viernes, 21 de marzo de 2025

JESÚS ANUNCIA QUE DIOS ES PADRE

El mensaje de Cristo sobre Dios Padre

Jesús nos habla sobre su Padre, sobre el sentir paternal de su Padre. Ser padre y ser paternal no es lo mismo. ¡Cuántos padres desnaturalizados existen hoy! Pensemos, por ejemplo, en un padre alcohólico… Pues bien, Dios no puede ser así. En su caso, ser padre y tener un sentir paternal constituyen una sola realidad.

Escuchemos con atención lo que nos cuenta el Hijo sobre su Padre. Es la Buena Nueva de Jesús. Dios es nuestro Padre. Él viene a su pueblo elegido, a Israel. ¿Y qué imagen de Dios halla en él? El fariseísmo se había difundido ampliamente y quería destacarse a toda costa en el cumplimiento de la Ley. En alas de ese legalismo había creado nuevas leyes. Los judíos fueron modelando así un Dios que estuviese en consonancia con la imagen que ellos tenían de sí mismos.

¿Cómo concebían los judíos a su Dios en tiempos de Jesús? Como un Dios tan ligado a la Ley como ellos. Como si este Dios tuviese en el cielo su propio Sanedrín, y cavilase con él todo el día sobre la Ley, sobre lo que aún podía permitirse o no. Un Dios que observa con exactitud la Ley, que cumple con el sábado. En el cielo tiene además un Templo. Allí celebra su sábado con sus filacterias.

En la concepción que se tenía de Dios en tiempos del Señor no se había dejado ya lugar para la bondad divina. En el antiguo Dios judío hallamos todavía rasgos de bondad. Pero luego la imagen de Dios se fue anquilosando y pasó a ser figura de un severo Dios legislador y terrible. Y llega entonces Jesús, y enseña la noción de padre, si bien contemplando en el ser de Dios ese aspecto de seriedad y severidad. El concepto que Jesús tiene de Dios es simplemente el concepto de padre o bien una concepción fuertemente impregnada de la idea de la paternidad divina. «Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre lo conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Queremos conocer al Padre, por eso queremos ir a Jesús. Porque el concepto de Dios que tiene el Señor es sustancialmente un concepto de padre. De ahí que cuando Jesús habla de Dios, en su discurso encontramos casi continuamente el nombre padre.

Los israelitas comenzaban su oración diciendo: Señor, Dios de Israel, de Abraham, de Jacob, Dios todopoderoso, etc. Cristo nos enseña a orar: "Padre nuestro…" «Padre, yo les he dado a conocer tu nombre» (Jn 17,6). Así habla Jesús. ¿Qué nombre emplea entonces para dirigirse a Dios? El de padre. He aquí la Buena Nueva. Por eso, a la servidumbre del Antiguo Testamento, san Pablo le contrapone, y con énfasis, la filialidad del Nuevo Testamento. En efecto, "siervo de Yahveh" era el término del Antiguo Testamento que definía la relación del creyente con Dios.

Dios es nuestro Padre. He aquí —repito— la Buena Nueva. Y por eso Dios está colmado de un auténtico sentir paternal. Jesús habla sobre el Padre de una manera que contagia entusiasmo, al punto que uno de sus discípulos exclama: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14, 8).

¿Dónde pone de manifiesto el Padre su sentir paternal? En todo, simplemente en todo. Por eso no hace falta pedir nada, ya que él sabe lo que necesitan. Pidan y se les dará. Llamen y se les abrirá. ¿Qué hombre le dará una piedra a su hijo que le pida pan? Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan…! (cf. Mt 6,32).

A la hora de referirse al Padre, Jesús sabe hacerlo con acentos poéticos, brindándonos una imagen muy distinta de Dios. Ya no se trata del Dios que sólo quiere leyes. Él es mi Padre y su paternidad no se ve perturbada por su justicia. Es justo y castiga a los pecadores porque ellos no se pliegan a sus designios paternales; él no premia ateniéndose con criterio rigorista a determinadas medidas o méritos, sino que da la recompensa plena, da el ciento por uno.

Dios quiere ser el Padre de todos, sin excepción. Y este concepto de Dios es muy distinto de aquél del judaísmo, tanto del judaísmo temprano como del tardío. He aquí la nota dominante de la religión de Jesús: entregarse filialmente al Padre, plegarse amorosamente a sus designios de Padre. Esta concepción de Dios habrá de transfigurar la cosmovisión humana.

