sábado, 14 de febrero de 2026

LA SAGRADA FAMILIA, IDEAL DEL MATRIMONIO CATÓLICO

Ustedes saben que nuestro pequeño santuario no es sólo nuestro Tabor sino también nuestro Nazaret. Allí está contenido todo lo que está vivo en nosotros. Nuestro Nazaret, reflejo de la Familia de Nazaret. ¿Cómo aparece, qué es y qué significa esa familia? La Sagrada Familia, en primer lugar, es la imagen ideal de una familia schoenstatiana. En segundo lugar, está ante nosotros como un maravilloso reflejo de la comunidad de vida divina. Y, en tercer lugar, como un maravilloso prototipo de la comunidad de vida eclesial. Por de pronto, esto suena un tanto erudito. Pero lo que estos pensamientos quieren expresar es sumamente simple y sencillo. El primer pensamiento es fácilmente comprensible. Me refiero a que la Sagrada Familia es la imagen ideal de una comunidad familiar natural enteramente auténtica. ¿Qué significa esto?

La Sagrada Familia, ideal de una comunidad familiar natural

La Sagrada Familia, santa e ideal en su fundación. Ese matrimonio y esa familia son santos e ideales en su misma fundación. ¿Cómo se fundó la Sagrada Familia? A través de un matrimonio puro. José y María eran puros cuando contrajeron matrimonio, y puros permanecieron también dentro del marco de la familia. Una familia schoenstatiana ideal debe conservar siempre la pureza.

Me dirijo ahora a quienes Dios les ha dado la vocación de ser madres. ¿No debería ser su orgullo de schoenstatianas poder acercarse al altar con el velo blanco y la corona de mirto en la cabeza, como símbolos de una juventud vivida en pureza y virginidad? ¿No creen ustedes que debería ser nuestro mayor orgullo, como hijas de Schoenstatt que van a fundar una familia schoenstatiana, poder llevar su amor de novias puro e inmaculado al altar nupcial? También nosotros, los que estamos llamados a la virginidad, percibimos la importancia de que una familia schoenstatiana esté fundada en la pureza (…) La atmósfera de pureza, al igual que en la Sagrada Familia, debe atravesar y empapar constantemente a la familia. No sólo existe una pureza virginal, sino también una pureza matrimonial. También en el matrimonio hay una forma de pureza que, en todo caso, posee sus propias leyes. Serva lilia, ¡conserva la azucena! Así está escrito en un antiguo escudo. Una vez más contemplo a la Sagrada Familia. Fue santa, fue ideal la fundación de esa familia, porque se originó y quedó cimentada en la pureza. Serva lilia! También nosotros queremos conservar pura la azucena, cada uno a su manera: quien esté llamado a vivir virginalmente, en forma de pureza virginal; y quien luego contraiga matrimonio, lo hará ahora en forma de pureza virginal y más tarde como pureza matrimonial.

La Sagrada Familia, santa e ideal en sus miembros. La Sagrada Familia es ideal también en sus representantes, en las personalidades que la conforman. Pues, ¿quiénes integran la Sagrada Familia? El Señor, la querida Madre de Dios y el modesto, sencillo y fiel san José; ellos fueron personas santas. Pero ¿saben ustedes lo que implica tener como miembros de la Sagrada Familia a personajes santos? Quisiera, ante todo, centrar la atención en dos puntos:

a) Personalidades autónomas

b) Personalidades discretas

a) Personalidades autónomas. Ustedes ya habrán oído decir antes que ninguna comunidad puede ser auténtica si no está edificada sobre personalidades originales, vigorosas, autónomas. Ahora vemos de pronto ¡cuán naturales, cuán vigorosos y cuán singularmente originales son los personajes que constituyen la Sagrada Familia! Son tan originales que cada uno representa por sí solo un orden propio. Jesús representa un orden absolutamente propio: él es un Hombre-Dios. No hay nada que se le iguale. La santísima Virgen, como la Inmaculada, es un mundo por sí mismo. San José también es un mundo propio, autónomo. Ideales son los miembros de la Sagrada Familia porque fueron personalidades santas y autónomas.

