sábado, 14 de febrero de 2026

LA SAGRADA FAMILIA, IDEAL DEL MATRIMONIO CATÓLICO

Ustedes saben que nuestro pequeño santuario no es sólo nuestro Tabor sino también nuestro Nazaret. Allí está contenido todo lo que está vivo en nosotros. Nuestro Nazaret, reflejo de la Familia de Nazaret. ¿Cómo aparece, qué es y qué significa esa familia? La Sagrada Familia, en primer lugar, es la imagen ideal de una familia schoenstatiana. En segundo lugar, está ante nosotros como un maravilloso reflejo de la comunidad de vida divina. Y, en tercer lugar, como un maravilloso prototipo de la comunidad de vida eclesial. Por de pronto, esto suena un tanto erudito. Pero lo que estos pensamientos quieren expresar es sumamente simple y sencillo. El primer pensamiento es fácilmente comprensible. Me refiero a que la Sagrada Familia es la imagen ideal de una comunidad familiar natural enteramente auténtica. ¿Qué significa esto?

La Sagrada Familia, ideal de una comunidad familiar natural

La Sagrada Familia, santa e ideal en su fundación. Ese matrimonio y esa familia son santos e ideales en su misma fundación. ¿Cómo se fundó la Sagrada Familia? A través de un matrimonio puro. José y María eran puros cuando contrajeron matrimonio, y puros permanecieron también dentro del marco de la familia. Una familia schoenstatiana ideal debe conservar siempre la pureza.

Me dirijo ahora a quienes Dios les ha dado la vocación de ser madres. ¿No debería ser su orgullo de schoenstatianas poder acercarse al altar con el velo blanco y la corona de mirto en la cabeza, como símbolos de una juventud vivida en pureza y virginidad? ¿No creen ustedes que debería ser nuestro mayor orgullo, como hijas de Schoenstatt que van a fundar una familia schoenstatiana, poder llevar su amor de novias puro e inmaculado al altar nupcial? También nosotros, los que estamos llamados a la virginidad, percibimos la importancia de que una familia schoenstatiana esté fundada en la pureza (…) La atmósfera de pureza, al igual que en la Sagrada Familia, debe atravesar y empapar constantemente a la familia. No sólo existe una pureza virginal, sino también una pureza matrimonial. También en el matrimonio hay una forma de pureza que, en todo caso, posee sus propias leyes. Serva lilia, ¡conserva la azucena! Así está escrito en un antiguo escudo. Una vez más contemplo a la Sagrada Familia. Fue santa, fue ideal la fundación de esa familia, porque se originó y quedó cimentada en la pureza. Serva lilia! También nosotros queremos conservar pura la azucena, cada uno a su manera: quien esté llamado a vivir virginalmente, en forma de pureza virginal; y quien luego contraiga matrimonio, lo hará ahora en forma de pureza virginal y más tarde como pureza matrimonial.

La Sagrada Familia, santa e ideal en sus miembros. La Sagrada Familia es ideal también en sus representantes, en las personalidades que la conforman. Pues, ¿quiénes integran la Sagrada Familia? El Señor, la querida Madre de Dios y el modesto, sencillo y fiel san José; ellos fueron personas santas. Pero ¿saben ustedes lo que implica tener como miembros de la Sagrada Familia a personajes santos? Quisiera, ante todo, centrar la atención en dos puntos:

a) Personalidades autónomas

b) Personalidades discretas

a) Personalidades autónomas. Ustedes ya habrán oído decir antes que ninguna comunidad puede ser auténtica si no está edificada sobre personalidades originales, vigorosas, autónomas. Ahora vemos de pronto ¡cuán naturales, cuán vigorosos y cuán singularmente originales son los personajes que constituyen la Sagrada Familia! Son tan originales que cada uno representa por sí solo un orden propio. Jesús representa un orden absolutamente propio: él es un Hombre-Dios. No hay nada que se le iguale. La santísima Virgen, como la Inmaculada, es un mundo por sí mismo. San José también es un mundo propio, autónomo. Ideales son los miembros de la Sagrada Familia porque fueron personalidades santas y autónomas.

