miércoles, 27 de marzo de 2013

Una Iglesia pobre, humilde y orientada al mundo


(Después de la elección del nuevo Papa, Francisco I,seguimos trayendo a la consideración de los lectores del Blog algunas reflexiones del Padre Kentenich (de los años 1965-1968) sobre la Iglesia después del último Concilio. Hoy continuamos con la publicación de los textos que iniciamos el miércoles, 13 de febrero de 2013.)

Una Iglesia fraternal, pobre y humilde

Una Iglesia fraternal (…). ¿Cuál era la imagen de la Iglesia en el pasado?
Una Iglesia enteramente autoritaria. Esto lo podemos decir ahora sin temor a que se nos contradiga: una Iglesia regida dictatorialmente (…). Sabemos cómo Juan XXIII se considera a sí mismo hermano de todos. Él quería ser hermano para que la Iglesia llegara a ser fraternal (…). De este modo, se da un quiebre con una Iglesia regida dictatorialmente. En su lugar, se acentúa el estar fraternalmente el uno junto al otro, el actuar en común, el actuar en conjunto de todo el pueblo de Dios (…).

La Iglesia, así nos lo ha dicho el concilio, debe ser cada día más y más una Iglesia pobre; una Iglesia que ama para sí misma la pobreza, que cada día toma más y más distancia de la pompa. Pero que a la vez es amiga de los pobres, que no busca constantemente ni mendiga la benevolencia y complacencia del Estado.

Una Iglesia humilde (…) que confiese la propia culpa y tenga el valor de pedir perdón. Una Iglesia, por lo tanto, enteramente diferente a la que habíamos conocido con anterioridad. Pensemos en el actual Santo Padre (Pablo VI). Uno de sus actos más significativos ha sido pedir perdón a otras religiones por cuanto la Iglesia pudo haber hecho mal respecto a ellas en los siglos pasados. ¡Una confesión de pecado! (…).

Una iglesia orientada al mundo

Hemos destacado cómo la Iglesia peregrina se caracteriza también por su marcada orientación al mundo (…). De acuerdo a lo que se nos enseñó, especialmente tratándose de la generación más antigua, estábamos acostumbrados a la siguiente formulación: el hombre está en la tierra para salvar su alma. El orden de la salvación era visto en forma extraordinariamente individualista. Se trataba, por lo tanto, de una relación individual con Dios.

Hoy, en cambio, se acentúa más lo social o la orientación al mundo. Naturalmente, no debemos pasar por encima el hecho de que la antigua forma de pensar no se hubiese preocupado y esforzado también por la salvación de todo el mundo. Pero se partía más bien del pensamiento: si cada uno se esfuerza por la salvación de su alma, en último término tendremos la salvación de todos. Hoy día constatamos una diferencia. Ya no está el yo en primer plano. Esto no quiere decir que no deba ser tomado en cuenta; sólo digo, que no está tanto en primer plano; más bien lo está la comunidad de los santos y el impulso hacia el mundo (…). La Iglesia quiere poner en forma más vigorosa primariamente el "nosotros" en primer plano; primero la comunidad, y luego el individuo como miembro de la comunidad (…).

La Iglesia debe ser, tal como en el cristianismo primitivo —y como siempre debiera haberlo sido— alma de la cultura, alma de todo el mundo actual. Se debe vencer la separación entre Iglesia y cultura, entre Iglesia y mundo. La Iglesia debe llegar a ser alma de toda esta cultura actual, tan convulsionada y mundana; de esta naturaleza tan influenciada por la acción del demonio (…).

¿Qué significa el imperativo: "Id por todo el mundo"? Significa dinamismo en toda su amplitud (…). No proclamamos una huida del mundo, tampoco un mundanismo o una avidez por el mundo; no nos contentamos con vencer al mundo, sino queremos que la Iglesia penetre el mundo. Debe impregnarlo hasta llegar a ser alma del mundo

miércoles, 20 de marzo de 2013

Iglesia peregrina


(Ante el anuncio de la renuncia del Papa Benedicto XVI,y después de la elección del nuevo Papa, Francisco I,seguimos trayendo a la consideración de los lectores del Blog algunas reflexiones del Padre Kentenich (de los años 1965-1968) sobre la Iglesia después del último Concilio. Hoy continuamos con la publicación de los textos que iniciamos el miércoles, 13 de febrero de 2013.)