Y si más tarde ustedes se casan, no deben olvidar lo siguiente: por grande y fuerte que pueda ser mi capacidad de entrega, también en mis años de juventud debo procurar constantemente que esa capacidad permanezca igualmente grande, fuerte y vigorosa en mí: la voluntad de guardarme a mí misma. ¡No sólo entregar, sino también preservar! ¡Ser enérgica, ser autónoma, ser una personalidad! Una y otra vez lo hemos oído decir en el ambiente schoenstatiano: debemos llegar a ser personalidades vigorosas.

Por eso debemos cultivar el núcleo de la personalidad que se expresa en el ideal personal según el cual forjamos nuestra vida. No deben pensar que ahora pueden jugar y que más tarde podrán ser madres sencillas y discretas. Debemos aprender a gobernar nuestra vida desde ahora mismo. ¡Qué extraordinario es poder decirse a sí misma: ante mí tengo mi ideal de familia, según el cual me estoy formando para poder ser más tarde una valiosa piedra en la construcción del edificio de una santa familia schoenstatiana!

b) Personalidades discretas y silenciosas. He querido destacar un segundo aspecto que hace grandes a los miembros de la Sagrada Familia: ellos son personas discretas y silenciosas. Los tres tienen sus secretos. Cada joven debe ser un secreto. Cuando ya no tenga secretos en el fondo de mi alma, habré perdido simplemente lo más hermoso de mi ser de niña y, más tarde, me sentiré vacía, no tendré profundidad. La Virgen María tuvo su secreto y ni siquiera se lo comunicó a san José. Éste quería abandonarla, separarse de ella. Y, no obstante, la Virgen guardó su secreto. Ésa es su insondable profundidad. Ella conservó todas esas palabras en su corazón. Ella protegió el secreto que, en forma admirable, llevaba en su corazón. María estaba convencida de que Dios quería que ella guardase su secreto. Él también podía comunicárselo a san José. Y Dios así lo hizo. El Señor también tuvo su secreto. No hubo un jugueteo constante, un oscilar de un lado a otro. Ustedes saben muy bien cómo actuó el Señor en su momento, cuando se apartó de su padre y de su madre, de sus parientes. Allí está él, grande y fuerte, movido por una conciencia divina de sí mismo: “¿No sabían que…?”.

¡Cómo se ilumina súbitamente el ideal ante nosotros! Si más tarde, quiero ser en la familia un punto de apoyo de la comunidad, un vigoroso pilar, entonces desde ya me dejaré educar para la capacidad de callar, para la autonomía. Por otra parte, aquellas que están llamadas a la virginidad no deben creer que el ideal del matrimonio no sea algo grandioso, que no pone grandes exigencias. Obviamente, si ustedes se imaginan el matrimonio y la familia como un constante probar, juguetear y disfrutar, entonces, tampoco deben hablar de la familia ideal, de una familia schoenstatiana. Por lo tanto, tampoco pueden opinar que tal familia pueda ser fuente de vida para la Iglesia joven. Un matrimonio ideal es hoy algo tan poco común, algo tan grande, que realmente debemos rezar para que Dios suscite muchas vocaciones al matrimonio dentro de la Familia. ¡Naturalmente, no como si con ello menospreciáramos el ideal de la virginidad! Ambos son grandes ideales que Dios ha depositado en el seno de la Iglesia. Cada cual debe recorrer por su cuenta el camino de su vida. Pero hoy quiero destacar fuertemente el ideal matrimonial para que no piensen que, como Familia de Schoenstatt, todos, sin excepción, estamos orientados a la virginidad. Toda vocación, también la vocación familiar y maternal, encuentra acogida entre nosotros.