Y si más tarde ustedes se casan, no deben olvidar lo siguiente: por grande y fuerte que pueda ser mi capacidad de entrega, también en mis años de juventud debo procurar constantemente que esa capacidad permanezca igualmente grande, fuerte y vigorosa en mí: la voluntad de guardarme a mí misma. ¡No sólo entregar, sino también preservar! ¡Ser enérgica, ser autónoma, ser una personalidad! Una y otra vez lo hemos oído decir en el ambiente schoenstatiano: debemos llegar a ser personalidades vigorosas.

Por eso debemos cultivar el núcleo de la personalidad que se expresa en el ideal personal según el cual forjamos nuestra vida. No deben pensar que ahora pueden jugar y que más tarde podrán ser madres sencillas y discretas. Debemos aprender a gobernar nuestra vida desde ahora mismo. ¡Qué extraordinario es poder decirse a sí misma: ante mí tengo mi ideal de familia, según el cual me estoy formando para poder ser más tarde una valiosa piedra en la construcción del edificio de una santa familia schoenstatiana!

b) Personalidades discretas y silenciosas. He querido destacar un segundo aspecto que hace grandes a los miembros de la Sagrada Familia: ellos son personas discretas y silenciosas. Los tres tienen sus secretos. Cada joven debe ser un secreto. Cuando ya no tenga secretos en el fondo de mi alma, habré perdido simplemente lo más hermoso de mi ser de niña y, más tarde, me sentiré vacía, no tendré profundidad. La Virgen María tuvo su secreto y ni siquiera se lo comunicó a san José. Éste quería abandonarla, separarse de ella. Y, no obstante, la Virgen guardó su secreto. Ésa es su insondable profundidad. Ella conservó todas esas palabras en su corazón. Ella protegió el secreto que, en forma admirable, llevaba en su corazón. María estaba convencida de que Dios quería que ella guardase su secreto. Él también podía comunicárselo a san José. Y Dios así lo hizo. El Señor también tuvo su secreto. No hubo un jugueteo constante, un oscilar de un lado a otro. Ustedes saben muy bien cómo actuó el Señor en su momento, cuando se apartó de su padre y de su madre, de sus parientes. Allí está él, grande y fuerte, movido por una conciencia divina de sí mismo: “¿No sabían que…?”.

¡Cómo se ilumina súbitamente el ideal ante nosotros! Si más tarde, quiero ser en la familia un punto de apoyo de la comunidad, un vigoroso pilar, entonces desde ya me dejaré educar para la capacidad de callar, para la autonomía. Por otra parte, aquellas que están llamadas a la virginidad no deben creer que el ideal del matrimonio no sea algo grandioso, que no pone grandes exigencias. Obviamente, si ustedes se imaginan el matrimonio y la familia como un constante probar, juguetear y disfrutar, entonces, tampoco deben hablar de la familia ideal, de una familia schoenstatiana. Por lo tanto, tampoco pueden opinar que tal familia pueda ser fuente de vida para la Iglesia joven. Un matrimonio ideal es hoy algo tan poco común, algo tan grande, que realmente debemos rezar para que Dios suscite muchas vocaciones al matrimonio dentro de la Familia. ¡Naturalmente, no como si con ello menospreciáramos el ideal de la virginidad! Ambos son grandes ideales que Dios ha depositado en el seno de la Iglesia. Cada cual debe recorrer por su cuenta el camino de su vida. Pero hoy quiero destacar fuertemente el ideal matrimonial para que no piensen que, como Familia de Schoenstatt, todos, sin excepción, estamos orientados a la virginidad. Toda vocación, también la vocación familiar y maternal, encuentra acogida entre nosotros.

  Plática a la Juventud Femenina de Schoenstatt, 11 de agosto de 1936  

viernes, 6 de febrero de 2026

COMO MARÍA, MANO A MANO CON SAN JOSÉ

Plática de 1934

La santísima Virgen debe haber tenido un amor tierno y profundo hacia san José; debe haber vivido una confianza sin reservas ni límites y una entrega incondicional de su vida a él. Cuando digo que ella le dedicó el trabajo de su vida, ¿me comprenden bien? Ustedes dirán: ¡pero si ella se consagró a Dios! Es verdad. Si observamos las circunstancias del Reino de Dios, constatamos que la santísima Virgen es en todo la exacta antítesis de Eva. Eva pecó por desobediencia. ¡No quiso servir! Por eso, la santísima Virgen proclama al mundo: “Ecce ancilla Domini”. El servicio de sierva y la sumisión a toda autoridad querida por Dios son las características fundamentales de su sagrada persona.

