Plática de 1934
La santísima Virgen debe haber tenido un amor tierno y
profundo hacia san José; debe haber vivido una confianza sin reservas ni
límites y una entrega incondicional de su vida a él. Cuando digo que ella le
dedicó el trabajo de su vida, ¿me comprenden bien? Ustedes dirán: ¡pero si ella
se consagró a Dios! Es verdad. Si observamos las circunstancias del Reino de
Dios, constatamos que la santísima Virgen es en todo la exacta antítesis de
Eva. Eva pecó por desobediencia. ¡No quiso servir! Por eso, la santísima Virgen
proclama al mundo: “Ecce ancilla Domini”. El servicio de sierva y la
sumisión a toda autoridad querida por Dios son las características
fundamentales de su sagrada persona.
Como María, amar a san José. ¿Es
correcta nuestra percepción si decimos que ella no quiso ocupar el lugar
central en la pequeña Sagrada Familia? Ella se entregó a san José. En el lugar
central estaba el Señor. Ella sirvió al Señor exactamente según los deseos del
Padre celestial y los de san José. Por lo tanto, ella fue igual al Señor en el
cumplimiento del querer del Padre. Pues el Padre, en muchas ocasiones, quiso
manifestar su voluntad a la Sagrada Familia. Y la Madre, mano a mano con san
José, sirvió al Salvador según sus deseos.
Debemos decir, por cierto, que si tenemos un profundo
amor a María, deberíamos también servir al Señor tal como lo desea el Padre
celestial. Y con ello también a su imagen más perfecta que es san José. Al
conocer más de cerca el sentido y relación interna de este conjunto, deberíamos
esforzarnos no sólo por crecer en un profundo amor en general, sino también por
crecer más intensamente en un profundo amor a María. Si la santísima Virgen
profesó un amor tan grande por san José, entonces no puede serle indiferente
cómo lo tratemos. También resuena en nuestros oídos el suave reproche que ella
dirigió a su Hijo: “Hijo, ¿por qué nos hiciste esto?”. Oímos este reproche
cuando no damos el lugar debido a san José en nuestra Familia. La Madre de Dios
nos llama también a nosotros: “Hijo, ¿por qué nos hiciste esto? San José y yo
buscamos tu amor afanosamente”. ……
Sentimos que hay en nuestros corazones cierta resonancia
y cierto equilibrio en nuestro amor. El corazón puede trabajar más ricamente en
todas las direcciones y estar, a la vez, más en casa en el regazo de la
santísima Trinidad. ¿Y qué debemos hacer nosotros en tal sentido? Por de
pronto, deberíamos apreciar más sus imágenes y estatuas. “¡Jesús, María y José:
el corazón y el alma mía les daré!”. Deberíamos introducir cada vez más a san
José en el círculo de amor de nuestra Familia.
La tarea de san José, enseñarnos a amar a
María. Cuando la santísima Virgen encienda y desarrolle más
fuertemente en nosotros una sincera devoción por san José, ¿no les parecerá
natural que él considere como tarea propia tomar en sus manos la fuerza de
nuestro amor y elevarla consigo hasta el corazón de la amada Madre de Dios y
del Señor, y que considere como labor suya ayudarnos? Porque es muy natural que
tenga particular interés en ayudarnos a comprender a Jesús y a su Madre, por
haber estado tan íntimamente unido a ella, por haberla comprendido él mismo tan
perfectamente. Él la amó también, la apreció, protegió y reconoció como el gran
tesoro de su vida. ¿No debería consistir su misión principal en enseñarnos a
amarla, a comprenderla, a quererla sincera y cordialmente? Él nos ayudará
incluso a comprenderla cuando, humanamente hablando, no podamos a veces
entender el sentido de sus intercesiones.
La santísima Virgen fue extraordinariamente privilegiada.
Ella concibió del Espíritu Santo. San José quedó casi enteramente desconcertado
con ella, pero confió. Permaneció, instruido por el ángel, sereno y fiel a
ella. Así fue en esta tierra. Él nos ayudará si nos agobian los golpes del
infortunio. ¡Cómo se entregó él a ella, después de que ella se entregara así a
él! Esto es un hecho de la realidad objetiva.
San José debe encender nuestro amor a Cristo.
Pero no basta con que él nos muestre a su esposa. Con mayor razón, depositará
en nuestros brazos, en nuestro corazón, a Jesús, al Hombre Dios. Toda su vida,
junto con la de María, fue un solo girar en torno al Señor. Vemos aquí que lo
sobrenatural no conoce la mezquindad. La entrega, la vida de amor, la unión
amorosa en el sentido divino es para él, al mismo tiempo, un movimiento del
amor hacia la otra persona divina. ¿No habrá de encender san José en nosotros
el amor en forma similar? Por amor a su esposa, por amor a Dios, cumplió con
sencillez sus obligaciones cotidianas. Él es el gran modelo del santo del día
de trabajo. Su vida se movió en un ámbito estrecho. Desempeñó su trabajo por
amor al Señor.
Abbá
José
Textos
del padre José Kentenich