  Plática a la Juventud Femenina de Schoenstatt, 11 de agosto de 1936  

viernes, 6 de febrero de 2026

COMO MARÍA, MANO A MANO CON SAN JOSÉ

Plática de 1934

La santísima Virgen debe haber tenido un amor tierno y profundo hacia san José; debe haber vivido una confianza sin reservas ni límites y una entrega incondicional de su vida a él. Cuando digo que ella le dedicó el trabajo de su vida, ¿me comprenden bien? Ustedes dirán: ¡pero si ella se consagró a Dios! Es verdad. Si observamos las circunstancias del Reino de Dios, constatamos que la santísima Virgen es en todo la exacta antítesis de Eva. Eva pecó por desobediencia. ¡No quiso servir! Por eso, la santísima Virgen proclama al mundo: “Ecce ancilla Domini”. El servicio de sierva y la sumisión a toda autoridad querida por Dios son las características fundamentales de su sagrada persona.

Como María, amar a san José. ¿Es correcta nuestra percepción si decimos que ella no quiso ocupar el lugar central en la pequeña Sagrada Familia? Ella se entregó a san José. En el lugar central estaba el Señor. Ella sirvió al Señor exactamente según los deseos del Padre celestial y los de san José. Por lo tanto, ella fue igual al Señor en el cumplimiento del querer del Padre. Pues el Padre, en muchas ocasiones, quiso manifestar su voluntad a la Sagrada Familia. Y la Madre, mano a mano con san José, sirvió al Salvador según sus deseos.

Debemos decir, por cierto, que si tenemos un profundo amor a María, deberíamos también servir al Señor tal como lo desea el Padre celestial. Y con ello también a su imagen más perfecta que es san José. Al conocer más de cerca el sentido y relación interna de este conjunto, deberíamos esforzarnos no sólo por crecer en un profundo amor en general, sino también por crecer más intensamente en un profundo amor a María. Si la santísima Virgen profesó un amor tan grande por san José, entonces no puede serle indiferente cómo lo tratemos. También resuena en nuestros oídos el suave reproche que ella dirigió a su Hijo: “Hijo, ¿por qué nos hiciste esto?”. Oímos este reproche cuando no damos el lugar debido a san José en nuestra Familia. La Madre de Dios nos llama también a nosotros: “Hijo, ¿por qué nos hiciste esto? San José y yo buscamos tu amor afanosamente”. ……

Sentimos que hay en nuestros corazones cierta resonancia y cierto equilibrio en nuestro amor. El corazón puede trabajar más ricamente en todas las direcciones y estar, a la vez, más en casa en el regazo de la santísima Trinidad. ¿Y qué debemos hacer nosotros en tal sentido? Por de pronto, deberíamos apreciar más sus imágenes y estatuas. “¡Jesús, María y José: el corazón y el alma mía les daré!”. Deberíamos introducir cada vez más a san José en el círculo de amor de nuestra Familia.

La tarea de san José, enseñarnos a amar a María. Cuando la santísima Virgen encienda y desarrolle más fuertemente en nosotros una sincera devoción por san José, ¿no les parecerá natural que él considere como tarea propia tomar en sus manos la fuerza de nuestro amor y elevarla consigo hasta el corazón de la amada Madre de Dios y del Señor, y que considere como labor suya ayudarnos? Porque es muy natural que tenga particular interés en ayudarnos a comprender a Jesús y a su Madre, por haber estado tan íntimamente unido a ella, por haberla comprendido él mismo tan perfectamente. Él la amó también, la apreció, protegió y reconoció como el gran tesoro de su vida. ¿No debería consistir su misión principal en enseñarnos a amarla, a comprenderla, a quererla sincera y cordialmente? Él nos ayudará incluso a comprenderla cuando, humanamente hablando, no podamos a veces entender el sentido de sus intercesiones.

La santísima Virgen fue extraordinariamente privilegiada. Ella concibió del Espíritu Santo. San José quedó casi enteramente desconcertado con ella, pero confió. Permaneció, instruido por el ángel, sereno y fiel a ella. Así fue en esta tierra. Él nos ayudará si nos agobian los golpes del infortunio. ¡Cómo se entregó él a ella, después de que ella se entregara así a él! Esto es un hecho de la realidad objetiva.

