanzas. Para empezar: los religiosos también tienen que luchar por esta disponibilidad. Pero ¿a través de qué se determina aquí el tipo original de disponibilidad? A través de la pobreza, la castidad y la obediencia. Ahora tienen que reflexionar lo siguiente: Dios exige de nosotros, los casados, lo mismo que de los religiosos ‒a nuestra manera‒ y a menudo de forma mucho más difícil.

Escuchar y obedecer: el consejo evangélico de la obediencia. Y si piensan ahora […] en el voto de obediencia, ¡santo Dios!, quisiera yo saber quién tiene que practicar más la obediencia, si los casados o los religiosos. Creo que, si reúnen ustedes a todos los casados en las ocasiones en que tienen que ser obedientes, dirán: ¡qué es esto frente a los religiosos! ¡Cuántas veces el esposo tiene que seguir a la esposa aun a pesar de que él es el «señor de la creación»! ¡Cuántas veces tiene la esposa que seguir al esposo, y cuán a menudo tienen que seguir ambos a los hijos! Pienso que aquí tienen que observar, una vez más, cómo es la vida matrimonial. […] ¿Quién ha de darnos la fuerza para llevar una vida semejante? La santísima Virgen desde el santuario. ¿Ven? Esto es lo que significa espíritu del poder en blanco.

J. Kentenich, 14.01.1957, en Am Montagabend, t. 5, 45-50