Una Iglesia peregrina. Podemos aplicar algo semejante a lo dicho a una segunda expresión: pueblo de Dios-Iglesia peregrina (…). ¿Qué se quiere decir con la expresión "Iglesia peregrina"? Cuando hablamos de peregrinación nos referimos a una imagen peculiar de la Iglesia, que está constantemente en movimiento, peregrinando. Nuevamente encontramos la contraposición entre una Iglesia tal como se la veía en el pasado, enteramente aislada, y ahora una Iglesia que peregrina. Antes, una Iglesia sedentaria; ahora, peregrinando, siempre en movimiento (…).

Toda nuestra vida no es otra cosa que una gran peregrinación. Somos una Iglesia que se encuentra constantemente en camino (…). ¿Cuál es su meta? Nuestro camino se inicia en Dios y va hacia Dios. Venimos a este mundo partiendo de Dios y regresamos nuevamente hacia Él. Una gran peregrinación de Dios a través del mundo. Si queremos llenar nuevamente de contenido la expresión "Iglesia peregrina", en contraposición a la concepción anterior, debemos decir que el polo opuesto a la Iglesia peregrina es la Iglesia instalada, inconmovible, que en general ha olvidado ponerse en movimiento y emprender una lucha y una cruzada victoriosa.

¿Cuáles son las características de la Iglesia instalada? (…).

En primer lugar, es una Iglesia orientada hacia lo exterior-jurídico, que no desea ser perturbada ni desde dentro ni desde fuera. Por eso, todo lo determina en forma jurídica. La Iglesia instalada ve su seguridad en el apego esclavizante a las determinaciones jurídicas. Evidentemente con esto no queremos decir que una Iglesia instalada deba ser reemplazada por una Iglesia peregrina en la cual no existan obligaciones jurídicas (…). Como comunidad no podemos existir sin obligaciones y sin leyes. Por lo tanto, lo que se desea es encontrar el justo medio; y considerar que se trata de acentuaciones (…). La Iglesia instalada quiere asegurar su existencia por medio de un ejército de determinaciones legales (…).

En segundo lugar, la Iglesia instalada está condicionada a que le vaya bien, a que exista suficiente de comer y de beber. Esto no quiere decir que la Iglesia peregrina deba prescindir de ello. Lo central en esto es dónde se pone el acento. En la Iglesia instalada, todo tiene que estar firme y asegurado de manera burguesa (…). Quiero estar bien aquí en la tierra, en la Iglesia instalada, y quisiera también estar bien allá arriba en el cielo.
¿Comprenden lo que queremos decir con todo esto?

Según esta concepción, cualquier tipo de audacia es sofocada. Quisiera destacar esto en forma crasa, aún con mayor claridad: en una Iglesia instalada, con el tiempo, la fe se vuelve anémica. ¿Por qué? Porque en un estilo de vida burgués, y también en una vida religiosa burguesa, la fe pierde un rasgo que le es esencial: el riesgo. En una Iglesia instalada, no arriesgo nada, no me atrevo a renunciar a este o a aquel bien burgués cuando la fe y el espíritu de Dios me piden esto o aquello. No me arriesgo a vivir el espíritu del cristianismo; me siento feliz cuando las obligaciones jurídicas son mantenidas a toda costa.

Hoy día nos quejamos por todas partes de que la fe se ha vuelto extraordinariamente anémica, y buscamos las causas para explicar este fenómeno. Aquí tenemos una causa relevante: la fe que cultivamos durante siglos era una fe "plana", anémica, que había perdido la costumbre de asumir riesgos (…).

Cuando los apoyos humanos desaparecen, quedamos como en el aire. Sólo nos resta dejarnos caer en las manos de Dios. En esos momentos estamos obligados a renunciar a todo o a volver a nuestro aburguesado estado de satisfacción. Lo anterior no quiere decir que antes no hayan existido riesgos. Pero, en último término, el riesgo verdadero consiste en que, aunque humanamente no tengamos nada en qué apoyarnos, confiamos en que lograremos lo que esperamos. En este contexto podemos comprender qué gran tarea plantea el concilio a la Iglesia actual. En este sentido, el obispo de Maguncia usa con gusto una frase que creo nos viene bien a todos nosotros: "el concilio le ha hecho difícil ser católico al católico actual" (…). Se nos ha hecho difícil el ser auténticamente católicos. Se nos ha hecho difícil la fe, especialmente en un mundo en el que los católicos, en particular, tienen o bien se les concede verdaderamente muy poca influencia; sí, en el que no es ningún honor especial ser católico, particularmente ser sacerdote. ¿Ven ustedes? El Padre Dios nos ha dificultado las cosas. Es más difícil que en los años pasados. Debiéramos estar agradecidos y casi pedir que nos sea difícil ser católicos (…). Si Él no nos lo hace difícil, más tarde tendremos mayores dificultades en nuestra labor apostólica para lograr infundir en otros la actitud de riesgo (…). Tenemos que dar el salto de la fe, simplemente tenemos que entregarnos sin reservas a la conducción divina (…).