San José debe encender nuestro amor a Cristo. Pero no basta con que él nos muestre a su esposa. Con mayor razón, depositará en nuestros brazos, en nuestro corazón, a Jesús, al Hombre Dios. Toda su vida, junto con la de María, fue un solo girar en torno al Señor. Vemos aquí que lo sobrenatural no conoce la mezquindad. La entrega, la vida de amor, la unión amorosa en el sentido divino es para él, al mismo tiempo, un movimiento del amor hacia la otra persona divina. ¿No habrá de encender san José en nosotros el amor en forma similar? Por amor a su esposa, por amor a Dios, cumplió con sencillez sus obligaciones cotidianas. Él es el gran modelo del santo del día de trabajo. Su vida se movió en un ámbito estrecho. Desempeñó su trabajo por amor al Señor.

Abbá José

Textos del padre José Kentenich

viernes, 30 de enero de 2026

SAN JOSÉ, PROTECTOR DE LOS TESOROS DEL AMOR

Plática de 1934

Esperamos de san José, quien está ante nosotros como el protector de la Iglesia, que también se muestre como protector del amor divino; de un amor divino en intenso crecimiento.

El amor implica una consonancia de afectos. Cada amor debe llegar a ser constantemente un auténtico y profundo amor a Dios. Pero el amor a Dios es multiforme. El amor a María es para nosotros amor a Dios. El crecimiento en el amor a Dios debe conducirnos, hoy particularmente, a un progresivo crecimiento en un amor íntimo a María. El amor a María es amor a Dios, de lo contrario, habría que considerarlo una idolatría. Cuando san José, por su mediación, nos obtiene un crecimiento en el amor íntimo a María —pues sabemos que el amor es una consonancia de los afectos del corazón— entonces podemos esperar también un crecimiento en el amor a san José.

Crecimiento en el amor a san José. ¿Comprenden lo que quiero decir? Hemos hablado con frecuencia del impulso del amor, de su estructura. Si el amor implica una consonancia de corazones, es evidente que, en la persona amada, amo todo lo que ella ama y ha amado. Y junto con María, después de Dios, después de Jesús, ¿acaso san José no ocupa el primer lugar? Consideren su relación con ella y la de ella con él. Si observamos bien, de los escasos pasajes de la Sagrada Escritura se desprende lo que Dios nos quiere decir: una triple actitud fundamental es la que vinculaba entre sí a las tres personas. La santísima Virgen debe haber tenido hacia san José un amor íntimo y tierno; debe haber experimentado una confianza ilimitada y sin reservas en él y una entrega incondicional de su vida hacia él.

El amor tierno hacia san José nos parece muy natural. El era un vir justus, un varón justo. Así se le llama en la Sagrada Escritura. Y así nos lo imaginamos también nosotros en su inmensa modestia, en su entrega a Jesús y a su Madre, en su dedicación a la misión de su vida. Esto lo tomamos como algo natural. Las personas predispuestas a la santidad profesan siempre alguna simpatía por las que poseen una disposición similar. Puesto que la Virgen era santa, san José también debió haberla amado.

En el transcurso de los años, hemos elaborado una religiosidad humana. Así, en general, se tiende a pensar que María y José vivieron siempre en una actitud de delicada reserva. No fue así. Ciertamente se relacionaron con un gran respeto y santa veneración. Pero, más allá de esto, sabemos que Dios había destinado a María como novia y esposa para san José. En verdad, no los unió un amor carnal. Pero hasta donde era posible, por su estado esponsal, estaban unidos el uno al otro por un amor extraordinariamente cordial, íntimo, tierno y santo. ¡Dos corazones y un solo latido! Ellos vivieron de verdad el uno en el otro, tal como nosotros aspiramos a hacerlo en nuestra Familia.

Si el amor entraña una consonancia de corazones, si el corazón de la santísima Virgen latió tan profundamente por san José, es evidente que ambos se quisieron de todo corazón. En la medida en que vivamos una profunda vida mariana, deberemos tender también hacia la devoción a san José.