Como María, amar a san José. ¿Es correcta nuestra percepción si decimos que ella no quiso ocupar el lugar central en la pequeña Sagrada Familia? Ella se entregó a san José. En el lugar central estaba el Señor. Ella sirvió al Señor exactamente según los deseos del Padre celestial y los de san José. Por lo tanto, ella fue igual al Señor en el cumplimiento del querer del Padre. Pues el Padre, en muchas ocasiones, quiso manifestar su voluntad a la Sagrada Familia. Y la Madre, mano a mano con san José, sirvió al Salvador según sus deseos.

Debemos decir, por cierto, que si tenemos un profundo amor a María, deberíamos también servir al Señor tal como lo desea el Padre celestial. Y con ello también a su imagen más perfecta que es san José. Al conocer más de cerca el sentido y relación interna de este conjunto, deberíamos esforzarnos no sólo por crecer en un profundo amor en general, sino también por crecer más intensamente en un profundo amor a María. Si la santísima Virgen profesó un amor tan grande por san José, entonces no puede serle indiferente cómo lo tratemos. También resuena en nuestros oídos el suave reproche que ella dirigió a su Hijo: “Hijo, ¿por qué nos hiciste esto?”. Oímos este reproche cuando no damos el lugar debido a san José en nuestra Familia. La Madre de Dios nos llama también a nosotros: “Hijo, ¿por qué nos hiciste esto? San José y yo buscamos tu amor afanosamente”. ……

Sentimos que hay en nuestros corazones cierta resonancia y cierto equilibrio en nuestro amor. El corazón puede trabajar más ricamente en todas las direcciones y estar, a la vez, más en casa en el regazo de la santísima Trinidad. ¿Y qué debemos hacer nosotros en tal sentido? Por de pronto, deberíamos apreciar más sus imágenes y estatuas. “¡Jesús, María y José: el corazón y el alma mía les daré!”. Deberíamos introducir cada vez más a san José en el círculo de amor de nuestra Familia.

La tarea de san José, enseñarnos a amar a María. Cuando la santísima Virgen encienda y desarrolle más fuertemente en nosotros una sincera devoción por san José, ¿no les parecerá natural que él considere como tarea propia tomar en sus manos la fuerza de nuestro amor y elevarla consigo hasta el corazón de la amada Madre de Dios y del Señor, y que considere como labor suya ayudarnos? Porque es muy natural que tenga particular interés en ayudarnos a comprender a Jesús y a su Madre, por haber estado tan íntimamente unido a ella, por haberla comprendido él mismo tan perfectamente. Él la amó también, la apreció, protegió y reconoció como el gran tesoro de su vida. ¿No debería consistir su misión principal en enseñarnos a amarla, a comprenderla, a quererla sincera y cordialmente? Él nos ayudará incluso a comprenderla cuando, humanamente hablando, no podamos a veces entender el sentido de sus intercesiones.

La santísima Virgen fue extraordinariamente privilegiada. Ella concibió del Espíritu Santo. San José quedó casi enteramente desconcertado con ella, pero confió. Permaneció, instruido por el ángel, sereno y fiel a ella. Así fue en esta tierra. Él nos ayudará si nos agobian los golpes del infortunio. ¡Cómo se entregó él a ella, después de que ella se entregara así a él! Esto es un hecho de la realidad objetiva.

San José debe encender nuestro amor a Cristo. Pero no basta con que él nos muestre a su esposa. Con mayor razón, depositará en nuestros brazos, en nuestro corazón, a Jesús, al Hombre Dios. Toda su vida, junto con la de María, fue un solo girar en torno al Señor. Vemos aquí que lo sobrenatural no conoce la mezquindad. La entrega, la vida de amor, la unión amorosa en el sentido divino es para él, al mismo tiempo, un movimiento del amor hacia la otra persona divina. ¿No habrá de encender san José en nosotros el amor en forma similar? Por amor a su esposa, por amor a Dios, cumplió con sencillez sus obligaciones cotidianas. Él es el gran modelo del santo del día de trabajo. Su vida se movió en un ámbito estrecho. Desempeñó su trabajo por amor al Señor.

Abbá José

Textos del padre José Kentenich