miércoles, 13 de marzo de 2013

Iglesia, familia de Dios


(Ante el anuncio de la renuncia del Papa Benedicto XVI, el autor de este Blog quiere traer a la consideración de los lectores del mismo algunas reflexiones del Padre Kentenich (de los años 1965-1968) sobre la Iglesia después del último Concilio. Hoy continuamos con la publicación de los textos que iniciamos el miércoles, 13 de febrero de 2013.)

¡Familia de Dios! En una familia de Dios no existe una obediencia militar sino una obediencia familiar. Deberíamos consultar, en este contexto, las constituciones de nuestras Hermanas de María. Allí encontrarán exactamente esta formulación: conocemos en nuestra Familia, justamente porque somos familia, sólo una obediencia familiar. A su esencia pertenece, en primer lugar, una gran dosis de corresponsabilidad y, luego, de franqueza. Lo propio de una obediencia familiar es una profunda y amplia corresponsabilidad.
No se trata aquí simplemente de matices o de juegos de palabras. Recuerden lo que hablábamos acerca del orden social y de pluralismo. ¡Cuán importante es la corresponsabilidad —también respecto a lo religioso— en un orden social pluralista! Tal como en una familia, no solamente responsabilidad por el puesto que tengo, ni sólo responsabilidad frente a mí mismo. Debemos superar al hombre masa. No queremos un rebaño. La familia no conoce el tropel. La familia conoce personas. Para mí siempre fue motivo de orgullo educar a hombres que poseyesen una originalidad personal (…).

Si no logramos educar hombres que sepan decidir por sí mismos y que, a partir de esa autoeducación, sean capaces de realizar con vigor lo decidido, humanamente hablando nos encontraremos desvalidos ante el mundo moderno: doblemente si miramos al campo contrario. Pensemos, por ejemplo, en el bolchevismo y en todo lo que posee un ropaje semejante; allí la personalidad es barrida por la obediencia. En cambio, una obediencia sana, familiar, no suprime la personalidad; al contrario, crea personalidades. Personalidades que saben unir la obligación, la obediencia y la libertad (…).

Ahora bien, para no quedarme demasiado en lo teórico, quiero relatarles lo que he prometido recientemente al obispo de Maguncia, a mi obispo. Mientras se encontraba en Roma (a causa de las sesiones conciliares) congregó a su cabildo acogiéndome en forma oficial y solemne en el clero de su diócesis. Al terminar expresé también mi "promitto". ¿Qué quería decir con mi "adsum"? En el nombre de toda la Familia de Schoenstatt, de la diócesis de Münster, y en cierto sentido en nombre de toda la Familia, le prometía que nosotros queríamos esmerarnos para que la diócesis llegara a ser, en el sentido eclesial, verdaderamente una familia. Con ello se señalaba una gran tarea con la cual debemos cooperar en todas las diócesis en las que nos encontremos. Una familia es impensable sin un pater familias. Con ello expresamos nuestra protesta contra una cierta concepción moderna (…). Hoy sólo se habla de compañerismo o fraternidad. Frente a esta concepción, nosotros sostenemos, en forma sobria, firme, clara y decidida que no hay fraternidad sin paternidad (…).

Por otra parte, se sostiene que la Iglesia no puede ser considerada actualmente como una familia por el hecho de que sus miembros son muchos. Familia —se afirma— sólo es posible allí donde el número de los miembros es reducido. Sin embargo, se deja de ver algo que se puede observar en el orden natural. No sólo hay familias pequeñas: existe también la gran familia, la que está compuesta de pequeñas familias. Podemos comprender lo que esto significa para nosotros. En primer lugar que la diócesis representa una familia que tiene a su cabeza un paterfamilias; en segundo lugar, que esto es condición para que la Iglesia en su totalidad sea una familia. Pequeñas familias constituyen una gran familia. Pero la diócesis es demasiado grande (…). Nuevamente, si ustedes no presuponen un número considerable de pequeñas familias —éstas pueden ser familias en el orden natural o comunidades cristianas de carácter familiar— entonces el carácter familiar de la Iglesia no está suficientemente asegurado (…).

miércoles, 6 de marzo de 2013

Iglesia, pueblo de Dios


(Ante el anuncio de la renuncia del Papa Benedicto XVI, el autor de este Blog quiere traer a la consideración de los lectores del mismo algunas reflexiones del Padre Kentenich (de los años 1965-1968) sobre la Iglesia después del último Concilio. Hoy continuamos con la publicación de los textos que iniciamos el miércoles, 13 de febrero de 2013.)