Ésta es la primera actitud. ¿Y la segunda? ¡Una confianza sin reservas, sin sombras!

Una confianza sin reservas en san José. Ordo essendi est ordo agendi. En el orden de ser objetivo, san José fue regalado a la santísima Virgen como protector. De ahí también su mutua confianza sin límites. Él tiene que preocuparse de todo; para eso fue destinado por Dios. Por eso, María confió en él y no tuvo que preocuparse innecesariamente del porvenir. Por algo él asumió el cuidado principal ya sea que permanecieran en casa o tuvieran que emigrar al extranjero. Ella confía en él. Él tiene la responsabilidad principal por la pequeña Sagrada Familia.

Ésta es también la confianza que los auténticos hijos de la Iglesia han aprendido de la santísima Virgen: centrarse en san José en forma renovada, en los eventuales apuros económicos. Porque es el patrono protector de la Iglesia, el hombre sencillo, el tutor, el “padre del pan” en las necesidades materiales.

Aquí nos encontramos precisamente como una pequeña familia, en un terreno en que ya podemos hablar un poco por propia experiencia. Si el Señor nos ha ayudado hasta ahora, podemos pensar que, en gran medida, ello es un efecto de la consagración de la Familia a san José en las necesidades y preocupaciones económicas. Tardamos bastante en darle un lugar en nuestra Familia. Pero, entretanto, hemos logrado una mayor amplitud en nuestras miras…

Por eso, también esperamos que Dios, por intercesión de san José, nos libere cada vez más de lo terrenal y nos introduzca en la cámara de los tesoros del perfecto amor de Dios.

 

lunes, 26 de enero de 2026

SAN JOSÉ, NUESTRO PADRE Y PATRONO

Los textos de esta y de las próximas semanas pretenden actualizar una misión que en los comienzos de la Familia de Schoenstatt fue de gran importancia: “José, levántate y toma contigo al Niño y a su Madre” (cf. Mt 2,13). Es la función de cuidar a ambos. Nuestro José tuvo ese encargo en los años de su vida terrenal y lo continúa aun hoy, cuidando que la Madre nunca sea separada del Niño, ni el Niño de su Madre.

La parte medular de este libro está constituida por una veintena de textos del padre José Kentenich, cuyo denominador común es su referencia a san José. Datan desde 1929 a 1968, año de su fallecimiento. Habitualmente, el padre Kentenich predicaba sobre san José los días 19 de marzo, fecha de su onomástica. Además, solía hacerlo para la fiesta de la Sagrada Familia y la de san José, patrono y protector de la Iglesia universal.

 

Plática de 1929

San José es el patrono de la vida interior, pero también es el patrono de las preocupaciones materiales. ¿Podemos agradecerle que, hasta ahora, nos haya cuidado y se haya preocupado fielmente de nosotros en esos dos sentidos?

San José, patrono de la vida interior. Como patrono de la vida interior, ciertamente nos ha conducido hasta muy adentro del arca de los tesoros de la vida sobrenatural. Nuestra tarea más grande y hermosa, y también nuestro mayor éxito, ha sido y es hasta ahora que, poco a poco, hayamos sentido y vivido, cada vez más profundamente, el maravilloso mundo de la vida sobrenatural. Por cierto, todas las gracias conseguidas se las agradecemos, en primer lugar y en la mayoría de las veces, a nuestra querida Madre de Dios. Pero si las cosas que se hacen aquí en la tierra con espíritu sobrenatural se toman en cuenta en el cielo, y si, por ende, san José nos ha respondido allá en lo alto, aceptando haber sido elegido por nosotros como segundo patrono, entonces también podemos admitir con certeza que él se ha acreditado entre nosotros como patrono de la vida interior.

En esto consiste precisamente lo maravilloso que queremos y pretendemos alcanzar; que en este tiempo paganizado constituyamos un oasis donde el Señor y la santísima Virgen puedan pasearse con gusto. ¿Y quién deberá amparar y proteger este paraíso? ¡Nuestro segundo patrono, san José! Sí, le estamos agradecidos, como si ya hubiese cumplido esa misión futura, que iniciara el año pasado con tal abundancia de frutos y con tanta maestría.

