viernes, 30 de enero de 2026

SAN JOSÉ, PROTECTOR DE LOS TESOROS DEL AMOR

Plática de 1934

Esperamos de san José, quien está ante nosotros como el protector de la Iglesia, que también se muestre como protector del amor divino; de un amor divino en intenso crecimiento.

El amor implica una consonancia de afectos. Cada amor debe llegar a ser constantemente un auténtico y profundo amor a Dios. Pero el amor a Dios es multiforme. El amor a María es para nosotros amor a Dios. El crecimiento en el amor a Dios debe conducirnos, hoy particularmente, a un progresivo crecimiento en un amor íntimo a María. El amor a María es amor a Dios, de lo contrario, habría que considerarlo una idolatría. Cuando san José, por su mediación, nos obtiene un crecimiento en el amor íntimo a María —pues sabemos que el amor es una consonancia de los afectos del corazón— entonces podemos esperar también un crecimiento en el amor a san José.

Crecimiento en el amor a san José. ¿Comprenden lo que quiero decir? Hemos hablado con frecuencia del impulso del amor, de su estructura. Si el amor implica una consonancia de corazones, es evidente que, en la persona amada, amo todo lo que ella ama y ha amado. Y junto con María, después de Dios, después de Jesús, ¿acaso san José no ocupa el primer lugar? Consideren su relación con ella y la de ella con él. Si observamos bien, de los escasos pasajes de la Sagrada Escritura se desprende lo que Dios nos quiere decir: una triple actitud fundamental es la que vinculaba entre sí a las tres personas. La santísima Virgen debe haber tenido hacia san José un amor íntimo y tierno; debe haber experimentado una confianza ilimitada y sin reservas en él y una entrega incondicional de su vida hacia él.

El amor tierno hacia san José nos parece muy natural. El era un vir justus, un varón justo. Así se le llama en la Sagrada Escritura. Y así nos lo imaginamos también nosotros en su inmensa modestia, en su entrega a Jesús y a su Madre, en su dedicación a la misión de su vida. Esto lo tomamos como algo natural. Las personas predispuestas a la santidad profesan siempre alguna simpatía por las que poseen una disposición similar. Puesto que la Virgen era santa, san José también debió haberla amado.

En el transcurso de los años, hemos elaborado una religiosidad humana. Así, en general, se tiende a pensar que María y José vivieron siempre en una actitud de delicada reserva. No fue así. Ciertamente se relacionaron con un gran respeto y santa veneración. Pero, más allá de esto, sabemos que Dios había destinado a María como novia y esposa para san José. En verdad, no los unió un amor carnal. Pero hasta donde era posible, por su estado esponsal, estaban unidos el uno al otro por un amor extraordinariamente cordial, íntimo, tierno y santo. ¡Dos corazones y un solo latido! Ellos vivieron de verdad el uno en el otro, tal como nosotros aspiramos a hacerlo en nuestra Familia.

Si el amor entraña una consonancia de corazones, si el corazón de la santísima Virgen latió tan profundamente por san José, es evidente que ambos se quisieron de todo corazón. En la medida en que vivamos una profunda vida mariana, deberemos tender también hacia la devoción a san José.

Ésta es la primera actitud. ¿Y la segunda? ¡Una confianza sin reservas, sin sombras!

Una confianza sin reservas en san José. Ordo essendi est ordo agendi. En el orden de ser objetivo, san José fue regalado a la santísima Virgen como protector. De ahí también su mutua confianza sin límites. Él tiene que preocuparse de todo; para eso fue destinado por Dios. Por eso, María confió en él y no tuvo que preocuparse innecesariamente del porvenir. Por algo él asumió el cuidado principal ya sea que permanecieran en casa o tuvieran que emigrar al extranjero. Ella confía en él. Él tiene la responsabilidad principal por la pequeña Sagrada Familia.

Ésta es también la confianza que los auténticos hijos de la Iglesia han aprendido de la santísima Virgen: centrarse en san José en forma renovada, en los eventuales apuros económicos. Porque es el patrono protector de la Iglesia, el hombre sencillo, el tutor, el “padre del pan” en las necesidades materiales.

Aquí nos encontramos precisamente como una pequeña familia, en un terreno en que ya podemos hablar un poco por propia experiencia. Si el Señor nos ha ayudado hasta ahora, podemos pensar que, en gran medida, ello es un efecto de la consagración de la Familia a san José en las necesidades y preocupaciones económicas. Tardamos bastante en darle un lugar en nuestra Familia. Pero, entretanto, hemos logrado una mayor amplitud en nuestras miras…

Por eso, también esperamos que Dios, por intercesión de san José, nos libere cada vez más de lo terrenal y nos introduzca en la cámara de los tesoros del perfecto amor de Dios.

 

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