Plática de 1934
Esperamos de san José, quien está ante nosotros como el
protector de la Iglesia, que también se muestre como protector del amor divino;
de un amor divino en intenso crecimiento.
El amor implica una consonancia de afectos.
Cada amor debe llegar a ser constantemente un auténtico y profundo amor a Dios.
Pero el amor a Dios es multiforme. El amor a María es para nosotros amor a
Dios. El crecimiento en el amor a Dios debe conducirnos, hoy particularmente, a
un progresivo crecimiento en un amor íntimo a María. El amor a María es amor a
Dios, de lo contrario, habría que considerarlo una idolatría. Cuando san José,
por su mediación, nos obtiene un crecimiento en el amor íntimo a María —pues
sabemos que el amor es una consonancia de los afectos del corazón— entonces
podemos esperar también un crecimiento en el amor a san José.
Crecimiento en el amor a san José.
¿Comprenden lo que quiero decir? Hemos hablado con frecuencia del impulso del
amor, de su estructura. Si el amor implica una consonancia de corazones, es
evidente que, en la persona amada, amo todo lo que ella ama y ha amado. Y junto
con María, después de Dios, después de Jesús, ¿acaso san José no ocupa el
primer lugar? Consideren su relación con ella y la de ella con él. Si
observamos bien, de los escasos pasajes de la Sagrada Escritura se desprende lo
que Dios nos quiere decir: una triple actitud fundamental es la que vinculaba
entre sí a las tres personas. La santísima Virgen debe haber tenido hacia san
José un amor íntimo y tierno; debe haber experimentado una confianza ilimitada
y sin reservas en él y una entrega incondicional de su vida hacia él.
El amor tierno hacia san José nos parece muy natural. El
era un vir justus, un varón justo. Así se le llama en la Sagrada
Escritura. Y así nos lo imaginamos también nosotros en su inmensa modestia, en
su entrega a Jesús y a su Madre, en su dedicación a la misión de su vida. Esto
lo tomamos como algo natural. Las personas predispuestas a la santidad profesan
siempre alguna simpatía por las que poseen una disposición similar. Puesto que
la Virgen era santa, san José también debió haberla amado.
En el transcurso de los años, hemos elaborado una
religiosidad humana. Así, en general, se tiende a pensar que María y José
vivieron siempre en una actitud de delicada reserva. No fue así. Ciertamente se
relacionaron con un gran respeto y santa veneración. Pero, más allá de esto,
sabemos que Dios había destinado a María como novia y esposa para san José. En
verdad, no los unió un amor carnal. Pero hasta donde era posible, por su estado
esponsal, estaban unidos el uno al otro por un amor extraordinariamente cordial,
íntimo, tierno y santo. ¡Dos corazones y un solo latido! Ellos vivieron de
verdad el uno en el otro, tal como nosotros aspiramos a hacerlo en nuestra
Familia.
Si el amor entraña una consonancia de corazones, si el
corazón de la santísima Virgen latió tan profundamente por san José, es
evidente que ambos se quisieron de todo corazón. En la medida en que vivamos
una profunda vida mariana, deberemos tender también hacia la devoción a san
José.
Ésta es la primera actitud. ¿Y la segunda? ¡Una confianza
sin reservas, sin sombras!
Una confianza sin reservas en san José. Ordo
essendi est ordo agendi. En el orden de ser objetivo, san José fue regalado
a la santísima Virgen como protector. De ahí también su mutua confianza sin
límites. Él tiene que preocuparse de todo; para eso fue destinado por Dios. Por
eso, María confió en él y no tuvo que preocuparse innecesariamente del
porvenir. Por algo él asumió el cuidado principal ya sea que permanecieran en
casa o tuvieran que emigrar al extranjero. Ella confía en él. Él tiene la
responsabilidad principal por la pequeña Sagrada Familia.
Ésta es también la confianza que los auténticos hijos de
la Iglesia han aprendido de la santísima Virgen: centrarse en san José en forma
renovada, en los eventuales apuros económicos. Porque es el patrono protector
de la Iglesia, el hombre sencillo, el tutor, el “padre del pan” en las
necesidades materiales.
Aquí nos encontramos precisamente como una pequeña
familia, en un terreno en que ya podemos hablar un poco por propia experiencia.
Si el Señor nos ha ayudado hasta ahora, podemos pensar que, en gran medida,
ello es un efecto de la consagración de la Familia a san José en las
necesidades y preocupaciones económicas. Tardamos bastante en darle un lugar en
nuestra Familia. Pero, entretanto, hemos logrado una mayor amplitud en nuestras
miras…
Por eso, también esperamos que Dios, por intercesión de
san José, nos libere cada vez más de lo terrenal y nos introduzca en la cámara
de los tesoros del perfecto amor de Dios.