San José, patrono de las preocupaciones materiales. Pero no creo que haya sido su actividad durante el año pasado, como patrono de la vida interior, la que nos haya motivado a sacarlo un poco del rincón. Fue más bien la necesidad material, la preocupación por conseguir una casa…, por todos los gastos… San José, que durante su vida llevó sobre sus hombros tantas preocupaciones materiales por el bienestar físico de la Madre y del Niño, posee también una fina comprensión de nuestras propias necesidades materiales. Por eso, a él le incumbe principalmente cuidar de nosotros en lo que respecta a dinero y salud…

Cuidemos entonces de que san José salga lo más posible de su rincón. Pero procuremos también de no pensar en él únicamente cuando la casa se incendia, cuando existe una necesidad. Seamos agradecidos de corazón, no sólo por lo que recibimos, sino también como si ya hubiésemos recibido de él, en medida sobreabundante, las gracias y dones futuros, la gracia de la vida interior y también los dones de orden natural. El fundamento de una sana vida interior es una vida adecuadamente libre de “preocupaciones” (Ver Mt 6,25ss).

San José con la azucena y el niño en sus brazos. A san José se le representa con el Niño en los brazos o con la azucena. Ésas son las dos direcciones según las cuales él quiere actuar en nuestra vida interior.

¡La azucena! Así lo ven ustedes aquí. ¿Qué tiene que decirnos la azucena? ¿Y el Niño en brazos? ¿Cuál es el deseo ferviente de nuestro corazón? Cuando logramos encarnar en nuestra vida esta imagen de san José, cuando hacemos realidad estas palabras: ¡Conserva la azucena! “Serva lilia”, cuando dejamos que san José a menudo nos pase el Niño, cuando profesamos un amor sincero y profundo a la azucena y al rey de las azucenas, a Cristo Jesús, entonces no deberemos temer a nada en el futuro.

“¡Busquen primero el Reino de Dios y todo lo demás se les dará por añadidura!” Sí, esto es seguro. Nunca nos derrumbaremos a causa de las dificultades materiales si encarnamos en nuestra vida la imagen de san José. Por eso, también durante la santa misa, traten de dirigir hacia san José los sentimientos de acción de gracias que resuenan en la liturgia…

Agreguemos a la acción de gracias una sincera súplica a san José, que también es nuestro padre de familia, para que use su cetro de la misma manera como lo usó en la Sagrada Familia. Entonces le fue fácil, porque en su familia tenía a dos miembros concebidos sin mancha, que no sabían nada del aguijón del pecado original, de la concupiscencia. Y además eran sólo dos. En cambio, nosotros tenemos el pecado original. En alguna forma todos, cual más cual menos, llevamos la carga de este pecado. Y no somos sólo dos. Pronto podremos decir: “¿Quién conoce por sus nombres los pueblos que aquí se han reunido como huéspedes?”. ¡Cómo ha ampliado Dios la casa de nuestra Familia! Crecemos cada vez más, hasta formar un árbol robusto que extiende sus ramas más y más al interior de la vida.

San José tiene aquí una difícil tarea. Pero ahora está también en el cielo donde tiene por compañera a la Madre de Dios. El Señor sabe también proporcionarle alegría. Por eso, el segundo sentimiento de este día debe ser una petición del corazón. Si queremos limitarnos a la acción de gracias, es más conveniente dar gracias por lo que él nos ha regalado de cálido espíritu de familia; y dar gracias como si él ya hubiera eternizado este espíritu de familia en nuestro pequeño círculo mientras estamos con vida y, también, más allá del término de nuestra vida.

