El mensaje de Cristo sobre Dios Padre
Jesús nos habla sobre su Padre, sobre el sentir paternal de su Padre. Ser padre y ser paternal no es lo mismo. ¡Cuántos padres desnaturalizados existen hoy! Pensemos, por ejemplo, en un padre alcohólico… Pues bien, Dios no puede ser así. En su caso, ser padre y tener un sentir paternal constituyen una sola realidad.
Escuchemos con atención lo que nos cuenta el Hijo sobre
su Padre. Es la Buena Nueva de Jesús. Dios es nuestro Padre. Él viene a su
pueblo elegido, a Israel. ¿Y qué imagen de Dios halla en él? El fariseísmo se
había difundido ampliamente y quería destacarse a toda costa en el cumplimiento
de la Ley. En alas de ese legalismo había creado nuevas leyes. Los judíos
fueron modelando así un Dios que estuviese en consonancia con la imagen que
ellos tenían de sí mismos.
¿Cómo concebían los judíos a su Dios en tiempos de Jesús?
Como un Dios tan ligado a la Ley como ellos. Como si este Dios tuviese en el
cielo su propio Sanedrín, y cavilase con él todo el día sobre la Ley, sobre lo
que aún podía permitirse o no. Un Dios que observa con exactitud la Ley, que
cumple con el sábado. En el cielo tiene además un Templo. Allí celebra su
sábado con sus filacterias.
En la concepción que se tenía de Dios en tiempos del
Señor no se había dejado ya lugar para la bondad divina. En el antiguo Dios
judío hallamos todavía rasgos de bondad. Pero luego la imagen de Dios se fue
anquilosando y pasó a ser figura de un severo Dios legislador y terrible. Y
llega entonces Jesús, y enseña la noción de padre, si bien contemplando en el
ser de Dios ese aspecto de seriedad y severidad. El concepto que Jesús tiene de
Dios es simplemente el concepto de padre o bien una concepción fuertemente
impregnada de la idea de la paternidad divina. «Nadie conoce bien al Hijo sino
el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el
Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Queremos conocer al Padre, por eso
queremos ir a Jesús. Porque el concepto de Dios que tiene el Señor es
sustancialmente un concepto de padre. De ahí que cuando Jesús habla de Dios, en
su discurso encontramos casi continuamente el nombre padre.
Los israelitas comenzaban su oración diciendo: Señor,
Dios de Israel, de Abraham, de Jacob, Dios todopoderoso, etc. Cristo nos enseña
a orar: "Padre nuestro…" «Padre, yo les he dado a conocer tu nombre»
(Jn 17,6). Así habla Jesús. ¿Qué nombre emplea entonces para dirigirse a Dios?
El de padre. He aquí la Buena Nueva. Por eso, a la servidumbre del Antiguo
Testamento, san Pablo le contrapone, y con énfasis, la filialidad del Nuevo
Testamento. En efecto, "siervo de Yahveh" era el término del Antiguo
Testamento que definía la relación del creyente con Dios.
Dios es nuestro Padre. He aquí —repito— la Buena Nueva. Y
por eso Dios está colmado de un auténtico sentir paternal. Jesús habla sobre el
Padre de una manera que contagia entusiasmo, al punto que uno de sus discípulos
exclama: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8).
¿Dónde pone de manifiesto el Padre su sentir paternal? En
todo, simplemente en todo. Por eso no hace falta pedir nada, ya que él sabe lo
que necesitan. Pidan y se les dará. Llamen y se les abrirá. ¿Qué hombre le dará
una piedra a su hijo que le pida pan? Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas
buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas
buenas a los que se las pidan…! (cf. Mt 6,32).
A la hora de referirse al Padre, Jesús sabe hacerlo con
acentos poéticos, brindándonos una imagen muy distinta de Dios. Ya no se trata
del Dios que sólo quiere leyes. Él es mi Padre y su paternidad no se ve
perturbada por su justicia. Es justo y castiga a los pecadores porque ellos no
se pliegan a sus designios paternales; él no premia ateniéndose con criterio
rigorista a determinadas medidas o méritos, sino que da la recompensa plena, da
el ciento por uno.
Dios quiere ser el Padre de todos, sin excepción. Y este
concepto de Dios es muy distinto de aquél del judaísmo, tanto del judaísmo
temprano como del tardío. He aquí la nota dominante de la religión de Jesús:
entregarse filialmente al Padre, plegarse amorosamente a sus designios de
Padre. Esta concepción de Dios habrá de transfigurar la cosmovisión humana.
Tomado de: "Gotteskindschaft",
1 de junio de 1922, págs. 17-18.