Tomado de: "Gotteskindschaft", 1 de junio de 1922, págs. 17-18.

 

viernes, 14 de marzo de 2025

PEREGRINAR ES SUPERAR LAS DIFICULTADES DE LA VIDA

La peregrinación es la historia de nuestra vida, nuestro drama, ese drama que Dios protagoniza en nosotros, con nosotros y a través de nosotros. […] ¿Fue una peregrinación difícil la que hemos hecho? En parte, ustedes me dirán, presumiblemente: en su momento sentimos que era terriblemente difícil, pero ahora es casi como si lo hubiésemos olvidado todo. Ahora ya casi ni sabemos qué difícil fue todo. Primero tenemos que traerlo de nuevo reflexivamente a la memoria. […]

Desde luego, es un proceso de vida sumamente hermoso que hayamos crecido hasta adentrarnos tanto en el plan [de Dios], que hayamos intervenido de tal manera como actores o dejado que el Dios eterno haya sido protagonista en nosotros que, a posteriori, lo consideremos casi como evidente. Pero ahora creo poder decir que deberíamos llenar de contenido y regustar cada palabra, también las que provienen de las vivencias pasadas. Es decir, valdría la pena preguntarse: ¿Cómo fueron las dificultades que hasta ahora hemos podido superar en este drama? ¿Cómo fueron las dificultades que pesaron sobre nuestras espaldas como cargas tremendas? Sería realmente una pena que lleváramos o arrojáramos todo eso tan fácilmente al abismo del pasado. […]

Por eso: regustar esas dificultades no para quedarse enganchados en ellas, sino para ver en esas dificultades y detrás de ellas a Dios, para que, gustando, degustando y regustando las dificultades, experimentemos también al mismo tiempo toda la grandeza de la intervención divina. […] En efecto, nos hemos acostumbrado a regustar todos los acontecimientos y las vivencias del día que termina. […] ¿Por qué debemos regustarlo? Es siempre lo mismo: para descubrir en nuestra vida y en la vida de la familia el dedo de Dios, la mano de Dios, y besarla. […] ¿A qué Dios se hace aquí referencia? Al Dios que ha diseñado mi peregrinación como un plan, al Dios que ha ayudado a realizarlo y que, a través de esa peregrinación, ha querido guiarme, llevarme, conducirme a su propio corazón.

¿Perciben qué es lo importante para mí? […] Es siempre, siempre, siempre, la tarea central que creo haber recibido de Dios: anunciar en todas partes el Dios de la vida. ¿Se hace aquí referencia al Dios de la vida? ¡En verdad, eso está suficientemente claro! […]

Dios se ha mostrado grande y sabio en la guía, dirección y conducción de esa peregrinación. Él es el Dios de la vida. […] Él ha tenido siempre de alguna manera mi peregrinación en sus manos, él la ha planeado y ha peregrinado conmigo.

No quedarse enganchado, sino regresar a casa. ¿Por qué fue difícil la peregrinación? Vista más desde fuera, pudimos decir: De alguna manera, Dios nos ha enviado desde su corazón al mundo y quiere acogernos nuevamente en su corazón. Venimos del corazón de Dios como nuestra morada. Dios nos ha enviado al mundo, pero, peculiarmente, lo ha hecho de tal manera que debamos llevar con nosotros esa morada. Debemos llevar con nosotros a Dios como «morada», pero, en última instancia, de una forma inimaginable, él quiere hacernos entrar de nuevo en la morada eterna, en su propio corazón.

Ahora bien, a causa de la índole sensible, así como de la rotura de nuestra naturaleza, existe el peligro de que confundamos los hospedajes aquí en la tierra con el hogar primordial; de que tendamos a quedarnos pegados, a apegarnos a puestos y a personas. Debemos apegarnos, pero no esclavizarnos: ni a personas ni a cosas ni a cargos y cosas semejantes. Ahora bien, Dios es sabio. […] ¡Qué sabio es Dios! Él conoce nuestras debilidades, por eso hace su juego, pero un juego del desapego para ganar el juego de la vinculación. ¡El juego del desapego! Él me desapega, yo solo no puedo. Ahora ustedes tienen que ver la naturaleza rota que, en sí, tiene la tarea de, proviniendo del corazón de Dios, estar en el corazón de Dios y regresar al corazón de Dios. Creo que si ustedes lo toman de ese modo comprenderán las expresiones. Esa es nuestra tarea central. Resumiendo, entonces: Dios quiere facilitamos el no confundir las cosas terrenas, los bienes terrenos, las moradas terrenas, con el hogar eterno, con el Eterno, el Infinito. […] Lo que he dicho ahora con validez general tienen que aplicarlo ustedes a nuestras dificultades. Y preguntarse: ¿ha alcanzado Dios el objetivo?