Nuevamente surge la pregunta: ¿cómo se autodefine la Iglesia? Primero, como pueblo de Dios. El uso de esta expresión de inmediato manifiesta la oposición a una Iglesia concebida básicamente con un carácter marcadamente jerárquico o conducida dictatorialmente. También en esto percibimos la reacción pendular propia de las corrientes culturales, que se puede comprobar en el ámbito eclesial. "Pueblo de Dios": en esto está presente, de alguna manera, la consigna: "Que descienda la Jerarquía". ¿Hasta dónde? Al mismo nivel del pueblo. Se debe romper esa fuerte oposición entre el que gobierna y los dirigidos. Por eso se dice: "Todos estamos al mismo nivel". Los obispos, también el Papa, todos pertenecen al pueblo de Dios. Naturalmente nos podemos imaginar que en esto se haga presente una concepción no esclarecida que lleva a decir: "Todo el que destaque sobre el pueblo de Dios, es decir, el que asuma un lugar especial en el pueblo de Dios, debe ser segado, no debe existir. Los obispos están a un mismo nivel que nosotros en el pueblo de Dios. Derechos especiales, derechos de la Jerarquía, que Dios haya concedido a la Iglesia, son cuentos del pasado: ¡Todos tenemos el mismo derecho!".

Podemos constatar, de este modo, cómo el rasgo democrático que debe existir en la Iglesia se convierte en un democratismo que tiende a invadirlo todo (…). Hoy se habla de "ser compañeros", de fraternidad. Todo esto es verdadero y correcto en sí; sin embargo, está marcado por la misma tendencia: un cierto igualitarismo.

Consideremos nuevamente esto según la concepción orgánica. De acuerdo a ésta, a cada miembro le está reservado el lugar que le corresponde en el organismo total. Debemos acabar con ese mecanicismo que todo lo extrapola. Podemos marcar diversas acentuaciones: un día más de esto, mañana más de lo otro. Si no actuamos orgánicamente, seremos constantemente arrastrados por el oleaje de la vida, y, en último término, llegaremos a la conclusión de que todo ha sido un simple juego. Lo que ayer alabábamos y adorábamos, ahora es quemado. Y mañana, nuevamente exaltado. Por eso, es preciso mantener una línea clara (…).

Cuando hablamos de "ser compañeros" —y como hemos dicho, la expresión se justifica especialmente en contraste con el autoritarismo propio del pasado— lo hacemos pensando en la "paternidad", tal como la concebimos nosotros. Esta siempre implica una gran cuota de cercanía, mayor aún que si hablásemos sólo de "ser compañeros" (…). Si al tener un puesto de responsabilidad yo me considero como el señor y dueño y miro a los otros como sirvientes, no puedo hablar de paternidad. Por paternidad entendemos más bien una fuerza creadora (…). Paternidad espiritual es fuerza que gesta; una fuerza de gestación espiritual (…). ¿Qué quiere decir "engendrar"? "Productio viventis a principio ciuncto in similitudinem naturae" (la producción de un ser viviente a partir de un principio viviente unido a él, semejante en su naturaleza al que lo produjo). Una frase erudita llena de contenido. No sé si en su tiempo Alban Stolz, al explicar su concepto de educación, pensó en esta frase de Boecio. En todo caso, como él explica y define la educación, vierte en ella en forma sencilla y popular lo que enseña Boecio. Educar consiste para él en "mantener un vivo contacto". Un contacto vital (entre el educador y el educando).

Cuando actúo como educador, quiero transmitir creadoramente mi vida a quien tengo ante mí. Pero ésta no es una acción unilateral. Se trata de mantener un contacto vivo; la vida que poseo y que brota de mí quiere ser traspasada al otro. Pero no sólo yo salgo al encuentro de la persona que tengo ante mí, sino que ella también sale a mi encuentro. Yo despierto vida, vida que es original, y yo asumo esa vida en mi propia persona.

