miércoles, 7 de marzo de 2012

Ser y misión del varón (2)


(Nota previa: Ver Nota y DISPOSICIÓN en la entrada de la semana pasada, miércoles 29 de febrero de 2012)


TEXTO DEL PADRE FUNDADOR

5. ELEMENTOS QUE IMPLICA EL RENACIMIENTO DE LA PATERNIDAD

Ser padre y sentir como padre

De estas y otras consideraciones semejantes podemos concluir cuán importante es que vuelva a nacer el padre, en la forma del ser paternal y de la actitud paternal.

La condición: Ser niño

Esto implica tres elementos: que vuelva a nacer el amor paternal, la sabiduría paternal y el cuidado paternal.

5.1. El amor paternal

Sabemos que, en el fondo, el amor paternal crece y se desarrolla en forma amplia y creadora sólo si se orienta continuamente según el amor del Padre Dios. Como ya lo hemos expuesto, éste presupone un profundo amor filial al Padre celestial; un amor filial que sabe rezar de todo corazón: “Padre nuestro, que estás en el cielo...”.

5.1.1 El amor filial, puente hacia Dios Padre

Recuérdese una vez más que, según el curso ordinario de las cosas, el amor filial sobrenatural exige, sin embargo, experiencias de hijo en el orden natural... Si éstas no existen, o son de carácter negativo, despertando con ello una elemental contradicción y resistencia ante la idea del padre, entonces falta el puente natural hacia el Padre Dios, y nos hallamos de nuevo ante la tragedia del padre. Esta realidad, —como se ha mostrado— depende esencialmente de la realidad del ser niño ante Dios y ante su representante humano.
Las palabras de Cristo: “Si no os hiciereis como los niños no entraréis en el reino de los cielos” (Mt 18,3), alcanzan su pleno sentido y su plena validez, cuando se las considera a la luz de lo dicho.
Del mismo modo entendemos a Nietzsche cuando señala que ya no tenemos más “pueblos padres”, porque nos faltan “pueblos de niños”.

5.1.2. La auténtica filialidad

Reciedumbre del niño

Filialidad, entendida como ser y actitud filial de ninguna manera equivale a debilidad y blandura. Ambas exigen recios actos filiales. La doctrina y vida del Señor lo prueban. En su forma más clásica vemos esto en Getsemaní y en el Gólgota.
Resumiendo debemos constatar lo siguiente: para que el padre vuelva a nacer se requiere, ante todo, el renacimiento de la auténtica filialidad. En cierto sentido ambas se corresponden mutuamente, como causa y efecto. De ahí que quien quiera encamar el ideal de la paternidad sacerdotal, en primer lugar, y al mismo tiempo, deberá esforzarse por conquistar un nuevo y profundo ser-niño y una efectiva actitud filial.

5.1.3. Tres afirmaciones esclarecedoras

Una mirada más profunda a estas consideraciones nos permite comprender más profundamente, en toda su importancia, las siguientes tres afirmaciones.

Puer et pater

La primera dice: los espartanos serán siempre un fragmento, porque nunca llegan a ser plenamente varón. La causa radica en que quien nunca fue plenamente niño, nunca llegará a ser plenamente varón.
Al referirnos a los espartanos, los consideramos como símbolo de un modo de ser acentuadamente masculino. El axioma nos recuerda que el modo de ser masculino permanece inarticulado en tanto cuanto no descanse en la filialidad ni fluya de la misma ni continuamente se alimente de ella.
De ahí que la verdadera esencia del hombre implique dos rasgos característicos: el ser puer et pater (niño y padre).

Por eso, con razón podemos afirmar que quien nunca ha sido un auténtico niño ante Dios (y en cierto sentido también ante su transparente humano), vanamente se esfuerza por encarnar la paternidad sacerdotal como actitud fundamental del educador.

De modo semejante ha de entenderse la otra expresión que describe el ideal del hombre y del padre: Ante Dios, niño; ante los hombres, varón; y ante el séquito, padre.

Sentir filial

La segunda afirmación proviene de Pestalozzi. Dice así: “La mayor desgracia para la humanidad actual es la pérdida del sentir filial (o actitud filial) del mundo, pues esto hace imposible la actividad paternal de Dios”.
No nos debería resultar difícil darle a esta afirmación un sentido inverso y formularla del siguiente modo: la mayor felicidad para la humanidad actual consiste en que el mundo conquiste de nuevo la actitud filial, porque sólo ésta hace posible que Dios despliegue plenamente su actividad paternal.