J. Kentenich, 26.11.1965, en Rom-Vorträge, 108 ss.

 


viernes, 7 de marzo de 2025

LA VIDA, UNA PEREGRINACIÓN

1) La vida es una única gran peregrinación;

2) planeada por Dios, guiada por Dios y conducida hacia Dios. […]

3) La vida es una peregrinación en la que Dios se muestra infinitamente grande y sabio,

4) una peregrinación que Dios planea y lleva a cabo de forma totalmente original. […]

[Cristo dice:] «Salí del Padre y he venido al mundo; otra vez dejo el mundo y me voy al Padre» (Jn 16,28). Lo que él dice ahí de sí mismo significa, sin duda, lo mismo que «peregrinación». Por donde voy o donde estoy no tengo un hogar último. Aunque posea un terreno maravilloso, aunque experimente en mi entorno una atmósfera paradisíaca, el sentido de la vida no es permanecer aquí. Salí del Padre, vine al mundo, regreso al Padre. Regreso: es decir, no es aquí mi última meta. Piensen en el viejo patriarca: «Muchos han sido los años de mi peregrinación en la tierra, pero muy pecaminosos y pobres» (cf. Gn 47,9). El concepto de «peregrinación» es algo enormemente grande y significa para nosotros algo evidente. […]

Somos peregrinos. ¿Por qué ha cuidado Dios en su sabiduría de que la peregrinación se hiciese difícil? […] ¿Cómo fue el pasado? ¿Fue una peregrinación? ¿Conservamos [en aquel momento] la consciencia de que no debíamos apegarnos a la tierra, a las circunstancias, de que todo no es más que un paso, pero transitus Domini, paso del Señor?

¡Una peregrinación difícil! ¿Cuál es la intención profunda que Dios asocia a ello? Quien sepa qué rápido se esclaviza nuestro corazón creado, en última instancia, para lo más alto que pueda imaginarse, para el mismo Dios vivo sabrá que es difícil comportarse correctamente en esta peregrinación. Dios nuestro Señor sabe cómo es eso. Habiéndonos creado como seres sensitivos y colocado en un mundo sensible, sabe que, muy pronto, la vinculación [] se vuelve servil, que a menudo confundimos a la criatura con Dios, que nos colocamos nosotros mismos en el lugar de Dios, que nos vinculamos a nosotros mismos. Y a fin de facilitamos el reconocimiento de su intención cuida de que, si bien en las distintas estaciones de nuestra vida durante esta peregrinación las cosas pueden ser a menudo bien bonitas, se tornen difíciles cuando desde los más distintos frentes llegan dificultades tras dificultades.

Estas nos recuerdan siempre de nuevo: este no es tu último hogar. No debes quedarte enganchado aquí; Dios nuestro Señor llama. Del mismo modo como dijimos antes mediante la imagen de la procesión: Procedamus. Sigamos, sigamos, sigamos [caminando].

La última estación es siempre Dios, el eterno, el infinito. […] En definitiva, todo lo terreno, también todo amor puramente terreno, tiene que decepcionarnos. ¿Por qué? Hacia el hogar, hacia el Padre va el camino. Para que no olvidemos jamás que somos peregrinos.

J. Kentenich, 24.11.1965, en Rom-Vorträge, 85-94

 

¿Por qué peregrinar? [Al peregrinar] se abre paso con fuerza y de forma plástica una gran tendencia […]: ¡Fuera de las meras ideas! ¡Hacia lo vigoroso, lo vital, lo sacrificado!

Ya he insinuado un par de veces lo que hace ahora nuestra joven generación […] cuando pone en primer plano la peregrinación. ¡Una caminata tras otra! Muy rápidamente los pies están llagados. […] Viven pobremente, muchas veces de macarrones, algo de leche y pan.