Por lo tanto, no sólo soy yo quien engendro. El que está ante mí también realiza un acto creador. No consideremos la educación como un negocio indigno. Lo repito nuevamente: el que está ante mí también ejerce la acción de engendrar vida respecto a mi persona, tal como yo frente a él, e incluso tal vez en forma mucho más vigorosa que yo.

No piensen que al decir esto abogo por una humildad mal entendida. Ustedes mismos tienen que hacer la prueba en la vida (…). Si no asumo la corriente de vida que brota del otro, si no la incorporo en mi corriente de vida, no se logra generar una fuerza creadora, no se produce la acción de engendrar. La persona que está ante mí es un ser espiritual vivo, y éste no sólo se deja formar por otro: a su vez también quiere actuar creadoramente.

Se trata de un proceso vital singular, de un proceso vital misterioso. Es propio de la paternidad recoger por todas partes la vida. La paternidad no consiste únicamente en actuar engendrando sino también en ser formado uno mismo por esa acción de engendrar (…). Este proceso, en definitiva, llega a establecer una profunda y real comunidad de vida. Otro modo de actuar (relación señor-sirviente) puede ser que represente una sociedad, que engendre esclavos, pero de ninguna manera seres humanos ennoblecidos en su naturaleza.

En el fondo, mantener ese contacto vital es propiamente lo que hoy se quiere con la expresión "ser compañeros". El concepto de "compañero" es una protesta ante una falsa concepción de paternidad o de "dominatio", ante la dictadura o como se quiera llamar (…).

¿Qué queremos ser? ¿Qué quiere el Padre Dios? Él quiere congregarnos en un pueblo suyo. Pero escuchen bien: ¡Pueblo de Dios! Por lo tanto, Dios es el Padre, nuestro Padre común. Todos tenemos derecho a rezar el Padrenuestro, sea que me llame Papa, obispo o jardinero, o lo que sea. Todos somos pueblo de Dios. Pertenecemos al Dios vivo y eterno. Podemos comprender fácilmente que la expresión "pueblo de Dios" carece de sentido para una persona o sociedad que desconoce la paternidad, especialmente si ya no tiene sentido de Dios. Si descartamos a Dios, estas definiciones no sirven de nada (…). En cambio, si mantenemos la visión de conjunto y tenemos ante nuestros ojos aquellas verdades centrales, entonces esas expresiones se llenan de contenido, no se gastan ni se reducen a puras formas, o a fórmulas carentes de contenido. ¡Pueblo de Dios, hijos de Dios! Nosotros hemos usado la expresión "familia de Dios" para expresar este concepto (…).

miércoles, 27 de febrero de 2013

Dinamismo eclesial (3)


(Ante el anuncio de la renuncia del Papa Benedicto XVI, el autor de este Blog quiere traer a la consideración de los lectores del mismo algunas reflexiones del Padre Kentenich (de los años 1965-1968) sobre la Iglesia después del último Concilio. Hoy continuamos con la publicación de los textos.)


…………. Por lo tanto ¿cómo se comprende a sí misma la Iglesia a partir del concilio? Inmediatamente debemos suponer que no en forma enteramente contraria a como lo hacía antaño. Su auto-comprensión esencial permanece. Pero podemos hablar, en este sentido, de diversas acentuaciones (…). Acentuaciones que Dios espera y exige a través de la situación actual.

Influencia constantiniana

En este contexto, quisiera recordar que la Iglesia, en los siglos pasados, sufrió extraordinariamente por la declaración constantiniana. Constantino no sólo hizo a la Iglesia de derecho público sino que la unió estrechamente al Estado. Con ello la vinculó a una determinada concepción estatal. El derecho estatal fue aplicado y orientado a la Iglesia. Mejor dicho, la Iglesia se orientó por él. Por eso, durante siglos, el concepto de obediencia y de autoridad estuvo marcado por esta realidad. Incluso podemos decir, sin ser injustos y sin distorsionar la verdad, que desde entonces se ha practicado básicamente en la Iglesia un estilo de obediencia militar. Incluso los obispos, por el derecho constantiniano, e influenciados por la concepción constantiniana de la Iglesia, se concebían no sólo como príncipes de la Iglesia sino también como príncipes en el Estado.