 

sábado, 10 de enero de 2026

LIBERTAD INTERIOR, AMPLIA SEGURIDAD Y ABUNDANTE FECUNDIDAD

Libertad interior y amplia seguridad

Desde que hemos sellado el poder el blanco y la inscriptio, vivimos en un mundo de libertad interior y amplia seguridad, un mundo esencialmente ligado a una perfecta espiritualidad de instrumento. La inscriptio aleja lo que perturba nuestra libertad interior, aún en las más delicadas zonas de nuestra vida psíquica subconsciente. Nos ha liberado de nosotros mismos, a fin de que estemos plenamente libres para Dios y la obra de Dios, al menos en lo que hace a la actitud fundamental y a una seria voluntad y esfuerzo personal. Que el corazón egoísta torne a hacerse cautivo y esclavo de su propio egoísmo, que la luz de Dios nos descubra una y otra vez estratos ocultos e inquietantes de nuestra psiquis, que a su vez nos revelan delicados entresijos del corazón y bloqueos del egoísmo, no constituye prueba alguna contra la autenticidad de la inscriptio. Sólo nos da oportunidad de renovar la decisión por el pleno carácter instrumental de toda nuestra persona; y de hacerlo con mirada atenta, con seriedad y en el espíritu de la inscriptio. Toda renovación de la decisión significa igualmente crecer en libertad interior. Las cadenas materiales de esclavitud quizás duelan físicamente; pero son un juego de niños comparadas con las de la esclavitud interior. La libertad interior verdadera no sólo es posible en circunstancias de sometimiento y opresión materiales. No raras veces, en las almas grandes que se esfuerzan por alcanzar un perfecto carácter de instrumento de todo su ser, la libertad y gozo interiores crecen en tal situación en una medida inesperada.

Algo similar puede decirse sobre la perfecta seguridad en Dios. El instrumento perfecto está tan perfectamente unido a Dios en el espíritu de la inscriptio, que la pérdida de todos los seguros secundarios de la vida ahonda y garantiza tanto más la "seguridad de péndulo", la seguridad en nuestro "nido originario". Actualmente muchos de nuestras filas pueden ser considerados un ejemplo clásico de ello. Quizás la naturaleza tiemble y se estremezca cuando se nos aparta de nuestra tierra, cuando se nos arrebata una seguridad material, mundana. En el espíritu de la inscriptio, el instrumento perfecto vuelve entonces a decidirse rápidamente por Dios, refugiándose en su patria original, en el corazón de Dios. Allí está amparado y seguro como en ninguna otra parte del mundo. Nadie tiene mejores intenciones para con él que Dios; nadie como Dios es capaz y quiere que todo lo desagradable y malo contribuya a nuestro bien. Estos son pensamientos en los cuales nos fundamos firmemente porque los comprobamos día a día en nuestra experiencia concreta. Aquí basta haber señalado su interrelación con la instrumentalidad.

Abundante fecundidad

Lo mismo vale para la gran fecundidad de la espiritualidad de instrumento. El instrumento en las manos de Dios sólo quiere una cosa: dejar espacio a Dios, y que él haga espacio a su fecundidad. De ahí su serio esfuerzo por desasirse por completo de sí mismo, porque el capricho humano quita espacio a Dios y su acción. Lo hemos experimentado innumerables veces en nosotros mismos. En nosotros (en el plano individual y familiar) la conciencia de ser instrumento está operando como un sentimiento vital arraigado hondamente y manifestado de muchas maneras. Pues bien, desde que nosotros sellamos la inscriptio, se ha despejado (al menos en cuanto a la actitud fundamental) el gran obstáculo para la fecundidad de Dios. Por eso esperamos, con seguridad sustentada en la fe, que Dios nos utilice intensamente en la consecución de sus metas. En nuestra condición de instrumentos sólo deseamos lo que él desea; por eso queremos sólo la fecundidad que él haya previsto para nosotros. De ahí que miremos con gran alegría y confianza hacia un futuro que, humanamente hablando, es incierto, oscuro y confuso. Sólo tenemos una preocupación: asumir con renovados ánimos cada día la tarea que nos propone la inscriptio en nuestra calidad de instrumentos, y cumplirla perfectamente en la fuerza del Espíritu Santo. Para nosotros todo lo demás es y sigue siendo secundario. Cuanto más oscuros los tiempos y cuanto más seamos introducidos en su caos, con tanto mayor confianza haremos valer nosotros los ilimitados derechos de amor fundados en la inscriptio.