Libres para Dios. Se trata de llegar a estar completamente libres para Dios. Y no podemos estarlo si no estamos vacíos de nosotros mismos: vacíos de la criatura y vacíos de nosotros. […] Permítanme que les cuente con qué reciedumbre se realiza aquí el camino de peregrinación a fin de recordarse a sí mismo y de recordarnos que la vida es un camino de peregrinación, un camino de sacrificio, que no tenemos aquí un lugar permanente.

Si lo tienen claro y después intentan averiguar intelectualmente qué impulsos primordiales de la naturaleza humana se están retomando, pienso que tendrían que decir lo siguiente:

En la peregrinación se retoman impulsos primordiales de la naturaleza humana

El impulso itinerante. En el hombre anida un impulso itinerante. En última instancia, es un itinerario que va desde Dios hacia Dios.

El impulso religioso. Tienen ustedes que escuchar cómo se hacen esas caminatas. Yo personalmente habría considerado casi imposible que sacerdotes modernos lo lograran. Están juntos en clave religiosa, y con toda alegría. De que nuestra religiosidad nos hace naturalmente alegres, de que nos hace nuevamente capaces de alegrarnos de verdad por pequeñas alegrías, estamos teniendo en estos días la prueba concluyente. […]

[Los peregrinos] se unen religiosamente no solo en la calle, sino también cuando rezan el rosario mientras peregrinan por Roma. […] También realizan constantemente la meditación juntos; cada uno tiene que presentar una meditación: expone lo que él mismo ha meditado. […] Muchas cosas no son solamente reflexión personal, sino que ellos se encienden mutuamente.

Ellos han intentado realizar por lo menos para ellos mismos un tipo totalmente nuevo de ejercicios espirituales. Ven la vida entera bajo el concepto de peregrinación. Rezan juntos como lo hacen los niños. Como he dicho, ¿dónde encuentran ustedes eso todavía hoy? Yo tampoco lo habría considerado posible. [] Sin duda, eso implica también peligros, pero ¿notan ustedes cómo, de ese modo, se capta y colma a la persona entera? Esto es naturalidad espontánea, vitalidad. []

El impulso comunitario. Esta vez había entre ellos un participante al que se consideraba hipercrítico. Primeramente, no quería tener nada que ver con ello, pero después se decidió a participar y, más tarde, se convirtió en el mayor panegirista de las peregrinaciones. Se sintió unido a los demás. Lo que antes trajo el movimiento juvenil ha revivido aquí de nuevo, solo que con un ropaje más fuertemente religioso.

J. Kentenich, 25.11.1965, en Rom-Vorträge, 88-92

 

 

viernes, 28 de febrero de 2025

ACEPTARME Y CONQUISTARME

 

En la semana pasada ofrecimos un texto del Padre Fundador sobre la necesidad de liberar el alma de todas las cosas que la oprimen. Hoy añadimos textos que complementan lo hasta ahora publicado.

Dejar que entre en juego el auténtico yo.

Por lo demás, cuando se trata de cosas prácticas, suelo decir, haciendo uso de una imagen sencilla: distingan, por favor, en su propia vida anímica, allá en el fondo, en el rincón más recóndito, al pequeño Moisés, que se encuentra en la cestilla de juncos. El pequeño Moisés es el verdadero yo. Si me quiero educar, debo educar a ese pequeño ser, al pequeño Moisés, allá abajo, que necesita aún del biberón, y no al hombre adherido. A veces digo pero en esto exagero también un poco: el yo que arrastró conmigo y que manifiesto hacia fuera es, exagerando un poco, un «muslo de rana galvanizado». Es decir, […] no brota de la fuente prístina de mi yo. Está adherido, y siempre se le adhieren más y más cosas. En realidad, el pequeño Moisés debería ahogarse bien pronto allá en el fondo, con tanta cosa adherida, sea de tipo religioso o ético.

J. Kentenich, 25.07.1966, en Ein Durchblick in Texten, t. 1, 167

Aceptarme y conquistarme a mí mismo.