¡Cuánto poder estaba depositado en aquella época en manos del obispo! poder político, poder religioso; sí, incluso se podría hablar de una cierta "omnipotencia" del obispo. Hoy día estamos acostumbrados a constatar —o por los menos a indagar— que el poder es un peligro más grande para la sociedad que los problemas en relación al sexo. Nos llama la atención cuán rápido se convierte la posesión del poder en avidez de poder (…). De ahí que después de la democratización del mundo, ésta haya hecho sentir su influencia en el ámbito de la Iglesia y la haya impulsado a realizar un cambio ciertamente querido por Dios.
Hoy, todo tiende a favorecer lo democrático. Naturalmente aquí yace de nuevo el peligro —y el demonio ha abusado bastante de él— de que los rasgos democráticos en el gobierno de la Iglesia degeneren en un democratismo. Siempre constatamos lo mismo: puntos débiles o perspectivas de suyo correctas, son ampliamente malversadas o distorsionadas por el demonio.

Como pueden ver, mi interés nuevamente es acentuar el "et-et", y no el "aut-aut"[1] (…). Quisiera llamar la atención sobre la tragedia —quizás podríamos expresarlo así— que significó Constantino para la Iglesia. Digo "tragedia", al menos desde un determinado punto de vista.

¿Cómo era la situación en los inicios? ¿No tenía antes la Iglesia una orientación más acentuadamente democrática? No en relación al hecho de que no haya existido una jefatura; pero si en cuanto existía un sentido para la mutua pertenencia interior entre la autoridad y la comunidad: había solidaridad. El jefe, la jefatura, el sacerdocio, los obispos, mantenían un estrecho contacto con el pueblo. Ahora bien, a través de Constantino, el sacerdocio, y especialmente el episcopado, se constituyó en un estado propio. Por cierto esto habría sucedido de todas maneras —donde hay una comunidad allí también debe haber una cabeza—. Que luego se haya constituido una cierta comunidad (de quienes sustentaban la autoridad) es algo evidente (…); pero esta comunidad no debía constituir una casta.

¡Cuán hondamente ha dañado todo esto a la Iglesia en el correr de los siglos y de los milenios! ¡Cómo se siente aún hoy, incluso en círculos católicos, el hecho de que la Iglesia se mancomune con una casta superior! En Baviera, hasta hace poco, los obispos eran elevados al estado de la nobleza. Con ello quedaban también obligados ante el Estado.

(continuará)

[1] El “y-y” y no el “o-o”. Con ello el Padre Kentenich denuncia una mentalidad que denomina “mecanicista”. Para esta mentalidad es difícil captar la realidad en su totalidad. Ve las partes de un todo en sí mismas, pero no en su mutua relación. Le cuesta captar las funciones complementarias de los diversos componentes de un todo. De allí que, por ejemplo, difícilmente visualiza la armonía entre autoridad y libertad, persona y comunidad, Iglesia y mundo, etc. El Padre Kentenich opone a esta mentalidad mecanicista o separatista la mentalidad “orgánica”, que sabe ver las partes en su función propia y en su mutua dependencia y condicionamiento dentro del todo. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Dinamismo eclesial (2)


(Ante el anuncio de la renuncia del Papa Benedicto XVI, el autor de este Blog quiere traer a la consideración de los lectores del mismo algunas reflexiones del Padre Kentenich (de los años 1965-1968) sobre la Iglesia después del último Concilio. Hoy continuamos con la publicación de los textos iniciados la semana pasada.)


Una iglesia dinámica (continuación)

……….. Queda atrás una exagerada concepción tradicionalista y se camina hacia una concepción progresiva.

Hasta el momento, la Iglesia se había dejado inspirar por el pensamiento: tu es Petrus et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam ("Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"). Se considera entonces a la Iglesia como una roca en medio del oleaje del tiempo. Aquel que quiera recibir la salvación de Dios, debe encontrar el camino hasta esa roca. De allí que existe un cierto aislamiento de la Iglesia en medio de la conmoción del tiempo moderno. La Iglesia ha estado y aún hoy sigue estando —así se afirma a menudo en la actualidad— casi como un bloque errático y aislado en medio del mundo. Y este mundo, en vez de esforzarse por alcanzar en su peregrinación esa roca, cada vez se aleja en el horizonte más y más de ella. Por eso buscamos un mayor dinamismo. Por eso nos desligamos de un conservadurismo rígido.