El don de sabiduría

El filósofo hindú Tagore es autor de la tercera afirmación. En base a sus observaciones e investigaciones científicas formula la siguiente ley: “Dios quiere que en santa sabiduría reconquistemos nuestro ser-niños”.
Esto significa que cuando Dios quiere algo, las demás voces han de callar. “Dios lo quiere” fue el lema que se dio en otros tiempos para la reconquista de la Tierra Santa y que inspirara las Cruzadas. Este lema tiene en la actualidad otro sentido. Dios exige una cruzada para reconquistar la tierra santa de la auténtica filialidad, que es la raíz de una vigorosa virilidad y de una paternidad creadora.

Esta tierra debe ser reconquistada. Espíritu de conquista presupone hombría. El varón es, por lo tanto, quien debe descubrir y conquistar en sí mismo al niño. Para ello debe hacer suya esa santa sabiduría, que en el plano natural caracteriza al anciano. En el plano sobrenatural debe entenderse aquí el don de la sabiduría como plenitud de la perfecta filialidad.

5.1.4. Paternidad y autoridad

El renacimiento del Padre, equivale al renacimiento de la autoridad paterna.
Hay una autoridad interior y otra exterior. Ambas deben estar siempre unidas entre sí. Faltando la autoridad interior, la exterior carecerá de alma y por eso no será efectiva. Sus funciones se asemejarán a un adiestramiento o amaestramiento. No llegará a ser fuente de auténtica vida, contradiciendo así el carácter propio esencial de la autoridad. Tener autoridad significa ser autor u origen de vida desbordante.
Siendo el amor pedagógico la fuente más perfecta de vida en el campo de la educación, debemos considerar la autoridad interior del educador como sinónimo de su poder de amor.
Este amor no es sólo una fuerza unitiva sino también asemejadora; su efecto en la otra persona es una transferencia global de amor.

Dicho más exactamente: la fuerza interior y el peso de la autoridad paterna emanan de la fuerza creadora del amor paternal, de la sabiduría paternal y del cuidado paternal.
El amor paternal se manifiesta esencialmente como una entrega personal al tú personal, hecho a imagen de Dios; tal amor se inclina reverente, con profundo respeto, ante su modo de ser, su destino y su misión personal. Se expresa en una confianza inagotable y ennoblecedora; esto quiere decir que en todas las circunstancias, cree en lo bueno del otro y que nada le impide servir desinteresadamente la misión del educando.

Modelo de esta actitud fundamental es el modo en que el Padre Dios educa, conduciendo a toda la humanidad, a las distintas comunidades e individuos.
Ejemplo vivo de esto es el ideal del Buen Pastor (ver Jn 10,1-19), que vive con los suyos una misteriosa bi-unidad espiritual —en forma semejante a como Cristo vive con su Padre (ver Jn 10,30-38; 14,8-31)— a tal punto que el educador, imagen del Buen Pastor, puede decir en verdad con el Señor, aunque de un modo inmensamente más débil: “conozco a los míos y los míos me conocen a mí, así como el Padre me conoce y yo conozco al Padre” (Jn 10,14-15).

Este conocimiento mutuo no es un mero saber abstracto. Encierra en sí, simultáneamente, un estar en, con y para el otro, misteriosamente profundo y lleno de amor.
Como el Buen Pastor, también su imagen sabe de una fidelidad de pastor o paternal, que puede decir de sí mismo: “El Buen Pastor da su vida por sus ovejas” (Jn 10,11).

5.1.5. Entrega, respeto y confianza: elementos del amor paternal

Como todo auténtico amor, el amor paternal comprende tres elementos: entrega, respeto y confianza.
La entrega paternal requiere por eso un perfeccionamiento y una coronación en el respeto paternal ante la dignidad y grandeza puesta por Dios en el tú. Al mismo tiempo exige una confianza inconmovible en su persona y en su misión.