Si me permiten que utilice una comparación sencilla, quisiera decir lo siguiente: tenemos que distinguir entre un yo adherido y el yo originario. Quisiera comparar el yo originario con el pequeño Moisés que yace en la cestilla de juncos. Nuestro yo natural, espontáneo, tal como Dios lo ha depositado como fundamento en nosotros y tal como él quiere verlo realizado, es pequeño e insignificante en grado sumo, está alojado abajo, en la vida inconsciente del alma, como en una cestilla de juncos. En realidad, lo que vive en nosotros, lo que emana de nosotros, también cuando somos adultos, es mucho menos ese yo que un misterioso «ello». Ni siquiera puedo decir que sea un misterioso «tú»: [no,] es un misterioso «ello». Es el yo adherido. Y con ese yo artificialmente adherido renunciamos a la borboteante fuente de fuerzas creadoras propia de la ley natural. No en vano se lamenta la carencia de originalidades en la vida cristiana actual. ¡Queremos conquistar nuestro verdadero yo!

J. Kentenich, 12.12.1966, en Exerzitien für Schönstattpriester

Experimentar el amor misericordioso de Dios.

Tómense el tiempo si me permiten decirlo de este modo para componerse una letanía de la misericordia. ¡Una letanía de la misericordia, y no una letanía de pobre pecador! Ya veré cómo la letanía de misericordia se convertirá en una letanía de pobre pecador: te agradezco por esto y por esto y por esto. Pero no debemos hacerlo de forma fugaz, mecánica, sino adentrarnos en ello con el sentimiento, con la vida, para que nuestro sentimiento de vida se vea transformado, para que adquiramos con fuerza la consciencia de que soy la pupila de los ojos de Dios. ¡No me contesten que eso me hace orgulloso! ¡Eso me hace humilde! Soy la pupila de los ojos de Dios. ¡Verán qué fuerzas se despiertan en ustedes, fuerzas sanas! […]

J. Kentenich, 11.10.1934, en Exerzitien für Schönstattpriester in der Marienau, 16

viernes, 21 de febrero de 2025

LIBERAR EL ALMA

Elaborar lo que hasta ahora hemos reprimido.

Me permitirán, tal vez, que reitere otro pensamiento que ya dije anteriormente. […] El suspirar a Dios, lanzar un suspiro. La psicología moderna nos dice que, a la larga, el ser humano no puede elaborar todas las impresiones que absorbe. […] La vida actual nos ha arrojado a los hombres de hoy enormes cantidades de impresiones al corazón, y, por lo común, no podemos con ellas. Y entonces, muchas veces hacemos de la necesidad virtud.

Permítanme que utilice una imagen. Entonces vamos y cerramos el grifo. ¿Comprenden lo que significa? Ya no puedo absorber más impresiones, cierro [el grifo]. Pero entonces me encrudezco. Y hoy en día es una prueba de maestría tanto en la autoeducación como en la educación ajena, procurar que las personas elaboren las impresiones interiores. […]

Patalear y quejarse.

Por eso es importante que aprendamos también a expresar en nuestra vida afectiva frente a Dios aquello que nos oprime el corazón. ¿No es acaso mucho mejor […], por ejemplo, plantarse frente a Dios y patalear? Él no lo toma a mal. Él mira el corazón. Eso produce un grito filial, y el grito filial es el acto más elevado de la filialidad. También [lo es] quejarse filialmente. […]

Si yo lograra distenderme frente a Dios también en mi vida afectiva no necesitaré reñir tanto a la gente. Entonces no sería el crítico empedernido [que soy]. En Dios todas esas cosas no son [tan] malas. Él detecta el ánimo noble que hay detrás.

Y, por el otro lado, no deben pensar que ustedes son todos de acero y hierro. Eso no funciona: no somos así. Durante un tiempo puedo tragarme las cosas, pero a todos nos llega alguna vez el momento en que decimos: o ahora me quiebro o abro de vuelta los grifos y dejo que corra. Solo tiene que haber alguien que recoja el líquido. Y Dios lo recibe gustoso. Solo debemos tener el coraje de volver a ser sencillos frente a Dios. Es decir: «Si no os hacéis como niños» (Mt 18,3).

J. Kentenich, 1952, en Ein Durchblick in Texten, t. 1, 194 s.

No matar las mociones sanas de los sentimientos.