Si permanecemos en la imagen de la roca, tendríamos que decir que la Iglesia debe esforzarse por movilizar esta roca hacia el mundo moderno. Sospechamos lo que esto significa: una fuerte transformación del pensamiento eclesial. Y si la concepción de la Iglesia sufre transformación, entonces también debe sufrir una transformación el "sentire cum Ecclesia" (sentir con la Iglesia). Si en medio del oleaje y de las tormentas, la Iglesia, ahora más que antes, se sabe orientada hacia la más nueva orilla, quiere decir que el "sentire cum Ecclesia" debe impulsarnos a hacer nuestra esta concepción. Por lo tanto, es preciso despojarse de un exagerado aferrarse a lo antiguo, para lanzarse medio a medio en el oleaje del tiempo.

Con el fin de explicar un poco más los pensamientos que hemos formulado en forma esquemática, recordemos que en la actualidad la Iglesia ha preferido otras imágenes para describirse a sí misma. Con gusto se ve reflejada en la imagen de una barca. Es esa barca que en aquel tiempo era bamboleada de un lado a otro en el mar de Jerusalén. Una barca en la cual se encuentra el Señor, aunque nuevamente parece estar dormido. Una barca que no teme el ímpetu de las olas y que valientemente navega en el mar de la convulsionada vida actual. Una vez más: una concepción dinámica de la Iglesia que expresa el fuerte anhelo de que todo el mundo sea tocado por ella. Tal como Pío XII lo expresara en su tiempo, en su clásica formulación: la Iglesia primitiva estaba compenetrada de la conciencia de misión: ella debía ser alma de todo el mundo. Durante siglos, la Iglesia se esforzó por ser alma de un mundo limitado. Ahora, la Iglesia actual quiere ser en verdad alma de todo el mundo; de ese mundo que constantemente huye de Dios. Con ello se coloca en primer plano una pastoral de búsqueda: ¡nos lanzamos en el mar del tiempo!

Por cierto, fácilmente percibimos los peligros que entraña esta concepción.

Debemos contar con que muchas circunstancias y muchas cosas se harán problemáticas. Si la Iglesia tiene el valor de lanzarse en el océano, en el barco en el cual se encuentra el Señor, pero donde tantas veces parece dormido, entonces ¡qué grande es el riesgo que implica hoy en día ser miembro de esta Iglesia! ¡Cuán grande es la audacia que se exige hoy! ¡Qué inmensas exigencias se ponen! Una confianza magnánima en que el barco no va a ser víctima de la tormenta; una gigantesca confianza en que este barco va a ser capaz de dominar su tarea. Evidentemente tendrá la tarea de recoger, a derecha e izquierda, los náufragos que sea posible rescatar en esta barca. No serán ellos los que traten de buscar y alcanzar con gran esfuerzo el camino hacia la roca. No: ahora la Iglesia misma debe buscar a los que tambalean y titubean. En medio de esta tormenta, ella misma quiere atracar en todos los continentes y en todos los lugares para buscar a todos los que están llamados por Dios y quieren tener una habitación permanente en esta barca.

¿Captamos el cambio de perspectiva? ¿Comprendemos esta transformación del modo de sentir que se pone de manifiesto en una tal concepción? (…).

Por lo tanto ¿cómo se comprende a sí misma la Iglesia a partir del concilio? Inmediatamente debemos suponer que no en forma enteramente contraria a como lo hacía antaño. Su auto-comprensión esencial permanece. Pero podemos hablar, en este sentido, de diversas acentuaciones (…). Acentuaciones que Dios espera y exige a través de la situación actual.

(Continuará la próxima semana)

miércoles, 13 de febrero de 2013

Dinamismo eclesial (1)


(Ante el anuncio de la renuncia del Papa Benedicto XVI, el autor de este Blog quiere traer a la consideración de los lectores del mismo algunas reflexiones del Padre Kentenich (de los años 1965-1968) sobre la Iglesia después del último Concilio. Salvando la admiración, el respeto y el agradecimiento que el Santo Padre merece por su vida y por su decisión, estos textos desean ayudar ante la perplejidad y preocupación que tal hecho ha causado también a muchos de nosotros. 
"La Iglesia", afirmaba el Padre Kentenich, "necesita conductores proféticos que, sin fáciles concesiones, mantengan en la doctrina y la vida aquello que posee valor esencial más allá del tiempo, y que, a su vez, sean flexibles y receptivos como para revestir creadoramente de nuevas formas el espíritu originario del catolicismo; formas que anticipen la Iglesia del futuro y le confieran solidez".