                                                                 KENTENICH READER, TOMO 2

viernes, 2 de enero de 2026

Expreso carácter de parusía o apparitio

Quien viva y trabaje como instrumento perfecto en las manos de Dios, vale decir, quien se empeñe seriamente por desasirse totalmente de sí mismo y unirse totalmente a la voluntad de Dios, a su persona y fuerzas, y se empeñe por una disposición de alto grado a comprometerse con sus metas, en esa persona, tarde o temprano, se desarrollará la cuarta cualidad de la espiritualidad de instrumento: un neto carácter de parusía o apparitio. (1) Quien (en la medida en que sea posible para una creatura en estado de gracia) viva de ese modo como instrumento perfecto en el mundo de Dios y esté unido a Dios, en él Dios irá cobrando forma y figura más y más. Y así se convertirá en una aparición de Dios en este mundo o bien, como solemos decir entre nosotros, en una "aparición de la santísima Virgen". Jesús pudo decir de sí mismo, naturalmente en el sentido pleno de la expresión: "El que me ve, ve al que me envió". (1) De ese modo también (naturalmente en sentido muy limitado y metafórico) el perfecto instrumento puramente humano puede decir de sí mismo: «El que me ve debería poder reconocer en mí a Dios, a Cristo, a la santísima Virgen".

Piensen en el santo cura de Ars, piensen en lo que dijo aquel hombre que antes había sido su enemigo y que, después, luego de haberlo conocido y observado, dijo a sus amigos: "Callen; porque he visto a Dios en un ser humano".

Ojalá se pueda decir de nosotros algo similar en relación con la santísima Virgen. Desde siempre quisimos ser "apariciones", "imágenes" de la santísima Virgen que caminan y actúan. En la medida en que lo seamos podremos considerarnos como imágenes vivas de Dios, de Cristo.

 

[1]  “Parusía” es un término técnico para designar el regreso de Cristo al final de los tiempos. “Apparitio” es “aparición” en latín. Se alude a que en el instrumento humano se hace perceptible de algún modo lo sobrenatural.

sábado, 27 de diciembre de 2025

ESPÍRITU DE CONQUISTA

Disposición de alto grado al compromiso

Como tercera cualidad de la espiritualidad de instrumento hemos mencionado una disposición de alto grado al compromiso o bien un incansable espíritu de conquista. A menudo hemos hablado del tema. Ahora lo abordaremos con mayor detalle.

La dogmática nos enseña que Dios quiere que todos los hombres se santifiquen, y Cristo murió por todos nosotros. Pero el que nos creó y redimió sin nosotros no quiere santificarnos sin nuestra colaboración. En este sentido solemos repetir en Schoenstatt: "Nada sin nosotros". El cristianismo es una religión de redención. Cristo es el redentor del mundo; pero él pide nuestra colaboración para la redención subjetiva. Necesita instrumentos que enviar, así como él fuera enviado por el Padre. "Como el Padre me envió, así yo os envío a vosotros".

De ahí que, siguiendo el ejemplo del Señor, el instrumento en las manos de Dios ha de estar dispuesto a comprometerse por el reino de Dios en él mismo y en su entorno; vale decir, dispuesto a trabajar, para gloria del Dios Trino, por una profunda unión de amor con Dios en él mismo y también en el prójimo. Como ya se expuso, la espiritualidad de instrumento recibe una impronta expresamente teocéntrica justamente en virtud de esa actitud de querer conquistar almas, de ese indeclinable esfuerzo por la gloria de Dios. Según la idea original que Dios tiene de nuestra Familia, no basta con llevar a las almas gradualmente hacia la unión de amor con él: ese amor también ha de despertarlas e impulsarlas a trabajar apostólicamente y a ganar nuevos apóstoles.