Tenemos que aprender a ser hombres. Y podemos decir: primeramente hombre, luego cristiano, y luego hombre pleno. [Como hombres religiosos] nos educamos para no aplastar los afectos naturales sanos. Esto es lo más importante. Y al hombre actual, que es tan vulnerable, debemos protegerlo y preservarlo de innecesarios sentimientos de presión. Cuántos estados depresivos hay en la actualidad que provienen en gran parte de haber aplastado una condición humana que, en realidad, debe ser perfeccionada y ennoblecida, elevada por la gracia al orden sobrenatural. […]

[Tenemos que cuidarnos de no encrudecernos en nuestros sentimientos a fuerza de intelectualismo. […] Tienen que aceptar […] lo humano y no pensar, por ejemplo, que, cuando la naturaleza expresa su sufrimiento, es eso mismo lo que está queriendo la voluntad. […] Pueden muy bien coexistir ambas cosas: el grito de la naturaleza, por un lado, y un muy profundo anclaje en Dios [por el otro]. Ya lo han visto en el Señor. […] No fue como si el Señor se hubiese lamentado por largo tiempo, para decir, después: en fin, me rindo. Siempre se daban ambas cosas en forma simultánea: entrega a la voluntad del Padre, pero también el grito de la naturaleza.

J. Kentenich, 1963, en Ein Durchblick in Texten, t. 1, 190 ss.

 

viernes, 14 de febrero de 2025

ESCRIBIR LA "NOVELA DE LA PROPIA VIDA"

Integración de la personalidad. ¿Qué significa «novela de la propia vida»? Es una […] expresión [cuyo uso] se ha generalizado. Se ha desarrollado con el tiempo […]. [Se trata de] considerar de nuevo la vida entera. […] [La práctica] partió […] de esta reflexión: el hombre actual, tal como es, lleva en su interior un sinnúmero de impresiones en parte en el consciente, en parte en el subconsciente que no han sido elaboradas. De ahí la idea: tenemos que luchar siempre por una integración de la personalidad. De modo que aquí se trata más fuertemente de la personalidad, de su desarrollo. Integración hacia abajo: tenemos que estar aclarados y purificados hasta en el subconsciente. Integración hacia arriba: poco a poco, atravesando todos los grados, hasta la relación con el Padre, hasta estar poseídos por el Padre. Ahí tienen de nuevo todo el universalismo de una educación que cale hasta lo más hondo. Así pues, aquí se trataba más de la integración hacia abajo. El presupuesto era [la presencia de] un sinnúmero de impresiones que no han sido elaboradas. Y, en general, hemos de decir sobre la base de lo que nos ha elaborado la psicología moderna, si es que de todos modos no lo conocemos ya a partir de la vía práctica: [tenemos un sinnúmero de impresiones que no han sido elaboradas]. Y eso es así también en nuestro caso. []

Regustar de nuevo la vida entera. ¿Y cómo se realiza esta «novela de la propia vida», esta historia de la propia vida? […] [Traer] nuevamente para arriba la vida entera desde la infancia. […] No debe ser como es según el consejo de san Ignacio, siempre y solamente como se le dio forma más tarde una confesión de la propia vida. Yo siempre he dicho que no se trata de una confesión de la propia vida. Si se tratara de una confesión de la propia vida, entonces toda la vida del alma está ya sesgada y se introduce en ella un cierto agobio. Se trata simplemente de regustar de nuevo la vida entera.

Nadar en el mar de la misericordia de Dios. Así surgieron más tarde las formulaciones. «Nadar». ¿Nadar dónde? En el mar de la misericordia pero también en el mar de la [propia] miseria en el mar de la misericordia de Dios partiendo desde la infancia. Ante todo y primariamente, tengo que orientar el trabajo a examinar cómo Dios se ha mostrado frente a nosotros como Padre: o sea, lo bueno que nos ha regalado, las buenas disposiciones que estaban vivas en nosotros. Por supuesto, después viene por sí solo el que también los errores de nuestra vida, nuestras miserias, suban de nuevo hacia arriba. Después, en la mayoría de los casos leí [la novela de la vida] en presencia de cada uno lo que, naturalmente, llevó muchísimo tiempo y le di respuesta. Después de haberla leído estaba el camino despejado para un desarrollo más profundo, más tranquilo. Y si ustedes mismos tienen un poco de sentido para las cuestiones psicológicas, podrán imaginarse qué enorme distensión daba ese hecho por lo común. En efecto, cuántas cosas [] están alojadas en alguna parte [y] trabajan; no se sabe de dónde viene esta o aquella inquietud. No quiero hablar más al respecto. Tampoco quiero decir, por supuesto, que ustedes debieran imitarlo. Solamente quiero señalar en qué dirección podríamos perseguir, profundizar y realizar la integración de nuestra personalidad.