Los textos serán publicados en esta y en las próximas semanas, y están tomados de diversas charlas del Fundador de Schoenstatt. Los mismos fueron publicados por la Editorial Patris de Chile en el año 1985 en un libro titulado “Desafíos de nuestro tiempo”.)

Amar a la iglesia

El hecho de que estamos ante una nueva etapa de la historia de nuestra familia, es algo que está fuera de dudas. ¿Qué queremos poner exactamente al inicio de esta nueva etapa? O mejor dicho ¿qué es lo que pretendemos realizar en esta próxima etapa? Mi más profundo deseo sería colocar en el portal de los próximos años y siglos aquella frase que en su tiempo escribí para el Santo Oficio: "Dilexit Ecclesiam". Desearía que esa expresión se inscribiese, algún día, en mi tumba; quisiera verla allí grabada para todos los tiempos: "Dilexit Ecclesiam": "Amó a la Iglesia", a esa Iglesia que clavó en la cruz a la Familia —Dilexit Ecclesiam.

¿Cómo es este amor a la Iglesia?

De diversas maneras les he transmitido, durante estos días, aquello que dije y prometí al Santo Padre con ocasión de la inesperada audiencia que me concedió. Como Familia que ha sido desclavada de la cruz, en el futuro, quisiéramos esforzarnos, con todos los medios a nuestro alcance, para colaborar con el Santo Padre en la realización de la misión posconciliar de la Iglesia. De este modo, la expresión "Dilexit Ecclesiam" recibe un marcado y profundo significado: Schoenstatt dilexit Ecclesiam. El amor a la Iglesia nos impulsa a apoyarla en su misión posconciliar en todos los ámbitos y en la forma más perfecta posible.

Cambios de acentuación

¿En qué consiste esta misión? (…) ¿Cómo se caracteriza a sí misma la Iglesia en el concilio?
En primer lugar, quizás sería conveniente preguntarse: ¿puede existir un cambio en la comprensión que tiene la Iglesia de sí misma? Si respondemos que efectivamente se da este cambio, inmediatamente puede suscitarse una segunda pregunta: ¿no ha sido víctima la Iglesia de las modernas teorías evolucionistas? ¿Por qué no mantiene con firmeza lo que afirmó antaño? ¿Se puede en verdad dar un cambio? Sería mejor decir que es posible un cambio de acentuaciones.

¿Cómo se ve la Iglesia a sí misma en este último tiempo?

Es algo extraordinariamente positivo que se hayan congregado los representantes de la Iglesia, los cardenales y obispos de todo el mundo. Tuvieron así la oportunidad de colaborar en esta autodefinición de la nueva imagen de la Iglesia y de hacer aportes esenciales a su configuración. Más allá de todas las reflexiones, en último término, reinaba el convencimiento de que la Iglesia es regida por el Espíritu Santo, particularmente, después de que Juan XXIII había destacado ampliamente este hecho, poniéndolo en primer plano. ¡Cómo se hizo notar el efecto de la presencia del Espíritu Santo en el ámbito eclesial! Si ha habido, por lo tanto, una transformación en la auto-comprensión y en la conciencia de la Iglesia, este cambio no es un hecho fortuito, es obra del Espíritu Santo.

Una iglesia dinámica

Nuevamente la pregunta: ¿cómo se describe la Iglesia a sí misma en la constitución Lumen Gentium ? La Iglesia quiere ser vista en el futuro en toda la amplitud de su poderoso dinamismo. En el futuro, la Iglesia quiere orientarse, más decididamente que hasta ahora, hacia la nueva orilla, usando una expresión que es común entre nosotros. No quiere estar mirando constantemente sólo hacia la antigua orilla. No: quiere ambas cosas: recogiendo el pasado, mirar hacia el futuro.

Mirando al pasado se reafirman los fundamentos profundos de la Iglesia y su misión esencial para todos los tiempos, tal como han sido vistos desde el inicio, tal como fueron dados por el Espíritu Santo. Estos fundamentos se mantienen inconmovibles. Pero, a la vez, se da una orientación que conscientemente toma en cuenta los grandes acontecimientos y transformaciones del tiempo; y, de este modo, se orienta hacia las más nuevas playas. La consecuencia de todo esto es —podríamos quizás decirlo así— una suerte de revolución, una violenta conmoción. Queda atrás una exagerada concepción tradicionalista y se camina hacia una concepción progresiva. …………
(continuará la próxima semana)