Esta triple actitud fundamental en el educador despierta naturalmente la misma actitud tridimensional en el educando. Si estas actitudes se encuentran entre sí, sólo entonces se crea la atmósfera en la cual es posible lograr una educación que cale profundamente. En la medida que falte uno u otro de esos elementos, todas las acciones educativas que se emprenden resultarán ilusorias y no rara vez producirán el efecto contrario. El conocimiento de esta interrelación es norma y medida para toda la educación.
El amor paternal busca su complementación en la sabiduría y el cuidado paternales.

5.2. La sabiduría paternal

La sabiduría paternal abarca una múltiple función:
Ante todo recibe el amor filial que ha despertado aceptándolo con sencilla naturalidad, sincera gratitud y profundo respeto. Además se preocupa cuidadosamente de tratarlo según la ley de la transmisión y traspaso orgánico.

Desde el punto de vista pedagógico, el traspaso hacia el mundo sobrenatural se realiza de una triple manera. Por medio de indicaciones que provienen tanto del ser como de las palabras del educador; por una renuncia consciente, guiada por la prudencia, a estar físicamente el uno junto al otro y por los mutuos desengaños.
Guía en este proceso vital es la sentencia de Juan Bautista: “El debe crecer y yo disminuir” (Jn 3,30). Esto quiere decir: Dios debe pasar más y más al primer plano, mientras que el educador se va desplazando con más fuerza del campo conciencial del educando, no obstante, sin que se pierda por eso el contacto vital entre ambos. De allí que hablemos conscientemente de la ley del traspaso orgánico y no de un traspaso mecanicista.

La sabiduría paternal cultiva cuidadosamente una libertad interior unida a una intocabilidad exterior, de acuerdo al sentido común y al estado de vida. Conoce una eterna “unidad de tensión” entre cercanía y distancia, entre severidad y bondad; en una palabra, imita en todas las situaciones la sabiduría educadora del Padre Dios.

5.3 El cuidado paternal

El cuidado paternal lucha por adquirir el arte de abrir las almas, del saber escuchar y adivinar lo que se quiere decir. Igualmente trata de adquirir la maestría del saber conducir en forma esclarecida y firme.
No se trata aquí tan solo de una introducción general al amor como ley fundamental del mundo y a la ley fundamental de la vida y de la educación que de ella se deduce: todo por amor, todo a través del amor y todo para el amor. Quien conduce en forma esclarecida sabe que cada individuo como pensamiento y deseo original y encarnado de Dios, —en cuanto desde toda eternidad es y será co-pensado originalmente en el Verbo Divino y originalmente co-amado en el Espíritu Santo— posee una misión de amor individual y personalísima. Esta misión se determina más exactamente por la propia estructura personal, por las inspiraciones (de la gracia), a través de las circunstancias externas y por la autoridad dada por Dios. Dicho más exactamente, entonces la ley fundamental de la vida recibe ahora el siguiente cuño: todo a partir de un amor original, todo a través de un amor original, todo para un amor original.
Con esto delineamos la doctrina schoenstatiana sobre el ideal personal que será expuesta posteriormente.

6. PATERNIDAD Y MATERNIDAD

Según la sabia doctrina y experiencia de vida de san Pablo, la paternidad sacerdotal debe ser complementada, profundizada y perfeccionada por un toque de maternidad sacerdotal. Paternidad y maternidad deben estar unidas en una permanente “unidad de tensión” a fin de lograr que el individuo mismo madure hasta alcanzar una perfección pedagógica.
Por eso Pablo reclama para sí ante sus comunidades no sólo una posición de Padre, sino también —incluso de forma extraordinariamente fuerte— una actitud y funciones maternales. De hecho, este hombre, que puede ser duro como el diamante, posee una extraordinaria actitud maternal, tierna y profunda. Expresa sus dificultades en su labor educativa con aquellas clásicas y siempre válidas palabras: “Hijitos míos, sufro dolores de parto hasta que Cristo haya nacido de nuevo en vosotros” (Gal 4,19).
San Agustín expresa el mismo pensamiento cuando dice: “Tenemos el valor y la osadía de llamarnos madres de Cristo”.

En esto juega un papel esencial la concepción de que Cristo en sus miembros, unido a nosotros, clama por su Madre, quien debe hacerle lugar en las almas y quien, en cierto modo, nuevamente debe darlo a luz allí.
De aquí se sigue que el educador ideal vive una permanente “unidad de tensión” entre amor paternal y amor maternal, entre sabiduría paternal y sabiduría maternal, entre cuidado paternal y cuidado maternal. 

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