J. Kentenich, 04.02.1963, a Padres de Schoenstatt, fuente privada

  

viernes, 7 de febrero de 2025

CRECER INTERIORMENTE. ESCRIBIR EL LIBRO DE LA PROPIA VIDA

1. Abrimos el libro de nuestra vida

Queremos arrojar una mirada al libro de nuestra vida. ¿Qué entendemos […] por dicho libro? [Es el libro que contiene] todas las vivencias de nuestra vida pasada. […] Pienso que ahora debería presentarles tres pensamientos y alentarlos a reflexionar un poco por su propia cuenta al respecto. […]

1. Una mirada al pasado. [Arrojo una mirada al libro de mi vida y] dejo que [los acontecimientos de] la historia de mi vida vaya pasando por mi entendimiento. […]

2. Una mirada al plan de Dios. Si arrojo una mirada al libro de mi vida con suficiente reflexión se me aclarará el plan de vida que Dios tiene y ha tenido de mí. Así pues, el libro de mi vida tiene que ver con la historia de mi vida y con el plan de vida que el Dios eterno tiene de mi vida.

3. Una mirada al futuro. Si arrojo una mirada al libro de la vida del pasado, estaré predispuesto a organizarme con un cierto orden el libro de la vida para el futuro. […]

Mirada al pasado. Mi infancia. Si la mirada retrospectiva se remonta al pasado lejano, por ejemplo, a mi más temprana infancia, es natural que, primero, constate muy rápidamente cómo se dio la historia de mi vida en los años de mi juventud y de mi niñez y cómo fue esa historia más tarde.

Antes del casamiento. Cuando éramos jóvenes, ¡vaya que teníamos castillos en el aire! ¡Qué grandes llegaremos a ser en el futuro! O, cuando estábamos a punto de casarnos: ¡cuánta felicidad y dicha!, ¡cuánta alegría y júbilo esperábamos de la convivencia con el esposo, con la esposa y con los hijos!

En años posteriores. Cuando nos hicimos mayores, nos volvimos naturalmente mucho más tranquilos en nuestras expectativas, vimos la vida de forma más realista.

Razones para dar gracias. Y si arrojamos una vez más una mirada al pasado, […] tendremos muchísimas razones para dar gracias de corazón por todo lo que […] hemos vivido y experimentado en nuestra familia. […]

¡De muchas desgracias hemos sido preservados! […]

Y una vez que Dios nos ha regalado tantos hijos y los hemos aceptado, no [debemos] perder de vista qué gran cosa es que todos nosotros podamos existir, podamos vivir, podamos seguir existiendo económicamente.

Y si pensamos en nuestros hijos: […] ¡De cuántos peligros se han visto preservados! […] ¡Cómo han crecido, han seguido estando sanos, se han impuesto, han adelantado en sus estudios, están en camino de construir una existencia propia! Han crecido rectamente, han seguido gozando de buena salud. […] Son todas cosas que solemos considerar evidentes, pero que no lo son.

El sufrimiento en nuestra vida. Por supuesto, si miramos de ese modo hacia el pasado, si pasamos revista al libro de nuestra vida y abrimos página tras página, no olvidamos que en el libro se registra también muchísima cruz y sufrimiento de la más distinta índole. […] Puede ser sufrimiento corporal, o que nos hayamos decepcionado uno del otro o de nuestros hijos. […] [Hay una frase que dice:] Hijos pequeños, preocupaciones pequeñas; hijos grandes, preocupaciones grandes. […]

Cuando los hijos ya son adultos y están ya fuera de nuestras manos, de modo que ya no tenemos más influencia de tipo religioso en ellos, sigue en pie la fuerte confianza en que la santísima Virgen […] continuará ayudando a nuestros hijos, varones y mujeres, también en tiempos difíciles, en tiempos de crisis.

J. Kentenich, 30.12.1963, en Am Montagabend, t. 29, 185-197